Capítulo 7 #4
—Tengo que ir al banco.
—¿Qué pone?
Me pasó la hoja. Había una cuenta relacionada con los gastos y rendimientos de Mónaco cuya documentación debía actualizarse tras su fallecimiento.
Amalia había dejado el nombre de la entidad, los datos de contacto y la referencia de la persona que conocía la estructura.
Mi madre tendría que presentarse con su documentación y los papeles que acreditaban su posición dentro de la sociedad patrimonial para completar el cambio.
—Pues iremos —dije.
—¿Hoy?
—Mamá, es sábado.
—Ah.
—Los millonarios también tienen fines de semana.
—Yo todavía no soy millonaria.
La miramos todos. Mi hermana, que acababa de entrar, fue la primera.
—Mamá, tienes doce millones ochocientos mil euros, un edificio en Suiza, una casa aquí, otra en Mónaco...
—Estamos en Mónaco —la corregí.
—Pues eso. Y ahora resulta que tienes participación en la empresa del casino. Creo que ya podemos empezar a llamarte millonaria sin miedo a equivocarnos.
—Doce millones ochocientos mil —añadió otra de mis hermanas desde el pasillo—. Que nadie vuelva a comerse los ochocientos mil.
Aquello ya se había convertido en una enfermedad familiar. Mi madre negó con la cabeza y abrió el segundo sobre. Dentro había más documentación, pero encima de todo aparecía una hoja escrita por Amalia. Esta vez eran pocas líneas. Mi madre empezó a leer en silencio y yo esperé.
Amalia volvía a insistir en algo que empezaba a repetirse en cada lugar que visitábamos: no quería que su hija conservara las propiedades por obligación.
Si alguna casa dejaba de hacerla feliz o suponía una carga, debía venderla.
Pero antes de tomar una decisión, le pedía que entendiera cómo funcionaba, qué ingresos la sostenían y qué lugar había ocupado dentro del patrimonio familiar.
—Eso me gusta —dije—. No te está diciendo que conserves nada.
—No.
—Te está diciendo que no vendas por miedo antes de saber lo que tienes.
Mi madre volvió a mirar hacia las ventanas del despacho. Más allá estaba el jardín y, al fondo, el Mediterráneo.
—Pues esta no me está dando mucho miedo.
Me reí.
—Ya decía yo.
Mi padre se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Primero la disfrutamos.
—Eso.
Cogí los documentos y los ordené otra vez dentro del sobre.
—Y el lunes llamamos al banco, hablamos con quien lleve la sociedad aquí y que nos expliquen todo. Participación, rendimientos, gastos, impuestos, cuenta, quién administra qué y cuánto cuesta mantener esta maravilla durante un año. Nada de firmar cosas que no entendamos.
Mi madre asintió. Era exactamente lo que Amalia había hecho en Suiza y ahora volvíamos a encontrarlo en Mónaco: no había dejado simplemente propiedades.
Había dejado estructuras capaces de sostenerlas.
Y empezaba a sospechar que aquella mujer llevaba muchos años preparando una herencia que no obligara a su hija a ser rica.
Había preparado una herencia que le permitiera ser libre.
Después de revisar los sobres decidimos dejar los papeles para el lunes.
Ya habría tiempo para bancos, sociedades, cuentas y asesores.
Era sábado, estábamos todos juntos en Mónaco y mi madre, por primera vez en su vida, podía recorrer aquel lugar sabiendo que una parte de la historia de Amalia también le pertenecía.
Nos arreglamos y salimos todos. Carmen y Flor se apuntaron encantadas y sus padres también vinieron.
Aquello terminó pareciendo una excursión familiar organizada con muy poca antelación y demasiada gente opinando sobre por dónde debíamos empezar.
Lo que más me llamó la atención fue mi madre con la guardesa. Caminaban juntas unos metros por delante de nosotros y parecían dos primas lejanas que llevaran años sin verse. Mi madre preguntaba y ella contestaba sin parar, señalando lugares, recordando anécdotas y, sobre todo, hablando de Amalia.
—Tu madre hablaba muchísimo de ti —le dijo.
Mi madre la miró sorprendida.
—¿De mí?
—Muchísimo. Yo sabía que vivías en Cartagena, que estabas casada, que tenías cuatro hijas... Sabía hasta que la mayor era pelirroja.
Desde atrás levanté la mano.
—La pelirroja soy yo.
La mujer se volvió riéndose.
—Ya lo sé. En cuanto te vi ayer supe quién eras.
Aquello me dejó un poco descolocada.
—¿También hablaba de nosotras?
—De todas. De Marta, de Claudia, de Olga y de ti. Tenía fotografías y alguna vez nos enseñaba alguna. Estaba muy orgullosa de vosotras.
Mi madre bajó la mirada durante unos segundos.
Cada vez que alguien le contaba una cosa así se producía en ella la misma mezcla: alegría por descubrir cuánto había sabido Amalia de su vida y tristeza porque nunca se lo hubiera dicho directamente.
La guardesa siguió hablando con ella mientras caminaban.
