Capítulo 4 #5
Una reforma imposible. Un avión privado pendiente.
Y Roberto.
Me llevé las manos a las sienes.
—Por favor, que alguien apague el mundo media hora.
El mundo no se apagó. Así que llamé a Lola.
—Tenemos otro casoplón.
—¿Cuánto?
Ni siquiera preguntó dónde estaba. Esa era una de las razones por las que nos entendíamos tan bien.
—Trece millones. Y dice que lo vende con todo dentro.
Hubo un pequeño silencio al otro lado.
—¿Con todo?
—Con todo.
—¿Ha dicho literalmente con todo?
—Literalmente no, porque lo ha dicho en inglés, pero sí.
Lola tardó aproximadamente dos segundos en llegar al mismo sitio al que había llegado yo.
—Eso ya sabes lo que significa.
—Exactamente. Además del cuatro por ciento, está el interior. Si merece la pena y dejamos bien establecido qué pasa con lo que el comprador no quiera, podemos venderlo.
—Primero quiero verlo.
—Yo también. Porque igual cuando dice muebles estamos hablando de sofás de catálogo y lámparas horribles.
—O igual tiene piezas buenas.
—Por eso te llamo.
—Trece millones son quinientos veinte mil de comisión.
—Gracias, calculadora humana.
—Y si hay contenido interesante...
—Más.
La oí moverse al otro lado.
—¿Cuándo lo vemos?
—He quedado con el administrador. Primero revisamos la casa y después hablamos de lo demás. No pienso repartirnos los muebles de un señor antes de saber siquiera si quiero venderle la propiedad.
—Qué poco espíritu empresarial tienes algunas veces.
—Tengo resaca.
—Eso explica muchas cosas.
Colgué y volví a mirar el mensaje de Roberto.
«¿Comemos?»
Me había hecho gracia que fuera tan sencillo. Sin estrategias, sin una sucesión de mensajes absurdos, sin preguntarme qué hacía ni fingir una conversación durante dos horas antes de llegar al motivo real.
¿Comemos?
Se lo enseñé a Lola.
—Ve y come.
—Tengo trabajo.
—¿Qué trabajo puedes hacer ahora mismo?
—Muchísimo.
—No. Puedes atender el teléfono, contestar correos y esperar a que te manden documentación. Para eso no necesitas estar encerrada en la oficina. Ve a comer.
—Tengo que organizar lo de las Ranas.
—Leonor está moviendo gente. Yo puedo empezar con proveedores. El administrador de Michael tiene que mandarnos los papeles. Santaclara está vacía y pendiente de los siguientes pasos. No puedes hacer nada más hoy.
Me devolvió el móvil.
—Tú atiende el teléfono. Por ahí te están entrando las ocasiones.
No pude discutirle eso. Mi teléfono volvió a sonar casi como si quisiera darle la razón. Esta vez era Olga.
Contesté.
—¿Qué pasa?
—¡Nos vamos a Suiza!
Aparté el móvil de la oreja.
—¿Puedes repetirlo sin perforarme el tímpano?
—¡Que nos vamos a Suiza!
—Eso ya lo he oído. ¿Quiénes?
—¡Todos!
—Olga...
—Mamá ha hablado con Leonor. ¡Ha contratado un avión!
Cerré los ojos.
Por supuesto.
El avioncito.
—¿Qué avión?
—Uno privado. Pequeño. Nos vamos mamá, papá, las abuelas...
—Los abuelos.
—Eso. Y nosotras tres.
—¿Vosotras también?
—Hemos pedido unos días en el trabajo.
Estaba tan ilusionada que parecía que acabara de ganar un concurso.
—¿Y os los han dado a las tres?
—Sí. Bueno, Claudia todavía está terminando de arreglarlo, pero sí. Lourdes, ¡que nos vamos a Suiza! Mamá quiere ver la casa y luego lo de los Alpes. Y si podemos, Mónaco.
—No os da tiempo a conquistar Europa entera en cuatro días.
—Ya veremos.
—Olga, escucha. Que mamá no firme nada.
—Ya lo sabemos.
—Nada.
—Pesada.
—Y quiero vídeos de todo.
—Te voy a mandar hasta los enchufes.
—Eso sí me interesa. Y fotos. Muchas. De las casas, muebles, cuadros, documentos, todo lo que encontréis.
—Pareces Lola.
—Eso es gravísimo.
Oí a mi madre al fondo preguntando algo y después a mis hermanas hablando todas a la vez.
—Te dejo —dijo Olga—. Tenemos que mirar qué ropa llevamos.
—Vais a ver propiedades, no a la coronación de un rey.
—Tenemos una villa en Mónaco.
—La tiene mamá.
—Déjanos disfrutar.
Colgó.
Me quedé con el teléfono en la mano.
La semana avanzaba cada vez de una forma más caótica.
Mi madre había pasado de hacer migas en Cartagena a organizar un viaje privado para inspeccionar propiedades que cuarenta y ocho horas antes no sabía que tenía.
Mis hermanas habían pedido días libres para acompañarla.
Leonor, además de peces, gatos, ardillas y canguros, resultaba que tenía pajaros.
Anke quería una casa reformada y amueblada en quince días.
Michael quería que le vendiera un casoplón de trece millones sin molestarse en venir a España.
Y Lola ya estaba pensando en cuánto podríamos sacar por lo que hubiera dentro.
Miré otra vez el mensaje de Roberto.
«¿Comemos?»
El martes me parecía demasiado pronto. El miércoles tenía demasiadas cosas. El jueves, en cambio, me pareció un día estupendo. «El jueves puedo.» La respuesta llegó poco después. «Hecho. Elijo yo el sitio.»
