Capítulo 5 #6
Después de que mi madre enseñara el DNI, firmara varios documentos y completara los trámites necesarios para que la gestora pudiera reconocerla formalmente como nueva propietaria, nos fuimos a comer.
Invitamos a Marie a acompañarnos, pero al principio se negó porque decía que tenía mucho trabajo pendiente en la casa.
—Pues lo haces el lunes o el martes, cuando nos hayamos ido todos —le dijo mi madre—. Hoy vienes a comer.
Marie protestó un poco más, por educación que por otra cosa, hasta que terminó aceptando con una condición: comía con nosotras y después regresaba a casa.
Mis hermanas se habían ido a hacer turismo; los números, los alquileres y la gestión del patrimonio no les interesaban lo más mínimo.
Según ellas, para eso ya estábamos Lola y yo.
Mi padre, por su parte, se había quedado con el marido de Marie, que iba a enseñarle no sé qué de la casa, la calefacción, las instalaciones o vaya usted a saber.
Parecía encantado con su nuevo amigo suizo.
Comimos tranquilamente y, cuando terminamos, Marie se despidió para regresar a la casa. Nos quedamos mi madre, Lola y yo alargando la sobremesa con un café. Y entonces llegó el momento que llevaba evitando desde que había aparecido por sorpresa. Lola dejó la taza sobre el plato y me miró.
—Bueno. Ahora sí. Cuéntanos cómo coño has llegado hasta Suiza y, sobre todo, qué ha pasado con Roberto.
—Sabía que esto llegaría.
—Por supuesto que iba a llegar. Te dejo en Marbella dos días y apareces en Suiza en un avión con un hombre al que acabas de conocer. Empieza desde el principio.
Mi madre me miró.
—¿Qué hombre?
—Roberto.
—Eso ya lo he oído. ¿Quién es Roberto?
Miré a Lola.
—Gracias.
—De nada.
No me quedó más remedio que ponerlas al día.
Les conté lo de la casa de Michael, que Roberto resultó ser socio de la empresa que gestionaba sus asuntos en España, nuestra visita a la propiedad, la comida y cómo una cosa había llevado a la otra.
Cuando llegué a determinada parte, mi madre levantó una mano.
—No, no, no. Esas cosas no me las cuentes.
Lola empezó a reírse.
—Pero si todavía no ha contado nada.
—Ya sé por dónde va y no quiero saberlo.
—Mamá, tengo treinta y cuatro años.
—Me da igual que tengas sesenta. Hay cosas que una madre no necesita saber.
Me entró la risa.
—Pues entonces tápate los oídos.
—¡Lourdes!
Entre las carcajadas de Lola y la cara de vergüenza de mi madre terminé contándoles, sin necesidad de entrar en todos los detalles, que Roberto y yo habíamos acabado juntos, que había sido estupendo y que a la mañana siguiente se había presentado en mi casa con rosas y cruasanes. Mi madre bajó las manos.
—¿Rosas?
—Sí.
—Eso sí me lo puedes contar.
—Ah, ¿eso sí?
—Eso sí.
Lola me observaba con una sonrisita que no me gustaba nada.
—¿Y después?
—Café, cruasanes, hablamos, fuimos a firmar lo de Michael y, cuando Leonor me dijo que no podía conseguirme un avión para venir aquí hasta el lunes, Roberto me dijo que él volaba a Suiza a las cinco con gente de su grupo y que podía venir con ellos.
—¿Y casualmente volaba a Suiza? —preguntó Lola.
—Casualmente.
—Qué conveniente.
—Muchísimo. Por eso estoy aquí.
Mi madre sonrió.
—A mí me gusta.
—¡Pero si no lo conoces!
—Te ha traído a Suiza.
—Mamá, no es un transportista.
—Y te llevó rosas.
Lola señaló a mi madre.
—A mí también me gusta.
—Perfecto. Ya sois dos. Cuando vuelva a verlo le comunico que ha superado la primera fase del proceso de selección.
Nos echamos a reír. No les conté cada segundo de lo que había ocurrido entre Roberto y yo porque mi madre probablemente se habría levantado de la mesa y habría cruzado la frontera a pie.
Pero sí les conté lo suficiente. También aquel beso en el pasillo de mi casa y lo extraño que me había resultado responderle con una dulzura que ni yo misma sabía que tenía. Ahí Lola dejó de reírse.
—Eso me interesa más.
—¿El qué?
—Que te sorprendieras tú.
—No empieces a psicoanalizarme.
—No te psicoanalizo. Te conozco.
Cogí mi café y bebí un sorbo.
—Me gusta, Lola. Me atrae muchísimo, me lo paso bien con él y estoy cómoda. Ya está.
—Yo no he dicho nada.
—Pero tienes cara de estar diciéndolo.
Mi madre se rio.
—Déjala tranquila. Si está contenta, que disfrute.
La miré agradecida.
—Gracias, mamá.
—Pero los detalles esos...
—Que sí, que no te los cuento.
—Mejor.
Lola y yo nos miramos y volvimos a reírnos.
Hacía apenas unos días mi mayor preocupación había sido vaciar una mansión de una mujer muerta.
Ahora estaba en Suiza, mi madre era propietaria de medio edificio lleno de inquilinos, mi padre preparaba su jubilación, Lola investigaba patrimonios y yo había llegado en el avión de un hombre con el que me había acostado una vez y que, para rematar, me llevaba rosas y cruasanes.
Mi vida se estaba volviendo bastante difícil de resumir.
El domingo me desperté con las risas de mis hermanas.
Habían salido de compras y estaban enseñando todo lo que se habían comprado como si acabaran de regresar de una expedición.
