L&L Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Lo llevé hasta la sala de cine. En cuanto abrí la puerta, sonrió.

Era un cine de verdad, no una habitación con una pantalla grande y cuatro sillones colocados delante.

Tenía un sistema audiovisual de última generación, aislamiento acústico, iluminación regulable y varias filas de butacas reclinables de las más modernas, amplias y comodísimas, con todo integrado para no tener que levantarse a mitad de una película.

Entró despacio y fue probando una de las butacas.

—¿Esto también lo vais a sacar?

—No. La sala de cine se queda tal cual. Todo esto forma parte de la casa y está incluido en los trece millones ochocientos cincuenta mil.

Se reclinó y miró hacia la pantalla.

—Mis hijos no salen de aquí.

—Ese ya será problema tuyo.

Se echó a reír y permaneció sentado unos segundos, observándolo todo.

La sala de juegos le había gustado, la bodega le había despertado un interés evidente, pero el cine terminó de cambiarle la expresión.

Ya no estaba recorriendo la propiedad para compararla con Santaclara.

Empezaba a imaginar a su familia viviendo allí.

—¿Cuántas butacas hay?

Se las señalé mientras las contábamos y él volvió a sonreír.

—Aquí cabemos todos.

Aquella frase me interesó mucho más que cualquier elogio sobre los mármoles, los metros cuadrados o las vistas.

Porque un comprador puede decir que una casa le gusta y no comprarla nunca.

Pero cuando empieza a decir aquí cabemos todos, aquí pondría esto o mis hijos usarían aquello, ya no está mirando la casa del vendedor.

Está empezando a verla como suya. Al salir del cine volvimos a la zona principal y se quedó unos segundos en silencio.

—Lourdes, esta me interesa de verdad.

Asentí con tranquilidad.

—Entonces hacemos las cosas bien. Nosotras terminamos el inventario, yo hablo con Michael y tú decides qué contenido te interesa además del inmueble.

La casa, con todo lo que forma parte de ella, son trece millones ochocientos cincuenta mil.

Muebles, decoración, vinos y demás contenido móvil, aparte.

—Quiero que me prepares una propuesta.

—Eso sí puedo hacerlo.

Lola, que estaba a unos metros de nosotros, levantó la vista de sus papeles. La conocía demasiado bien. Por dentro ya estaba haciendo números. Y yo también. El martes estaba mejorando por momentos. Salí de la notaría, me senté en el coche y llamé a mi madre antes incluso de arrancar.

—Mamá, te ha dejado la venta entera.

—¿Qué venta?

—La de Santaclara. He hablado con el notario. Cuando se venda, descontados los gastos e impuestos que correspondan, todo el dinero va íntegro a tu sociedad. Todo, mamá.

Se hizo un silencio al otro lado.

—Madre mía...

—Eso mismo he dicho yo. Lo había dejado todo amarrado, pero amarrado de verdad.

Mi madre tardó unos segundos en responder. A esas alturas empezábamos a comprender que Amalia no había improvisado absolutamente nada. Había preparado durante años una estructura para que, cuando ella faltara, todo llegara finalmente a su hija sin discusiones ni interpretaciones.

—Pues espera, que nosotros también tenemos novedades —dijo mi madre, cambiando de tono—. Hemos ido a ver el edificio que construyó mi abuelo.

—¿Y?

—Impresionante. Tu padre y yo hemos paseado por allí como dos terratenientes suizos.

Me eché a reír.

—Os estoy imaginando.

—Tu padre no hacía más que mirar el edificio y decir: «¿Pero esto también es nuestro?». Y yo le decía que dejara de señalar, que parecía que acabábamos de comprar Suiza.

—Técnicamente es tuyo, no suyo.

—No empieces.

Seguía riéndome cuando soltó la siguiente noticia con la misma tranquilidad con la que podría haberme dicho que iban a comprar pan.

—Y este fin de semana nos vamos a Mónaco.

—¿Cómo que os vais a Mónaco?

—A ver la casa. Ya que hemos empezado, queremos verlo todo. Leonor nos ha reservado el avión para el viernes. Si queréis venir, os esperamos y vamos juntos.

—Mamá, ¿tú te estás escuchando? Hace una semana estabas dando clases de punto en la mercería y ahora me dices que el viernes coges un avión para inspeccionar tu casa de Mónaco.

Se echó a reír.

—Pues mira, hija, para una vez que me pasa algo así, pienso disfrutarlo.

Eso me gustó.

—Así se habla.

Mientras seguíamos hablando entró un mensaje de una de mis hermanas. Abrí la conversación y vi que me había enviado la dirección de Mónaco junto con varios signos de exclamación.

—Ya tengo la dirección.

—Pues vente. Y dile a Lola que también venga si puede. Aquí estamos todos encantados.

—Se lo diré, pero tenemos muchísimo trabajo.

—Vosotras veréis. Nosotros salimos el viernes.

Colgué y me quedé unos segundos dentro del coche mirando la dirección que mi hermana acababa de mandarme.

Suiza, ahora Mónaco, Santaclara, el edificio de apartamentos, el restaurante, la sociedad patrimonial...

Cada vez que creíamos haber terminado de descubrir el mundo de Amalia aparecía una nueva pieza. Pero esta vez no sentí inquietud.

Sonreí.

