L&L Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

Tiempo para hacer lo que le diera la gana con el resto de su vida.

Después quise ver la habitación de Amalia.

Hasta ese momento había recorrido la casa como nieta, pero también como profesional.

Era inevitable. Miraba calidades, distribución, estado de conservación, muebles, posibilidades de venta...

Sin embargo, cuando entré en su dormitorio, todo eso desapareció. Allí estaba ella.

No literalmente, por supuesto. Amalia se había ido y yo sabía perfectamente que esta vez no iba a aparecer sentada en una butaca para darme otro susto.

Pero estaban sus cosas. Su ropa en los armarios, sus zapatos, sus perfumes, sus libros, sus pequeños objetos personales.

Sobre el tocador había pendientes, anillos y varias gargantillas guardadas en sus estuches.

Abrí un cajón y encontré más joyas. Nada estaba etiquetado.

No había inventarios, sobrinos esperando su parte, abogados vigilando lo que tocábamos ni un notario diciéndonos qué podía salir de aquella habitación y qué no.

Aquello no era Santaclara. Todo formaba parte del patrimonio que Amalia había dejado a mi madre y seguía exactamente donde ella lo había dejado.

Mi madre cogió unos pendientes y los sostuvo en la palma de la mano.

—Son preciosos.

—Pues habrá que revisar todo esto también.

—¿También vas a hacerme un inventario?

—Por supuesto.

—Lourdes...

—Mamá, no para quitarte nada. Precisamente para saber lo que tienes. Puede haber piezas muy valiosas mezcladas con otras que solo tengan valor sentimental. Antes de ponerte una gargantilla para ir a comprar pan quiero saber si llevas quinientos euros al cuello o cincuenta mil.

Se echó a reír.

—Qué exagerada eres.

—Después de lo de Santaclara, ya no exagero nada.

Seguí mirando la habitación hasta que reparé en una caja de seguridad. Estaba perfectamente integrada y era discreta, pero allí estaba. Me quedé mirándola.

—Espera.

Algo acababa de encajarme en la cabeza.

Las contraseñas.

En la documentación que el notario había entregado a mi madre aparecían las claves de las cajas de seguridad de las propiedades. Una en cada casa. Lo había leído entre tantos papeles y en aquel momento no le había dado demasiada importancia.

—Mamá, tenemos la contraseña.

—¿De eso?

—Sí. En los papeles del notario. Había una clave para cada casa.

—¿La tienes?

—Los papeles no. Pero antes de venir hice fotos con el móvil de lo importante.

Saqué el teléfono y empecé a buscar entre las fotografías. Lola, que había entrado detrás de nosotras, se acercó inmediatamente.

—¿Hay una caja fuerte?

—Sí.

—¿Y tienes la contraseña?

—Creo que sí.

—Entonces aparta.

La miré.

—¿Perdona?

—Como haya joyas, quiero verlas.

—Qué sorpresa.

Encontré por fin la fotografía y amplié la parte correspondiente a Suiza. Allí estaba. Miré la caja de seguridad, después el móvil y finalmente a mi madre.

—Es tuya. Ábrela tú.

Mi madre se quedó quieta unos segundos. Ya no parecía tan divertida. Se acercó despacio y yo le fui diciendo los números mientras los introducía. Al terminar, mantuvo la mano sobre la puerta.

—¿Preparadas?

Lola se colocó a mi lado.

—Yo llevo preparada desde que has dicho «caja fuerte».

Mi madre sonrió.

Mi madre abrió la caja y las tres nos acercamos. Dentro había varios estuches de joyería, algunas cajas pequeñas y un par de sobres. Lola empezó a sacar los estuches uno a uno y a colocarlos sobre la cama mientras yo miraba aquello intentando no volver a pensar en inventarios.

Había pendientes de oro, sortijas, pulseras, gargantillas, algunas piezas con esmeraldas y varios diamantes que, sin ser enormes ni escandalosos, tenían muy buena pinta.

Eran joyas buenas, de esas que se pueden llevar sin parecer que una acaba de atracar un museo, pero estaba bastante segura de que allí no había prácticamente ninguna pieza de menos de mil euros y algunas superarían esa cantidad con mucha alegría.

—Amalia tenía buen gusto —dijo Lola examinando unos pendientes de esmeraldas.

—Y dinero —añadí.

—Eso ayuda muchísimo al buen gusto.

Mi madre se rio y cogió una gargantilla de oro bastante sencilla.

—Esta me gusta.

—Pues póntela.

—¿Así, sin más?

—Mamá, es tuya. No tienes que pedir permiso a nadie.

Se la colocó delante del espejo y sonrió. Le quedaba preciosa.

—Eso sí —añadí—, cuando volvamos quiero que un especialista valore todo. No para venderlo, sino para saber exactamente qué tienes y asegurarlo como corresponde.

—Vale, jefa.

Seguimos abriendo estuches hasta que llegamos a los sobres.

En uno había certificados y facturas antiguas de algunas de las joyas.

En el otro, fotografías de Amalia y Erik.

Muchas. Mi madre se sentó en la cama y empezó a pasarlas despacio.

Viajes, comidas, paisajes, los dos abrazados, riéndose, él haciendo el tonto delante de la cámara y Amalia mirándolo con aquella expresión que ya habíamos visto en la fotografía de la chimenea. Lola se sentó a su lado.

