Capítulo 6 #4
—¿Mi socio y yo?
—Vuestros abogados.
Volvió a reírse.
—Entonces, ¿tienes comprador?
—Tengo un hombre con diez hijos que ha salido enamorado de la casa, del cine, de la zona de juegos y especialmente de la bodega.
—Diez hijos...
—Sí. No preguntes.
—No pregunto. Solo estoy intentando imaginar el desayuno.
Me reí.
—La casa le encaja muchísimo. Le he dicho que son trece ochocientos cincuenta por el inmueble y que el contenido estaba pendiente porque todavía no sabía qué quería hacer Michael. Ahora la conversación cambia bastante.
—Pues llámalo.
—Eso voy a hacer.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Te veo luego?
Sonreí sin querer.
—Si me dejas trabajar, quizá.
—Trabaja, cielo.
Otra vez.
Colgó y me quedé mirando el teléfono.
Cielo.
Negué con la cabeza, arranqué el coche y marqué el número de Lola.
Antes de llamar al comprador necesitaba tener perfectamente claro qué había catalogado ya y, sobre todo, qué bienes debían quedar expresamente incluidos en la operación.
Porque una cosa era que Michael dijera que lo demás iba «de propina».
Y otra muy distinta que nosotras fuéramos a gestionar trece millones ochocientos cincuenta mil euros como si estuviéramos regalando una tostadora.
Llamé a Lola y lo tuvimos claro desde el primer minuto.
Que Michael no quisiera nada de lo que había dentro no significaba que nosotras fuéramos a regalarlo.
Si el comprador quería quedarse con los muebles, se los vendíamos; si quería la casa tal cual, le poníamos precio al conjunto; si quería cambiar colchones, se los cambiábamos; si quería sábanas nuevas, toallas, menaje o que le llenáramos la nevera antes de entrar, también.
Todo tenía un precio y, además, con pronto pago. Nosotras no regalábamos nada.
—Lola, no te vuelvas loca con el inventario. Hazlo a grosso modo, por estancias y por encima. Necesitamos una cifra global, no saber cuánto vale cada tenedor.
—Eso ya lo estaba pensando. Hay demasiado y, si este hombre quiere entrar con todo puesto, es absurdo valorar pieza por pieza.
—Por lo que he visto, yo pediría unos quinientos mil por mobiliario, decoración, menaje y todo lo demás. La bodega aparte. ¿Tú qué dices?
Lola tardó unos segundos en contestar. La imaginé haciendo cálculos mentalmente.
—Quinientos mil me parece defendible como salida. Hay dieciocho dormitorios, salones, comedor, exteriores, casa de invitados, zona de servicio... Solo reponer todo eso con este nivel de mobiliario le costaría bastante más, y encima tendría que esperar meses. Aquí paga y entra.
—Exactamente.
—Pero la bodega no la metas ahí ni loca. Esa la termino de revisar por bloques porque puede valer una barbaridad. Hay botellas que no son para beber un martes con una pizza.
Me reí.
—¿Cuánto calculas?
—Todavía no me mojo. Déjame terminarla. Pero si quiere todo, muebles y bodega, le presentamos dos cifras separadas. Así entiende perfectamente qué está pagando.
—Eso quiero. Y si empieza a regatear, tenemos margen. Michael no quiere nada y a nosotras nos interesa cerrar rápido.
—¿Y cuánto quiere Michael por todo lo de dentro?
—Cero.
Hubo un silencio.
—¿Cómo que cero?
—Trece ochocientos cincuenta netos para él después de los impuestos españoles. Todo lo demás, literalmente, «de propina».
Lola volvió a quedarse callada.
—Lourdes...
—Ya.
—Te quiero.
Solté una carcajada.
—No te emociones, que todavía no hemos vendido nada.
—Medio millón por el contenido, la bodega aparte, más nuestra comisión de la venta...
—Cuatro por ciento de trece millones ochocientos cincuenta mil son quinientos cincuenta y cuatro mil euros.
—Lo sé perfectamente —contestó.
—Por supuesto que lo sabes.
—Y todavía tenemos Santaclara.
Sonreí.
—Por eso quiero cerrar esta. Termina el inventario general, calcula la bodega y yo hablo con el de los diez hijos. Si quiere entrar con la casa preparada, se lo ponemos facilísimo: paga, cambia lo que no le guste y se instala con su tribu.
—¿Y los colchones?
—Si quiere colchones nuevos, se los ponemos.
—¿Las sábanas?
—También.
—¿Las copas?
—Hasta los cepillos de dientes si los paga.
Lola se echó a reír.
—Así me gusta.
Colgué pensando que Michael quería deshacerse de una casa y nuestro comprador quería evitar el trabajo de montar una desde cero. Nosotras estábamos justo en medio. Y L&L no regalaba nada.
Resultó que el hombre de los diez hijos se llamaba Alexander y procedía de algún país del Este de Europa.
Hasta entonces la familia había utilizado Málaga principalmente para pasar los veranos, pero aquello también iba a cambiar.
