Capítulo 7 #5
Mis padres estaban en Marbella, instalados en casa de mis abuelos y organizando la cena de Nochebuena.
Ese año iba a ser diferente, seguro. Solo pensar en sentarnos todos a la mesa después de los últimos meses me producía una sensación extraña.
Éramos la misma familia, pero ya no éramos exactamente los mismos.
Habían aparecido verdades, casas, millones, fotografías, familiares desconocidos y una madre que había vivido toda su vida sin saber que otra mujer la observaba desde lejos.
Y, sin embargo, lo que más ilusión le hacía a mi madre era decidir qué iba a cocinar en Nochebuena.
Mientras conducía hacia la oficina llamé a Leonor para saber cómo iban las obras de Santaclara.
La casa ya tenía nueva propietaria, una mujer de Europa del Este que se había enamorado de ella casi en cuanto la vio.
El problema era que enamorarse de Santaclara no significaba querer vivir como había vivido Amalia. Según ella, necesitaba «actualizarla».
Actualizarla.
—¿Cómo va nuestra actualización? —pregunté.
Leonor se echó a reír.
—¿Quieres la versión corta o la que me hace llorar?
—La corta, que estoy conduciendo.
—Que solo ha dejado en pie el tejado.
Me dio tal ataque de risa que tuve que sujetar el volante con las dos manos.
—¡No seas exagerada!
—Lourdes, ha cambiado instalaciones, baños, cocina, suelos de media casa, iluminación, climatización, parte de la distribución, carpinterías... Si me pide cambiar la orientación del sol, le paso presupuesto.
—Mientras pague...
—Paga.
—Pues que salga el sol por donde quiera.
Las dos nos reímos. Y la verdad era que merecía la pena.
Santaclara nos había dado un beneficio magnífico con la venta y, después de comprarla, su nueva propietaria había decidido confiar en nosotras para prácticamente todo.
Leonor se encargaba de coordinar la reforma y los proveedores, mientras Lola estaba metida hasta las cejas en mobiliario, decoración y equipamiento.
La mujer quería una casa «de catálogo de revista».
Eso había dicho. Y llevaba a mi pobre Lola al borde de un ataque de nervios.
—¿Y la piscina? —pregunté.
Leonor soltó un bufido.
—No vuelvas a llamarla piscina.
—¿Qué es entonces?
—Un lago con agua.
—Los lagos suelen tener agua.
—Pues este tiene demasiada. Cuando terminemos, ahí vamos a necesitar peces, ranas y probablemente socorristas con embarcación.
Volví a reírme. La nueva propietaria había decidido que la piscina original era insuficiente y había encargado una ampliación que, sobre los planos, parecía razonable.
En la realidad aquello empezaba a adquirir unas dimensiones que me hacían preguntarme si quería bañarse o entrenar a la selección olímpica.
—Pues llama a los peces —dije—. Y a las ranas si hace falta.
—Las ranas eran la otra casa.
—Ya lo sé, pero esto es una emergencia anfibia.
—Como sigamos así voy a tener que crear una cuadrilla de patos.
—Apúntalo como nueva línea de negocio.
Colgué todavía riéndome. Lo mejor era que cada locura tenía su factura.
Reforma, coordinación, mobiliario, cortinas, iluminación, menaje, ropa de casa, exteriores, piscina...
Santaclara había dejado de ser únicamente una comisión inmobiliaria para convertirse en uno de los trabajos más rentables que habíamos tenido.
Aquella casa seguía dándonos dinero incluso después de haber dejado de pertenecernos.
Llegué a la oficina, aparqué y entré todavía pensando en la cuadrilla de patos de Leonor.
Lola ya estaba allí. Y no estaba sola. Gonzalo estaba con ella.
Su Gonzalo.
Sí, su Gonzalo, porque así había empezado a llamarlo. Al principio había sido Gonzalo. Después «el Gonzalo este», luego «Gonzalo y yo» y, en algún momento que no fui capaz de identificar, se había convertido en «mi Gonzalo». Aquello, viniendo de Lola, era prácticamente una declaración ante notario.
Los encontré junto a su mesa, demasiado cerca el uno del otro para que nadie pudiera fingir que estaban hablando exclusivamente de trabajo.
Gonzalo tenía una taza de café en la mano y Lola estaba enseñándole algo en el ordenador, aunque por la sonrisa de ambos sospeché que el interés por la pantalla era bastante limitado.
—Buenos días.
Lola levantó la cabeza.
—Mira quién ha decidido venir a trabajar.
—Perdona, llevo despierta desde una hora decente.
Gonzalo sonrió.
—Buenos días, Lourdes.
—Buenos días. ¿Tú trabajas aquí ahora?
—He traído café.
—Entonces puedes quedarte.
Dejé el bolso sobre mi mesa y miré a Lola.
—¿Cómo van los muebles de Santaclara?
Su expresión cambió inmediatamente.
—No me hables.
—Leonor dice que la señora solo ha dejado el tejado.
