L&L Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Ya había pensado que aquella propiedad podía ser muy interesante a nivel de ventas, pero allí, delante de ella, mi cabeza profesional empezó a funcionar sola.

Ubicación, terreno, construcción, estado, privacidad, vistas.

Habría que estudiar el mercado de la zona, conocer exactamente la superficie, la situación jurídica y todos los gastos, pero entendí perfectamente que mi madre se hubiera enamorado del lugar.

Pagué al taxista, saqué la maleta y avancé hacia la entrada.

Solo la puerta sacaba de pobre a cualquiera.

Me detuve delante de ella y la observé un instante. Aquello no era una puerta. Era una declaración de patrimonio.

Sonreí.

Dentro estaban mi madre, mi padre, mis abuelos, mis tres hermanas y Lola.

Ninguno sabía que yo estaba allí. Me coloqué bien el pelo, agarré el asa de la maleta y llamé.

Mientras esperaba, tuve que contener la risa.

Iba a disfrutar muchísimo de aquello. Me abrió mi padre.

En cuanto me vio, abrió los ojos como platos.

Antes de que pudiera decir nada, me llevé un dedo a los labios.

—Shhh.

Mi padre se tapó la boca con la mano para contener la risa. Miró hacia el interior de la casa y después volvió a mirarme a mí, con mi maleta plantada en la puerta.

—Pero ¿tú qué haces aquí? —susurró.

—Dar una sorpresa. No digas nada.

Asintió, encantado de participar en la conspiración, y se apartó para dejarme entrar.

Yo apenas había cruzado el umbral cuando me hizo un gesto para que me quedara allí.

Desde el interior llegaban las voces de mis hermanas, la de mi madre y, por supuesto, la de Lola, que se distinguía perfectamente entre todas. Mi padre levantó la voz.

—¡Lola! ¿Puedes venir un momento?

—¿Para qué?

—Ven, mujer.

—Como sea para mover algo, te aviso de que estoy de vacaciones.

Tuve que morderme los labios para no reírme. Oí sus pasos acercándose y dejé la maleta a un lado. Mi padre se colocó junto a mí con una sonrisa que ya no sabía disimular. Lola apareció al fondo del pasillo. Dio dos pasos.

Me vio.

Y se quedó clavada en el sitio.

—¿Pero qué coño haces tú aquí?

Me eché a reír.

—Sorpresa.

Lola soltó un grito y vino hacia mí. Nos abrazamos con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio.

—¡Serás hija de puta! —decía mientras me apretaba—. ¡Si ayer estabas diciendo que tenías trabajo!

—Y tenía.

—¡¿Y cómo has venido?!

—En avión.

Se separó para mirarme.

—Ya sé que no has venido nadando. ¿Qué avión?

Las voces hicieron aparecer al resto. Mis hermanas fueron las primeras y, en cuanto me vieron, empezaron a gritar. Mi madre salió detrás de ellas y se quedó mirándome con una sonrisa enorme.

—¡Pero bueno!

—He pensado que alguien tenía que venir a controlar qué hacíais con los doce millones.

—¡Doce millones ochocientos mil! —gritó Olga.

Cerré los ojos.

—Os juro que esos ochocientos mil van a acabar conmigo.

Mi madre llegó hasta mí y me abrazó. Después vinieron mis hermanas, todas a la vez, y durante unos segundos aquello fue una mezcla de brazos, besos, preguntas y voces superpuestas. Lola seguía esperando. La conocía demasiado bien.

—¿Y el avión? —insistió.

—Luego te cuento.

Entrecerró los ojos.

—No. Luego no. Ahora.

—Lola, acabo de llegar.

—Precisamente.

Mi padre cerró la puerta detrás de mí.

—Dejadla respirar, por lo menos.

—Gracias, papá.

Cogí mi maleta y miré alrededor por primera vez con calma. Si el exterior me había impresionado, el interior prometía ser todavía peor.

—Bueno —dije—. Ahora sí. Enseñadme qué coño nos ha dejado Amalia en Suiza.

Me enseñaron la casa entera. Y cuanto más veía, más entendía que mi madre se hubiera enamorado de aquel lugar.

Era preciosa, amplia, elegante y, sobre todo, tenía vida.

No parecía una de esas propiedades espectaculares que resultan frías en cuanto cruzas la puerta.

Allí había libros, fotografías, muebles elegidos durante años y rincones que daban la sensación de haber sido realmente utilizados.

Amalia no había tenido aquella casa como una inversión más.

Había vivido allí. Mi madre iba delante de todos, emocionada, hasta que entramos en el salón.

—Ven, ven. Esto tienes que verlo.

Casi corrió hacia la chimenea y señaló una fotografía enmarcada que había sobre ella. Eran Amalia y Erik.

Me acerqué despacio. Ya había visto fotografías de los dos entre las cosas que encontramos en Marbella, pero aquella era diferente.

No estaban posando serios para una fotografía de estudio ni parecían pendientes de la cámara.

Estaban juntos, sonrientes, muy cerca el uno del otro.

Erik, con aquel pelo claro tirando a rojizo que explicaba demasiadas cosas de mi propia cabeza, rodeaba a Amalia con un brazo.

Ella lo miraba a él en lugar de mirar al objetivo.

—Mírala —dijo mi madre—. Mira cómo lo mira.

No hacía falta que me lo dijera.

—Estaba enamoradísima.

—Sí.

