L&L Capítulo 5 #8
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Capítulo 5 #8

Nos despedimos entre besos, abrazos y las instrucciones de mi madre de avisar al llegar, como si yo siguiera teniendo quince años.

Gonzalo nos llevó hasta el aeropuerto y, cuando llegamos al avión, las presentaciones fueron rápidas.

El grupo de Roberto regresaba también después de las reuniones y aquello no tenía nada de viaje romántico: portátiles abiertos, teléfonos, documentos y conversaciones de trabajo antes incluso de despegar.

Cada uno se acomodó con su ordenador y yo me senté junto a Lola.

Roberto y Gonzalo quedaron enfrente de nosotras.

Miré a Lola. Ella miró a Gonzalo. Gonzalo levantó los ojos del ordenador y la miró a ella.

Sonreí.

—Ni se te ocurra —murmuró Lola.

—No he dicho nada.

—Pero te conozco.

Me acomodé en el asiento, satisfecha.

—Y yo a ti.

El vuelo pasó rápido. Ellos trabajaron buena parte del trayecto y nosotras aprovechamos para repasar mentalmente lo que nos esperaba al día siguiente: la casa de Michael, el acondicionamiento de la Mansión de las Ranas, proveedores, presupuestos, documentación y todo lo que habíamos dejado en marcha antes de irme.

Suiza había sido un paréntesis precioso, pero Marbella seguía funcionando y L&L también.

Cuando aterrizamos en Málaga, un coche de la empresa de Roberto nos llevó hasta casa.

Lola bajó primero y, mientras sacaban nuestras cosas, Roberto se acercó a mí.

Apenas me dio tiempo a decir nada. Me rodeó la cintura y me besó con una pasión que no tenía absolutamente nada que ver con una despedida educada delante de un socio y de mi mejor amiga.

Le respondí sin pensar, porque a aquellas alturas fingir que aquel hombre no me volvía loca empezaba a resultar ridículo.

Cuando se separó, seguía demasiado cerca.

—Mañana nos vemos.

—Mañana nos vemos.

Subió de nuevo al coche. Gonzalo se despidió desde dentro y Lola levantó la mano. El coche arrancó y yo me quedé mirando cómo se alejaba.

—Bueno —dijo Lola a mi lado.

Me giré.

—¿Qué?

—Nada.

—Lola.

Cogió su bolsa y empezó a caminar hacia la casa.

—He dicho nada.

Fui detrás de ella sonriendo. Después de todo lo que había visto aquella tarde entre ella y Gonzalo, aquella mujer tenía muy poca autoridad para meterse conmigo. Cuando llegamos a casa, miré a Lola antes de que sacara sus cosas del coche.

—Quédate a dormir.

—Qué va. Me voy a mi casa. Tengo cosas que preparar para mañana.

Le pedí un taxi y ni siquiera entró. En cuanto llegó, metió su equipaje y se marchó.

Yo entré en casa con la intención de organizar el día siguiente, revisar correos, dejar preparada la ropa y hacer todas esas cosas que una persona responsable hace antes de acostarse.

No hice ninguna. Me metí en la cama y estaba tan cansada que me dormí prácticamente en cuanto apoyé la cabeza en la almohada.

Me desperté sobresaltada. Miré el reloj y casi me da algo: las seis.

Me había quedado dormida sin preparar absolutamente nada y teníamos un día de trabajo de los que no perdonan.

Hice café, abrí el portátil y empecé con los correos.

Entre uno y otro me duché, seguí contestando mientras me secaba el pelo, me vestí y, cuando por fin estaba lista para salir, llamaron a la puerta.

Me extrañó muchísimo. A esas horas no esperaba a nadie. Abrí.

—¡Lola! ¿Qué haces aquí?

Entró con una cara que conocía perfectamente. Intentaba aparentar normalidad, pero tenía las mejillas rojas.

—Después de irme de aquí me llamó Gonzalo.

La miré.

—¿Gonzalo?

—Sí. Nos fuimos a cenar, a bailar y nos acostamos. Bueno... no exactamente en ese orden.

Me eché a reír.

—Lola, estás roja.

—Ya lo sé. Y no pasa nada por el orden.

Dejó el bolso y se sentó mientras yo me servía otro café, porque aquello merecía café.

—La verdad es que me llamó nada más llegar a casa. Acababa de ducharme y me preguntó si quería verlo. Le dije que por qué no y le di mi dirección. Vino a recogerme, pero lo hice pasar porque todavía estaba a medio secarme el pelo y... ahí pasó todo.

La miré con los ojos muy abiertos.

—¿Antes de cenar?

—Te he dicho que el orden fue distinto.

—Continúa.

Lola se tapó la cara un instante y cuando volvió a mirarme seguía colorada.

—Lourdes, creo que me he encoñado de ese hombre.

Solté una carcajada.

—¿En una noche?

—No sabes lo que me hizo. Cómo me comía entera... Qué destreza, Lourdes. Hubo momentos en que creí que me iba a desmayar.