Mi madre estaba recorriendo Europa con mi padre, sus padres y sus hijas, descubriendo una vida que llevaba décadas esperándola.

Y lo mejor de todo era que ya no hablaba de venderlo todo cuanto antes.

Primero quería verlo, tocarlo, caminar por sus casas y decidir qué significaba cada cosa para ella. Arranqué el coche.

Yo, mientras tanto, tenía que volver a mi propia realidad: dos mansiones, un posible comprador con diez hijos, una señora de las ranas esperando una casa terminada en tiempo récord y una cena con Roberto que todavía me tenía sonriendo como una idiota.

Lo de Mónaco tendría que decidirlo después.

Aunque, conociendo a mi familia, probablemente ya habían decidido por mí.

De allí me fui a la oficina de Roberto. Necesitaba hablar con su socio, el que llevaba directamente los asuntos de Michael en España, antes de seguir avanzando con el posible comprador.

Si el americano no pensaba volver, quería saber de una vez qué pretendía hacer con todo lo que había dentro de la casa.

—Necesito que me aclares una cosa —le dije en cuanto nos sentamos—. ¿Michael quiere llevarse las botellas de la bodega, algún mueble, cuadros, objetos personales...? Lo que sea. Porque tengo un comprador muy interesado en la casa y también en parte del contenido.

Negó con la cabeza.

—Nada. No quiere nada.

—¿Nada de nada?

—Nada. No va a venir a España. Se han comprado otra casa en los Hamptons y su intención es cerrar aquí definitivamente. Lo que quiere es vender y olvidarse de la propiedad.

Me recliné en la silla.

—Pues eso cambia bastante las cosas.

—¿Por qué?

—Porque mi comprador quiere la casa, pero le ha encantado la bodega y no tiene ninguna gana de amueblar dieciocho dormitorios desde cero. Si Michael no quiere llevarse absolutamente nada, podemos plantearle una operación mucho más limpia.

—La casa son trece millones ochocientos cincuenta mil vacía. Eso no cambia.

—Perfecto. Pero entonces necesito saber qué precio quiere por el contenido completo una vez que Lola termine de catalogarlo.

Muebles, decoración, menaje, vinos, todo lo que no forme parte fija del inmueble.

En lugar de vender botella por botella y mueble por mueble durante meses, quizá podamos quitárselo todo de encima en la misma operación.

Su socio asintió.

—Eso sí puedo consultárselo.

—Consúltaselo hoy, si puedes. El comprador tiene diez hijos y la casa le encaja muchísimo mejor que Santaclara. Ha salido de allí pensando en ella y eso hay que aprovecharlo.

—¿Diez hijos?

—Diez.

Se quedó mirándome.

—Ahora entiendo lo de los dieciocho dormitorios.

—Y el cine. Y la zona de juegos. Y la bodega, aunque esa sospecho que es más para sobrevivir a los diez hijos.

Se echó a reír y tomó nota de lo que necesitábamos preguntar a Michael. Yo estaba a punto de levantarme cuando se me ocurrió otra cosa.

—Y que no me diga simplemente «lo que me den». Necesito una cifra o, al menos, autorización para valorar el contenido y negociar dentro de un margen. Si vamos a hacer una operación de este tamaño, quiero todo por escrito.

—Te lo preparo.

Salí de su despacho bastante satisfecha.

La casa valía 13.850.000 euros vacía. Michael no quería regresar a España ni llevarse una sola botella porque su vida ya estaba en otro sitio y ahora tenían una nueva casa en los Hamptons.

Mi comprador, en cambio, quería espacio para diez hijos, había quedado fascinado con el cine y la zona de juegos y se había enamorado de una bodega que todavía ni siquiera habíamos terminado de catalogar.

A veces vender una casa consistía en encontrar al comprador adecuado.

Y otras veces parecía que la casa se encargaba de encontrarlo sola. Nada más subirme al coche sonó el teléfono. Era Roberto.

—Hola, cielo.

Me quedé muda. Primero mi vida, ahora cielo. Aquel hombre estaba colonizando mi vocabulario sentimental a una velocidad preocupante.

—Hola, Roberto.

—Me dice mi socio que has estado aquí.

—Sí. Necesitaba saber qué quería hacer Michael con todo lo que hay dentro de la casa.

—Pues ya ha hablado con él. Lo tiene clarísimo: quiere recibir trece millones ochocientos cincuenta mil euros, descontando lo que tenga que pagar en España por la operación. Todo lo demás, según sus propias palabras, «de propina».

Me quedé con el teléfono pegado a la oreja.

—¿Cómo que de propina?

—Que no quiere muebles, cuadros, decoración, botellas ni nada de lo que haya dentro. Quiere cerrar la venta, recibir esa cantidad neta y olvidarse de la casa.

—Roberto, ahí dentro puede haber una fortuna.

—Lo sabe.

—¿Y la bodega?

—También.

Pensé inmediatamente en Lola. Como se enterara de que después de llevar horas catalogando botellas el americano acababa de decir que las regalaba, le daba algo.

—Necesito eso por escrito.

Roberto se echó a reír.

—Mi socio ha dicho exactamente lo mismo. Está preparando la autorización para que quede claro qué elementos se transmiten con el inmueble y cuáles se entregan sin valoración separada. No vais a mover nada hasta que esté firmado.

—Me caéis bien.