Capítulo 5 #7
—No he dicho nada.
Mis hermanas se rieron. Yo cogí otra aceituna y me fui hacia el salón. Había cometido un error enorme contándoles mi vida. Ahora solo faltaba que llegara Roberto y sobreviviera a todas ellas. Llamaron a la puerta y fui a abrir.
Cuando lo vi, me quedé mirándolo un segundo más de lo necesario.
Su melena rubia, bajo el sol de Suiza, parecía todavía más clara.
Estaba guapo a rabiar. O eso me parecía a mí, que probablemente empezaba a perder cualquier objetividad con aquel hombre.
Llevaba unos vaqueros rotos por una rodilla y una camiseta que parecía haberse encontrado tirada en la calle.
—¿Te han robado la maleta?
Roberto soltó una carcajada.
—Hola a ti también.
—Lo digo en serio. ¿Necesitas que te prestemos ropa?
Claudia apareció por detrás de mí, lo miró de arriba abajo y negó con la cabeza.
—Lourdes, eso se llama distressed. Es moda.
—¿El qué?
—Ropa desgastada aposta. Parece que va como un pedigüeño, pero seguramente todo lo que lleva cuesta una barbaridad.
Miré otra vez a Roberto.
—Ah. ¿Entonces has pagado para que parezca que no tienes dinero?
—Más o menos.
—Qué mundo más absurdo.
Claudia se rio y desapareció hacia el interior.
—No le hagas caso —le dije a Roberto—. Pasa.
Entró y empecé con las presentaciones. Aquello fue prácticamente todos a la vez: mi madre, mi padre, mis abuelos, Marta, Claudia, Olga y Lola.
Roberto saludó a cada uno con absoluta naturalidad, sin esa rigidez que a veces aparece cuando alguien entra por primera vez en una familia numerosa donde todos hablan, preguntan y se mueven al mismo tiempo.
Traía una pequeña cesta con el Martini y algunas cosas más. La cogí para llevarla a la cocina y él me siguió. Allí nos quedamos hablando mientras yo sacaba las botellas y colocaba las cosas. Y volvió a pasarme. Aquella sensación extraña.
Roberto hablaba con mi padre, contestaba alguna ocurrencia de mis hermanas, escuchaba a mi madre, se reía con Lola y entraba y salía de las conversaciones con una facilidad que me desconcertaba.
No parecía un invitado que acababa de conocer a todo el mundo.
Era como si llevara años entrando en aquella cocina.
Me apoyé un momento en la encimera y lo observé. ¿Por qué me resultaba tan familiar?
No encontraba otra palabra. Familiar. Como si hubiera convivido con nosotros durante años, como si conociera nuestros ritmos, como si supiera cuándo hablar, cuándo reírse y cuándo quedarse escuchando.
Y lo más raro era que nadie parecía incómodo con él.
Ni siquiera mis abuelos. Tampoco hizo una sola pregunta sobre la casa.
Ni cuánto valía, ni de quién era, ni por qué estábamos allí.
Nada. Al entrar había mirado la puerta y había dicho que era preciosa. Eso fue todo.
Lo agradecí.
No quería pasarme el aperitivo explicándole a nadie la herencia de Amalia. Mientras preparábamos las bebidas, Roberto se acercó a mí.
—Por cierto, luego viene Gonzalo a recogernos.
—¿Gonzalo?
—Uno de mis socios y amigo. Viene en coche y nos lleva al aeropuerto. Si te viene bien, claro.
—Sí. Perfecto.
—Así no tenemos que andar buscando taxis ni preocupándonos por la hora.
Asentí y seguí colocando las copas, pero volví a mirarlo de reojo.
Rosas. Cruasanes. Un avión a Suiza. Ahora aparecía en casa de mi familia vestido como un indigente de lujo, se adaptaba a todos como si los conociera de siempre y ya tenía organizado hasta quién nos llevaría al aeropuerto. Lo peor era que no me molestaba.
Al contrario.
Cada vez me gustaba más tenerlo allí. El catering llegó por la puerta de servicio.
Marie los estaba esperando para abrirles y el personal entró directamente al gran salón con bandejas, cajas y todo perfectamente preparado.
En pocos minutos colocaron cada cosa en su sitio como si llevaran haciéndolo allí toda la vida.
Mi madre fue detrás de ellos dispuesta a pagar y regresó poco después con una cara que hizo que dejáramos de hablar.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Se sentó de golpe.
Estaba blanca.
—Está pagado.
—¿Cómo que está pagado?
—Todo. Me ha dicho el chico que es una comida de bienvenida y que la dejó pagada mi madre.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Miré a Lola y ella me miró a mí.
Amalia había previsto incluso aquello. No sabía cuándo llegaría su hija a Suiza, ni quién vendría con ella, pero había dejado instrucciones para que, cuando sucediera, la recibieran como ella quería.
Marie, al ver la cara de mi madre, terminó de explicárnoslo.
—La señora Santaclara tenía participación en el restaurante. Su sociedad posee un treinta por ciento. Tendréis que revisarlo también con la gestora.
Lola dejó lentamente la copa sobre la mesa.