—¡Lola!

—¿Qué? Tú me cuentas lo tuyo y ahora yo te cuento lo mío. No voy a darte detalles técnicos, pero te aseguro que ese hombre sabe perfectamente lo que hace.

Me senté enfrente de ella, muerta de risa. Ver a Lola así era casi un acontecimiento histórico. Después de tantos años de amistad, pocas veces la había visto perder el control y mucho menos ponerse roja hablando de un hombre.

—Después sí fuimos a cenar y a bailar —continuó—. Hemos pasado una noche estupenda. No he podido dormir prácticamente nada y aquí estoy, porque necesitaba contártelo y porque nos vamos juntas a trabajar.

Negué con la cabeza.

—¿Ahora me entiendes?

—Perfectamente.

—A mí me pasó igual con Roberto. ¿Estos tíos hacen algún curso para aprender a hacer feliz a una mujer en la cama?

Lola se quedó pensativa un segundo.

—Seguro.

Nos miramos y empezamos a reír.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Hemos quedado en vernos hoy.

—¿Otra vez?

—Sí.

—Pues estás perdida.

—Mira quién habla.

Eso también era verdad. Cogí el bolso, terminé el café de un trago y cerré el portátil.

Entre Roberto, Gonzalo y nosotras dos, empezaba a sospechar que trabajar aquella semana iba a requerir bastante más disciplina de la habitual.

Llegamos a la casa de Michael temprano y nos pusimos a trabajar sin perder tiempo.

Lola empezó a catalogar todo lo que se quedaba dentro mientras yo hacía fotografías, tomaba apuntes y preparaba mi propia lista: lo que necesitaba una puesta a punto, lo que sobraba y lo que convenía tocar antes de enseñar la propiedad a un comprador serio.

La casa estaba extraordinariamente bien, aunque la cocina de servicio y algunos de los baños de esa zona necesitaban una actualización.

Nada preocupante. Con buenos profesionales y sin convertir aquello en una obra interminable, podía solucionarse con bastante facilidad.

Llamamos a Leonor y apareció poco después para verlo sobre el terreno.

Leonor era una mujer guapa y lo sabía, aunque nunca había necesitado hacer demasiado uso de ello.

Medía alrededor de uno setenta, pesaría unos sesenta kilos y llevaba una espectacular melena rubia de bote, larga y abundante, que movía al hablar como si tuviera vida propia.

Tenía, además, un desparpajo que ya quisiera para sí más de un presidente de gobierno.

Podías meterla en una obra con veinte albañiles, delante de un millonario cabreado o en una reunión con un arquitecto y, cinco minutos después, era ella quien llevaba la conversación.

—Estoy fundida —nos dijo nada más llegar—. Necesito dos días para recuperarme del fin de semana.

—¿Qué has hecho?

—Ser madre. Dos gemelas de dos años. ¿Te parece poco? Mi marido y yo hemos terminado derrotados. No sé de dónde sacan la energía esas criaturas.

Mientras recorríamos la zona de servicio y Leonor iba anotando lo que necesitaba revisar con sus equipos, nosotras la pusimos al día de nuestro fin de semana.

Primero Suiza, después Roberto y, por supuesto, la aparición de Gonzalo en la vida de Lola.

Leonor dejó de mirar una pared para girarse hacia ella.

—¿Gonzalo quién?

—Nadie —contestó Lola.

—Se ha acostado con él —aclaré.

—Lourdes.

—¿Qué? A mí me lo has contado.

Leonor soltó una carcajada y a partir de ahí fue imposible mantener una conversación seria durante más de dos minutos.

Acabamos en la bodega, donde Lola retomó el inventario de las botellas mientras Leonor y yo discutíamos si aquello necesitaba alguna intervención.

Lola ya le había echado el ojo a una botella y aseguraba que, antes de terminar aquel trabajo, tendríamos que abrirla para comprobar personalmente que el vino se había conservado en condiciones óptimas.

Según ella, era una cuestión estrictamente profesional.

Estábamos riéndonos cuando llamaron a la puerta.

Las tres nos quedamos quietas.

—¿Esperamos a alguien? —preguntó Leonor.

—Yo no.

Leonor subió a abrir. Poco después escuché voces y su risa.

—Buenos días. Soy Roberto.

—Leonor. Encantada. Pasa, están abajo.

Lola levantó la cabeza de golpe y me miró. Yo tampoco sabía qué hacía allí. Unos segundos después Roberto bajó las escaleras hacia la bodega y nos encontró a las tres riéndonos entre estanterías llenas de vino, con Lola rodeada de anotaciones y yo todavía con el móvil en la mano.

—Buenos días —dijo.

—¿Qué haces tú aquí?

Roberto sonrió.

—Yo también me alegro de verte.

Leonor lo miró, después me miró a mí y finalmente volvió a mirarlo a él. Conocía demasiado bien aquella expresión.

—Así que tú eres Roberto.

—Eso parece.

—Por fin.

—Leonor —advertí.

—¿Qué? No he dicho nada.