L&L Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Voy para allá. Después tengo que pasar por la casa de Michael y no puedo olvidar que hoy he quedado con el de los diez hijos.

—¿El de las Ranas?

—El antiguo dueño de las Ranas. Quiero llevarlo a Santaclara y tantearlo.

—¿Ya?

—Tiene diez hijos, Leonor. Si alguien necesita veinte dormitorios es ese hombre.

Se echó a reír.

—Te espero aquí.

Conduje hacia la Mansión de las Ranas con un café comprado por el camino y la sensación de haber vivido dos días antes de las ocho de la mañana.

Cuando llegué, comprendí el problema. Al retirar parte del revestimiento de uno de los baños habían encontrado una instalación antigua que no estaba como esperábamos.

No era una tragedia, pero obligaba a decidir si tapábamos, reparábamos lo imprescindible y seguíamos, o aprovechábamos para hacerlo bien de una vez.

—Bien —dije—. ¿Cuánto nos retrasa hacerlo bien?

—Si consigo que no se me escape nadie, un día. Dos como máximo.

—Pues se hace bien. No voy a entregarle a Anke una casa de ocho millones con una chapuza escondida detrás de un azulejo nuevo.

Leonor asintió.

—Eso quería oír.

—¿Y presupuesto?

Me dio la cifra aproximada.

—Adelante. Pero avisa a Anke y que quede por escrito.

—Ya sabía yo que ibas a decir eso.

Recorrimos rápidamente el resto de los trabajos.

Había gente por todas partes y, por primera vez, la Mansión de las Ranas parecía menos una mansión y más una obra organizada por una mujer con demasiados equipos y muy poca paciencia.

Leonor daba instrucciones mientras caminaba y yo iba detrás revisando fechas.

Antes de marcharme llamé a Anke, le expliqué lo ocurrido y aceptó la reparación sin poner ninguna pega. Otra cosa resuelta.

De allí me fui a la casa de Michael. Lola ya estaba trabajando y había avanzado una barbaridad con el inventario.

Revisamos juntas lo pendiente, comprobé que las fotografías y la documentación estuvieran ordenadas y volví a recorrer las zonas que queríamos mejorar antes de empezar las visitas serias.

Aquella casa seguía impresionándome. Trece millones, dieciocho dormitorios, una bodega capaz de emborrachar a media Marbella y espacio suficiente para perder a varios familiares sin echarlos de menos durante días. Y eso me recordó mi siguiente cita.

—Me voy.

Lola levantó la cabeza.

—¿Al de los diez hijos?

—Sí.

—Véndesela.

—No voy a vendérsela. Voy a enseñársela.

—Lourdes.

—Vale. Voy a enseñársela con intención de vendérsela.

Había quedado con él cerca de Santaclara. No le había enviado fotografías ni planos ni una presentación espectacular. Solo le había dicho que antes de comprar otra propiedad quería que viera una casa que todavía no había salido oficialmente al mercado. Cuando llegó, fue directo al asunto.

—Me dijiste que era grande.

—Lo es.

—¿Más que la de las ranas?

—Muchísimo más.

—¿Piscina?

—Sí.

—¿Terreno?

—Sí.

—¿Privacidad?

—También.

Me miró.

—¿Precio?

Sonreí.

—Primero entra.

Abrí la verja de Santaclara y lo dejé pasar delante.

Yo ya conocía aquella casa demasiado bien.

Había visto un fantasma allí, encontrado una habitación secreta, descubierto una familia entera y sacado suficientes objetos como para llenar medio almacén.

Pero él no sabía nada de eso. Para aquel hombre Santaclara era simplemente una propiedad enorme que aparecía ante sus ojos por primera vez.

Se detuvo.

Eso me gustó. Los compradores de lujo podían hablar muchísimo, pero los segundos de silencio eran mucho más útiles. Cuando alguien dejaba de hacer preguntas y se quedaba mirando, significaba que la casa había empezado a trabajar por mí.

—¿Cuántos dormitorios has dicho que tiene?

—No te lo he dicho todavía.

Se volvió hacia mí.

—Lourdes...

—Cerca de veinte contando las distintas zonas. Y antes de que empieces: sí, caben tus diez hijos.

Sonrió por primera vez.

—Mis hijos ocupan más espacio del que imaginas.

—Entonces por fin he encontrado una casa a su altura.

Saqué las llaves. No necesitaba venderle Santaclara aquel día.

Solo necesitaba conseguir una cosa mucho más importante: que cuando volviera a su casa, siguiera pensando en esta.

Terminamos de recorrer Santaclara y, mientras él volvía a mirar uno de los salones, yo saqué el teléfono para comprobar un mensaje.

Me quedé mirando la pantalla y de pronto pensé en la casa de Michael.

—Tengo otra.

—¿Otra qué?

—Otra casa. Más dormitorios todavía, aunque no está preparada para visitas. Conserva todos los muebles y pertenencias del anterior propietario porque se vende con todo dentro.

Me miró con interés.

—¿Dónde?

—Cerca de Puerto Banús.

No dijo nada y continuamos la visita. Quise dejarlo tranquilo, sin bombardearlo con información. Cuando salimos de Santaclara, se volvió hacia la fachada y tardó unos segundos en hablar.

—Me gusta.

Aquello, viniendo de un hombre que acababa de vender una casa de ocho millones porque se le había quedado pequeña para diez hijos, era bastante.

