Capítulo 7
Mientras Lola conducía, abrí el WhatsApp de Roberto. No tenía tiempo para llamarlo y, además, me apeteció soltarle la noticia sin demasiadas explicaciones. Finde en Mónaco con Lola y Leonor. Besos, mi cielo. Lo envié y me quedé mirando el teléfono.
Mi cielo.
En cuanto lo vi escrito me entró una mezcla de vergüenza y risa. Él había empezado. Que constara. Primero había sido mi vida, después cielo, y ahora yo acababa de devolvérselo como si llevara llamándolo así desde que nacimos.
—¿Qué haces? —preguntó Lola sin apartar la vista de la carretera.
—Nada.
—Esa cara no es de nada.
—Le he dicho a Roberto que me voy a Mónaco.
—¿Y?
—Y le he puesto «besos, mi cielo».
Lola giró la cabeza un segundo para mirarme.
—¡No!
—Mira la carretera.
—¿Tú? ¿Mi cielo?
—Él me lo ha dicho antes.
—Sí, pero una cosa es que te lo diga él y otra que tú ya estés devolviendo cielos.
—Cállate.
Volví a mirar la pantalla. Nada. Pasaron diez segundos.
Quince.
—No contesta.
—Lourdes, igual el hombre está trabajando.
—Ya.
Veinte segundos.
Actualicé la pantalla como una imbécil, aunque sabía perfectamente que WhatsApp no necesitaba que yo actualizara nada.
—Sigue sin contestar.
—Estás fatal.
—Estoy observando.
—Estás esperando que te diga alguna barbaridad romántica.
—No.
—Sí.
El teléfono vibró en mi mano. Lo abrí tan deprisa que Lola soltó una carcajada.
¿Mónaco? Tú no puedes avisarme de que te vas a otro país y terminar con “mi cielo” como si eso compensara todo.
Pásalo bien, preciosa. Llámame cuando llegues.
Y vuelve pronto, que ya te echo de menos.
Se me quedó una sonrisa tan grande que no pude disimularla.
—¿Qué dice?
—Nada.
—Lourdes.
Bloqueé el teléfono y lo apreté contra el pecho.
—Que lo pase bien.
—Mentira.
—Y que vuelva pronto.
—¿Algo más?
Miré por la ventanilla intentando contener la sonrisa.
—Que ya me echa de menos.
Lola dio un golpe de alegría en el volante.
—¡Ay, amiga, estás jodida!
—Conduce.
—Hasta las trancas.
—Lola.
—Enamoradísima.
—¡Que conduzcas!
Me reí y volví a mirar el mensaje. Lo peor era que no me molestaba que tuviera razón.
Lo peor era que yo también empezaba a echarlo de menos y todavía no habíamos despegado.
No tenía ni idea de Mónaco. Pero ni idea significaba exactamente eso: cero.
Sabía que era pequeño, que había un casino, un príncipe, coches carísimos y gente con más dinero del que probablemente podría gastarse en varias vidas.
Todo lo demás, para mí, era terreno desconocido.
Mi primera sorpresa llegó antes de salir.
—¿Dónde está el aeropuerto de Mónaco? —pregunté.
Leonor me miró.
—No hay.
—¿Cómo que no hay?
—No hay aeropuerto para aviones. Aterrizamos en Niza y desde allí vamos por carretera.
—¿Y tanto glamour para no tener aeropuerto?
—Tienen helipuerto.
—Ah, bueno. Entonces retiro lo dicho.
El vuelo fue tan rápido que apenas nos dio tiempo a relajarnos.
Lola y Leonor abrieron una de las botellas que habíamos llevado y yo protesté por puro teatro, porque fui la primera en poner la copa.
Entre la venta de la casa de Michael, Alexander, mis padres recorriendo Suiza como nuevos terratenientes y nosotras tres escapándonos a Mónaco con una hora de aviso, aquella semana merecía terminar con vino.
Aterrizamos en Niza y allí empezó mi verdadera sorpresa.
El Mediterráneo estaba presente desde el primer momento.
Durante el trayecto hacia Mónaco fui pegada a la ventanilla como una niña.
La costa, las montañas cayendo hacia el mar, las carreteras encajadas en el terreno y, de pronto, aquel pequeño territorio construido casi hacia arriba porque hacia los lados parecía no quedarle sitio.
—Pero ¿esto es Mónaco ya? —pregunté.
—Sí.
—¿Todo?
Leonor se rio.
—Más o menos.
Miré otra vez por la ventanilla.
—Pero si esto cabe en Marbella.
—No exageres.
—Bueno, en Marbella y un trocito de Puerto Banús.
La entrada me dejó callada durante unos minutos.
Edificios agarrados a las laderas, terrazas, jardines apareciendo donde parecía imposible meter un árbol, túneles, curvas, calles impecables y el mar siempre abajo, azul y enorme, como si Mónaco hubiera decidido construir cada centímetro disponible mirando hacia él.
No era una ciudad como las que yo conocía.
Era vertical. Esa fue la primera palabra que se me ocurrió.
Subías, bajabas, entrabas en un túnel, salías y estabas otra vez frente al Mediterráneo.
Había ascensores públicos para salvar desniveles y, cuando me lo explicaron, me pareció la cosa más lógica del mundo.
Allí una podía vivir a doscientos metros de un sitio y tenerlo prácticamente debajo de los pies.
