L&L Capítulo 7 #2
51%

Capítulo 7 #2

Eso sí era urgente. Porque si algo había entendido durante mis primeros treinta minutos en Mónaco era que aquel sitio podía ser diminuto, pero para gastarse el dinero parecía tener espacio de sobra.

Mientras seguíamos curioseando por el jardín, miré hacia la derecha y distinguí un tejado entre la vegetación.

Había una casita casi escondida detrás de árboles y arbustos, separada de la villa y con su propio pequeño porche.

—Qué bonita —les dije a las chicas—. Vamos a verla.

—Lourdes, acabamos de llegar y ya estás inspeccionando hasta las casetas —protestó Lola.

—Es deformación profesional.

Nos acercamos por un sendero y, al llegar, descubrimos que aquello no era ningún pabellón de invitados ni una construcción auxiliar. Había macetas en el porche, unas zapatillas junto a la puerta y un coche aparcado discretamente a un lado.

—Aquí vive alguien —dijo Leonor.

—Pues vamos a averiguar quién.

Llamé a la puerta y nos abrió una mujer de unos cincuenta y tantos años. Detrás apareció un hombre más o menos de su edad. Los dos eran españoles y, en cuanto dije mi nombre, la expresión de la mujer cambió.

—¿Lourdes Marín?

—Sí.

—¡Pero no os esperábamos hoy!

Aquello fue suficiente para que desapareciera cualquier tensión.

Se presentaron como los guardeses de la propiedad.

Llevaban años ocupándose de la villa: vigilaban la casa cuando estaba vacía, controlaban el mantenimiento y coordinaban a las personas que se encargaban del jardín, la piscina y las reparaciones.

Ellos no hacían todo, naturalmente, pero sabían quién entraba, quién salía y qué necesitaba atención.

—La casa está preparada —nos explicó ella—. Limpia, camas hechas, agua caliente, todo funcionando. Lo único que no tenéis es comida. Nadie nos había avisado de que llegabais hoy.

—Eso tiene fácil solución —dijo Lola.

Nos dieron sus teléfonos y nos explicaron algunas cosas básicas de la casa. Mi madre y el resto de la familia sí figuraban como llegada prevista, pero nosotras nos habíamos adelantado tanto que habíamos pillado a todo el mundo por sorpresa. Entonces aparecieron sus hijas.

Carmen y Flor tendrían aproximadamente nuestra edad y vivían su propia vida, aunque estaban allí aquella tarde visitando a sus padres.

Bastaron diez minutos para que pareciera que nos conocíamos desde hacía años.

Eran simpatiquísimas, hablaban por los codos y, cuando se enteraron de que ninguna de nosotras conocía Mónaco, nos miraron como si acabáramos de proporcionarles entretenimiento para todo el fin de semana.

—¿Pero no conocéis nada? —preguntó Carmen.

—Nada —contesté—. Hace unas horas he descubierto que Mónaco no tiene aeropuerto.

Flor se echó a reír.

—Entonces hay que empezar desde el principio.

—Primero necesitamos comer —dijo Leonor.

—Y comprar algunas cosas —añadió Lola.

Carmen nos miró de arriba abajo.

—¿Habéis venido a Mónaco sin maletas?

—Con una cancelación de última hora y una hora para coger el avión —expliqué.

—Tenemos tarjetas —aclaró Lola.

Flor levantó las cejas.

—Entonces no tenéis ningún problema.

Aquellas dos me gustaron inmediatamente.

Salimos con ellas y por fin empezamos a conocer Mónaco desde dentro, no desde la ventanilla de un coche.

Nos enseñaron por dónde movernos sin dar vueltas absurdas, los ascensores y pasos que comunicaban unas zonas con otras, las calles donde estaban las tiendas que realmente nos interesaban y también aquellas en las que Lola se detenía ante un escaparate, miraba un bolso y prefería no preguntar el precio.

—No mires —le dije.

—Estoy mirando.

—Pues no conviertas un fin de semana en una hipoteca.

—Lourdes, acabamos de vender una casa de casi catorce millones.

—La casa no era nuestra.

—Qué manía tienes de estropearme los argumentos.

Carmen y Flor nos llevaron después a comer y allí terminamos de congeniar.

Conocían restaurantes para todos los gustos, desde los sitios donde una podía sentarse tranquilamente frente al mar hasta los locales donde había que reservar con tiempo y acudir un poco más arreglada.

Nosotras queríamos conocerlo todo. Y ellas estaban encantadas de enseñárnoslo.

Lo que empezó como una vuelta para comprar cuatro cosas terminó convirtiéndose en el inicio oficial de nuestro fin de semana.

Dejamos las bolsas en la villa, nos arreglamos y volvimos a salir con Carmen y Flor.

Entonces descubrimos que aquellas dos mujeres tan agradables que habían aparecido en la casita de sus padres tenían una segunda especialidad. La noche golfa.

—¿Estáis seguras de que queréis conocerla? —preguntó Flor mientras nos dirigíamos hacia el centro.

—Absolutamente —contestó Leonor antes que ninguna.

La miré.

—Tú eras la que hace unas horas no podía venir.

—Y ahora estoy aquí. No pienso desperdiciarlo.

Carmen nos enseñó primero la versión elegante: terrazas llenas, copas, música, gente arreglada y coches que parecían salir de una exposición.