Sonreí.
«Eso es mucha responsabilidad.» «Me gustan los riesgos.» Me acordé de nuestra conversación en Puerto Banús.
Valiente.
Dejé el teléfono sobre la mesa. El jueves comería con Roberto. Si para entonces mi familia no había comprado Suiza, Leonor no había montado una compañía aérea y a mí no me habían aparecido otros tres casoplones que vender. El miércoles a las diez de la mañana llevaba tres horas en el despacho.
Había llegado a las siete porque la semana se me estaba yendo de las manos y necesitaba unas horas de silencio antes de que empezaran a sonar teléfonos, aparecer proveedores y Leonor comenzara a mandarme mensajes con presupuestos, albañiles disponibles y fotografías de azulejos que, según ella, «podían llegar rápido si Anke no se ponía exquisita».
A las diez llamé al administrador de Michael.
—Buenos días. Soy Lourdes Marín. Me gustaría visitar hoy la casa. ¿Puede ser?
—Sí, claro. Yo no voy a poder acompañarla. Tengo varias firmas en la notaría esta mañana, pero puede pasar a recoger las llaves y mi socio irá con usted.
—Perfecto.
Me dio la dirección del despacho.
—¿A las once?
—A las once.
Cogí el bolso, el móvil, la libreta y salí.
La cabeza, por fin, había decidido volver a ser mía.
La resaca había desaparecido y volvía a funcionar como una persona normal, aunque empezaba a sospechar que mi concepto de normalidad se había deteriorado bastante durante la última semana.
Llegué al despacho del administrador, recogí las llaves y confirmé la dirección de la propiedad.
Su socio me esperaría directamente allí.
Mucho mejor.
No necesitaba que nadie me llevara de la mano para visitar una casa.
Conduje hacia Puerto Banús repasando mentalmente lo que sabía.
Trece millones de precio de salida. Propietario americano.
Venta con el contenido incluido. Administrador con poderes.
Notaría de confianza. Y una recomendación de Anke cuando todavía no habíamos terminado ni su propia operación.
No estaba mal para un miércoles por la mañana.
Fue entonces cuando lo vi. O creí verlo.
Un coche iba unos metros por delante y, al detenernos por el tráfico, distinguí de perfil al conductor.
Rubio oscuro. Barba de unos días. Entrecerré los ojos.
—No puede ser.
El tráfico avanzó. Volví a verlo cuando cambiamos de carril.
Roberto.
—No.
Seguí conduciendo.
Podía ser alguien parecido. Marbella estaba llena de hombres con barba, camisas buenas y coches caros. No había ninguna razón para que fuera él. En la siguiente rotonda tomó la misma salida que yo.
—No, no, no.
Aceleré un poco, sin perderlo de vista. Él continuó por la misma dirección.
—Ojalá que no.
Giró donde yo tenía que girar.
—Ojalá que no, ojalá que no, ojalá que no...
No sé exactamente a quién le estaba rezando. Probablemente a todos los santos disponibles y a alguno que estuviera de guardia. El coche redujo la velocidad delante de una de las entradas. Miré el navegador.
Era allí.
—Me cago en...
Roberto aparcó.
Yo seguí unos metros antes de detenerme y me quedé dentro del Volvo con las manos en el volante.
Sí.
Era Roberto.
El de Puerto Banús. El de los vaqueros rotos. El del «¿comemos?». El hombre con el que había quedado para el jueves estaba de pie delante del casoplón de trece millones que yo iba a visitar aquella mañana. Cerré los ojos un segundo.
Podía irme.
No, no podía. Podía fingir que no lo conocía.
Tampoco. Habíamos bailado juntos, intercambiado teléfonos y teníamos una comida pendiente al día siguiente.
Fingir amnesia podía resultar excesivo incluso para mí.
Salí del coche. Roberto me vio y durante un instante puso exactamente la misma cara que debía de tener yo.
Después sonrió.
—Lourdes.
—Roberto.
Nos quedamos mirándonos.
—¿Tú eres la agente inmobiliaria?
—¿Tú eres el socio?
Se echó a reír.
—Parece que sí.
—Fantástico.
—¿Eso es bueno o malo?
—Todavía no lo sé.
Se acercó mientras yo sacaba las llaves que me habían entregado. A plena luz del día estaba incluso mejor que la otra noche, lo cual me pareció bastante inoportuno.
—Pensaba que nos veíamos mañana —dijo.
—Y yo.
—Esto no cuenta.
—Desde luego que no.
—Perfecto.
—Hoy trabajamos.
—Mañana comemos.
—Si sobrevives a la visita.
Sonrió otra vez.
—Me gustan los riesgos.
—Sí. Eso ya me lo habías dicho.
Caminamos hacia la entrada.
—Por cierto —dije—, el otro día no me contaste a qué te dedicabas.
—Tampoco preguntaste.
—Estaba ocupada criticando tus pantalones.
—Lo recuerdo.
—¿Y?
—Soy socio capitalista de varias empresas.
Lo miré de reojo.
—Eso no es una profesión. Es una forma elegante de no contestar.
Se rio.
—Entre ellas está la asesoría que lleva la administración de Michael en España. Mi socio es quien gestiona el día a día. Yo participo en la empresa y en determinadas operaciones.
—Y hoy te ha tocado enseñarme una casa.
—Hoy me ha pedido un favor.
Llegamos a la puerta. Metí la llave en la cerradura.
—Pues vamos a ver si el americano tiene trece millones de casa o trece millones de imaginación.
Roberto soltó una carcajada.
Abrí.