L&L Capítulo 7 #6
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Capítulo 7 #6

Volvió a los documentos y empezó a explicarnos la estructura de una forma algo más comprensible.

Había sociedades que mantenían inmuebles, otras participaciones empresariales, cuentas destinadas al mantenimiento de determinados activos y patrimonio financiero acumulado durante años.

Algunas cosas estaban vinculadas a Suiza, otras a Austria, Mónaco y otras a España.

Amalia había procurado, siempre que había sido posible, que cada bloque patrimonial tuviera recursos propios para sostener los gastos que generaba.

Eso ya lo habíamos descubierto por nuestra cuenta.

Lo que no sabíamos era hasta dónde llegaba.

El notario empezó a enumerar.

La villa de Mónaco, con su participación empresarial destinada a sostener los gastos de la propiedad; el impresionante chalet de Suiza y el edificio de apartamentos que había construido mi bisabuelo, con una veintena de viviendas alquiladas que generaban ingresos regularmente; y, por último, un Amalia había ido incorporándonos a su plan conforme llegábamos al mundo, mientras nosotras no sabíamos nada de ella.

Había contemplado desde lejos cómo aquella única hija que no pudo criar construía una familia y, con cada nueva niña, había vuelto a sentarse con abogados, notarios o asesores para hacerle un sitio.

Y lo más increíble era que ni siquiera había terminado con nosotras.

Había dejado la estructura abierta para que, cuando llegaran nuevas generaciones, fueran incorporándose también: nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos y los que vinieran después, siempre descendientes directos de aquella misma familia que ella había protegido durante toda su vida desde la distancia.

No había pensado únicamente en dejarnos una fortuna.

Había pensado en que sobreviviera a todas nosotras.

en pleno Tirol austríaco, del que hasta ese momento apenas sabíamos nada.

El chalet de Kitzbühel tampoco suponía una carga para la estructura familiar.

Amalia había adquirido años atrás participaciones en dos establecimientos hoteleros de lujo de la zona y los dividendos que recibía de aquellas inversiones se destinaban a cubrir el mantenimiento de la propiedad, el personal, los seguros y los gastos ordinarios.

Como ocurría en Suiza y en Mónaco, los ingresos superaban habitualmente los costes y el excedente permanecía invertido en Austria.

Todo respondía a la misma filosofía: cada propiedad debía ser capaz de mantenerse, en la medida de lo posible, con los activos que Amalia había construido en el propio país.

En España la estructura seguía exactamente la misma filosofía.

Amalia había adquirido muchos años atrás participaciones minoritarias en dos hoteles de lujo de la Costa del Sol, uno en Marbella y otro en Estepona, además de varios locales comerciales que permanecían alquilados.

Los dividendos de las participaciones hoteleras y las rentas de aquellos inmuebles cubrían los gastos de los activos españoles, los seguros, la administración y las obligaciones ordinarias, y aun así generaban excedentes que se reinvertían dentro de la propia sociedad patrimonial.

Cuanto más nos explicaba el notario, más evidente resultaba que Amalia no había comprado propiedades al azar ni se había limitado a acumular dinero.

Había construido durante décadas un sistema en el que cada parte del patrimonio producía lo necesario para sostenerse sin ir devorando el capital.

A todo aquello había que sumar las cuentas, inversiones, participaciones en distintas sociedades y el dinero procedente de la venta de Santaclara, que por disposición expresa de Amalia se incorporaba íntegramente a la estructura patrimonial familiar.

Aquello ya no era una herencia que pudiera calcularse mirando el saldo de una cuenta.

Era un patrimonio construido y organizado durante décadas.

Mi madre levantó la mano. ¿Barcos?

—Hay participaciones y titularidades sobre embarcaciones dentro de la estructura.

—¿Cuántos?

El notario consultó una hoja. Mi madre me agarró del brazo.

—Lourdes, yo no quiero barcos.

—Mamá, espera a saber si flotan antes de rechazarlos.

El notario disimuló una sonrisa y continuó. Entonces llegaron las cifras. Ahí dejé de hacer bromas.

Los doce millones ochocientos mil euros que tanto habíamos repetido durante aquellos meses eran la parte líquida que habíamos conocido al principio.

No representaban, ni de lejos, el valor completo de la estructura patrimonial.

Había que sumar los inmuebles, las inversiones, las participaciones societarias y los demás activos.

Y ahora también debía incorporarse el dinero procedente de la venta de Santaclara, porque, tal y como habíamos descubierto, Amalia había dejado dispuesto que el importe neto de aquella operación entrara íntegramente en la estructura patrimonial de mi madre.

Amalia quería que Santa clara se vendiera, porque allí sufrió mucho y no quería dejarle esa carga emocional a su hija,

Mi madre se llevó una mano a la frente, no podía creerlo, todo pensado, te pareces a ella Lourdes, tan planificadora y resolutiva de problemas antes que aparezcan.

