Capítulo 6
Intenté salir pronto de la oficina para ir a casa, ducharme y cambiarme de ropa, pero casi no lo consigo.
A las siete en punto Roberto me mandó la ubicación y yo todavía estaba saliendo de la ducha.
Me vestí deprisa, cogí la botella que Lola me había dado y salí disparada.
A las ocho menos diez estaba delante del edificio, pero fui incapaz de averiguar por dónde coño se entraba al garaje.
Después de dar tres vueltas buscando aparcamiento terminé llamándolo.
—Llevo dando vueltas alrededor de tu casa como una imbécil. ¿Por dónde se entra?
Se echó a reír y me dio las indicaciones. Encontré por fin la entrada, bajé al garaje y llegué a su loft a las ocho y media pidiendo perdón con la botella en la mano.
—Lo siento. Tu garaje y yo hemos empezado con mal pie.
—Has llegado. Es lo importante.
Le entregué la botella y él me recibió con un beso que me desmontó cualquier intención de mantener la compostura. Cuando por fin me soltó, miró la etiqueta y levantó las cejas.
—Buen vino.
—Eso dice Lola. Yo le pedí uno que nos pusiera a tono.
Roberto se rio, abrió la botella y la pasó a un decantador de cristal para que se aireara. Era un tinto y, mientras lo hacía, dejó una llave sobre la encimera.
—Toma.
—¿Qué es?
—Una llave del garaje. La próxima vez entras directamente y aparcas donde quieras.
La cogí, pero volví a dejarla sobre la encimera.
—Dime qué plaza es la tuya. No quiero que tus vecinos empiecen a quejarse de la pelirroja que ocupa sus aparcamientos.
Se echó a reír.
—Tranquila. Los vecinos no se van a quejar.
—Eso dices tú.
—El edificio es de mi familia. Vivimos todos aquí.
Lo miré.
—¿Todos?
—Casi todos.
No tuve tiempo de interrogarlo porque pocos minutos después llamaron a la puerta.
Entró una chica joven hablando en inglés a tal velocidad que no sabía si era culpa de mi oído o de que aquello fuera canadiense en versión acelerada.
Me quedé mirándola intentando pescar alguna frase completa.
Roberto debió de verme la cara porque empezó a reírse.
—Es mi hermana. Quiere conocerte y está intentando disimular.
La chica le soltó algo en inglés que, por el tono, no necesitaba traducción y después se volvió hacia mí.
—Hola. Soy Rosan. Y este gamberro es mi hermano.
Era tan rubia como Roberto, con los mismos rasgos claros y una simpatía inmediata que me hizo sentir cómoda en menos de cinco minutos.
Roberto nos sirvió una copa de vino y nos quedamos los tres hablando.
Rosan quería saber a qué me dedicaba, cómo había conocido a su hermano y, sobre todo, cuánto de verdad había en lo que Roberto le había contado de mí.
Yo aproveché para preguntarle exactamente lo mismo.
—¿Qué te ha contado?
—Lo suficiente.
—Rosan.
—¿Qué? No estoy diciendo nada.
Aquello me sonó sospechosamente parecido a mis conversaciones con Lola. Estuvimos un buen rato así hasta que sonó el teléfono de Roberto. Contestó, habló brevemente y, al colgar, dejó la copa.
—Vamos.
—¿Adónde?
—Ven. Es una sorpresa.
Cruzamos el rellano y llamó a la puerta del piso de enfrente. Rosan venía detrás de nosotros muerta de risa y yo empecé a sospechar.
—Roberto...
La puerta se abrió.
—Sorpresa —dijo él.
Aquella era la casa familiar. Allí estaban sus padres, otro de sus hermanos y el famoso tío Tom, del que todavía no sabía absolutamente nada pero que me recibió como si me conociera desde hacía años.
Durante unos segundos me quedé parada porque había pasado de una cena a solas con Roberto a estar delante de media familia sin haber tenido siquiera tiempo de ponerme nerviosa.
—¿Esto era una encerrona?
—Una pequeña.
—Te voy a matar.
—Después de cenar.
El comedor explicaba muchas cosas de Roberto.
Era amplio, contemporáneo y elegante, pero no tenía nada de comedor de exposición.
Predominaba la madera, había una mesa enorme donde cabía mucha gente sin necesidad de sentarse tiesos y una iluminación cálida que hacía que todo resultara acogedor.
Una de las paredes estaba ocupada por una librería con fotografías familiares mezcladas con libros y objetos traídos de viajes.
No había una vajilla colocada para impresionar a nadie ni una mesa montada como si esperaran al embajador.
Había fuentes en el centro, copas distintas, servilletas de tela y una familia que se pasaba el pan por encima de las conversaciones.
Comprendí enseguida de dónde salía aquella facilidad de Roberto para entrar en mi familia como si llevara años con nosotros. En su casa eran exactamente iguales. Su madre me hizo sentarme cerca de ella y tardó aproximadamente tres minutos en preguntarme si de verdad trabajaba vendiendo mansiones.
—Mansiones, casas, herencias, vaciados... Depende del día. A veces vendo una casa de trece millones y otras estoy decidiendo qué hacemos con doscientas botellas de vino que vienen dentro.
—¿Doscientas? —preguntó tío Tom.