—¿Un treinta por ciento?
—Sí.
La miré.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Pero ya estás haciendo cuentas.
—Evidentemente.
Mi madre seguía procesándolo.
—¿También el restaurante?
—Parece que sí —dije—. Mamá, vamos a necesitar una hoja de cálculo solo para descubrir qué coño tienes.
Eso consiguió que se riera y la tensión desapareció. Decidimos que el restaurante podía esperar hasta que revisáramos toda la documentación. Aquel día habíamos quedado en disfrutar y eso hicimos.
Comimos, bebimos, hablamos y nos reímos muchísimo.
Roberto encajó con todos con una facilidad que seguía resultándome extraña.
Mis hermanas lo interrogaban, mi padre hablaba con él de sus cosas, mi madre se aseguraba de que comiera y mis abuelos participaban en la conversación como si aquel hombre hubiera aparecido muchas veces antes en nuestras comidas familiares.
Yo lo observaba de vez en cuando intentando averiguar por qué todo parecía tan natural.
Estábamos ya con los postres y los cafés cuando llamaron a la puerta. Nos miramos todos.
Roberto consultó la hora.
—Gonzalo. Se ha adelantado, seguro.
Fui a abrir. Y allí había otro. Un hombre de treinta y tantos, más o menos de la edad de Roberto, y guapísimo. No guapo de «está bien». Guapo de tener que mirarlo dos veces para comprobar que la primera impresión no había sido una exageración.
—Hola, soy Gonzalo.
—Lourdes.
—Encantado.
—Pasa. Roberto está dentro.
Entró conmigo y lo llevé hasta el salón. Roberto se levantó para recibirlo y nos explicó que, además de amigo, Gonzalo era uno de sus socios. Como todavía estábamos de sobremesa, mi madre hizo lo que hacía siempre.
—Siéntate y toma algo.
—No quiero molestar.
—No molestas. ¿Café?
Cinco minutos después Gonzalo estaba sentado a la mesa con un café y un trozo de postre delante. Y volvió a ocurrir exactamente lo mismo.
Familiaridad.
No sé si Roberto seleccionaba a sus amigos mediante algún procedimiento secreto, pero Gonzalo se integró en la conversación con la misma facilidad.
Se rio con mi padre, habló con mis hermanas, respondió a las preguntas de mi madre y, en algún momento, terminó sentado enfrente de Lola.
Entonces vi algo mucho más interesante que cualquier propiedad de Amalia.
Lola no le quitaba ojo. La observé disimuladamente.
Miraba a Gonzalo cuando hablaba. Cuando él la miraba, ella apartaba los ojos con una naturalidad tan poco natural que casi me dio la risa. Y después ocurrió lo definitivo. Lola se puso roja.
Roja.
Mi Lola.
La mujer capaz de discutir el precio de una antigüedad con un señor de ochenta años hasta hacerle dudar de su propia fecha de nacimiento se había puesto colorada porque un hombre guapo estaba sentado enfrente de ella. Me quedé mirándola. Ella me sorprendió haciéndolo y entrecerró los ojos.
Yo sonreí.
Lola negó muy despacio con la cabeza. Ni se te ocurra. Eso decía su cara. Por supuesto, no dije nada.
Todavía.
Pero lo había visto. Y ella sabía que yo lo había visto.
Lola podía negarlo hasta el día de su muerte si quería.
Mi amiga estaba roja. Todo se desarrolló de una manera tan sencilla que, al final, encontré la palabra que llevaba todo el día buscando: natural.
Roberto con mi familia, Gonzalo sentado frente a Lola, nosotros hablando y riéndonos alrededor de aquella mesa...
Nada parecía forzado ni requería explicaciones.
Cuando empezamos a recoger, aparté a Lola un momento.
—Si hay sitio, vente con nosotros. Mañana tenemos muchísimo trabajo y es mejor que amanezcamos ya en Marbella.
Roberto, que nos oyó, contestó antes de que Lola pudiera hacerlo.
—Claro que hay sitio. Por supuesto que puede venir.
Lola no necesitó más. Subió a recoger sus cosas y quedó decidido. Mi madre, en cambio, no tenía ninguna gana de regresar. Se le notaba cada vez que miraba por las ventanas, recorría el salón o encontraba cualquier pequeño detalle de aquella casa que había pertenecido a Amalia.
—Mamá, no vuelvas todavía —le dije—. Quédate aquí el tiempo que necesites.
Mis hermanas estuvieron de acuerdo inmediatamente.
Mis abuelos también habían decidido quedarse con ella y mi padre, evidentemente, no tenía ninguna prisa.
Con Marie y su marido allí, la casa funcionando perfectamente y las cuentas en orden, nos quedábamos tranquilas.
Mi madre podía disfrutar de aquello sin pensar en fechas.
Cuando quisiera volver, bastaba con llamar a Leonor para que le organizara un vuelo hasta Corvera y de allí a casa, en Cartagena; o hasta Málaga si quería regresar primero a Marbella o continuar viendo propiedades.
Por primera vez en muchos años, mis padres no tenían que mirar el calendario de vacaciones de nadie.