—Son unos números para marearse.

—Lo son —reconoció el notario—. Pero precisamente por eso se estructuró de esta manera. No conviene mirar solamente una cifra global. Cada activo tiene su función, sus gastos, su fiscalidad y, en algunos casos, sus propios ingresos.

—Yo estaba muy bien con mis doce millones ochocientos mil —dijo mi madre.

Me eché a reír.

—Hace seis meses no tenías ni esos.

—Por eso. Ya me había acostumbrado.

Pero todavía quedaba lo más importante. El notario pasó varias páginas y colocó delante de nosotras un esquema con nombres. El de Amalia aparecía arriba.

Después, Marisa.

Y debajo estaban los nuestros. Lourdes. Marta. Claudia. Olga. Me acerqué a la mesa.

—¿Nosotras?

—Las cuatro.

Mi madre dejó de sonreír. El notario explicó que Amalia había ido adaptando su planificación familiar con el paso de los años.

No había esperado a morir para pensar qué ocurriría con su patrimonio.

Conforme nacieron sus nietas, fue incorporándolas a sus previsiones y reorganizando la estructura para que, llegado el momento y cumplidas las condiciones previstas, las cuatro quedaran integradas en ella.

—¿Desde que nacieron? —preguntó mi madre.

—La estructura fue modificándose con el tiempo. No todo se hizo de una sola vez ni mediante el mismo instrumento. Por eso tienen delante tantas escrituras y documentos. Pero sí: la voluntad de doña Amalia fue siempre que el patrimonio terminara organizado alrededor de usted y de sus cuatro hijas.

Mi madre pasó los dedos por nuestros nombres.

—Ella sabía que tendría cuatro nietas.

—No desde el principio, evidentemente —contestó el notario—. Lo fue haciendo conforme nacían.

Eso me impresionó más que las cifras. Mientras nosotras crecíamos en Cartagena sin saber siquiera quién era aquella mujer, Amalia había ido colocando nuestros nombres dentro de su futuro. Primero yo. Después Marta. Luego Claudia. Finalmente Olga. Una a una.

—¿Y qué cambia ahora? —pregunté.

—El control y la administración. Doña Amalia ya no está y las cuatro nietas son mayores de edad.

Su madre pasa a ocupar la posición central que estaba prevista para ella y ustedes cuatro aparecen ya plenamente dentro de la estructura familiar según los instrumentos correspondientes.

A partir de ahora tendrán que decidir, con asesoramiento fiscal y jurídico en cada país, cómo quieren administrarlo.

Mi madre seguía mirando nuestros nombres.

Entonces sonrió.

—Pues ¿sabes qué es lo que más me reconforta de todo esto?

La miré.

—Que por fin aparecéis las cuatro. Ya sois mayores, estáis aquí y no tengo que pensar qué pasaría con todo esto si mañana me ocurre algo. Amalia lo había dejado pensado.

Me emocionó escucharla. No por las casas.

Ni por los barcos que mi madre ya había decidido que no quería sin haberlos visto.

Ni por las sociedades, ni por las cuentas, ni siquiera por aquel número final que yo todavía no quería sumar porque empezaba a producir vértigo.

Era por aquellos cuatro nombres escritos debajo del suyo. Lourdes. Marta. Claudia. Olga.

Amalia había ido incorporándonos a su plan conforme llegábamos al mundo, mientras nosotras no sabíamos nada de ella.

Había contemplado desde lejos cómo aquella única hija que no pudo criar construía una familia y, con cada nueva niña, había vuelto a sentarse con abogados, notarios o asesores para hacerle un sitio.

Y lo más increíble era que ni siquiera había terminado con nosotras.

Había dejado la estructura abierta para que, cuando llegaran nuevas generaciones, fueran incorporándose también: nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos y los que vinieran después, siempre descendientes directos de aquella misma familia que ella había protegido durante toda su vida desde la distancia.

No había pensado únicamente en dejarnos una fortuna.

Había pensado en que sobreviviera a todas nosotras.

Mi madre cerró la carpeta, No podía creerlo.

Lourdes tenemos que ir a visitar la casa de ese pueblo innombrable de Austria.

Yo que creía q lo tenia todo atado, y nos habíamos olvidado de la casita de quizbul en austria, o como se llame.

Kitzbühel mama kitzbühel, puedes llamarlo la casita del tirol, porque la verdad, menudo nombrecito.

—Pues ahora sí que necesito un café.

—Yo necesito una copa.

—Son las doce y media.

—Después de lo que acaba de leer este hombre, mamá, creo que la hora ha dejado de ser relevante.

El notario se echó a reír.

Yo también.

Pero cuando volví a mirar las carpetas extendidas sobre aquella mesa entendí que todavía no habíamos terminado de descubrir la verdadera dimensión de lo que Amalia había construido. Nosotras creíamos que había dejado una herencia.

No.