Después empezaron los lugares donde la música subía, las conversaciones se acercaban al oído y la noche perdía poco a poco las buenas maneras.

No tardamos mucho en olvidarnos de que Carmen y Flor eran las hijas de los guardeses.

Aquella noche éramos cinco mujeres de edades parecidas, sin niños, sin albañiles, sin compradores, sin herencias, sin casas que vaciar y sin nadie preguntándonos dónde estaba una factura.

Leonor era la más feliz de todas.

—Como mi marido me llame —nos dijo levantando la copa—, estoy trabajando.

—¿En qué? —preguntó Carmen.

Leonor señaló alrededor con absoluta seriedad.

—Prospección de mercado internacional.

Casi escupo la bebida. A medianoche ya habíamos aprendido que Mónaco podía ser diminuto durante el día y sorprendentemente grande cuando una llevaba varias copas encima.

Carmen y Flor conocían gente, saludaban a medio mundo y nos movían de un sitio a otro con una facilidad que nosotras jamás habríamos tenido solas.

Lola bailaba. Leonor bailaba más. Yo también, aunque de vez en cuando miraba el teléfono.

Tenía mensajes de Roberto. Y cada vez que aparecía su nombre en la pantalla se me escapaba la misma sonrisa estúpida.

Flor me pilló en una de ellas.

—Ese teléfono tiene nombre de hombre.

—Roberto.

—¿Novio?

Me quedé pensando. Hacía unos días habría contestado inmediatamente que no. Aquella noche tardé demasiado. Carmen levantó su copa.

—Eso significa que sí.

—Eso significa que no sé qué significa.

—Mucho peor —dijo Flor—. Estás en la fase peligrosa.

Lola, que lo había oído, apareció a mi lado.

—Está enamorada.

—Vete a bailar.

—Hasta las trancas.

Carmen y Flor brindaron con ella mientras yo negaba con la cabeza.

Miré a mis cuatro compañeras de aquella noche y terminé riéndome también.

Habíamos llegado a Mónaco casi sin maleta, con una botella de vino que probablemente no deberíamos haber sacado de ninguna bodega y con la excusa de que aquello era un viaje de trabajo.

A esas alturas ya tenía bastante claro que L&L iba a tener serias dificultades para justificar algunos gastos de empresa.

Seguimos bailando y bebiendo hasta unas horas de la madrugada que, por dignidad, prefiero no concretar.

Leonor había olvidado por completo que tenía dos gemelas, Lola había hecho amistad con media pista de baile y Carmen y Flor demostraron tener una resistencia que nosotras, después de una semana de trabajo, empezábamos a perder.

En algún momento mi cuerpo decidió que ya había recibido suficiente alcohol y necesitaba azúcar, grasa o cualquier sustancia capaz de devolverme a la vida. Me acerqué a Flor.

—¿Aquí hay algún sitio donde podamos comer churros con chocolate caliente?

Me miró divertida.

—¿Churros?

—Sí. Churros. Chocolate. Caliente. Una se sienta, moja y vuelve a ser persona.

—Exactamente eso no.

—Vaya país.

—Pero conozco algo dulce que a estas horas te va a gustar igual.

—¿Está caliente?

—Sí.

—¿Lleva azúcar?

—Mucho.

—Pues vamos.

No pregunté nada más. Reunimos a las demás y salimos a la calle todavía riéndonos.

El aire de la madrugada me sentó de maravilla.

Después de tantas horas entre música, copas y gente, caminar por aquellas calles impecables con los tacones empezando a convertirse en instrumentos de tortura me pareció casi terapéutico.

Flor nos llevó a un pequeño establecimiento que todavía tenía movimiento a esas horas. No era la churrería de mi infancia ni tenía grandes tazas de chocolate espeso esperando detrás de una barra, pero olía a mantequilla, masa caliente y azúcar.

—Confía en mí —dijo.

—Llevo toda la noche confiando en ti y mira cómo voy.

Acabamos con bollería recién calentada, crujiente por fuera y tierna por dentro, y bebidas calientes entre las manos. Yo pedí chocolate porque, si no podía tener churros, al menos pensaba defender la mitad de mi antojo. Me senté, partí el dulce y lo mojé. Cerré los ojos.

—Vale.

Flor sonrió.

—¿Vale qué?

—Que os perdono lo de los churros.

Leonor comía con una felicidad que no le había visto ni delante de las mejores mansiones de Marbella.

—Esto es mejor que el sexo.

Lola y yo la miramos a la vez.

—Entonces necesitas urgentemente ese fin de semana con tu marido —dijo Lola.

—He dicho que está muy bueno, no que mi matrimonio esté muerto.

Carmen empezó a reírse y yo casi me atraganté con el chocolate.

Allí estábamos las cinco, de madrugada, despeinadas, con los zapatos molestándonos, restos de maquillaje después de horas bailando y comiendo dulces como adolescentes después de una discoteca.

A nuestro alrededor seguía existiendo Mónaco con sus yates, sus coches imposibles, sus edificios millonarios y toda aquella elegancia que parecía obligatoria.

Pero nosotras ya no teníamos nada de elegantes.

Y estábamos estupendas. Miré el teléfono.

Tenía un mensaje de Roberto preguntándome si seguía viva.