L&L Capítulo 5
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Capítulo 5

Roberto me agarró y terminamos cayendo sobre la cama entre besos, ropa a medio quitar y unas prisas que, a aquellas alturas, ya no tenía ningún sentido disimular.

Me terminó de quitar la ropa interior y, a partir de ahí, consiguió hacerme sentir algo que yo jamás había sentido: un orgasmo bestial.

Yo solo lo quería a él. Lo necesitaba. Lo agarré por el pelo y lo atraje hacia mi boca, besándolo sin delicadeza.

No había conocido a nadie que despertara en mí una reacción semejante. Aquello era una locura.

—Más fuerte. No pares. Más rápido.

Me aferré a él para que no se apartara. Lo que ocurrió después me borró de la cabeza hasta mi propio nombre.

No sé si fue su manera de tocarme, la seguridad con la que parecía entender mi cuerpo o que yo llevaba toda la comida al borde de un ataque hormonal, pero consiguió llevarme a un sitio al que nadie me había llevado antes.

—Joder...

—Qué cabrón.

Se rio y volvió hacia mí. Lo agarré del pelo y tiré de él hasta tener su boca sobre la mía.

Lo besé todavía temblando y, por la forma en que respondió, comprendí que él estaba tan descontrolado como yo.

Eso terminó de volverme loca. No quería ternura.

No quería una conversación. No quería que aquello se convirtiera de repente en una escena romántica con el Mediterráneo de fondo. Lo quería a él. Y lo quería ya.

—No pares —le dije.

No paró.

A partir de ahí perdí cualquier interés por saber qué hora era, dónde había dejado el bolso o cuánto trabajo me esperaba en el despacho.

Solo existían su cuerpo y el mío, el calor, las manos, los besos y aquella sensación eléctrica que había empezado en el restaurante y ahora recorría cada centímetro de mi piel.

—Más —le pedí.

Roberto me miró.

—¿Más?

—No te hagas el gracioso ahora.

Me hizo caso. Perdí la cuenta de los orgasmos.

El segundo, el tercero, quizá el cuarto.

Llegaban tan seguidos que apenas tenía tiempo de recuperarme.

Me aferré a él, clavándole las manos en la espalda, y cerré los ojos mientras todo mi cuerpo volvía a tensarse.

Cuando por fin pude respirar con cierta normalidad, me quedé tumbada mirando el techo.

Roberto cayó a mi lado. Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Yo seguía intentando localizar algunas neuronas.

—Bueno —dije al fin.

—¿Bueno?

Giré la cabeza hacia él. Todavía no había tenido bastante. Volví sobre Roberto y lo besé. Él intentó frenarme entre risas.

—No. Espera un poco.

—No puedo.

Y era verdad. Aquello era superior a mí.

Volvimos a perdernos el uno en el otro, cada vez con menos control y más deseo, hasta que otra oleada de placer me dejó sin fuerzas.

Terminé recostada sobre su pecho, completamente agotada y sorprendentemente cómoda.

Haciendo un esfuerzo, rodé hacia su costado, me quedé mirándolo y le besé la punta de la nariz.

—Creo que ya he desengrasado la cabeza —le solté—. He desengrasado todos mis órganos internos y externos.

Roberto empezó a reírse.

Yo también.

Y mientras recuperaba el aliento llegué a una conclusión bastante sencilla.

No sabía qué coño iba a ser aquel hombre en mi vida.

Pero repetir aquello me parecía una idea excelente.

Me levanté y me fui a la ducha. El agua me caía sobre la cara, como si quisiera recobrar la energía que había perdido.

Con los ojos cerrados, sentía el calor del agua en la cara.

Sentí cómo me lamían los muslos bajo el agua. Iba subiendo con movimientos suaves. Era él, con esos ojos azul cielo mirándome, lamiéndome mientras me miraba fijamente. Tenía una técnica de succión y unos movimientos que me dejaron sin fuerza en las piernas.

Subió y me abrazó tan fuerte que creí que me iba a ahogar. Lo besé y me bajé a lamerle a él. Estaba completamente en forma, así que, después de dos lametones y un poco de técnica, se agarró a mí con todas sus fuerzas porque se caía.

Acabamos besándonos.

Y, por fin, salimos de la ducha. Buscando mi ropa, me pedí un taxi mientras terminaba de vestirme.

Fui a la cama, donde estaba Roberto, y lo besé como si en ello me fuera la vida.

Quedamos en llamarnos. Salí del edificio, me subí al taxi y fui hasta mi coche.

Sentada en mi coche, me quedé unos minutos pensando en lo que acababa de pasar.

Ya en frío, las cosas se veían de otra manera. Madre mía, qué loca.

Podría haber hecho esto de otra forma. Tendría que haber esperado. Quizá no debería haber ido a su casa el primer día. Quizá tendría que haberme hecho un poco más la interesante. Quizá...

—Para, Lourdes.

Me lo dije en voz alta. Porque ya estaba empezando. Ese absurdo repaso posterior en el que una analiza cada cosa que ha hecho como si pudiera regresar dos horas atrás y modificarla. ¿Había querido hacerlo?

Sí.

¿Me había gustado?

Muchísimo.

Pues ya estaba.

—A lo hecho, pecho.

Y nunca mejor dicho. Me eché a reír sola.

Arranqué el coche y salí del aparcamiento.

