Capítulo 7 #3
Le hice una foto a la mesa, con las tazas y los restos de nuestro desayuno de madrugada.
Viva. Buscaba churros y he acabado comiendo esto.
Mónaco tiene mucho dinero pero graves carencias estructurales.
La respuesta llegó casi inmediatamente. Vuelve a Marbella.
Aquí te compro churros. Sonreí mirando la pantalla.
—Otra vez Roberto —dijo Carmen.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque nadie sonríe así mirando un mensaje del banco.
No pude discutirle aquello. Terminamos de comer y emprendimos el regreso a la villa.
Carmen y Flor nos acompañaron, aunque sus padres probablemente no necesitaban ninguna explicación sobre la hora.
A esas alturas yo caminaba con los zapatos en la mano y Leonor había decidido que al día siguiente no se levantaría antes del mediodía bajo ninguna circunstancia.
Cuando llegamos, la casa estaba en silencio y el Mediterráneo apenas se distinguía en la oscuridad más allá de los ventanales.
Nos despedimos de Carmen y Flor prometiendo vernos al día siguiente.
—Pero mañana algo tranquilo —dije.
Las dos sonrieron. Aquella sonrisa no me gustó nada.
—¿Qué entendéis vosotras por tranquilo?
—Ya lo verás —contestó Flor.
Entré en la villa detrás de Lola y Leonor pensando que quizá el verdadero peligro de aquella herencia no fueran las propiedades, los millones ni los secretos de Amalia.
Eran las hijas de los guardeses. La luz del sol entraba insultantemente por las ventanas.
Abrí un ojo, solo uno, porque el otro todavía no estaba preparado para enfrentarse al mundo, y me quedé inmóvil intentando recordar dónde estaba. Entonces me llegó olor a café.
¿Café?
Busqué el móvil a tientas por la mesilla y conseguí enfocar la pantalla. Las doce y cuarto.
—Madre mía... Las doce y cuarto.
Me incorporé demasiado deprisa y mi cabeza me recordó inmediatamente que la noche anterior había bebido, bailado, vuelto a beber y terminado buscando churros en Mónaco.
Fui al baño, hice lo imprescindible y me miré al espejo.
Aquello era espantoso. Me había acostado con todo el maquillaje puesto.
El rímel se había desplazado hacia lugares donde jamás fue invitado, tenía dos chorretes negros debajo de los ojos y restos de sombra repartidos por la cara.
Parecía el payaso malo de un circo de tercera categoría. Intenté lavarme solo la cara.
Error.
Cuanto más frotaba, más extendía aquella porquería.
—Pero ¿qué maquillaje hemos comprado?
Si era bueno, desde luego era bueno. Resistente al agua, al sudor, al alcohol, a las discotecas y probablemente a una catástrofe nuclear.
Al final desistí, me quité la ropa y me metí entera en la ducha.
Agua caliente, jabón, champú y un buen rato intentando recuperar una apariencia humana.
Cuando salí, por lo menos volvía a reconocerme.
Me puse ropa cómoda, recogí el pelo todavía húmedo y seguí el olor a café hasta la cocina.
Allí me encontré una reunión familiar en toda regla.
—Buenos días —dije.
Varias cabezas se volvieron hacia mí. Mi madre estaba sentada tomando café como si llevara media vida instalada en Mónaco.
Mi padre estaba junto a una de las ventanas, mis abuelos desayunaban tranquilamente y mis hermanas iban y venían por la cocina.
Había bolsas de compra sobre una encimera, fruta, pan, quesos, leche, zumos y suficiente comida para alimentar a una familia bastante más numerosa que la nuestra.
—Buenos días no —dijo mi madre—. Buenas tardes.
—Son las doce y cuarto.
—Exactamente.
—¿A qué hora habéis llegado?
—A las diez.
Abrí mucho los ojos.
—¿Y nadie me ha despertado?
—¿Para qué? —contestó mi padre—. Estabais las tres muertas.
—¿Y Lola y Leonor?
—Siguen muertas.
Eso me tranquilizó. Por lo menos mi dignidad no había caído sola. Me serví una taza de café enorme y me senté.
—¿Y toda esta comida?
—Hemos estado hablando con los guardeses —explicó mi madre—. No tenían preparada la despensa porque nadie les había avisado de que vosotras aparecíais ayer de repente. Esta mañana han hecho entrar la compra y ya está todo organizado.
—¿Los habéis conocido?
—Claro. Llevan muchísimos años aquí.
Mi madre parecía encantada. Me contó que habían pasado buena parte de la mañana hablando con ellos, preguntando cómo funcionaba la casa, qué mantenimiento tenía, quién se ocupaba del jardín y la piscina, qué proveedores utilizaban y cómo se había organizado Amalia durante todos aquellos años.
Los guardeses conocían la villa al milímetro y habían conservado sus rutinas incluso después de su muerte, esperando instrucciones de la nueva propietaria.
La nueva propietaria. Miré a mi madre mientras untaba tranquilamente una tostada.
—¿Qué se siente al llegar a Mónaco y descubrir que tienes guardeses?
—No empieces.
—Es una pregunta legítima.
—Se siente raro.
—¿Raro bien o raro mal?
Mi madre miró alrededor de la cocina y después hacia las ventanas, por donde entraba aquella luz mediterránea maravillosa.
—Raro de no terminar de creerme que esto sea mío.
