Capítulo 5 #2
Suiza podía esperar. Y mi vida sexual también.
Nos tomamos el café y los cruasanes en la cocina y fue agradable.
Mucho. Hablamos de tonterías y también de cosas más serias.
Roberto tenía esa facilidad para pasar de hacerme reír a mantener una conversación interesante sin que pareciera que estaba intentando demostrar nada.
Yo terminé contándole alguna anécdota de L ya las recogería después.
Salíamos por el pasillo cuando Roberto me cogió de la cintura.
No me dio tiempo ni a preguntarle qué hacía.
Me besó apasionadamente y me desarmó por completo.
El día anterior nuestros besos habían sido hambre, prisas, manos que no sabían dónde detenerse y dos cuerpos que parecían llevar semanas esperando algo que acababa de empezar.
Aquel beso fue distinto y, para mi sorpresa, yo también fui distinta.
Le rodeé el cuello con los brazos y le correspondí con una dulzura que no sabía que tenía.
Sin prisas, sin necesidad de llevar aquello inmediatamente a ninguna parte.
Simplemente besándolo. Cuando nos separamos, me quedé mirándolo.
—¿Qué? —preguntó Roberto.
—Nada.
Pero sí pasaba algo. Me había sorprendido a mí misma.
Yo, que el día anterior había pensado en aquel hombre prácticamente como una solución magnífica para desengrasarme la cabeza, acababa de besarlo como si pudiera quedarme allí tranquilamente diez minutos más sin necesitar absolutamente nada después.
Y eso me desconcertó bastante más que despertarme con su ramo de rosas en la puerta.
—Vámonos —dije.
—¿Te has puesto nerviosa?
—No.
—Un poco.
—Roberto...
—Vale, vale.
Cogí las llaves del coche.
—Y no te emociones. Un beso no te da derechos adquiridos.
—¿Ni preferencia?
—Ni siquiera opción de compra.
Se echó a reír y eso me devolvió a terreno conocido. Salimos de casa y nos fuimos hacia su despacho para revisar la documentación de Michael. Trabajo, contratos, trece millones y comisiones. Eso sí sabía manejarlo. Lo otro empezaba a complicarse. Era viernes y echaba de menos a Lola.
Pensaba precisamente en eso mientras iba en el coche de Roberto camino de su despacho para revisar y firmar todo lo relacionado con la casa de Michael.
Echaba de menos a mi socia, a mis hermanas y hasta el caos familiar de los últimos días.
Las veía por videollamada en Suiza, recorriendo la casa, enseñándome habitaciones y paisajes mientras yo seguía en Marbella trabajando, y de repente pensé: me voy a Suiza. Así, sin más.
Me voy.
Saqué el teléfono y llamé a Leonor desde el coche. Primero le di varias instrucciones sobre la Mansión de las Ranas, los equipos que necesitaríamos y algunas cosas que quería que estuvieran controladas durante el fin de semana. Cuando terminé, fui al verdadero motivo de la llamada.
—Leonor, necesito un avión.
Roberto giró ligeramente la cabeza hacia mí, pero no dijo nada.
—¿Para cuándo?
—Hoy.
—¿Hoy cuándo?
—A mediodía, si puede ser.
—Lourdes, los aviones no son taxis.
—Ya lo sé. ¿Tienes alguno?
—¿Adónde?
—Suiza.
Hubo unos segundos de silencio mientras Leonor comprobaba algo.
—Hoy nada. Mañana tampoco. Tengo todo ocupado hasta el lunes.
—¿Nada de nada?
—Nada de nada.
—¿Y algún contacto?
—Ya te estoy hablando de mis contactos. Hasta el lunes, imposible.
—Vale.
Colgué.
Me quedé mirando el teléfono con una decepción bastante infantil.
Me había hecho ilusión. Después de renegar durante días con que no podía ir, que tenía demasiado trabajo, que ya iría más adelante y que me mandaran vídeos, había decidido presentarme allí por sorpresa y, de repente, tenía unas ganas enormes de hacerlo.
—Joder.
—¿Qué pasa? —preguntó Roberto.
—Nada. Me había hecho la ilusión de irme a Suiza hoy.
—¿A qué parte?
Le dije dónde estaban.
—Mi familia está allí. Y Lola. Quería darles una sorpresa, pero no hay avión hasta el lunes.