—Pues con los muebles pretende que yo fabrique los árboles de los que sale la madera. Ayer me mandó diecisiete fotos de salones diferentes y me dijo que quería «algo entre todos ellos».
—Eso es muy concreto.
—Una foto era minimalista, otra parecía Versalles y otra tenía un sofá rosa de tres metros.
Gonzalo bebió tranquilamente su café.
—Yo le he recomendado paciencia.
Lola lo miró.
—Tú me has recomendado que cobre más.
—También.
Señalé a Gonzalo.
—Por eso me cae bien tu Gonzalo.
Lola se quedó quieta.
—¿Mi qué?
—Tu Gonzalo.
Él sonrió.
Ella se puso colorada. Y aquello seguía divirtiéndome tanto como el primer día.
—No lo llamo así.
—Sí lo llamas así.
—No.
—Ayer dijiste literalmente: «Tengo que preguntárselo a mi Gonzalo».
Gonzalo giró despacio la cabeza hacia ella con una sonrisa de satisfacción que merecía una bofetada.
—¿Tu Gonzalo?
—No empieces tú también.
—A mí me gusta.
—Pues a mí no.
—Mentira —dije.
Lola cogió una carpeta y me la lanzó. La esquivé riéndome.
Era casi Navidad, teníamos trabajo hasta las orejas, Santaclara se estaba convirtiendo en una revista de decoración a tamaño real, mis padres preparaban la Nochebuena en Marbella, Roberto había amanecido en mi cama y Lola tenía oficialmente un Gonzalo aunque se negara a reconocerlo. Sí. Aquel año iba a ser diferente.
Llegué a casa de mis abuelos sobre las doce.
Habíamos quedado porque teníamos que ir otra vez al notario y yo llevaba una carpeta con varios documentos que me había pedido unos días antes.
Recogí a mi madre y nos marchamos. Estaba cerca, pero hacía un frío desagradable y ninguna de las dos tenía ganas de ir andando.
—¿Pero para qué me necesita otra vez? —preguntó nada más subir al coche—. Si ya está todo firmado.
—Lo sé, mamá. Pero nos ha citado a las doce y media y nosotras, como niñas buenas, vamos.
—Ya verás. Algún impuesto. O algún papel que falta. O resulta que ahora hay que pagar no sé qué cosa de Suiza. O de Mónaco. Con tanta casa por ahí, algo aparecerá.
Mi madre siguió enumerando posibilidades cada vez menos agradables y yo asentía de vez en cuando, pero la verdad era que apenas la escuchaba. Estaba pensando en Roberto.
En la noche anterior, en su manera de abrazarme, en cómo podía hacerme reír y, cinco minutos después, mirarme de una forma que conseguía que desapareciera todo lo demás.
Aquel hombre era especial. No encontraba otra palabra.
A veces me parecía que el cielo me había hecho un regalo poniéndolo en mi camino precisamente en aquel momento de mi vida.
Había algo en él que no parecía de este plano, una calma, una familiaridad inexplicable, como si lo conociera desde mucho antes de conocerlo.
—¿Me estás escuchando?
Volví a la Tierra.
—Sí.
—¿Qué he dicho?
—Algo de impuestos.
—No tienes ni idea.
—Pero seguro que has dicho algo de impuestos.
Aparqué y entramos en la notaría. El notario nos hizo pasar directamente a la sala de firmas.
Aquello ya me resultó sospechoso. Sobre la mesa había varias carpetas, copias de escrituras y un montón de documentos preparados con separadores.
Nos sentamos y mi madre me miró como diciendo te lo dije.
Yo me encogí de hombros. El notario empezó a hablar.
Y durante los primeros diez minutos no entendí absolutamente nada.
Sociedades patrimoniales, participaciones, derechos económicos, órganos de administración, cuentas de inversión, activos inmobiliarios, sociedades tenedoras, estructuras creadas en distintos momentos, disposiciones sucesorias, cambios de representación...
Un galimatías jurídico y financiero que me hizo echar de menos las casas.
Una casa tenía metros, habitaciones, baños y precio. Aquello tenía flechas.
—Perdone —lo interrumpí—. ¿Puede explicárnoslo para personas normales?
Sonrió. Debía de estar acostumbrado.
—Claro. Lo primero que tienen que entender es que buena parte de esto no se ha creado como consecuencia del fallecimiento de doña Amalia. Ya existía.
Mi madre frunció el ceño.
—¿A mi nombre?
—Parte de la estructura estaba organizada desde hace muchos años pensando en usted y en sus hijas.
Doña Amalia conservó durante su vida el control y la administración que le correspondían, pero fue construyendo una estructura patrimonial familiar de manera progresiva.
No estamos hablando exactamente de un fideicomiso en el sentido en que suele utilizarse esa palabra.
Hay distintas sociedades y vehículos patrimoniales, algunos fuera de España, que deben analizarse según la legislación de cada jurisdicción.
Mi madre me miró.
—¿Has entendido algo?
—Que no lo montó ayer.
—Exactamente —dijo el notario—. Eso es lo importante.