Capítulo 4 #2
Mi madre levantó la cabeza. La mujer se quedó observándola unos segundos y sonrió de una forma extraña, como si acabara de confirmar algo que llevaba mucho tiempo preguntándose.
—Tú eres Marisa.
La mesa entera se quedó en silencio. Mi madre dejó los cubiertos.
—Sí.
Mi abuela palideció.
—¿Aline
***
La mujer giró hacia ella.
—Hola.
Ahí supe que se nos había terminado la comida tranquila.
—¿Quién es? —preguntó mi madre.
Mi abuela miró a la mujer y después a ella.
—Aline es la hermana pequeña de Amalia.
Mi madre tardó unos segundos en entender lo que significaba. Yo fui más rápida.
—Entonces es tu tía.
Mis hermanas dejaron de comer al mismo tiempo.
Aline sonrió.
—Biológicamente, sí.
Mi madre se quedó mirándola.
—¿Amalia tenía una hermana?
—Bastante más pequeña. Cuando tú naciste yo era casi una niña.
Durante mucho tiempo no entendí lo que había ocurrido, solo sabía que en casa había algo de lo que no se hablaba y que mi hermana había pasado una temporada fuera después de tener una supuesta enfermedad que nadie explicaba demasiado bien.
Mi abuela seguía observándola con sorpresa.
—Pensaba que vivías fuera.
—Vivo fuera casi todo el año, pero sigo viniendo a Marbella. Y alguien me dijo que Santaclara se estaba vaciando.
Lola y yo nos miramos. En Marbella una mansión podía tener veinte dormitorios y tres hectáreas, pero los secretos seguían funcionando como en un pueblo. Mi madre señaló una silla libre.
—Siéntate, por favor.
Aline dudó.
—No quisiera molestar.
—Acabo de descubrir en dos días que tengo una madre biológica, un padre noruego, una tía, propiedades que no sabía que existían y una infancia parcial en una casa que no recordaba. A estas alturas ya no molesta nada.
Mi padre levantó la copa.
—Confirmo.
Aline se sentó. Mi madre no apartaba los ojos de ella.
—¿Tú sabías que yo existía?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que fui suficientemente mayor para entender lo que había pasado. En mi casa nunca se decía tu nombre delante de mis padres, pero yo escuché conversaciones, hice preguntas y Amalia terminó contándomelo.
—¿Y me conociste?
Aline sonrió.
—Sí. De pequeña.
Mi madre cerró los ojos un instante.
—Otra.
—Otra —confirmó Aline.
Mi abuela intervino.
—Elena estaba algunas veces en Santaclara cuando veníamos.
—Claro que estaba. —Aline miró a mi madre—. Tú corrías detrás de mí por el jardín y yo estaba hasta las narices de ti porque querías hacerlo todo conmigo.
Mi madre soltó una carcajada inesperada.
—Eso sí me lo creo.
—Y Amalia no permitía que nadie te riñera. Eras una criatura insoportable en esta casa.
—Eso también me lo creo —dijo mi padre.
Mi madre le dio un golpe en el brazo. Aline sonrió, pero enseguida se le humedecieron los ojos.
—Para mí eras Marisa, la hija de los amigos de mi hermana. Tardé años en comprender por qué Amalia te miraba como te miraba.
Mi madre bajó la voz.
—¿La querías?
—Era mi hermana. Muchísimo. Pero también me enfadé con ella muchas veces por ti.
—¿Por no decírmelo?
—Sí. Cuando murieron nuestros padres pensé que por fin lo haría. Se lo dije: «Ya no tienes ninguna excusa». Pero encontró otras.
Mi abuela asintió.
—Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Elena miró a mi madre.
—Tú ya estabas en Cartagena, casada, con tu primera hija. —Entonces me miró a mí—. Supongo que eres Lourdes.
—La misma.
Sonrió.
—Te reconocería aunque no tuvieras el pelo rojo.
—Últimamente todo el mundo me reconoce menos yo a mi propia familia.
Elena se rio.
—También tienes bastante de ella.
—Eso me preocupa más.
Mi madre extendió una mano sobre la mesa y Aline la cogió.
Fue un gesto pequeño, pero me impresionó más que muchas de las cosas que habíamos descubierto aquel fin de semana.
Mi madre había llegado a Marbella creyéndose hija única de la mujer que la había criado y, en menos de veinticuatro horas, había encontrado fotografías de sus padres biológicos, la casa de su infancia y ahora una tía que recordaba haber jugado con ella.
—¿Tienes hijos? —preguntó mi madre.
—Dos.
Mis hermanas levantaron la cabeza.
Yo también.
Elena sonrió al ver nuestras caras.
—Y antes de que preguntéis: sí. Eso significa que tenéis más familia.
Mi madre empezó a reír.
—No puedo más.
—Pues espera a conocerlos.
—No. Hoy no. Hoy cierro admisiones.
La mesa entera se rio y hasta Aline terminó haciéndolo. Yo cogí mi copa y miré a Lola.
—Mañana vuelvo a vender casas.
—Eso dices.
—Personas normales. Compradores, vendedores, comisiones. Nada de familiares secretos.
Lola bebió tranquilamente.
—Lourdes, yo no prometería nada.
Y viendo cómo iba aquel fin de semana, decidí que probablemente tenía razón.
Después de cenar nos despedimos de mis padres y de mis abuelos, que estaban agotados y se fueron al chalet de Marbella a dormir.