Desde mi habitación las oía discutir sobre bolsos, ropa y no sé qué más, pero yo no tenía ninguna intención de levantarme deprisa. Solo quería quedarme allí.
Me acerqué a la ventana y contemplé las vistas.
Podría haber pasado horas mirando aquel paisaje sin hacer absolutamente nada.
Yo, que siempre tenía algo pendiente, un teléfono sonando, una casa que enseñar o un cliente al que atender, de repente no quería ir a ningún sitio.
Entendía cada vez mejor a mi madre. Aquella casa tenía algo que invitaba a quedarse. Entonces sonó el teléfono.
Era Roberto.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Has terminado?
—Por fin. Hemos acabado antes de lo previsto. ¿Te apetece que nos veamos y tomemos un aperitivo?
No me dio tiempo a contestar. Mis hermanas, que debían de haber desarrollado un oído sobrenatural para todo lo relacionado con Roberto, empezaron a gritar desde el pasillo.
—¡QUE VENGA A CASA!
—¡EL APERITIVO AQUÍ!
—¡QUE VENGA, QUE VENGA!
Mi madre se unió desde algún lugar.
—¡Dile que venga!
Y, por supuesto, Lola remató:
—¡QUE TRAIGA ALGO DE BEBER!
Me tapé la cara con una mano.
—Chicas, por favor. Silencio.
Demasiado tarde.
Al otro lado del teléfono, Roberto se estaba riendo.
—Creo que tu familia ya ha decidido por ti.
—No les hagas caso.
—Imposible. Se las oye perfectamente.
—Son unas salvajes.
—Parecen divertidas.
—Porque no las conoces.
—Pues habrá que solucionarlo.
Me quedé callada.
—¿Qué quieres decir?
—Dile a tu familia que voy.
Abrí los ojos.
—¿En serio?
—En serio. Dame la dirección.
—Roberto, somos muchos. Están mis padres, mis hermanas, Lola, mis abuelos...
—Mejor.
—No sabes dónde te estás metiendo.
—Lourdes, llevo dos días de reuniones. Creo que puedo sobrevivir a un aperitivo con tu familia.
Desde el pasillo volvió a escucharse:
—¡QUE VENGA!
—¿Ves lo que te digo?
Roberto se rio.
—Mándame la dirección. Yo llevo el Martini.
Colgamos y me quedé mirando el teléfono.
Fantástico.
El hombre con el que me había acostado una vez, que después había aparecido en mi casa con rosas y cruasanes y que me había traído a Suiza en su avión estaba a punto de presentarse ante mi familia al completo. Y todo por culpa de un aperitivo. Salí al pasillo.
—Espero que estéis contentas. Viene.
Mis hermanas gritaron. Lola empezó a aplaudir y mi madre apareció con una sonrisa enorme.
—¿Cuándo?
—No sé. En cuanto pueda.
—Pues habrá que preparar algo para comer —dijo mi madre.
—Mamá, es un aperitivo, no una pedida de mano.
—Ya lo sé.
—Pues esa cara no lo parece.
Lola pasó junto a mí y me dio una palmada en el hombro.
—Relájate. Solo vamos a conocer a Roberto.
La miré.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Mi madre abrió la nevera y se quedó mirándola.
—Pues aquí hay de todo.
Marie era un amor. No faltaba ni un detalle: bebidas, quesos, fruta, embutidos, huevos, verduras, leche, mantequilla...
Aquella mujer había conseguido que una casa que llevaba tiempo sin recibir a la familia pareciera preparada para nosotros desde siempre.
De todas formas, en uno de los cajones de la cocina encontramos el teléfono de un restaurante al que, según nos explicó Marie, Amalia solía pedir bastante. Además hacían catering.
—Pues solucionado —dijo Lola.
Nos pusimos manos a la obra. Llamamos y encargamos un poco de todo para comer sobre las dos: varios platos para compartir, algo caliente, ensaladas, carne, pescado y postres.
Éramos bastantes y, con mis hermanas de por medio, prefería que sobrara comida antes que escuchar a alguna decir media hora después que tenía hambre.
Mi madre, por supuesto, decidió que aquello no era suficiente.
—Yo voy a preparar unas aceitunas, patatas, frutos secos y algunas cositas para picar mientras llega la comida.
—Mamá, viene a tomar un aperitivo, no lleva tres meses perdido en la montaña.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que le ponga un vaso de agua?
—Ha dicho que trae Martini.
—Pues habrá que poner algo con el Martini.
Me rendí. Era inútil. Mientras ellas organizaban la cocina, yo subí a mi habitación y me metí en la ducha.
No tenía ninguna intención de arreglarme como si aquello fuera una cita.
Precisamente quería lo contrario. Roberto venía a una casa llena de mi familia, un domingo, a tomar algo y comer con nosotros.
Así que me puse unos vaqueros, una camiseta cómoda y unas zapatillas.
Me sequé el pelo, lo dejé suelto y me miré en el espejo.
Normal.
Perfecto.
Bajé y aquello ya parecía una operación militar. Mi madre colocando aperitivos, Lola buscando copas, mis hermanas entrando y saliendo de la cocina y mi padre preguntando qué podía hacer mientras todos le decían que nada.
—Os estáis pasando —dije.
—Estamos poniendo cuatro cosas —contestó mi madre.
Miré la mesa.
—Claro. Cuatro cosas para alimentar a un regimiento.
Cogí una aceituna y me la metí en la boca.
—Y dejad de comportaros como si viniera alguien importante.
Lola me miró.
—Para ti parece que lo es.
—Lola...