Capítulo 5 #5
Marie llevaba años ocupándose de la casa.
Los sábados entraba para hacer una limpieza más profunda, revisar habitaciones, ventilar y encargarse de esas pequeñas cosas que consiguen que una vivienda cerrada durante temporadas no parezca abandonada cuando alguien vuelve.
Mientras me lo explicaban, descubrí además algo de lo que ni siquiera me había dado cuenta al llegar: al final del jardín había una casita independiente. Allí vivían los guardeses.
Marie y su marido habían visto nuestra llegada y tenían instrucciones expresas de Amalia. Cuando algún día apareciera la nueva propietaria, debían presentarse y ponerse a su disposición. Hasta entonces, continuarían cuidando la finca como siempre.
—¿Y sabíais quién iba a venir? —pregunté.
—No. La señora Santaclara nunca nos dio un nombre. Solo dijo que, cuando llegara la nueva dueña con la documentación correspondiente, lo sabríamos.
Muy propio de Amalia. Marie era del cantón francés de Suiza, aunque sus abuelos eran españoles.
Su madre se había empeñado en que sus hijos no perdieran aquella parte de su identidad y en casa siempre habían hablado español.
El resultado era desconcertante: aquella mujer podía estar en mitad de Suiza, llamarse Marie y hablarme en un castellano tan limpio que parecía que acababa de salir de Valladolid.
—Pues esto nos facilita bastante las cosas —dije mientras me servía café.
—Muchísimo —contestó mi madre—. Marie conoce la casa mejor que nosotras.
—Eso seguro —dijo ella sonriendo—. Llevo aquí muchos años.
Miré alrededor. La cafetera funcionando, el desayuno preparado, alguien que conocía cada rincón de la propiedad y unos guardeses viviendo al final del jardín.
De pronto entendí por qué Amalia había dejado cinco mil euros bajo el rótulo «INTENDENCIA DEL HOGAR».
No había dejado una casa para que mi madre llegara y empezara desde cero.
Había dejado una casa funcionando. Cogí la taza de café.
—Marie, después de desayunar tenemos que hablar.
—Cuando quieras.
—Quiero saber cuánto cuesta mantener esta casa, qué gastos habituales tiene, qué pagaba Amalia, quién se ocupa de cada cosa y cómo funciona todo cuando no hay nadie.
Marie asintió con absoluta naturalidad.
—Tengo las cuentas.
Miré a Lola, que acababa de entrar en la cocina atraída, seguramente, por el mismo olor a café. Ella me miró a mí.
Y sonrió.
Aquellas tres palabras nos habían alegrado la mañana.
Tenía las cuentas. Después de desayunar fui con Marie al despacho que había cerca del gran salón.
Mi madre y Lola vinieron con nosotras y allí empezamos a hablar de números, que era justo lo que necesitaba para dejar de imaginar gastos y empezar a saber realmente qué teníamos entre manos.
Marie sacó de una estantería un libro de cuentas que había estado delante de nuestras narices desde que llegamos sin que ninguna reparara en él.
Lo puso sobre la mesa y empezó a explicarnos cómo funcionaba todo.
Fuimos repasándolo juntas y, cuanto más avanzábamos, más claro quedaba que Amalia lo había dejado todo atado y bien atado.
Los gastos de la casa, el mantenimiento, los seguros, los suministros y los pagos estaban perfectamente registrados.
Incluso el sueldo de Marie y de su marido salía de los ingresos que generaban unas propiedades de alquiler.
—¿Las casitas de las instrucciones que encontramos ayer? —pregunté.
—Sí, aunque no son dos o tres —respondió Marie—. Son bastantes.
Lola levantó la cabeza inmediatamente.
—Define «bastantes».
Marie sonrió.
Además de algunas pequeñas viviendas alquiladas, había un edificio entero en una zona céntrica de Suiza que había mandado construir mi bisabuelo.
Según nos explicó, tenía veintiuna viviendas, aunque una de ellas estaba destinada al portero, que vivía allí y se encargaba del funcionamiento cotidiano del inmueble.
Las otras veinte estaban alquiladas. Miré a mi madre.
—Mamá, tú no has heredado una casa. Has heredado una pequeña empresa inmobiliaria.
—Pues menos mal que tengo una hija que se dedica a esto.
—Y una socia —añadió Lola.
—Sobre todo una socia —dije.
El edificio tampoco funcionaba de cualquier manera.
Había un portero encargado de las incidencias diarias y una gestora profesional llevaba contratos, cobros, documentación, impuestos y todo el papeleo.
Parte de los ingresos se destinaba a los gastos del propio edificio y de allí también salía el dinero necesario para pagar a los guardeses y contribuir al mantenimiento de aquella casa.
Amalia no había ido dejando propiedades desperdigadas sin control; había creado una estructura para que una parte del patrimonio financiara a la otra.
—Esto era lo que yo quería saber —dije mientras repasaba las cifras—. Si conservar esta casa significa empezar a comernos el dinero de mamá o si el propio patrimonio puede mantenerla.
