L&L Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

En algún momento de la noche se acercaron unos chicos.

Guapos, bien vestidos y con ese aspecto tan habitual en Puerto Banús de tener dinero suficiente para no necesitar demostrarlo demasiado.

Uno de ellos conocía a alguien que conocía a Lola, o eso dijo; tampoco estoy segura de que aquella parte de la conversación resistiera una investigación seria.

El caso es que acabaron con nosotras, pedimos otra ronda y la noche siguió mejorando. Roberto fue el que se sentó a mi lado.

Tendría alrededor de mi edad, quizá alguno más, y tenía un aire canadiense que no sabía explicar exactamente.

Rubio, pero no ese rubio nórdico casi blanco; el suyo era más oscuro, como aclarado por el sol.

Llevaba barba de unos días, ojos claros, una camisa blanca con las mangas remangadas y unos vaqueros rotos que seguramente costaban más que el alquiler mensual de un piso en Madrid.

—Bonitos pantalones —le dije.

Miró sus rodillas.

—Gracias.

—¿Te los vendieron ya rotos o tuviste que pagar un suplemento?

Se echó a reír.

—Ya venían así.

—Menos mal. Me preocupaba que hubieras tenido un accidente.

—¿Siempre eres tan agradable?

—Cuando bebo, muchísimo más.

Eso pareció gustarle.

Roberto no intentó impresionarme diciéndome a qué se dedicaba ni cuánto ganaba, cosa que agradecí porque estaba rodeada de dinero todos los días y aquella noche no tenía ganas de tasar a nadie.

Hablamos de viajes, de Marbella, de Canadá porque acerté con lo del aire canadiense aunque él se rio cuando se lo dije, y de cualquier estupidez que nos permitiera seguir riéndonos.

Tenía una conversación fácil, sabía escuchar y, sobre todo, no parecía intimidado por cinco mujeres que llevaban varias copas encima y hablaban todas a la vez.

Mis hermanas hicieron lo propio con sus amigos. Lola, que podía estar bastante borracha y seguir conservando intacto el instinto para analizar a una persona, se acercó a mi oído mientras Roberto hablaba con uno de los chicos.

—Ese te gusta.

—Está bueno.

—No he dicho eso.

—Yo sí.

—¿Cómo se llama?

—Roberto.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Apellido, trabajo, antecedentes, patrimonio...

—Lola, no estamos haciendo un inventario.

—Costumbre profesional.

—Déjame emborracharme tranquila.

—Ya estás borracha.

—Entonces déjame mantenerla.

Seguimos bailando. Roberto bailaba bastante bien, lo cual sumó puntos que yo no sabía que estaba concediendo.

En algún momento acabamos todos juntos, mis hermanas, Lola, los chicos y yo, riéndonos por algo que al día siguiente ninguno sería capaz de recordar.

Fue una de esas noches que no necesitan que ocurra nada extraordinario para resultar perfectas.

Cuando decidimos marcharnos intercambiamos teléfonos.

Roberto me dio el suyo y yo le di el mío sin hacerme la interesante.

—¿Puedo llamarte? —preguntó.

—Puedes. Que conteste ya es otra cosa.

—Me arriesgaré.

—Valiente.

Nos despedimos y conseguimos encontrar un taxi de siete plazas, que a aquellas alturas me pareció una obra de ingeniería diseñada específicamente para salvarnos la vida.

Llegamos a mi casa como pudimos. No sé quién empezó a cantar durante el trayecto, pero terminamos las cinco haciéndolo.

Una de mis hermanas perdió un zapato dentro del taxi, otra aseguraba que tenía hambre aunque habíamos cenado y picado media noche, y Lola intentaba explicarle al conductor por qué los pomos antiguos podían ser una inversión extraordinaria.

—No le vendas nada al taxista —le dije.

—Estoy conversando.

—Estás captando clientes.

—Deformación profesional.

Cuando por fin entramos en casa, mis hermanas se repartieron las habitaciones con una negociación mucho más agresiva que cualquiera que hubiera presenciado vendiendo propiedades de veinte millones.

Lola se dejó caer en el sofá y anunció que dormiría allí porque no pensaba dar un paso más.

Yo me quité los zapatos y encontré el móvil dentro del bolso. Tenía un mensaje.

Roberto.

«Espero que hayas llegado viva.»

Sonreí.

Contesté:

«Todavía no lo sé. Mañana te confirmo.» Dejé el teléfono sobre la mesa y me fui a dormir.

Había sido una noche fantástica. Habíamos bebido, bailado, reído, conocido gente y durante unas horas nadie había muerto, nadie había aparecido desde el más allá y nadie había resultado ser familiar mío.

Viendo cómo había ido mi semana, aquello ya podía considerarse un éxito.

Abrí los ojos y tuve la sensación de que alguien me estaba chafando la cabeza contra la almohada.

No era dolor exactamente. Era como si durante la noche me hubieran metido el cerebro en una prensa y alguien siguiera apretando por diversión.

—¡Qué pedazo de resaca, por Dios! —dije nada más abrir los ojos.

Nadie contestó.

Me quedé tumbada unos segundos intentando reconstruir la noche anterior.

Recordaba Puerto Banús. Recordaba las copas.

Recordaba bailar. Recordaba reírme hasta que me dolió la barriga.

Recordaba a Roberto y sus vaqueros rotos de precio obsceno.

Recordaba el taxi. A partir de ahí, mi memoria empezaba a tener agujeros.

Conseguí levantarme y fui hasta la cocina arrastrando los pies.