Mi madre también necesitaba descansar después de aquel día; entre Santaclara, Amalia, su recién descubierta tía y todo lo demás, había recibido suficiente información para varios años.
Antes de irse me dio un abrazo, guardó la llave de Santaclara en el bolso y me prometió que al día siguiente hablaríamos con calma.
Mis tres hermanas, en cambio, no tenían ninguna intención de acostarse.
—Estamos en Marbella —dijo una.
—Y mañana no trabajamos —añadió otra.
—Y mamá tiene doce millones ochocientos mil euros —remató la tercera.
—El dinero es de mamá, no vuestro.
—De momento.
—Sois unas buitres.
Lola apareció a mi lado con el bolso colgado del hombro.
—Yo voto por una copa.
—Tú siempre votas por una copa.
—Por eso nuestra amistad funciona.
No necesité demasiada insistencia. Después de pasar el día recorriendo la infancia secreta de mi madre, descubriendo familiares que aparecían junto a la mesa como si aquello fuera una serie y hablando de millones, necesitaba unas horas de absoluta normalidad.
Y para nosotras, a aquellas horas, la normalidad significaba Puerto Banús.
Dejamos los coches en casa y fuimos en taxi. Ninguna pensaba conducir de vuelta y, además, yo tenía suficiente dinero pendiente de cobrar como para permitirme el lujo extraordinario de pagar un taxi sin calcular mentalmente cuántos kilómetros estaba haciendo.
Puerto Banús estaba como siempre: coches que costaban más que muchos pisos, yates iluminados, terrazas llenas y gente paseando despacio para asegurarse de que los demás tuvieran tiempo suficiente para verla.
Mis hermanas caminaban delante de nosotras hablando las tres a la vez y Lola y yo las seguíamos algo más tranquilas.
—Me gustan tus hermanas —dijo.
—Porque no has convivido con ellas.
—Tú tampoco desde hace años.
—Precisamente por eso vuelven a gustarme.
Entramos en uno de los locales del puerto y conseguimos una mesa desde la que se veía parte del paseo y los barcos. Mis hermanas pidieron cócteles. Lola pidió una copa y yo hice lo mismo.
—Brindis —dijo una de mis hermanas levantando su vaso.
—¿Por qué?
—Por la abuela rica.
—No llaméis así a Amalia.
—Por la abuela muerta y rica.
—Peor.
Lola levantó su copa.
—Por los doce millones ochocientos mil.
—Y las casas —recordó otra.
—Y Mónaco.
—Y Suiza.
—Y los Alpes.
Las miré.
—Como sigáis así, mañana os llevo personalmente a Cartagena.
—No puedes. Hemos dejado las maletas en tu casa.
—Eso tiene fácil solución. Leonor tiene canguros.
Lola soltó una carcajada. Brindamos de todas formas.
La primera copa nos sentó estupendamente.
La segunda empezó a parecernos necesaria.
Para cuando mis hermanas comenzaron a discutir cuál de ellas tenía más posibilidades de convencer a nuestra madre para que nos invitara a pasar unos días en Mónaco, yo llevaba un buen rato sin pensar en muertos.
Y lo agradecía. Hasta que Lola me dio un codazo.
—Lourdes.
—¿Qué?
Señaló discretamente hacia el paseo.
—Mira.
Seguí la dirección de sus ojos. Un Lamborghini amarillo acababa de detenerse frente a uno de los locales. Me quedé mirándolo. Mis hermanas siguieron mi mirada y empezaron a reírse.
—No.
—Sí —dije.
—Ni se te ocurra.
—Yo no he dicho nada.
Lola bebió tranquilamente.
—Lo has dicho con la cara.
Contemplé el coche unos segundos más. Amarillo, escandaloso, completamente innecesario y probablemente incómodo para hacer cualquier cosa que no fuera disfrutar conduciéndolo.
Perfecto.
—Algún día —dije.
—Tienes un Volvo prácticamente nuevo —me recordó Lola.
—El Volvo es para trabajar.
—¿Y eso?
—Para ser feliz.
Una de mis hermanas levantó su cóctel.
—Mamá siempre lo ha dicho. Pareces hija de billonarios.
La miré.
Durante un segundo nos quedamos todas calladas.
Después empezamos a reírnos. Porque después de todo lo que habíamos descubierto aquel fin de semana, la frase de mi madre acababa de adquirir un significado completamente distinto.
Me terminé la copa mirando el Lamborghini.
El lunes volvería a trabajar. Tenía que cerrar la Mansión de las Ranas, preparar Santaclara para enseñársela a un hombre con diez hijos, cobrar comisiones y conseguir que L&L continuara haciendo lo que mejor sabía hacer.
Mi madre podía tener millones. Yo quería ganar los míos.
La intención inicial era tomar una copa. La intención inicial siempre es una mentira.
Nos bebimos la primera, después otra, luego alguien pidió una botella y a partir de ahí perdí la cuenta.
Terminamos bebiéndonos hasta el agua de los floreros, bailando como poseídas y riéndonos como niñas.
Hacía muchísimo tiempo que no salía así con mis hermanas y, posiblemente, nunca lo había hecho con las tres a la vez siendo ya todas adultas.
Durante unas horas dejamos de ser las cuatro hijas de Marisa, las nietas secretas de Amalia Santaclara y las posibles beneficiarias de una fortuna que todavía no sabíamos ni cómo gestionar.
Éramos cuatro hermanas de fiesta con Lola, que para entonces era una quinta hermana con mejores conocimientos financieros.