L&L Capítulo 5 #9
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Capítulo 5 #9

Lola empezó a reírse otra vez y yo comprendí que estaba perdida.

Roberto acababa de conocer a la tercera integrante de nuestro pequeño ejército y, por la forma en que Leonor se apoyó tranquilamente en una de las estanterías dispuesta a observarlo, supe que en cuanto él se marchara iba a someterme a un interrogatorio.

Roberto bajó el último escalón y miró las botellas que teníamos delante.

—¿Interrumpo algo?

—Una inspección muy seria —contestó Lola—. Estamos decidiendo cuál abrir.

—Eso no es verdad —dije.

—Todavía —añadió Leonor.

Roberto se echó a reír. Y otra vez apareció aquella palabra.

Natural.

Allí estaba él, en mitad de nuestro trabajo, rodeado de nosotras tres, riéndose como si llevara años haciéndolo.

Salí con Roberto al jardín. Era uno de esos días cálidos de otoño en los que el sol todavía acariciaba la piel, y me quedé unos segundos con la cara levantada, disfrutándolo.

Cada vez me parecía más a la señora de las ranas.

Pobre mujer, ya la había bautizado y todo.

—Tengo que llamarla —dije pensando en voz alta—. Necesito saber cómo quiere las cortinas y qué tipo de tela prefiere.

Roberto me rodeó con los brazos y me besó con tanta naturalidad que ni pude ni quise apartarme. Le devolví el beso y, por alguna razón, aquel no se pareció a los anteriores. Fue como un sello de amor. La expresión me pareció cursi incluso dentro de mi propia cabeza, pero no encontré otra mejor.

—Me tengo que ir —dijo cuando nos separamos—. ¿Qué te parece una cena de lunes en mi casa?

—Me parece perfecto.

Solo con aquella frase sentí un latigazo eléctrico en el bajo vientre. Madre mía. Ni siquiera podía disimularlo y, por la forma en que Roberto me miraba, él tampoco estaba precisamente indiferente. Entonces se me ocurrió.

—Ah, se me olvidaba. Antes de que te vayas quiero enseñarte una cosa. A ver qué te parece.

Roberto se quedó quieto, intentando averiguar de qué hablaba.

—¿Qué cosa?

—Ven. Tienes que comentárselo a Michael.

Me siguió por el jardín hacia la casa de invitados mientras yo continuaba hablando como si de verdad fuera a enseñarle una avería, una reforma o cualquier otro asunto relacionado con la propiedad.

Abrí la puerta, lo dejé entrar y, en cuanto estuvimos dentro, la cerré y lo agarré para besarlo contra ella.

El bolso se me cayó al suelo. Después el móvil.

No sé ni cómo avanzamos por aquella casa porque éramos incapaces de separarnos.

Fuimos tropezando entre besos, abrazos y ropa que empezaba a sobrar hasta terminar sobre uno de los sofás.

Allí hicimos el amor con una urgencia distinta, la de dos personas que no solo desean tocarse, sino que parecen necesitar estar lo más cerca posible una de la otra.

Hubo besos, caricias, respiraciones entrecortadas y esa prisa absurda por borrar cualquier distancia.

Yo solo podía pensar que aquel era el estado perfecto: Roberto conmigo, pegado a mí, como si durante unos minutos no existiera nada fuera de aquella habitación.

Cuando llegó el placer fue una explosión que me dejó sin fuerzas.

Ahogué mis gritos contra su pecho y después me quedé allí, abrazada a él, sin ninguna intención de moverme.

Ni siquiera quería que terminara aquel contacto entre nosotros.

Había tenido sexo antes, por supuesto, y sabía perfectamente distinguir el deseo del amor, pero aquello no se parecía a un polvo al uso.

Era otra cosa. Algo que no sabía explicar sin ponerme ridículamente sentimental.

Como si dos almas viejas se hubieran reconocido después de mucho tiempo y, una vez encontradas, se negaran a separarse.

Algo así.

No sé cuánto rato permanecimos abrazados.

Me recogí el pelo para que dejara de caerle sobre la cara y el pecho y volví a besarlo sin medida.

Roberto respondió de la misma manera, con un beso largo, íntimo, extrañamente conocido.

Un beso que parecía venir de mucho antes que nosotros.

Finalmente me levanté y le tendí la mano.

Él la cogió y se incorporó. Nos vestimos entre sonrisas y algún beso más, y mientras Roberto terminaba de ponerse los zapatos volvió a mirarme.

—Me gustas mucho.

Sonreí.

—Eso ya lo había sospechado.

—No. Mucho de mucho.

Aquello me hizo callar. Se acercó y me besó otra vez.

—Nos vemos esta noche, mi vida.

Me quedé helada. Roberto lo notó inmediatamente.

—¿Te molesta?

—No... Me ha sorprendido.

Me sostuvo la mirada y esta vez no había bromas en sus ojos.

—Es lo que siento. Mi vida empieza a girar alrededor de ti. Y no tiene mucho sentido cuando no estás, aunque sea porque estás metida en mi cabeza.

No supe qué responder durante unos segundos. Cualquier otra semana me habría reído de una frase así. Probablemente habría salido corriendo. Pero delante de Roberto no me parecía exagerada.

—A mí me pasa lo mismo —admití—. Es algo extraño... Como si nuestras almas se reconocieran.

Roberto sonrió muy despacio.

—Eso creo.

Y allí estaba el verdadero problema. Yo también empezaba a creerlo.