Allí estaban dos de mis hermanas preparando algo dentro de una jarra mientras la tercera buscaba vasos.

—Buenos días —dijo una con una alegría que me pareció ofensiva.

—No grites.

—No estoy gritando.

—Pues habla más bajo.

Miré la jarra.

—¿Qué coño es eso?

—Para la resaca.

Me acerqué y observé el contenido rojo con absoluta desconfianza.

—Eso parece sangre.

—Zumo de tomate, limón, sal, pimienta y un poco de picante.

—¿Y vodka?

Las tres me miraron.

—¿Tú estás loca?

—Pregunto.

—Te vas a tomar un paracetamol. No te vamos a echar vodka.

Me dejaron un vaso delante y dos comprimidos junto a él.

Lo olí.

—No.

—Sí.

—Prefiero morirme.

—Pues muérete después de bebértelo.

Cogí el paracetamol y miré aquel brebaje rojo. Me lo bebí prácticamente sin respirar y puse una cara que hizo reír a las tres.

—Está asqueroso.

—Pero te lo has bebido.

—Porque soy una mujer valiente.

—Anoche eras más valiente.

—Anoche estaba borracha.

Me fui directa a la ducha. Necesitaba agua, jabón y posiblemente un exorcismo.

Estuve debajo del chorro hasta que empecé a sentirme otra vez una persona y, cuando regresé a la cocina con el pelo mojado y ropa limpia, encontré a Lola sentada a la mesa tomando café.

Me detuve en la puerta. No podía ser verdad.

Estaba recién duchada. El pelo oscuro perfectamente colocado en su corte geométrico, las gafas redondas en su sitio, una camiseta sencilla, pantalones y ese aspecto suyo de mujer que podía entrar cinco minutos después en una notaría y conseguir que todo el mundo pensara que llevaba despierta desde las siete. Me senté enfrente de ella.

—Te odio.

Lola levantó los ojos de la taza.

—Buenos días.

—No. Buenos días, no. Explícame cómo coño lo haces.

—¿El qué?

—Tienes una resaca del diez.

—Del doce.

—Pues parece que has dormido diez horas, te has levantado, has hecho yoga y te han peinado dos personas.

Una de mis hermanas se echó a reír. Lola bebió café.

—Es estilo.

—Es brujería.

—También.

Me miré reflejada en el cristal de la puerta. Yo estaba recién duchada y seguía pareciendo una mujer a la que acababan de rescatar de un naufragio.

—Tú tienes estilo hasta para el día después. Qué asco de mujer.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Me da igual. Me lo quedo.

Mis hermanas llevaron el café, tostadas y todo lo que encontraron en mi cocina hasta la mesa y nos sentamos las cinco alrededor como supervivientes de una catástrofe que nosotras mismas habíamos provocado. Entonces empezó la reconstrucción.

—¿Quién pidió la última botella?

Silencio.

—Yo no —dije.

—Tú dijiste: «Ya que estamos...».

—Eso no significa que la pidiera.

—La pagaste.

—Ah.

Primer recuerdo recuperado.

—¿Y quién se subió a una silla?

Todas miraron a una de mis hermanas.

—Yo no me subí a ninguna silla.

Lola dejó la taza sobre la mesa.

—Te bajó un camarero.

—Mentira.

—Tengo vídeo.

Se hizo otro silencio.

—Bórralo.

—Jamás.

Nos echamos a reír y aquello me hizo agarrarme la cabeza.

—No me hagáis reír, joder, que me duele.

Empezaron a salir recuerdos a trozos. Una canción que habíamos gritado las cinco.

Un camarero al que una de mis hermanas había intentado convencer de que nos regalara una botella porque «nuestra madre acababa de descubrir que era millonaria».

Lola explicándole a un desconocido el negocio de los pomos franceses. Yo bailando con Roberto.

—Roberto —dijo una de mis hermanas.

Intenté mantener una expresión neutra.

—¿Qué pasa con Roberto?

Las tres sonrieron a la vez. Aquello no me gustó.

—Nada —dijo una.

—Estaba bueno —dijo otra.

—Mucho —confirmó la tercera.

Lola untó tranquilamente una tostada.

—Y tiene tu teléfono.

—Ya me escribió.

Cuatro cabezas se volvieron hacia mí.

—¿Cuándo?

—Anoche. Preguntó si había llegado viva.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que hoy se lo confirmaría.

Mi hermana extendió la mano.

—Dame el móvil.

—Ni de coña.

—Lourdes.

—Tengo treinta y cuatro años.

—Precisamente. No estás para perder oportunidades.

—Tengo treinta y cuatro, no noventa y cuatro.

Lola mordió la tostada y habló mientras masticaba.

—Yo esperaría.

La miré.

—Gracias.

—Hasta después del segundo café. Ahora mismo no estás en condiciones de tomar decisiones sentimentales.

—No hay ninguna decisión sentimental. Es un tío que conocí anoche.

—Un tío muy guapo —puntualizó mi hermana.

—Con unos vaqueros ridículos.

—Te encantaron.

—Me pareció ridículo lo que debían de costar.

Lola sonrió por encima de la taza.

—Eso, en tu idioma, significa que te encantaron.

Levanté el dedo corazón. Ella volvió a beber café sin perder ni un gramo de elegancia. La miré y negué con la cabeza. Definitivamente, aquella mujer tenía estilo hasta para estar hecha una mierda. No habían pasado ni diez minutos cuando llamaron a la puerta.

—Como sea otro cliente, me escondo —dije.