—Mi madre también trabajó aquí muchos años, antes que nosotros. Ella conoció muchísimo a Amalia. Cuando yo era joven venía a ayudar algunas temporadas y después, cuando mis padres se hicieron mayores, mi marido y yo nos quedamos ocupándonos de la casa.
—Entonces lleváis aquí media vida —dijo mi madre.
—Prácticamente. Por eso, aunque tú no me conocieras, yo sabía muchas cosas de ti. Mi madre me contaba lo que Amalia le contaba a ella. Para nosotras eras como esa prima que vive lejos y de la que siempre se habla, pero que nunca aparece.
Mi madre soltó una carcajada.
—Pues ya he aparecido.
—Ya era hora.
Aquello rompió definitivamente cualquier distancia entre ellas.
Mi abuela caminaba al otro lado escuchándolo todo.
De vez en cuando añadía algún detalle sobre Amalia que la guardesa no conocía y entre las dos iban reconstruyendo etapas distintas de una misma mujer.
Una había conocido a la joven que tomó la decisión de entregar a su hija a sus mejores amigos; la otra había conocido a la mujer adulta que viajaba, invertía, compraba propiedades y seguía preguntando desde lejos por aquella hija.
En un momento la guardesa señaló a Carmen y Flor, que iban unos metros por delante con Lola, Leonor y mis hermanas.
—Yo también tengo dos hijas. Son más o menos de la edad de las tuyas.
Mi madre sonrió.
—Sí, ya me he dado cuenta de que nuestras hijas han tardado muy poco en encontrarse.
—Eso es culpa de las mías. Las sacas de casa y a los diez minutos ya conocen a todo el mundo.
—Pues las tuyas llevaron anoche a las nuestras de excursión cultural —intervino mi padre.
La guardesa se echó a reír.
—Ya me han contado la excursión cultural.
—No fue para tanto —dije desde atrás.
Carmen se volvió.
—Llegaste con los zapatos en la mano.
—Porque me dolían los pies.
—Y preguntando dónde podías comer churros.
—Porque tenía hambre.
—Y diciendo que Mónaco tenía una carencia gravísima de chocolate con churros.
—Y sigo manteniéndolo.
Mi abuelo empezó a reírse y mi madre negó con la cabeza.
Seguimos paseando sin ninguna prisa. Carmen y Flor ejercían de guías con nosotras mientras sus padres se ocupaban de mis padres y mis abuelos.
Nos enseñaban calles, accesos, rincones y lugares que el día anterior, entre compras y copas, yo apenas había registrado.
A plena luz todo me parecía diferente. Seguía impresionándome lo comprimido que estaba aquel pequeño país, la forma en que los edificios ascendían por el terreno y cómo el Mediterráneo aparecía una y otra vez al final de una calle, entre dos construcciones o desde una terraza.
Pero yo miraba más a mi madre que a Mónaco.
La veía caminar junto a aquella mujer que sabía quién era ella desde hacía décadas y comprendí algo que hasta entonces no había pensado.
En Suiza habíamos encontrado propiedades, fotografías, documentos y personas que conocían a Amalia.
En Mónaco estábamos encontrando algo distinto.
Gente que conocía a mi madre sin que mi madre los conociera a ellos.
Durante todos aquellos años en que Marisa no había sabido quién era su madre biológica, Amalia había seguido hablando de ella.
Había contado que se casó, que se marchó a Cartagena, que tuvo cuatro hijas, que la mayor era pelirroja y que las pequeñas fueron creciendo.
Había llevado nuestra historia consigo de un país a otro.
Mi madre se volvió en ese momento hacia nosotras.
—¿Venís o qué?
—Vamos, terrateniente —le contesté.
—Como vuelvas a llamarme así, te desheredo.
—Primero tendrás que aprender cómo funciona todo lo que vas a dejarme.
Mis hermanas protestaron inmediatamente.
—¡A dejarnos!
—A las cuatro —corrigió Claudia.
—Y los ochocientos mil que no se pierdan por el camino —añadió otra.
Mi madre empezó a reírse. La guardesa la miró y después nos miró a nosotras.
—Amalia decía que erais una familia ruidosa.
—¿También sabía eso? —pregunté.
—Eso era de lo que estaba más segura.
Seguimos caminando entre risas y pensé que quizá aquella era la manera más bonita de conocer el pasado de Amalia: no abriendo cajas ni leyendo cartas, sino escuchando a personas que la habían querido hablar de ella mientras mi madre caminaba, por fin, en medio de todas aquellas historias.
Aquella mañana me levanté especialmente feliz.
No sabía muy bien por qué, aunque supongo que ayudaba bastante que Roberto siguiera dormido a mi lado cuando abrí los ojos.
Me quedé unos segundos mirándolo, con esa tranquilidad que había empezado a instalarse entre nosotros sin pedir permiso.
Ya no me sorprendía despertarme con él ni encontrar un cepillo de dientes suyo en mi baño o una camisa olvidada sobre una silla.
Lo sorprendente empezaba a ser lo contrario.