L&L Capítulo 4 #6
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Capítulo 4 #6

Y en cuanto crucé la puerta se me olvidó durante unos segundos que tenía al lado al hombre con el que había quedado para comer. Porque Michael no había exagerado. Aquello sí era un casoplón. El vestíbulo ya dejaba bastante claro que Michael no había comprado aquella casa para pasar desapercibido.

Había mármol por todas partes. En el suelo, en la gran escalera y hasta en algunos remates que, en otra casa, habrían resultado excesivos.

Allí no. Las dimensiones se lo permitían.

Todo era grande: los espacios, los techos, las puertas, los ventanales y, sospechaba, también las facturas de mantenimiento.

—Vale —dije mirando alrededor—. Retiro lo de los trece millones de imaginación.

Roberto sonrió.

—¿Entonces te gusta?

—No he dicho eso. He dicho que hay casa.

Empezamos por la planta principal y después subimos.

Diez dormitorios, todos con su propio baño y vestidor.

Y cuando decía vestidor no me refería a un armario al que alguien había decidido ponerle nombre para cobrar cien mil euros más por la casa.

Eran habitaciones enteras destinadas a ropa, zapatos y complementos.

Entré en uno de ellos y abrí un armario.

—Aquí podría vivir una persona.

—¿En el armario?

—En Marbella he visto apartamentos turísticos más pequeños.

Roberto se rio. Seguimos recorriendo dormitorios y yo fui tomando fotografías y notas.

El mobiliario era bueno. Muy bueno en algunas habitaciones.

Había piezas que Lola querría mirar con calma, lámparas que merecían una segunda inspección, alfombras, cuadros, consolas, mesas auxiliares y una cantidad considerable de decoración.

Aquello de «con todo dentro» empezaba a interesarme seriamente.

—¿Michael quiere dejar absolutamente todo? —pregunté.

—Eso me ha dicho mi socio.

—Necesito que quede especificado. Todo lo que forma parte de la venta, lo que se excluye y qué ocurre si el comprador no quiere determinados muebles u objetos.

Roberto me miró.

—Ya estás pensando en venderlos.

—Yo no. Lola.

—¿Quién es Lola?

Me detuve.

—¿No te acuerdas de Lola?

—Había cinco mujeres, música y bastante alcohol.

—La de las gafas redondas. Pelo negro, corte Cleopatra.

—Ah. Sí.

—Esa puede convertir una lámpara abandonada en una transferencia bancaria.

—Me gustaría conocerla sobrio.

—No estoy segura de que estés preparado.

Seguimos.

En el ala derecha de la planta baja encontré prácticamente otra vivienda dentro de la vivienda. La zona de servicio tenía su propio salón, cinco dormitorios y suficiente independencia para que el personal pudiera vivir allí sin tener que compartir la vida cotidiana de los propietarios.

—Esto para una familia grande es fantástico.

—O para alguien con mucho personal.

—O las dos cosas.

Y todavía quedaba la casita de invitados. Tres dormitorios más, cada uno con baño en suite y vestidor. Me paré a hacer cuentas.

—Diez arriba, cinco de servicio y tres aquí.

—Dieciocho.

—Dieciocho dormitorios.

—Sí.

Lo miré.

—Tengo un señor con diez hijos.

Roberto arqueó una ceja.

—¿Eso es una amenaza?

—Es un cliente.

—Ah.

—Y precisamente está buscando algo más grande.

No dije nada más. Todavía tenía Santaclara en la cabeza para él y no iba a empezar a colocar compradores en una casa que acababa de pisar por primera vez.

Pero dieciocho dormitorios eran dieciocho dormitorios.

Yo podía tener muchos defectos, pero desaprovechar información no era uno de ellos.

Volvimos a la casa principal y Roberto me enseñó el ascensor.

—¿También?

—Desde el sótano hasta la azotea.

—Por supuesto.

Entramos.

—A estas alturas me habría decepcionado que hubiera que subir andando.

La azotea terminó de rematarme. Allí arriba habían montado un chill out enorme, protegido y acondicionado para utilizarlo durante buena parte del año. Sofás, barra, zonas de descanso y vistas que explicaban una parte considerable del precio. Pero detrás había más. Roberto abrió una puerta.

—Y esto.

Entré.

—Joder.

Era una sala de juegos para adultos. Y no precisamente una habitación con un parchís y una baraja de cartas.

Billar, barra propia, televisión enorme, sofás, zona para música y varias mesas preparadas para jugar.

Todo diseñado para que un grupo de adultos pudiera pasar allí la noche sin necesidad de bajar a ninguna otra parte de la casa.

—Ahora entiendo por qué hay ascensor hasta la azotea.

—¿Por comodidad?

—Para que nadie se mate bajando las escaleras después de utilizar esto.

Roberto soltó una carcajada. Me acerqué a los ventanales y miré el exterior.

Trece millones.

La cifra empezaba a tener sentido. Y todavía no había visto el sótano, los jardines ni la piscina. Saqué el móvil y empecé a hacer más fotografías.

—¿Para Lola?

—Para Lola, para mí y para recordarme mañana que esta casa existe de verdad.

—¿Te impresionan las casas después de tantos años?

Lo miré.

—Las buenas, sí. El día que deje de impresionarme una casa que merece la pena, tendré que dedicarme a otra cosa.

Guardé el móvil y señalé el ascensor.

—Vamos abajo.

—¿Al sótano?

—Al sótano.

Entramos y pulsé el botón.

