L&L Capítulo 4 #7
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Capítulo 4 #7

Lo miré durante unos segundos. En realidad no había ninguna razón para esperar al jueves. Ya estábamos juntos, era casi la hora de comer y, salvo que apareciera otro americano con una mansión de veinte millones antes de que saliéramos por aquella puerta, podía permitirme un par de horas.

—Vale —dije—. ¿Por qué no?

—¿Eso significa que aceptas?

—Significa que tengo hambre.

—Me sirve.

Seguimos hacia la salida y yo lo observé mientras caminaba delante de mí.

Sí.

Me gustaba.

Y no únicamente porque estuviera bueno, aunque ayudaba bastante.

Me gustaba su forma de hablar, que no intentara impresionarme, que se riera con facilidad y que aquella mañana no hubiera convertido nuestro encuentro inesperado en una situación incómoda.

Habíamos trabajado, habíamos recorrido la casa y ninguno de los dos había necesitado fingir que no existía lo ocurrido en Puerto Banús.

Además, mientras lo veía caminar, se me pasó por la cabeza otra cosa bastante menos profesional.

Necesitaba un buen polvo. Así de sencillo.

Entre Amalia apareciéndose desde el más allá, descubrir que mi madre era hija suya, los doce millones ochocientos mil euros, las propiedades por Europa, mis hermanas revolucionadas, Santaclara, la Mansión de las Ranas, reformas imposibles, aviones privados y ahora otro casoplón de trece millones, llevaba demasiados días con la cabeza funcionando a unas revoluciones que empezaban a parecer peligrosas.

Igual un buen polvo me ayudaba a desengrasarla.

Y, si se terciaba, Roberto me parecía un candidato estupendo.

Eso no significaba que fuera a acostarme con él porque me invitara a comer. Ni que aquella comida tuviera que terminar de ninguna manera concreta. Pero tampoco iba a engañarme a mí misma fingiendo que solo me interesaba descubrir qué restaurante había elegido.

Me atraía.

Mucho.

Y a mis treinta y cuatro años no necesitaba convocar una reunión para reconocerlo. Roberto abrió la puerta de entrada y se apartó para dejarme pasar.

—¿Alguna preferencia?

—Buena comida.

—Eso reduce bastante las posibilidades.

—Y nada demasiado lejos. Tengo que volver al despacho.

—¿Alguna otra exigencia?

Lo pensé.

—Buen vino.

Sonrió.

—Eso contradice bastante tu estado de ayer.

—Ayer estaba de resaca. Hoy estoy recuperada.

—Me alegro.

—No sabes cuánto.

Llegamos a los coches y Roberto señaló el suyo.

—¿Vamos juntos?

Miré mi Volvo. Después lo miré a él.

—Vamos separados.

—¿Desconfías de mí?

—No. Pero después tengo que volver al despacho y me gusta tener mi coche.

—Mujer independiente.

—Mujer con agenda.

Abrió la puerta del suyo.

—Te mando la ubicación.

—Perfecto.

Subí al Volvo y, antes de arrancar, cogí el teléfono para mandar a Lola las últimas fotografías de la casa. Su respuesta llegó casi inmediatamente.

«QUIERO VER ESA BODEGA.»

Sonreí.

Escribí:

«Luego. Me voy a comer con Roberto.» Los tres puntos aparecieron al instante.

Esperé.

«¿EL DE LOS PANTALONES ROTOS?»

«El mismo.»

Tardó cinco segundos. «Pues come bien.» Me eché a reír sola dentro del coche.

—Cabrona.

Guardé el teléfono, arranqué y salí detrás de Roberto.

Sí.

Pensaba comer bien. Y si después se terciaba otra cosa, tampoco iba a ponerme exquisita.

El restaurante tenía unas vistas al Mediterráneo increíbles.

Roberto había elegido bien. Terraza abierta al mar, mesas suficientemente separadas para poder hablar sin escuchar la conversación de los demás y ese azul inmenso delante que normalmente habría conseguido que me quedara un rato mirando el horizonte.

Normalmente.

Aquel día tenía otro paisaje sentado enfrente. Creo que durante el trayecto en coche ya había ido preparándome mentalmente para el postre. Y no me refería precisamente a la carta de dulces. La verdad era bastante menos elegante: estaba más salida que un pico esquina.

No sabía si era consecuencia de los últimos días, del estrés, de llevar demasiado tiempo concentrada únicamente en trabajar o, sencillamente, de que Roberto me ponía muchísimo.

Probablemente era una combinación de todo, pero mi cuerpo parecía haber llegado a una conclusión bastante antes que mi cabeza.

Comimos estupendamente. Hablamos de la casa de Michael, de su trabajo, del mío y de cómo había acabado siendo socio de varias empresas sin que eso significara que se pasara el día sentado en un despacho.

Me contó algunas cosas de Canadá y yo le hablé de Cartagena, de Marbella y de L&L, aunque evité cuidadosamente mencionar fantasmas, abuelas secretas y madres que descubrían fortunas europeas.

Para una primera comida me pareció información excesiva. El problema eran los roces.

