Capítulo 4 #4
Era mi madre. Detrás de ella estaban mi padre y mis abuelos, esperando junto al coche. Mamá entró, me dio un beso y dejó unas llaves sobre la encimera.
—Te devuelvo esto.
Eran las de Santaclara. Mis hermanas aparecieron inmediatamente con las maletas y empezaron a despedirse. Leonor les había conseguido un coche de alquiler para que pudieran volver sin depender de mis padres y, por supuesto, aquello provocó una discusión sobre quién iba a conducir.
—La que esté menos perjudicada —dije.
Las cuatro me miraron.
—Tú no participas —dijo Marta.
—Ni ganas.
Mi madre esperó a que salieran con las maletas y entonces se volvió hacia mí.
—Nosotras tenemos un viaje pendiente.
—¿Nosotras quiénes?
—Tú y yo. Y tu padre, si quiere venir. Tenemos que ir a ver las propiedades.
La miré.
Había tardado menos de veinticuatro horas en pasar de descubrir que tenía una sociedad patrimonial que no sabía que existía a querer inspeccionar el patrimonio.
—Mamá, primero tenemos que hablar con los abogados.
—Ya lo sé. No voy a vender nada. Quiero verlo. Si resulta que tengo una casa en Suiza, otra en los Alpes y una villa en Mónaco, me gustaría saber dónde están las puertas.
Lola soltó una risa. Mi madre la señaló.
—Y tú también te vienes.
Lola dejó la taza.
—¿Yo?
—Claro. Sois L&L, ¿no?
—Mamá, este mes no puedo ni moverme de aquí.
Acabo de vender la Mansión de las Ranas, quieren tenerla lista en quince días, tenemos Santaclara, el inventario, las tasaciones, los especialistas, la posible venta...
No puedo desaparecer ahora tres o cuatro días.
Ni Lola tampoco. Id vosotros, nos mandáis vídeos, hacéis fotos y ya iremos nosotras más adelante.
Pero este mes no puedes contar con nosotras.
Mi madre abrió la boca, pero Lola habló antes.
—Sí podemos.
Giré la cabeza.
—¿Cómo?
—Podemos ir.
—Lola, ¿has escuchado algo de lo que acabo de decir?
—Todo.
—Entonces habrás oído la parte de que no podemos perder tres o cuatro días.
—No he dicho que vayamos a perder tres o cuatro días.
La miré con desconfianza. Conocía aquella cara. Era la misma que ponía cuando encontraba la manera de vender algo que yo habría tirado a un contenedor.
—¿Qué estás pensando?
—Que tu madre vaya empezando. Que visite lo que quiera, hable con quien tenga que hablar y nosotras nos incorporamos cuando estén allí.
—Eso sigue implicando viajar.
—Sí, Lourdes. Mónaco todavía no está en Marbella.
Mi madre sonrió.
—Me cae muy bien tu socia.
—Porque no trabajas con ella.
Lola ignoró el comentario.
—Leonor alquila aviones privados pequeños.
La miré fijamente.
—¿Qué?
—Aviones. Pequeños. Privados.
—Sé lo que es un avión privado.
—Pues no lo parece.
—¿Desde cuándo Leonor alquila aviones?
—Leonor consigue de todo. ¿Tú nunca le preguntas cómo hace las cosas?
—Mientras las haga, no.
Lola cogió el móvil.
—Tiene un contacto. Aviones pequeños para desplazamientos privados. Vamos, vemos lo que tengamos que ver y volvemos. No necesitamos convertirlo en unas vacaciones de una semana.
Mi madre parecía encantada con la idea. Yo, en cambio, estaba haciendo números mentalmente.
—¿Y cuánto cuesta?
Lola me miró por encima de las gafas.
—Tu madre tiene doce millones ochocientos mil euros en liquidez y varias propiedades en Europa.
Desde el pasillo se oyó la voz de Claudia:
—¡Ochocientos mil! ¡Que no se pierdan los ochocientos mil!
—¡Lárgate ya! —grité.
Se echaron a reír desde la puerta. Mi madre también.
—No quiero empezar a tirar el dinero solo porque ahora resulte que hay dinero —dijo.
—Muy bien —contestó Lola—. Entonces lo pagáis vosotros y nosotras os invitamos a un café.
—Qué generosa —dije.
—Soy empresaria.
Mi madre recogió el bolso.
—Pues vosotros organizad vuestra vida. Nosotros empezaremos por Suiza.
—Sin firmar nada —le advertí.
—Lourdes...
—Nada. Ni poderes, ni contratos, ni cambios de administradores, ni ventas, ni documentos que no haya revisado antes un abogado que sepa exactamente qué sociedad es esa y cómo está montada.
—Sí, mamá.
La miré.
—No tiene gracia.
—Muchísima.
Nos despedimos y salí a la puerta para ver marcharse a todos.
Mis hermanas metieron las maletas en el coche de alquiler, mi madre volvió a recordarme que me llamaría en cuanto organizaran el viaje y mi padre me hizo un gesto que significaba algo parecido a «yo tampoco sé cómo hemos terminado así».
Cuando los coches desaparecieron, regresé a la cocina.
Lola seguía sentada, impecable, con su café.
—¿Un avión privado? —pregunté.
—Pequeño.
—Eso no hace que suene más normal.
—Trabajas vendiendo casas de ocho millones.
—Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
—Quieres comprarte un Lamborghini amarillo.
—Tampoco tiene nada que ver.
—Y acabas de descubrir que tu familia tiene una villa en Mónaco.