—Quiero ver qué más guarda el americano debajo de tierra.

Las puertas empezaron a cerrarse.

—Y Roberto...

—¿Sí?

—Como abajo haya una discoteca, mañana eliges tú el restaurante, pero pagas tú.

Se echó a reír.

—Trato hecho.

El ascensor nos dejó en el sótano y, en cuanto se abrieron las puertas, comprendí que Michael tampoco había escatimado bajo tierra.

Lo primero fue la bodega. Y aquello no era el típico rincón con cuatro botellas colocadas en diagonal para que una casa pareciera más sofisticada.

Era una bodega inmensa, climatizada, con estanterías de madera ocupando las paredes y botellas por cientos.

Entré despacio, mirando etiquetas sin tocar nada.

—¿Esto también se queda?

—Todo.

Me giré.

—¿Todo el vino?

—Según Michael, sí. La casa se vende tal como está.

—Necesito eso por escrito.

—Lo tendrás.

Saqué el móvil y empecé a hacer fotos.

—Lola va a tener un orgasmo cuando vea esto.

Roberto me miró divertido.

—¿Le gusta mucho el vino?

—Le gusta mucho el dinero. Como aquí haya botellas importantes, antes de que termine el día habrá localizado a alguien capaz de decirnos qué vale hasta la última.

No tenía sentido empezar a jugar a sumiller. Yo sabía vender casas. Para el vino ya encontraríamos a quien supiera de vino. Seguimos por el sótano y llegamos a otra puerta. Roberto la abrió. Una sala de cine.

—Claro —dije—. ¿Cómo no?

Filas de butacas enormes, pantalla, sistema de sonido, iluminación regulable y todo montado para no tener que mezclarse jamás con la gente de un cine normal. Me senté un segundo en una de las butacas.

—Esto es peligrosísimo.

—¿Por qué?

—Porque si yo tuviera esto en casa no volvería a pisar la calle.

—Tienes que trabajar.

—También tengo empleados.

—Y una socia.

—Que trabajen ellos.

—Bonita filosofía empresarial.

Me levanté.

—No se lo cuentes a Lola.

—Quedará entre nosotros.

La última sorpresa del sótano fue el garaje. Cuando se encendieron las luces me quedé parada en la entrada.

—Joder.

Aquello no era un garaje. Era casi un aparcamiento privado.

—¿Cuántos coches caben aquí?

—Diez cómodamente.

Miré el espacio.

—Aquí caben más de diez si sabes aparcar.

—¿Tú sabes?

—Tengo un Volvo.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Mi Volvo no tiene una sola raya.

—Entonces retiro la pregunta.

Caminé entre las plazas vacías imaginando la casa ocupada.

Dieciocho dormitorios contando todas las zonas, ascensor desde el sótano hasta la azotea, chill out, sala de juegos, cine, bodega, una zona de servicio que era prácticamente otra vivienda, casita independiente para invitados y un garaje donde podían dormir diez coches sin tocarse.

Y todo el contenido incluido. Trece millones ya no me parecían una ocurrencia del propietario.

—Quiero toda la documentación —dije—. Planos, metros registrados, licencias, reformas, instalaciones, mantenimiento, inventario de lo que se queda y poderes de representación.

Y necesito saber si hay algo financiado, arrendado o sujeto a algún contrato.

Placas, sistemas de seguridad, mantenimiento de piscina, jardinería, ascensor, todo.

Roberto asintió.

—Se lo pediré a mi socio.

—Y lo del contenido, muy claro. No quiero un «se queda todo» por teléfono y que después descubramos que Michael considera que las cuatrocientas botellas de vino son equipaje de mano.

—Te preocupa mucho esa bodega.

—A mí no. A Lola le va a preocupar muchísimo en cuanto se la enseñe.

Saqué el móvil y le mandé varias fotografías. No tardó ni treinta segundos en contestar.

«NO TOQUÉIS NADA.»

Le enseñé el mensaje a Roberto.

—¿Ves?

—Rápida.

Llegó otro.

«FOTOS DE LAS ETIQUETAS.»

Y otro.

«MUCHAS.»

Me eché a reír.

—Ya está trabajando.

Roberto apoyó una mano en uno de los coches que no existían.

—¿Y tú qué piensas?

Miré otra vez el garaje.

—Que si la documentación acompaña a lo que acabo de ver, la casa se puede vender.

—¿Por trece?

—Eso lo decidiré cuando termine de estudiarla y vea comparables. Pero no me parece una cifra absurda.

—Michael estará contento.

—Michael estará contento cuando tenga un comprador.

Empecé a caminar hacia el ascensor y entonces volví la cabeza.

—Aunque te digo una cosa.

—¿Qué?

Señalé el garaje.

—Aquí mi Lamborghini amarillo quedaría de puta madre.

Roberto se echó a reír.

—¿Tienes un Lamborghini amarillo?

—Todavía no.

—¿Todavía?

—Tengo objetivos.

Entramos en el ascensor.

—Empiezo a conocerte, Lourdes.

Pulsé la planta principal.

—No te emociones. Mañana solo vamos a comer.

Las puertas del ascensor se abrieron y salimos de nuevo a la planta principal. Yo seguía pensando en la casa, en las fotos que tenía que mandarle a Lola y en toda la documentación que necesitaba revisar cuando Roberto habló a mi espalda.

—¿Y por qué dejarlo para mañana?

Me giré.

—¿El qué?

—La comida.

Se acercó con las manos en los bolsillos.

—Comemos hoy.