Cuando pasamos cerca de Puerto Hércules entendí por qué aquel lugar tenía fama de escaparate para millonarios. Los yates ocupaban el puerto como si compitieran entre ellos por ver quién era más grande, más blanco y más absurdo. Algunos parecían edificios flotantes.
—¿Eso es un barco o un bloque de apartamentos? —pregunté señalando uno.
—No preguntes cuánto cuesta —dijo Lola.
—No pensaba hacerlo.
Mentía.
Mi deformación profesional ya estaba funcionando.
Miraba edificios y calculaba mentalmente metros, vistas, accesos y precios aunque no conociera ninguno.
Montecarlo aparecía elegante y compacto, con fachadas cuidadísimas, hoteles, tiendas y coches que en cualquier otra ciudad habrían hecho girar cabezas y allí parecían formar parte del mobiliario urbano.
Más adelante estaba Larvotto, junto al mar, y al otro lado Fontvieille, ganado al terreno con esa capacidad que tenían allí de colocar cosas donde yo habría jurado que físicamente no cabían.
—Me estoy poniendo nerviosa —dije.
—¿Por qué? —preguntó Leonor.
—Porque quiero saber cuánto vale todo.
Lola soltó una carcajada.
—Has tardado diez minutos en convertir Mónaco en un catálogo inmobiliario.
—Soy profesional.
Pero entonces el coche comenzó a subir y dejé de hacer bromas.
La dirección que nos había mandado mi hermana nos llevó hacia una zona residencial elevada.
Las calles se hicieron más tranquilas y las propiedades más discretas.
Eso me llamó muchísimo la atención. Yo esperaba ostentación por todas partes y descubrí que el verdadero lujo no siempre necesitaba gritar.
Había fachadas protegidas por muros, vegetación perfectamente cuidada, entradas que apenas dejaban adivinar lo que escondían y cámaras colocadas con una discreción que yo conocía muy bien.
—Aquí es —dijo Leonor.
Miré hacia fuera.
—No.
—Sí.
—¿Esta es la casa de mi madre?
—Eso pone.
La entrada ya me gustó. Nada de dorados ni columnas de emperador romano.
Un portón elegante, piedra clara, vegetación mediterránea y una fachada que desde la calle enseñaba mucho menos de lo que realmente había detrás.
Abrimos y entramos. Entonces entendí por qué.
La villa estaba construida para mirar al mar.
Atravesamos el recibidor y, al llegar al gran salón, el Mediterráneo apareció delante de nosotras a través de unos ventanales enormes.
Más allá de las terrazas, el terreno descendía en distintos niveles y Mónaco se extendía abajo, comprimido entre la montaña y el agua.
Desde allí se distinguían edificios, una parte del puerto y, mucho más allá, únicamente mar. Lola dejó el bolso.
—Joder.
Leonor se acercó al cristal.
—Pues sí.
Yo no dije nada. La casa tenía esa elegancia que solo consiguen algunas propiedades antiguas cuando alguien ha sabido actualizarlas sin destrozarlas.
Piedra, madera, techos altos, grandes ventanales y habitaciones amplias, pero sin convertir aquello en uno de esos palacios donde da miedo sentarse.
Había libros, fotografías, lámparas que parecían llevar allí toda la vida y muebles que no habían sido comprados juntos para combinar.
Se notaba que alguien había vivido de verdad en aquella casa.
Amalia.
Otra vez ella. Recorrimos la planta principal.
Había un comedor grande, despacho, cocina, varias zonas de estar y terrazas que parecían multiplicar los metros de la casa.
En la planta superior estaban los dormitorios, casi todos orientados de una manera u otra hacia el Mediterráneo.
Abajo, el jardín se distribuía en terrazas y terminaba en una piscina que, desde cierto ángulo, parecía fundirse con el azul del mar.
—Mi madre va a perder la cabeza —dije.
—¿Todavía no la ha visto? —preguntó Leonor.
—No. Llegan después que nosotras.
Lola se volvió hacia mí.
—¿Y va a vender esto?
—Después de Suiza ya no tengo ni idea de lo que va a hacer mi madre.
Salimos a la terraza. Hacía una temperatura magnífica.
Apoyé las manos en la barandilla y respiré.
Abajo estaba aquel país diminuto que yo apenas sabía colocar correctamente en un mapa unas horas antes.
Puerto Hércules, Montecarlo, los edificios escalonados, las carreteras y el Mediterráneo ocupándolo todo al fondo.
En algún lugar de aquella concentración de lujo habría apartamentos que costarían cifras que hasta a mí me daría pudor pronunciar.
Saqué el móvil. Tenía un mensaje de Roberto. ¿Ya ha llegado mi chica a Mónaco?
Sonreí.
Lola lo vio.
—Otra vez esa cara.
—Déjame.
—Mándale una foto.
Me hice una desde la terraza con el mar detrás y se la envié. Llegada. Y acabo de descubrir que mi madre tiene una casa que yo no pienso dejar que venda sin pensárselo muchísimo. Guardé el teléfono y volví a mirar la vista.
—Chicas —dije—, tenemos un problema.
Leonor se giró.
—¿Cuál?
—Que no quiero volver a Marbella.
—Hace una hora tampoco sabías si Mónaco tenía aeropuerto.
—Y sigo sin saber casi nada. Pero aprendo rápido.
Lola levantó su copa.
—Pues aprende dónde se cena.