—Puede mantenerla —respondió Marie—. La señora Santaclara llevaba muchos años haciéndolo así.
Mi madre sonrió.
—Entonces no la vendo.
—Un momento —dije riéndome—. Déjame terminar de mirar las cuentas antes de tomar decisiones para los próximos treinta años.
Lola seguía concentrada en el libro.
—Pero pinta bien.
—Muy bien —admití.
Y eso era lo importante. Los doce millones ochocientos mil euros no tenían por qué convertirse en una hucha de la que sacar dinero cada vez que hubiera que pagar un tejado, un jardinero o una calefacción.
Había patrimonio productivo detrás. Marie nos propuso acompañarnos a la gestora para presentarnos personalmente y que allí nos enseñaran toda la documentación.
Aceptamos de inmediato. Mi madre tenía que acreditarse como nueva propietaria y nosotras queríamos saber exactamente qué había, cuánto producía y cómo estaba organizado.
Cerré el libro de cuentas y se lo devolví. Cada vez entendía mejor a Amalia. No había dejado solamente dinero y casas. Había dejado una estructura para conservarlos.
Llegamos al edificio y, nada más entrar en el portal, me llamó la atención el olor.
Me detuve un segundo intentando identificarlo.
No era humedad, ni cerrado, ni mucho menos ese olor a viejuno y naftalina que me había recibido en el despacho de Robles.
Era otra cosa. Olía a agua caliente, aunque sabía perfectamente que el agua caliente no olía.
Quizá fueran las tuberías, la calefacción del edificio, la piedra templada o una mezcla de todo aquello.
No tenía ni idea, pero era un olor agradable, acogedor, de esos que te hacen pensar que al otro lado de las puertas hay casas habitadas.
—Qué olor más raro —dije.
Marie me miró.
—¿Malo?
—No, al contrario. Huele a... agua caliente.
Lola me miró como si acabara de perder definitivamente la cabeza.
—El agua caliente no huele.
—Ya lo sé. Pero esto huele a agua caliente.
—Magnífica descripción profesional.
—Cuando vendas tú los pisos, lo describes como te dé la gana.
Marie se rio mientras avanzábamos hacia el interior.
El portal estaba impecable y se notaba que el edificio tenía años, pero también que llevaba toda la vida bien mantenido.
Miré a mi alrededor con otros ojos. Veinte viviendas alquiladas, una más para el portero y una gestora ocupándose de todo.
Aquello ya no eran las «casitas» que yo había imaginado al leer las instrucciones de Amalia. Aquello era patrimonio de verdad.
Llegamos a la gestoría y allí terminaron de ponernos las cuentas encima de la mesa.
Menos mal que Marie había venido con nosotras, porque el gestor empezó a hablar en una especie de gabacho alemanizado que me dejó completamente fuera de combate.
Francés no era exactamente, alemán tampoco, y yo no sabía que los suizos tuvieran semejante jerga lingüística montada entre ellos. Miré a Lola.
—¿Tú entiendes algo?
—Los números.
—Yo también. Es el señor lo que no entiendo.
Marie se rio y se convirtió en nuestra traductora improvisada.
El gestor podía comunicarse con nosotras en francés y algo de inglés, pero cuando entraba en explicaciones con Marie aquello cambiaba de sonido por completo.
Yo acabé renunciando y me concentré en lo que realmente me importaba: las cuentas. Y las cuentas estaban bien.
Nos enseñó la documentación del edificio, los contratos de alquiler, los ingresos, los gastos, el mantenimiento, los seguros, los impuestos y los honorarios de la propia gestora.
Todo estaba organizado y registrado. Las veinte viviendas generaban ingresos regularmente y la del portero formaba parte de la estructura del edificio.
De allí salían sus gastos, las reparaciones, la administración y también parte del dinero destinado al mantenimiento de la casa donde estábamos alojados y al sueldo de Marie y su marido.
—O sea —dije cuando Marie terminó de traducirme una explicación especialmente larga—, que Amalia montó esto para que se mantuviera prácticamente solo.
Marie habló unos segundos con el gestor y después asintió.
—Esa era la idea.
Mi madre estaba sentada a mi lado escuchándolo todo con una mezcla de sorpresa y tranquilidad.
Cada vez que aparecía una nueva propiedad parecía esperar que viniera acompañada de un problema, pero hasta el momento ocurría justo lo contrario.
Amalia había previsto quién cobraba, quién pagaba, quién administraba y de dónde salía el dinero. Lola pasó varias páginas y me miró.
—Cuando volvamos quiero revisar esto con calma.
—Yo también.
Mi madre suspiró.
—¿Hay algún problema?
—De momento, ninguno —le dije—. Y eso es precisamente lo sorprendente.
El gestor siguió explicando y Marie traduciendo.
Yo miré aquellas carpetas y pensé que empezaba a comprender el verdadero tamaño de la herencia.
Los doce millones ochocientos mil euros eran lo más llamativo porque una cifra así impresiona a cualquiera, pero quizá no fueran lo más importante.
Amalia había dejado patrimonio que producía dinero. Y eso cambiaba bastante las cosas.