Aquello sí lo entendía. Me bebí medio café de golpe.
—Pues ve acostumbrándote, porque después de ver la casa no pienso dejarte venderla a la primera de cambio.
—Ya estamos.
—Primero la disfrutas. Después hacemos números. Gastos, mantenimiento, impuestos, todo. Y entonces decides.
Mi padre intervino:
—Eso mismo le he dicho yo.
—Gracias, papá. Por fin alguien sensato en esta familia.
—Tú no eres precisamente la indicada para hablar de sensatez —dijo una de mis hermanas—. Carmen y Flor nos han contado que llegasteis de madrugada.
Me quedé con la taza a medio camino.
—¿Ya habéis hablado con ellas?
—Con sus padres. Y ellas estaban por allí.
—¿Y qué han contado exactamente?
Mi hermana sonrió.
—Que os enseñaron Mónaco.
—Eso hicieron.
—También la noche golfa.
—Eso forma parte de Mónaco.
Mi madre me miró.
—¿Y Leonor no tiene dos niñas pequeñas?
—Precisamente por eso necesitaba salir.
Mi abuela soltó una carcajada y mi madre negó con la cabeza.
—Treinta y cuatro años y sigues igual.
—No sigo igual. Ahora puedo pagarme las copas.
Eso hizo reír a mi padre. Me levanté para buscar algo de comer y descubrí que la compra había sido seria. La nevera estaba llena, había fruta, yogures, huevos, embutidos, quesos y hasta varias cosas que yo no sabía identificar pero que tenían aspecto de costar demasiado para ser un desayuno.
Mientras preparaba algo, miré por la ventana.
A plena luz del día la casa era todavía más impresionante.
El mar brillaba al fondo, la vegetación parecía recién peinada y, hacia la derecha, apenas se distinguía entre los árboles la casita de los guardeses.
La noche anterior habíamos llegado deprisa, casi a oscuras y con ganas de fiesta.
Aquella mañana —o tarde, según mi madre— empezaba a comprender de verdad el tamaño de lo que Amalia había dejado detrás.
Y todavía no habíamos visto Mónaco con mi madre como propietaria.
Aquello prometía.
—Por cierto —dijo mi madre mientras yo atacaba una tostada—, esta tarde quiero que salgamos todos. Quiero conocer esto bien.
La miré.
—Perfecto. Carmen y Flor son unas guías estupendas.
Mi madre levantó una mano inmediatamente.
—De día, Lourdes. Quiero conocer Mónaco de día.
—Ah.
—Y sin noche golfa.
Sonreí.
—Entonces necesitarás otra guía.
Después de desayunar —o comer, porque a las doce y pico ya no sabía cómo llamar a aquello— se me ocurrió que todavía no habíamos mirado bien el despacho.
—En Suiza dejó papeles por todas partes —le dije a mi madre—. Antes de empezar a hacer turismo, vamos a ver si aquí también ha dejado alguna indicación.
Nos fuimos al despacho. Mi madre abrió cajones mientras yo revisaba la mesa y una pequeña cómoda que había junto a la biblioteca. No tuvimos que buscar demasiado.
Allí estaban.
Dos sobres grandes y blancos, perfectamente colocados uno encima del otro. En ambos había una sola palabra escrita a mano.
MARISA.
—Mamá.
Se volvió y, al verlos, se quedó quieta.
—Otra vez.
—Otra vez.
Cogió el primero y lo abrió. Dentro había varias hojas y documentación de la casa. Me senté a su lado y empezamos a leer.
Amalia había dejado explicado hasta el funcionamiento económico de la villa.
La propiedad no debía convertirse en una carga para Marisa.
Los gastos ordinarios de mantenimiento, personal, jardín, piscina, seguros y demás costes se atendían con los rendimientos de una participación que su sociedad patrimonial mantenía en la Société des Bains de Mer de Mónaco, la empresa vinculada históricamente al Casino de Monte-Carlo y a otros negocios del Principado.
—¿También tenía parte del casino? —preguntó mi padre desde la puerta.
—De la empresa —lo corregí—. No vayamos a decir ahora que mamá es dueña del Casino de Montecarlo.
—Déjame disfrutar cinco minutos.
Seguí leyendo.
Según Amalia, los rendimientos habían sido suficientes durante años para cubrir los gastos de la propiedad y todavía generar superávit. Parte de ese excedente permanecía en una cuenta vinculada a la administración de los activos monegascos. Mi madre me miró.
—¿Entonces esta casa también se paga sola?
—Eso parece.
—¿Como la de Suiza?
—Más o menos. Y empiezo a entender cómo pensaba Amalia.
En una de las páginas había dejado una recomendación que me pareció especialmente inteligente: siempre que fuera posible, cada propiedad debía sostenerse con activos e ingresos generados en el mismo país o jurisdicción donde estuviera situada.
No era una orden y tampoco pretendía sustituir el asesoramiento fiscal; era simplemente la manera en que ella había organizado su patrimonio durante años.
Menos movimientos innecesarios de dinero entre países, contabilidad separada y profesionales locales encargándose de las obligaciones de cada sitio.
—Esta mujer no tenía casas —dije—. Tenía pequeños ecosistemas.
Mi padre se rio.
—Pues funcionaban.
—Y muy bien, por lo que estoy viendo.
Mi madre continuó leyendo hasta llegar a una anotación final.