—Muchas más.
—Ese es un trabajo serio.
—Por fin alguien lo entiende.
Roberto negó con la cabeza y su padre se rio.
La cena fue abundante pero nada ceremoniosa: carne asada, verduras, patatas, ensalada y varias fuentes que iban pasando de mano en mano.
Rosan me ayudaba cuando alguna conversación se aceleraba demasiado en inglés y, poco a poco, descubrí que entendía bastante más de lo que creía.
Ellos, además, cambiaban al español con absoluta facilidad para incluirme.
Su padre quiso saber cómo había terminado viviendo en Marbella; su madre preguntó por mi familia y acabamos hablando de Cartagena, de mis tres hermanas y de mis padres. Cuando mencioné que acababa de dejar a media familia instalada temporalmente en Suiza, tío Tom levantó la copa.
—Entonces no somos los únicos que viajamos en manada.
—Nosotros somos peores. Vamos con Lola incluida.
—¿Quién es Lola? —preguntó su madre.
Roberto contestó antes que yo.
—Su socia y mejor amiga. La que estaba ayer en Suiza.
Lo miré. Se acordaba de todo.
—Y la del vino —añadí.
—Importante —dijo tío Tom.
Las conversaciones se mezclaban sin orden.
Negocios, viajes, familias, España, Canadá, comida.
Nadie me preguntó cuánto ganaba ni cuánto valía mi casa ni intentó averiguar qué clase de relación tenía con Roberto.
Y eso, precisamente, hizo que me sintiera todavía más observada, porque no necesitaban preguntar.
Bastaba ver cómo me miraba él. En un momento determinado su madre se levantó para traer el postre y yo hice ademán de ayudarla.
—Quédate sentada.
—Puedo ayudar.
—Ya lo sé. Pero eres invitada.
Tío Tom intervino desde la otra punta.
—Hoy. Si vuelves mañana, trabajas.
—Perfecto. Así funcionan también en mi casa.
Las carcajadas fueron generales. Miré alrededor de aquella mesa y sentí otra vez lo mismo que había sentido en Suiza cuando Roberto entró en la casa de Amalia.
Naturalidad.
Solo que ahora era yo la que estaba entrando en su familia. Y, para mi sorpresa, tampoco me costaba ningún esfuerzo.
La noche terminó bonita. Esa era la palabra.
Su familia era genial y me había sentido cómoda con ellos desde el primer momento, sin interrogatorios incómodos ni esa sensación de estar pasando un examen para averiguar si era suficientemente buena para Roberto.
Cuando nos despedimos, su madre me hizo prometer que volvería, su padre insistió en que la próxima vez tenía que quedarme más tiempo y el tío Tom aseguró que ya no tendría consideración alguna conmigo porque había dejado de ser invitada.
Rosan me abrazó como si nos conociéramos de antes y yo crucé de nuevo el rellano con Roberto pensando que, definitivamente, aquel hombre venía acompañado de demasiadas cosas que me gustaban.
Entramos en su casa y allí surgió otra vez la magia.
No hubo prisas por llegar a ninguna parte porque ya estábamos exactamente donde queríamos estar.
Nos besamos, nos acariciamos y nos quisimos con esa mezcla de deseo y ternura que empezaba a ser solo nuestra.
Fueron los fuegos artificiales del amor, pero sin necesidad de buscarles explicación.
Después nos quedamos abrazados y debimos de dormirnos profundamente, porque cuando abrí los ojos seguía entre sus brazos, con la cabeza apoyada contra él y una tranquilidad que me duró exactamente hasta que miré la hora.
—¡Madre mía! ¡Las siete!
Me incorporé de golpe. Roberto abrió los ojos con mucha menos preocupación que yo y, en lugar de alarmarse, sonrió.
—Buenos días, mi vida.
Me atrajo hacia él y me besó con aquella ternura que me desarmaba mucho más que cualquier otra cosa. Yo tenía que levantarme, llegar a casa, cambiarme de ropa y empezar una jornada de trabajo que seguramente sería interminable, pero durante unos segundos me dejé besar.
—Roberto, son las siete.
—Lo sé.
—Tengo que irme.
—También lo sé.
—Pues no parece preocuparte.
—Porque todavía estás aquí.
Y volvió a besarme. Aquel hombre había encontrado mi punto débil y no estaba precisamente donde yo habría imaginado unos días antes.
No era el sexo, aunque también. Era aquella forma de despertarse conmigo entre sus brazos y llamarme mi vida como si llevara haciéndolo siempre.
Y lo peor, o quizá lo mejor, era que cada vez me sonaba menos extraño.
Conseguí salir de la cama, aunque Roberto no colaboró demasiado.
Me vestí con la ropa de la noche anterior, me recogí el pelo como pude y salí de allí después de otro beso que amenazó seriamente con hacerme llegar tarde a todo.
En el ascensor revisé el móvil y descubrí varios mensajes.
Uno de Leonor consiguió que olvidara inmediatamente mi maravillosa noche.
Llámame cuando te despiertes. Hay un lío en la casa de las ranas. La llamé mientras iba hacia el coche.
—¿Qué ha pasado?
—Ven cuando puedas. No es una catástrofe, pero tenemos un problema con uno de los baños y quiero que lo veas antes de autorizar nada.