—Este hombre debía de ser divertido.

—Eso parece —dijo mi madre.

Cogí una de las fotografías. Erik estaba de espaldas, girando la cabeza hacia la cámara, con una sonrisa enorme. En el reverso había una fecha y una frase escrita por Amalia.

No necesitábamos descubrir ningún secreto nuevo.

Ya sabíamos quién había sido aquel hombre y lo que había significado para ella.

Aquellas fotos simplemente demostraban que, antes de convertirse en la anciana misteriosa que había organizado su muerte como si fuera la última jugada de una partida de ajedrez, Amalia había sido una mujer joven y enamorada que había tenido una vida. Volví a guardar la fotografía.

—Mamá, disfruta de todo esto. Las casas, las joyas, los viajes... Ya tendremos tiempo de hacer números.

Mi madre se tocó la gargantilla que acababa de ponerse.

—Esta me la quedo puesta.

—Pues muy bien.

Lola la miró.

—Pero no friegues con ella.

—¡Lola!

—¿Qué? Una cosa es disfrutar del patrimonio y otra estropearlo.

Me eché a reír. Cerramos la caja dejando fuera la gargantilla y las fotografías, y salimos de la habitación.

Ya habría tiempo de revisar aquello con calma.

Aquel fin de semana habíamos ido a Suiza a disfrutar.

Y pensaba hacerlo. Cuando ya íbamos a cerrar la caja, vi un sobre que se había quedado rezagado al fondo.

—Espera.

Lo saqué. En el exterior no había ningún nombre, así que lo abrí y encontré varias hojas con direcciones, nombres y unas instrucciones bastante claras.

Amalia tenía unas pequeñas casas alquiladas y había dejado indicado dónde estaban, quién las ocupaba y, sobre todo, una dirección a la que mi madre debía acudir para presentarse como nueva propietaria y recoger el dinero de los alquileres. Levanté la vista.

—Mamá, parece que además de casas para vivir tenemos casas que producen dinero.

—¿Más casas?

—Casitas. Alquiladas. Y por lo que pone aquí, hay que ir a esta dirección para presentarte y arreglar el cambio.

Lola me quitó prácticamente las hojas de las manos.

—Déjame ver.

—Sabía que esto te iba a gustar más que los diamantes.

—Los diamantes no pagan el mantenimiento de esta casa. Los alquileres sí.

—Exactamente.

Aquello empezaba a responder a la pregunta que me había hecho desde el principio.

Antes de pensar en vender nada, necesitábamos saber cuánto patrimonio generaba ingresos y cuánto costaba mantener el resto.

Guardé las instrucciones para revisarlas con calma y entonces mi madre encontró otro sobre.

En el exterior, escrito a mano, ponía: «INTENDENCIA DEL HOGAR».

Lo abrió.

Dentro había cinco mil euros en efectivo. Nos quedamos mirando el dinero.

—¿Cinco mil euros para intendencia? —preguntó mi madre.

—Amalia no debía de ir al supermercado mirando las ofertas —dije.

Lola contó los billetes rápidamente.

—Cinco mil exactos.

—¿Cómo puedes contar dinero tan deprisa?

—Talento natural.

Mi madre empezó a reírse.

—¿Y qué hago con esto?

—Lo que dice el sobre —contesté—. Intendencia de la casa. Comida, gastos cotidianos, lo que necesitéis mientras estéis aquí. Y guardamos el sobre para saber de dónde ha salido.

Mi madre volvió a mirar el dinero, las joyas y las instrucciones de los alquileres.

—Esta mujer lo tenía todo pensado.

—Todo no —dije—, pero desde luego nos está dejando el camino bastante señalizado.

Lola seguía leyendo las hojas.

—Yo quiero ir a ver esas casitas.

—Y yo quiero saber cuánto producen.

—Mañana vamos.

Miré a mi madre.

—¿Te parece?

—Por supuesto.

Sonreí. Ya teníamos plan para el sábado: conocer una parte del patrimonio de Amalia que, por primera vez desde que había empezado toda aquella locura, no parecía diseñada para gastar dinero. Parecía diseñada para producirlo. Me desperté con olor a café.

Abrí los ojos y me quedé unos segundos intentando averiguar de dónde coño salía.

Hasta donde yo recordaba, la noche anterior no había nada preparado en la casa.

Habíamos cenado con lo que compramos y poco más.

Sin embargo, olía a café recién hecho y, si mi nariz no me engañaba, también a pan tostado.

Vaya misterio más tonto se me había metido en la cabeza nada más levantarme.

Me puse algo encima y bajé. Y tenía razón: había aparecido alguien.

En la cocina encontré a una mujer de unos cincuenta y tantos años colocando cosas sobre la mesa mientras mi madre hablaba con ella como si se conocieran de toda la vida. Había café, leche, pan, mantequilla, fruta, mermeladas y algunas cosas más que la noche anterior juraría que no estaban allí.

—Buenos días —dije.

—Buenos días. Tú debes de ser Lourdes.

Me detuve.

—Sí. ¿Y tú eres...?

—Marie.

Mi madre se echó a reír.

—Ven, que tenemos otra sorpresa.