Roberto siguió conduciendo como si lo que iba a decir fuera la cosa más normal del mundo.
—Yo salgo para Suiza a las cinco.
Giré la cabeza.
—¿Qué?
—A las cinco.
—¿Hoy?
—Normalmente, cuando digo a las cinco, me refiero al mismo día.
—No te hagas el gracioso. ¿Qué haces tú yendo a Suiza?
—Tenemos una reunión. Vamos siete personas del grupo.
—¿Qué grupo?
Sonrió.
—Una de esas empresas de las que dices que nunca te cuento nada.
—Ya empezamos.
—Reuniones el sábado y parte del domingo. Volvemos el domingo por la noche, sobre las nueve.
Lo miré fijamente.
—¿Y por qué me estás contando todo esto?
—Porque puedes venirte.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—Que te vengas con nosotros. Hay sitio. Te dejamos donde esté tu familia y haces tu vida. Nosotros hacemos la nuestra y el domingo, si quieres volver con nosotros, te recogemos.
—Roberto...
—Estás invitada.
Me quedé callada. Aquello solucionaba exactamente el problema que acababa de intentar resolver con Leonor.
—¿Así, sin más?
—Así, sin más.
—¿Y a las otras seis personas les parecerá normal que aparezcas conmigo?
—Somos siete contando conmigo. Y les va a dar exactamente igual.
—¿Seguro?
—Lourdes, es un avión, no una comunión. Hay sitio.
Me eché a reír. Miré por la ventanilla intentando pensar con sensatez.
Tenía trabajo. Muchísimo. La Mansión de las Ranas estaba en marcha, pero Leonor tenía instrucciones.
La documentación de Michael iba a quedar firmada aquella mañana.
Lola podía encargarse desde Suiza de cualquier cosa urgente que pudiera hacer a distancia y yo también llevaba teléfono, tableta y portátil.
Podía ir.
De verdad podía ir. Y entonces apareció la mejor parte. Mi madre no sabía nada. Mis hermanas tampoco. Y Lola, mucho menos.
Sonreí.
—¿Qué? —preguntó Roberto.
—Nada.
—Esa cara no es de nada.
—Estoy imaginando la cara de Lola cuando me vea aparecer.
—¿Eso significa que vienes?
Lo miré.
Había pasado toda la semana poniendo excusas para no ir y ahora tenía delante una plaza en un avión que salía esa misma tarde.
—Sí.
Roberto sonrió.
—Entonces a las cinco nos vamos a Suiza.
Me acomodé en el asiento, de repente de un humor excelente.
—Pero no le digas nada a nadie.
—No conozco a nadie de tu familia.
—Mejor. Así no puedes estropearme la sorpresa.
Volví a mirar por la ventanilla.
Suiza.
Aquella misma tarde. Y por primera vez en toda la semana no pensé en cuánto trabajo estaba dejando atrás.
Pensé en la cara que iba a poner Lola cuando me viera aparecer por la puerta.
Firmamos toda la documentación de Michael y dejamos oficialmente en marcha la venta de la casa.
Roberto todavía tenía varias cosas que resolver antes del viaje y yo necesitaba ir a casa, hacer una maleta y organizar lo imprescindible para desaparecer hasta el domingo sin que L al fin y al cabo, ellos viajaban por negocios y yo era la polizona que se había colado rumbo a Suiza para darle una sorpresa a su familia.
Cuando aterrizamos, Roberto me consiguió un taxi y le di la dirección que Lola me había enviado.
Nos despedimos con la promesa de hablar el domingo para organizar el regreso y, mientras el coche avanzaba, empecé a sentir esa emoción absurda que me entraba cada vez que estaba a punto de hacer algo que nadie esperaba de mí.
Pero cuando el taxi se detuvo delante de la casa, se me olvidó hasta la sorpresa. Casi me desmayo.
Había visto partes por videollamada, pero aquello no tenía absolutamente nada que ver con verlo en persona.
Era un casoplón. Precioso. Elegante sin resultar ostentoso, rodeado por un paisaje que parecía colocado allí expresamente para justificar cada euro que pudiera valer.
Me bajé del taxi y me quedé unos segundos quieta, contemplándolo.
—Joder, Amalia... —murmuré.