Roberto me tocó la mano una vez al coger la botella de agua y sentí un pequeño cortocircuito en el bajo vientre.

Accidental.

Perfecto.

Cinco minutos después, al inclinarse para enseñarme algo en el teléfono, su brazo rozó el mío.

Otro.

Aquello empezaba a resultar ridículo. Cuando su rodilla tocó la mía debajo de la mesa y ninguno de los dos la apartó inmediatamente, dejé de fingir que no estaba ocurriendo nada. Bebí un poco de vino.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Perfectamente.

Mentira.

Estaba valorando seriamente la posibilidad de pedirle al camarero que trajera la cuenta antes del segundo plato.

Lo peor era que Roberto parecía completamente tranquilo.

Hablaba, sonreía, me hacía preguntas y seguía comiendo mientras yo tenía que recordarme periódicamente que e Estábamos en un restaurante y había normas sociales que desaconsejaban abalanzarse sobre la persona que tienes enfrente.

No estaba enamorada. Ni siquiera sabía si Roberto me gustaría dentro de un mes.

Lo que sentía por aquel hombre en ese momento era atracción sexual. Pura, sencilla y bastante contundente.

Me gustaba su boca. Me gustaban sus manos.

Me gustaba cómo olía cuando se acercaba.

Y cada vez que me rozaba, aunque fuera por accidente, mi cuerpo reaccionaba antes de que yo tuviera tiempo de recordarle que se comportara con un mínimo de dignidad.

Llegó el café. Ni siquiera habíamos pedido postre.

Mal asunto.

—Al final has cambiado nuestra comida del jueves por la del miércoles —dijo Roberto.

—Soy flexible.

Me sostuvo la mirada.

—¿Siempre?

Ahí estaba.

No había sido una frase inocente. Dejé la taza sobre el plato.

—Depende.

—¿De qué?

—De la propuesta.

Sonrió despacio.

Y otro cortocircuito.

Joder.

Si aquello no se terciaba, iba a tener que volver a casa a desfogarme yo sola porque no pensaba pasar el resto de la tarde trabajando en aquellas condiciones. Roberto se inclinó ligeramente hacia mí.

—¿Tienes mucha prisa por volver al despacho?

Lo miré.

Por fin una pregunta interesante.

—Depende.

—Otra vez.

—Te he dicho que soy flexible.

Esta vez se rio. Yo también, pero ya tenía bastante claro que, si seguíamos jugando a aquello, el café iba a ser lo último que tomáramos en el restaurante.

Y esperaba sinceramente que el postre se sirviera en otro sitio.

Dejé el Volvo en el aparcamiento del restaurante y nos fuimos en el coche de Roberto.

A aquellas alturas ya no había demasiada necesidad de fingir que íbamos a su casa a tomar otro café.

Durante el trayecto hablamos poco. Alguna frase, alguna mirada, una sonrisa que duraba más de la cuenta.

La tensión que había sentido durante toda la comida se había metido en el coche con nosotros y ocupaba más espacio que los dos juntos.

Entramos por el garaje subterráneo de su edificio.

Aparcó, bajamos y fuimos directamente al ascensor.

—¿Qué planta? —pregunté.

—Quinta.

O cuarta.

O dijo quinta y yo dejé de escucharlo. Me daba exactamente igual.

Las puertas se abrieron directamente a un loft enorme y luminoso.

Apenas tuve tiempo de ver ventanales, una cocina abierta y algo que parecía una terraza al fondo.

Roberto me agarró en cuanto salimos del ascensor.

Y me besó. No fue un beso prudente ni de primera cita ni de vamos a ver qué pasa.

Fue como si los dos lleváramos toda la comida conteniéndonos y alguien acabara de cortar el último cable que nos sujetaba.

Le rodeé el cuello con los brazos y le devolví el beso con las mismas ganas. Sus manos recorrieron mi cintura, mi espalda, mis caderas, y las mías hicieron exactamente lo mismo con él. Tropezamos con algo. No sé con qué. Tampoco me importó. Aquello era una locura.

Eléctrico.

Me quitó la chaqueta y cayó en algún sitio.

Yo empecé a desabrocharle la camisa mientras seguíamos besándonos y él me ayudó a librarme de parte de mi ropa con una urgencia que terminó de confirmarme algo que llevaba preguntándome desde el restaurante.

No era solo yo. Roberto estaba exactamente igual.

—Menos mal —murmuré contra su boca.

—¿Menos mal qué?

—Nada.

Volvió a besarme y dejé de intentar mantener una conversación.

Éramos como dos cables pelados. Cada vez que nos tocábamos saltaban chispas.

No había romanticismo, ni promesas, ni necesidad de ponerle un nombre bonito a lo que estaba pasando.

Había deseo. Muchísimo. El suyo y el mío chocando desde que las puertas del ascensor se habían abierto.

Y después de la semana que llevaba, aquello era exactamente lo que necesitaba.

El loft podía tener unas vistas maravillosas, muebles de diseño o una obra de arte colgada del techo.

No vi nada. En aquel momento solo veía a Roberto.