—Mi madre. Mi madre tiene una villa en Mónaco.
Lola sonrió.
—Como quieras.
Cogí las llaves de Santaclara de encima de la encimera.
—Primero la Mansión de las Ranas.
—Primero la Mansión de las Ranas.
—Después Santaclara.
—Después Santaclara.
—Y luego ya veremos lo del avioncito.
Lola terminó el café.
—Perfecto.
Se levantó y pasó a mi lado.
—¿Qué?
—Nada.
—Te conozco. ¿Qué?
Se puso las gafas de sol.
—Que cuando vuelvas de Mónaco en avión privado quiero escucharte otra vez decir que el Lamborghini amarillo es una exageración.
—Vete a la mierda, Lola.
Salió riéndose.
Yo cerré la puerta y apoyé la frente contra ella.
La cabeza todavía me dolía, tenía una villa de ocho millones que transformar en quince días, una mansión de casi veinte habitaciones que sacar al mercado, una madre recién convertida en propietaria de media Europa y una socia que acababa de descubrir que Leonor también conseguía aviones.
Y todavía no era mediodía. Estaba recogiendo las tazas de la cocina cuando volvió a sonar el teléfono. Lo miré con auténtico resentimiento.
—No.
Sonó otra vez.
—He dicho que no.
El teléfono, como era de esperar, no respetó mi autoridad. En la pantalla apareció un número extranjero. Estuve a punto de dejarlo sonar, pero uno de los inconvenientes de trabajar con clientes internacionales es que ignorar números desconocidos puede significar ignorar mucho dinero.
Descolgué.
—Lourdes Marín.
Al otro lado respondió un hombre en inglés con acento americano. Se presentó como Michael y fue directamente al asunto. Tenía una propiedad cerca de Puerto Banús y quería venderla. Me senté otra vez. La resaca podía esperar cinco minutos.
Michael vivía en Estados Unidos y dejó claro desde el principio que no pensaba venir a España para ocuparse de absolutamente nada.
Ni visitas, ni reuniones, ni firmas, ni entrega de llaves.
Tenía un administrador aquí con poderes suficientes para actuar en su nombre y una notaría de confianza con la que llevaba años trabajando.
Quería una operación limpia, discreta y con la mínima intervención posible por su parte. Aquello sí hablaba mi idioma.
—Cuénteme como es la casa.
Me la contó. Y según avanzaba la descripción fui enderezándome en la silla.
No era una casa. Era un casoplón. Cerca de Puerto Banús, pero con suficiente terreno y privacidad para no tener la sensación de estar viviendo encima del puerto.
Parcela grande, piscina, jardines maduros, varias zonas de estar, dormitorios suficientes para alojar a una familia numerosa sin que nadie tuviera que verse demasiado, garaje, dependencias de servicio y unas dimensiones que empezaban a colocar la propiedad exactamente donde a mí me interesaba.
—¿Precio?
Me dio la cifra que tenía en mente. No reaccioné. Una de las primeras cosas que aprendes vendiendo casas caras es que jamás debes hacer ruidos cuando alguien pronuncia muchos millones.
Tomé nota.
—Necesitaré hablar con su administrador, revisar la documentación y visitar personalmente la propiedad antes de decirle si estoy de acuerdo con ese precio.
—Por supuesto.
—Y si aceptamos el encargo, necesito libertad para organizar visitas con clientes previamente filtrados. No trabajo llevando curiosos a casas de este nivel.
—Precisamente por eso la llamo.
Aquello me gustó.
—¿Cómo ha llegado hasta L&L?
—Me han recomendado su empresa.
—¿Quién?
Dijo un nombre. Anke van Dijk. Tuve que apretar los labios para no reírme. La de las ranas. La mujer todavía no había firmado en notaría y ya me estaba consiguiendo clientes. Por dentro me entró la risa. Por fuera me dolía demasiado la cabeza.
—La señora Van Dijk ha sido muy amable —dije con toda la profesionalidad que pude reunir.
—Me dijo que usted se ocupa de todo.
Miré la cocina. Había vasos por recoger, restos del desayuno, una jarra con aquella porquería roja que mis hermanas me habían obligado a beber y, en algún lugar de mi casa, probablemente seguía apareciendo purpurina de la noche anterior.
—Ese es el objetivo.
Michael me facilitó el nombre y el teléfono de su administrador.
Él tenía las llaves, la documentación de la propiedad y los poderes.
La notaría ya estaba avisada de que posiblemente habría una operación y, si llegábamos a un acuerdo, Michael quería que todo pudiera tramitarse sin obligarlo a coger un avión.
—No tengo ningún interés en volver a España para vender una casa —dijo.
—No tendrá que hacerlo si los poderes son suficientes y la documentación está en orden. Primero la revisaremos.
Eso era asunto para comprobar con calma.
A mí no me importaba dónde estuviera el propietario siempre que quien firmara tuviera capacidad legal para hacerlo y nuestros asesores confirmaran que todo estaba correctamente preparado.
Concerté con el administrador una visita para el día siguiente y colgué.
Me quedé mirando el teléfono. Había vendido la Mansión de las Ranas.
La compradora quería que le montáramos media casa en quince días.
Y antes siquiera de firmar me había enviado un propietario americano con otro casoplón cerca de Puerto Banús.
Volvió a sonarme el móvil. Esta vez era un mensaje de Roberto. Lo miré unos segundos.
Trabajo.
Dinero.
Casas.
Un americano.
Una holandesa.