No pensaba arrepentirme de algo que había hecho porque me había dado la gana.

Roberto me gustaba, me atraía una barbaridad y lo que había pasado entre nosotros había sido cosa de dos adultos con exactamente las mismas ganas. Mañana ya veríamos.

O pasado.

O cuando nos llamáramos. Ahora tenía trabajo. Puse rumbo a la oficina y, mientras me incorporaba al tráfico, intenté volver mentalmente a Michael, a su casoplón de trece millones y a todo lo que tenía pendiente.

Intenté.

Porque durante buena parte del camino todavía llevaba una sonrisa de idiota en la cara.

Olga fue enseñándome la casa con el móvil y, después de pedirle tres veces que moviera la cámara más despacio porque me estaba mareando, conseguí hacerme una idea.

La propiedad era muy interesante. Y no lo decía porque perteneciera a mi madre. Lo decía como agente inmobiliaria.

Tenía una ubicación magnífica, buenas dimensiones, vistas espectaculares y ese tipo de construcción que, bien conservada, siempre iba a tener mercado.

No sabía todavía cuánto podía valer ni pensaba aventurar una cifra viendo paredes a través del teléfono, pero estaba claro que Amalia no había comprado cualquier cosa.

—Lola, enséñame tú el exterior.

—Ya sabía yo que acabarías recurriendo a una profesional.

—Acabaré vomitando si Olga sigue moviendo el teléfono así.

—¡Oye!

Lola cogió el móvil y salió hacia una terraza. Entonces apareció el paisaje.

—Joder.

Mi madre se acercó por detrás.

—¿A que es precioso?

Lo era.

Muchísimo.

—Mamá, ¿te gusta?

La pregunta era absurda. Le brillaban los ojos.

—Me encanta.

Aquello ya era otra cosa. Hasta ese momento habíamos hablado de propiedades, sociedades, millones y documentos. Números. Patrimonio. Cosas que habían pertenecido a Amalia y que ahora, de repente, aparecían a nombre de mi madre. Pero aquella casa le había gustado de verdad.

—Podríamos venir todos —dijo—. En invierno tiene que ser una maravilla. Y mira las vistas. Hay habitaciones de sobra. Vuestras hermanas ya están eligiendo.

—¡Yo quiero esta! —gritó Olga desde algún lugar.

—¡Esa la he elegido yo! —se oyó a Claudia.

Cerré los ojos.

—Mamá, no repartáis dormitorios todavía.

—¿Por qué?

—Porque primero tenemos que saber cuánto cuesta mantener todo esto.

Su expresión cambió un poco.

—Ya está pagada.

—La casa sí. Mantenerla, no.

Lola asintió inmediatamente.

—Ahí tiene razón.

—Gracias.

—No te acostumbres.

Continué.

—Tenemos que saber qué patrimonio genera ingresos, qué gastos tiene la sociedad, impuestos, seguros, mantenimiento, suministros, reparaciones, comunidad si la hubiera, jardinería, vigilancia... Todo. Y lo mismo con los Alpes y Mónaco.

Mi madre hizo un gesto.

—También están los doce millones.

Desde detrás se oyó inmediatamente:

—¡Doce millones ochocientos mil!

Me eché a reír.

—Algún día voy a matar a mis hermanas.

—Los ochocientos mil son importantes —dijo Marta.

—Sí, pero no quiero que empecemos a comernos el dinero para mantener propiedades que no utilizamos. Primero hay que ver si el propio patrimonio produce suficiente para sostenerlas.

Lola volvió a asentir.

—Eso es lo primero que quiero mirar mañana.

La señalé a través de la pantalla.

—¿Ves? Para eso sí te quería allí.

—Pensaba que era porque me echabas de menos.

—Ni un poco.

Mi madre seguía mirando hacia el exterior.

La conocía.

—Te has enamorado de la casa.

Sonrió.

—Un poco.

—Mamá.

—Mucho.

Me reí.

—Pues entonces no se vende.

Se volvió hacia la pantalla.

—¿Así de fácil?

—No. Así de difícil. Si te gusta de verdad, antes de hablar de venderla veremos si tiene sentido conservarla. No hemos descubierto todo esto para empezar a liquidarlo en una semana.

Mi madre volvió a mirar el paisaje.

—Me gustaría pasar temporadas aquí.

Y entonces dejé de ver una propiedad. Vi a mi madre. Una mujer que hacía apenas unos días creía conocer perfectamente su historia y ahora estaba en Suiza, dentro de una casa que le había dejado la madre biológica a la que nunca había podido llamar mamá.

—Pues disfrútala —le dije—. Ya haremos números.

—Eso haré.

Lola volvió a poner su cara en primer plano.

—Y hablando de disfrutar...

Reconocí aquella mirada.

—No.

—¿Qué tal tu comida?

Mis tres hermanas aparecieron detrás de ella como si las hubieran convocado.

—¡Eso!

—¡Roberto!

—¡Cuenta!

Miré la pantalla. Cuatro mujeres esperando.

—Se corta.

—No se corta —dijo Lola.

—Os oigo fatal.

—Lourdes, la conexión es perfecta.

—Qué pena. Mañana hablamos.

Y colgué.

Me quedé mirando el móvil. Dos segundos después empezó a sonar otra vez.

Lola.

Lo puse boca abajo sobre el sofá.

—Ni de coña.