Capítulo 6 #5
—¿Dónde vas?
—A la casa.
—Lola...
—Quedan cosas que revisar.
No quise preguntar. Más tarde apareció con varias botellas. No eran las joyas de la corona ni mucho menos la famosa botella de cincuenta mil euros, pero por la forma en que las sujetaba comprendí que tampoco había escogido el vino de cocinar.
—¿Qué haces con eso?
—Compensando mi error.
—Lola, hemos vendido la bodega.
—Todavía no se ha entregado.
—Eso no significa que puedas saquearla.
—No estoy saqueando nada. Michael ha dicho que no quiere absolutamente nada, el contenido todavía está bajo nuestra gestión y estas estaban apartadas antes del cierre definitivo.
La miré con los brazos cruzados.
—Eso te lo acabas de inventar.
—Puede.
Dejó unas botellas a un lado.
—Estas para ti y estas para mí.
Cogí una y miré la etiqueta sin entender absolutamente nada.
—¿Cuánto vale esto?
—Mejor que no lo sepas.
—Lola.
—No son de cincuenta mil, tranquila. Ni remotamente. Pero son bastante buenas.
—¿Bastante buenas de veinte euros o bastante buenas de esas que me hacen beber con las dos manos?
—De las segundas.
Solté una carcajada.
—Estás picadísima.
—Me he dejado pasar una botella de cincuenta mil euros, Lourdes. Voy a estar picada hasta Navidad.
Guardó las suyas con un cuidado que no había dedicado a ninguna otra cosa en toda la semana.
Yo miré las mías y pensé inmediatamente en Roberto.
Al menos ya tenía vino para unas cuantas cenas.
Y, conociéndonos, probablemente también para unos cuantos desayunos tardíos. Guardé las botellas y miré a Lola.
—Entonces, ¿nos vamos a Mónaco o no?
—¿Este fin de semana?
—Este fin de semana. Mi familia sale hoy para allá y mi hermana ya me ha mandado la dirección. Leonor les ha reservado el avión, así que nosotras podemos ir detrás.
Lola sonrió.
—Yo me apunto.
—Pues llama a Leonor y dile que se viene con nosotras.
—Tiene a las gemelas.
—Que las deje con su marido, con los abuelos, con quien pueda. Lleva toda la semana corriendo de una casa a otra, coordinando albañiles, fontaneros, peces, gatos, ardillas y canguros. Se merece dos días sin perseguir a nadie. Dile que es un viaje de trabajo.
—¿Trabajo? —preguntó Lola, aguantándose la risa.
—Por supuesto. Vamos a inspeccionar un activo inmobiliario en Mónaco propiedad de la madre de la directora de L&L. Eso es trabajo.
—La directora de L&L eres tú.
—Por eso lo digo con tanta autoridad. Llámala.
Lola puso el teléfono en altavoz. Leonor contestó enseguida y, por el ruido que se escuchaba detrás, debía de estar todavía en alguna obra.
—¿Qué pasa?
—Haz la maleta —dijo Lola.
—¿Para qué?
—Nos vamos a Mónaco.
Hubo un silencio.
—¿Quiénes?
—Tú, Lourdes y yo.
—Ni de coña.
Me acerqué al teléfono.
—Leonor, antes de decir que no, escucha. Te tomas el fin de semana libre, dejas a las gemelas con su padre y te vienes con nosotras. Además, oficialmente es un viaje de trabajo.
—¿Oficialmente para quién?
—Para ti, para tu marido y para nuestra conciencia.
Lola se tapó la boca para no reírse.
—Tengo dos niñas de dos años, Lourdes. No puedo desaparecer un viernes diciendo «me voy a Mónaco».
—Precisamente porque tienes dos niñas de dos años necesitas desaparecer un viernes diciendo «me voy a Mónaco».
—Mi marido me mata.
—Tu marido sobrevivirá cuarenta y ocho horas con sus propias hijas. Confío plenamente en él.
—Tú ni lo conoces tanto.
—Pero confío muchísimo.
Leonor soltó una carcajada.
—Sois unas cabronas.
—¿Eso es un sí? —preguntó Lola.
—Eso es que tengo que llamar a mi marido, organizar a las niñas y ver si mi madre puede echarle una mano.
—Perfecto —dije—. Ya estás organizando el viaje.
—No he dicho que vaya.
—Llámame cuando tengas hecha la maleta.
Colgamos y Lola me miró.
—Va a venir.
—Claro que va a venir. Hace dos días nos estaba diciendo que necesitaba recordar que antes de ser madre también era mujer. Pues nada mejor que Mónaco para refrescarle la memoria.
—¿Y nosotras cuándo salimos?
Miré la hora. Si íbamos a hacerlo, había que hacerlo bien.
—En cuanto Leonor confirme. Llamamos para que nos preparen el vuelo y avisamos a mi madre. Dos días, maleta pequeña y nada de complicarnos la vida.
Lola levantó una de las botellas que acababa de apropiarse de la bodega de Michael.
—¿Esta viene?
—Esa viene. Después de lo de los cincuenta mil euros, pienso beberme hasta la etiqueta.
A los diez minutos entró un mensaje de Leonor. Mi madre se queda esta noche en casa. Mi marido dice que me vaya antes de que cambie de opinión. ¿A qué hora salimos? Le enseñé el teléfono a Lola.
—Te lo dije.
Lola empezó a reírse.
Respondí inmediatamente.
Haz la maleta. Te recogemos. Y ponte guapa, que es un viaje de trabajo.
Dejé el móvil sobre la mesa y sentí esa excitación absurda que aparece cuando un plan improvisado empieza a hacerse realidad.
El viernes por la mañana había vendido una mansión de casi catorce millones de euros.
El viernes por la tarde me iba a Mónaco con mis dos mejores amigas.
Definitivamente, mi vida se estaba poniendo interesante.