—Santaclara saldrá alrededor de los dieciocho millones —le dije—. El precio definitivo todavía tenemos que cerrarlo.

Asintió sin inmutarse.

—Vamos a ver la otra.

—¿Ahora?

—Ahora. Me da igual que estén las cosas del antiguo propietario.

Lo miré.

—No está preparada para enseñarla.

—Lourdes, tengo diez hijos. Te aseguro que he visto cosas bastante peores que una casa con muebles.

Me reí.

—La otra está en trece millones.

—¿Cuántos dormitorios?

—Dieciocho contando la casa principal, la zona de servicio y la de invitados. Diez dormitorios principales, todos con baño y vestidor; cinco en la zona de servicio y tres más en la casa de invitados.

Se quedó mirándome.

—Vamos.

Saqué el teléfono inmediatamente.

—Déjame hacer una llamada.

Llamé a Lola.

—No recojas nada.

—¿Qué?

—Voy para allá con un posible comprador.

—Lourdes, tengo media casa patas arriba.

—Perfecto. Que vea lo que hay.

—¿Quién es?

Miré al hombre que esperaba junto a su coche.

—El de los diez hijos.

Hubo un silencio.

—Tráelo.

Colgué y sonreí.

—Sígueme.

Mientras arrancaba el Volvo pensé que aquello era exactamente lo que me gustaba de mi trabajo.

Una hora antes estaba enseñando Santaclara sin saber si conseguiría despertar suficiente interés y ahora llevaba detrás a un comprador capaz de adquirir una propiedad de trece o dieciocho millones.

Y tenía dos casas compitiendo entre ellas. Eso sí que era un buen martes.

Llegamos a la casa de Michael y, aunque le había advertido que todavía estábamos trabajando, aquello no pareció importarle lo más mínimo.

Lola nos recibió con el inventario a medias y yo dejé que la casa hiciera su trabajo.

No necesité venderle nada. En cuanto empezó a recorrerla, supe que Santaclara acababa de tener una competidora muy seria.

Le gustaron los dormitorios, los vestidores, la casa de invitados y, sobre todo, la distribución.

Con diez hijos, aquel hombre no miraba una vivienda como la miraba una pareja que buscaba una segunda residencia.

Contaba habitaciones, imaginaba quién dormiría dónde y calculaba mentalmente cuánto espacio tendría cada uno.

Sin embargo, cuando llegamos a la planta superior y vio la enorme zona de juegos para adultos, se le iluminó la cara.

—Esto sí.

Había espacio para reunirse, jugar, tomar una copa, ver un partido o desaparecer durante unas horas del resto de la familia sin necesidad de salir de casa.

—Con diez hijos, supongo que esto te parece todavía mejor —dije.

—Con diez hijos, esto no es una zona de juegos. Es un refugio.

Me reí, pero lo definitivo fue la bodega. Bajamos y se quedó parado contemplando las estanterías repletas de botellas.

—¿Todo esto entra?

—No. Todavía no.

Lola levantó la cabeza desde la mesa donde estaba trabajando.

—Ni siquiera está catalogado todavía.

Le expliqué bien las condiciones antes de que empezara a hacerse ilusiones.

—Michael quiere trece millones ochocientos cincuenta mil euros por el inmueble vacío. Ese es el precio de la casa, sin muebles, sin decoración y sin la bodega. Todo lo que estás viendo dentro está pendiente de inventario y valoración.

—¿Y quiere llevárselo?

—No necesariamente. Él vive en Estados Unidos y quiere resolver esto con la menor complicación posible, pero una cosa es que quiera venderlo y otra regalarlo. Primero tenemos que saber exactamente qué hay aquí y cuánto vale.

Miró de nuevo las botellas.

—La bodega me interesa.

—Ya me lo imaginaba.

—Y parte de los muebles también. Si compro una casa así, no quiero pasarme seis meses amueblándola.

Aquello empezaba a ponerse interesante. Miré a Lola y ella me devolvió la mirada.

Las dos habíamos pensado lo mismo. Si aquel hombre quería la casa y además buena parte de su contenido, podíamos solucionar dos problemas en una sola operación: Michael vendía el inmueble y se desprendía de lo que no quería gestionar desde Estados Unidos, y el comprador podía entrar prácticamente con las maletas.

—Entonces déjanos terminar el inventario —le dije—. Te prepararemos por separado el inmueble y todo aquello que pueda quedarse dentro. Así sabrás exactamente qué estás comprando y por cuánto.

Volvió a mirar alrededor.

—La casa me gusta más que Santaclara.

No reaccioné. Una aprende pronto que cuando un comprador dice eso no hay que ponerse a dar saltos delante de él.

—Santaclara tiene otras ventajas.

—Lo sé. Pero esta encaja mejor con nosotros.

Eso sí era importante. Seguimos recorriendo la propiedad y ya no hizo preguntas de visitante.

Empezó a hacer preguntas de comprador: gastos, mantenimiento, seguridad, funcionamiento de la casa de invitados, accesos, garaje, instalaciones y plazos.

Ahí fue cuando supe que ya no estaba tanteándolo.

Ahora empezaba la negociación. Cuando ya creía que habíamos terminado la visita, me paré en seco.

—Espera. Se me ha olvidado enseñarte una cosa.

—¿Otra?

—Y esta te va a gustar.