Estaban cansados del frío de su país y habían decidido instalarse definitivamente en la Costa del Sol.
Los niños estudiarían allí y la casa dejaría de ser una residencia de vacaciones para convertirse en su hogar durante todo el año.
—Ahora entiendo por qué busca algo tan grande —le dije a Lola—. No quiere una casa para pasar julio y agosto con diez hijos. Quiere meter allí su vida entera.
—Pues esta le viene perfecta.
—Eso pienso yo.
Cuando me quise dar cuenta ya era viernes por la tarde.
La semana había desaparecido entre la Mansión de las Ranas, Michael, Santaclara, proveedores, presupuestos, llamadas y mi vida sentimental, que tampoco estaba colaborando demasiado a que me sobraran horas.
Lola apareció con el informe general del contenido de la casa.
—Ya lo tengo.
—Dispara.
—Quinientos mil por mobiliario, decoración, menaje y contenido general. He valorado el conjunto pensando en lo que costaría equipar hoy una casa de estas características y, sobre todo, en que Alexander puede entrar prácticamente con las maletas. La bodega la dejaría aparte.
—¿Cuánto?
—Cien mil.
La miré.
—¿Tanto?
—Lourdes, hay cientos de botellas y algunas son muy buenas. Podríamos volvernos locas valorándolas una a una, pero no merece la pena. Cien mil por la bodega completa y que se lleve hasta el polvo de las botellas.
Hice la cuenta.
—Seiscientos mil por todo el contenido.
—Exactamente. Y si quiere cambiar colchones, ropa de cama o cualquier otra cosa, se presupuesta aparte. Esto es por lo que ya existe.
Asentí. Me gustaba. Era sencillo, fácil de explicar y, sobre todo, rápido.
—Entonces tenemos trece millones ochocientos cincuenta mil por el inmueble, quinientos mil por el contenido y cien mil por la bodega.
—Catorce millones cuatrocientos cincuenta mil si quiere llevárselo absolutamente todo tal como está.
—Y nuestra comisión de la venta del inmueble son quinientos cincuenta y cuatro mil.
Lola sonrió.
—Eso sin contar lo que ganemos con el contenido.
—Ni lo cuentes todavía. Primero que diga que sí.
Cogí el teléfono y busqué el número de Alexander.
—¿Lo llamas ahora?
—Claro.
—Es viernes por la tarde.
—Tiene diez hijos. Ese hombre no distingue un viernes de un lunes.
Lola se echó a reír.
Marqué.
Alexander contestó enseguida.
—Hola, Alexander. Soy Lourdes. Ya tengo las cifras definitivas de la casa de Michael.
Me acomodé en la silla. Ahora empezaba la parte que más me gustaba.
—Hola, Alexander. Soy Lourdes. Ya tengo las cifras definitivas de la casa de Michael.
Fui directamente al asunto. Le expliqué que el precio del inmueble se mantenía en trece millones ochocientos cincuenta mil euros y que, si quería encontrar la casa exactamente como la había visto, con el mobiliario, la decoración, el menaje y todo lo necesario para instalarse sin tener que organizar una mudanza ni esperar meses a que llegaran muebles, eran quinientos mil más. La bodega completa, otros cien mil.
—Es decir —resumí—, podéis venir con las maletas y entrar. No tenéis que llevaros nada a ninguna parte ni traer una casa detrás. Lo que viste es lo que tendrás.
Aceptó tan rápido que durante unos segundos pensé que no me había entendido.
—¿De acuerdo entonces?
—De acuerdo.
Miré a Lola, que estaba frente a mí, y levanté el pulgar.
—Perfecto. Preparamos toda la documentación y coordinamos con la administración de Michael.
Alexander se rio.
—Además, Lourdes, creo que habéis sido bastante generosas con la bodega.
Aquello me hizo levantar una ceja.
—¿Por qué?
—Porque vi una botella que, ella sola, puede valer cerca de cincuenta mil euros.
Me quedé mirando a Lola. Lola me miró a mí. Ninguna de las dos dijo una palabra.
—Sí, lo sabemos —contesté con toda la dignidad comercial que fui capaz de reunir—. Hemos querido hacerte un buen precio por el conjunto.
—Pues me lo habéis hecho.
Terminamos de hablar de los siguientes pasos y colgué.
Esperé.
Lola seguía mirándome.
—¿Qué botella?
—No tengo ni puta idea.
Se levantó de la silla.
—¿Cómo que una botella de cincuenta mil euros?
—Eso ha dicho.
—No puede ser.
—Pues parece que sí.
—He revisado esa bodega.
—Evidentemente, no toda.
Me lanzó una mirada asesina.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Te estás riendo.
Ya no pude evitarlo.
—Lola, acabamos de venderle cien mil euros de vino y resulta que la mitad del precio estaba en una sola botella.
—Como encuentre cuál es, me da algo.
—Ya no es nuestra.
Eso fue todavía peor. Se quedó unos segundos en silencio, ofendidísima consigo misma, y después agarró las llaves.