Mi madre cogió el marco con cuidado.

—Esta foto me la llevo.

La miré.

—Mamá, la casa es tuya. Puedes llevarte hasta la chimenea si te da la gana.

—La chimenea no. La foto sí.

Se la quedó mirando unos segundos más antes de volver a colocarla exactamente donde estaba.

Después mis hermanas decidieron que había llegado el momento de enseñarme las habitaciones.

Al parecer, durante mi ausencia ya habían organizado el reparto de media casa sin consultar conmigo absolutamente nada.

—La tuya está arriba —dijo Marta.

—¿Mi qué?

—Tu habitación.

—¿Ya tengo habitación?

—Claro.

—¿Y quién ha decidido cuál es?

Las tres se miraron.

Mala señal.

Subimos y me llevaron por un pasillo hasta una puerta. Olga la abrió con solemnidad.

—Esta.

Entré.

Y me quedé quieta.

—Joder.

Era enorme. Una cama que parecía diseñada para perderse dentro, una zona de estar junto a los ventanales, un baño propio y unas vistas que me hicieron acercarme directamente al cristal.

—¿Esta es la que me habéis dejado?

—Sí —dijo Claudia.

Me giré, desconfiada.

—¿Qué tiene de malo?

—Nada.

—Entonces no me creo que me la hayáis dejado voluntariamente.

—Es que mamá dijo que esta era para ti —aclaró Olga.

—Ah.

Eso ya tenía más sentido. Mi madre apareció detrás de ellas.

—Pensé que te gustaría.

Volví a mirar hacia fuera.

—Pues has acertado.

Dejé la maleta junto a la cama y me acerqué otra vez a la ventana.

Desde allí, rodeada por aquel paisaje, resultaba todavía más difícil pensar en vender la casa.

Y comprendí que teníamos un problema. Uno bastante caro.

Porque mi madre se había enamorado de aquel lugar. Y empezaba a sospechar que yo también.

—Vamos a disfrutar del fin de semana, mamá. Ya veremos después cómo lo hacemos.

Mi madre asintió, pero enseguida me contó que aquello no iba a ser simplemente un fin de semana. Ellos pensaban continuar el tour. Querían ver todas las propiedades que Amalia había dejado y hacerse una idea real de lo que tenían antes de tomar ninguna decisión.

—Tu padre ha pedido la jubilación anticipada —me soltó de repente.

La miré sorprendida.

—¿Papá?

—Sí. Dice que ya ha trabajado bastante. Y tiene razón. Hemos decidido que vamos a empezar a disfrutar un poco de la vida.

Sonreí. Aquello sí que no me lo esperaba, aunque, pensándolo bien, tenía todo el sentido del mundo.

Mi padre llevaba trabajando prácticamente desde que tenía uso de razón y ahora, de repente, se encontraba con una mujer que acababa de descubrir que tenía propiedades repartidas por media Europa y más de doce millones de euros en el banco.

—¿Y tú qué vas a hacer con el trabajo?

Mi madre trabajaba en una mercería del barrio desde hacía años. Además de atender, daba clases de punto a personas que querían aprender, algo que le encantaba y que se le daba especialmente bien. Se encogió de hombros.

—He dicho adiós.

—¿Así?

—Así. Les he dicho que ya avisaré si quiero volver.

Me eché a reír.

—Mamá, me encanta esta nueva versión tuya.

—Pues a mí también.

—¿Y las clases de punto?

—Eso sí lo voy a echar de menos. Me gustaba enseñar.

—Pues ya enseñarás cuando te apetezca. No necesitas estar detrás de un mostrador para hacerlo. Puedes dar clases donde quieras. En Cartagena, en Marbella o aquí mismo, si te da la gana.

Mi madre miró alrededor y sonrió.

—¿Te imaginas?

—Perfectamente. Tú enseñando a hacer punto en Suiza y papá jubilado mirando montañas. Os habéis venido arriba en una semana.

Se rio.

—Toda la vida hemos estado pendientes del trabajo, de las niñas, de pagar cosas, de organizarlo todo... Ahora queremos viajar, conocer los sitios que Amalia nos ha dejado y decidir tranquilamente qué hacemos.

La observé unos segundos. Mi madre no hablaba como alguien que acabara de hacerse rica. Hablaba como una mujer que acababa de descubrir que podía disponer de algo que nunca había tenido: tiempo.

—Pues hacedlo —le dije—. Visitadlo todo. Disfrutad. Ya nos preocuparemos después de los números, los impuestos y de qué merece la pena conservar.

—Eso pensamos hacer.

—Pero una cosa.

—¿Qué?

—No compréis nada.

Mi madre se echó a reír.

—¡Si acabamos de descubrir que tenemos casas de sobra!

—Precisamente. Os conozco. Como os dé por celebrar la jubilación de papá comprando otra, os bloqueo las cuentas.

—Ahora pareces tú mi madre.

—Alguien tiene que poner orden en esta familia.

Desde el pasillo se oyó la voz de Lola:

—¡Pues estamos apañados si vas a ser tú!

—¡No te ha preguntado nadie!

Mi madre se rio y me cogió del brazo.

—Venga. Vamos abajo.

La seguí pensando que, quizá, aquello era exactamente lo que Amalia había querido dejarle. No las casas, ni Suiza, ni Mónaco, ni siquiera los doce millones ochocientos mil euros que mis hermanas se negaban a redondear.

Tiempo.