Capítulo 4
Terminamos el recorrido sin detenernos ya en cada habitación.
Mi madre quiso verlo todo, pero a partir de la planta superior fue suficiente con abrir puertas, asomarse y dejar que algún recuerdo apareciera o no.
En algunas habitaciones no sintió absolutamente nada; en otras se quedaba unos segundos mirando una ventana, una chimenea o la forma de un pasillo y decía que aquello le resultaba familiar.
Mi abuela iba confirmando pequeñas cosas: allí había jugado, en aquel salón habían merendado alguna vez, por aquella puerta se salía al jardín cuando ella era pequeña.
No necesitábamos convertir cada rincón en una revelación.
Mis hermanas aguantaron bastante más de lo que esperaba, pero llegó un momento en que la historia familiar perdió la batalla contra el hambre.
Lola tampoco tenía ninguna intención de pasar el domingo entero haciendo de guía sentimental por Santaclara, así que se ofreció a llevárselas al puerto a comer y reservar una mesa para todos.
—Nosotras nos adelantamos —dijo una de mis hermanas—. Cuando terminéis, venís.
—No os comáis todo antes de que lleguemos.
—No prometemos nada.
—Y no pidáis champán de quinientos euros porque vuestra madre tenga una villa en Mónaco.
Mi madre se volvió inmediatamente.
—Sobre todo eso.
—Qué poco ha durado la riqueza en esta familia —protestó otra.
Lola se las llevó y agradecí el silencio que quedó cuando desaparecieron las cuatro.
Mis padres, mis abuelos y yo terminamos de recorrer la planta baja y salimos al jardín.
Mi madre caminó un rato sin hablar, mirando la fachada desde fuera, intentando encajar la mansión que tenía delante con los recuerdos incompletos de una niña que había corrido por allí hacía más de medio siglo.
Antes de marcharnos quiso entrar una última vez. Volvió al recibidor, miró hacia la escalera y después recorrió con la vista el salón casi vacío.
—¿La vas a vender? —me preguntó.
—Ese era el plan. Y sigue siéndolo, salvo que tú me digas ahora que aparece otra cláusula secreta que desconozco.
—No, por Dios. Ya tengo demasiadas casas y todavía no sé ni dónde están.
Mi padre se rio.
—Eso no es una frase que pensara escuchar de tu boca.
Mi madre también sonrió, pero enseguida volvió a ponerse seria.
—Véndela. Una casa así necesita gente dentro. Cerrada acabaría muriéndose.
La entendí perfectamente. Además, yo ya tenía en la cabeza al propietario de la Mansión de las Ranas y sus diez hijos.
Si finalmente Santaclara encajaba con lo que buscaba, aquella casa podía pasar de una anciana viviendo prácticamente sola a una familia capaz de llenar veinte dormitorios de ruido, visitas, amigos y niños.
No me parecía un mal final. Mi madre cerró la puerta al salir y volvió a entregarme la llave.
—No —le dije—. Quédatela hoy.
—¿Para qué?
—Porque esta noche quizá quieras volver.
Me miró unos segundos y guardó la llave en el bolso.
No dije nada más. Nos montamos en los coches y pusimos rumbo al puerto, donde Lola y mis hermanas nos esperaban para comer.
Después de una mañana entera entre muertos, secretos, fotografías y recuerdos de infancia, yo necesitaba sentarme frente al mar, pedir algo frío y hablar durante al menos media hora de cualquier cosa que no incluyera herencias, abuelas biológicas ni cuentas bancarias suizas.
Aunque con mi familia reunida en una mesa y mis tres hermanas sabiendo que nuestra madre tenía una villa en Mónaco, aquello era pedir demasiado.
Comíamos en una terraza del puerto y, por primera vez en todo el fin de semana, la conversación había conseguido alejarse de Amalia.
Mis hermanas discutían sobre cuál de las tres habitaciones de mi casa iban a ocupar, mi padre estudiaba la carta de vinos con una concentración que no había demostrado ante los documentos suizos y mi madre empezaba a recuperar su aspecto habitual después de una mañana emocionalmente agotadora.
Yo estaba terminando de contarle a Lola que Santaclara seguía pareciéndome perfecta para el dueño de la Mansión de las Ranas cuando vi que una mujer se había detenido junto a nuestra mesa.
Tendría una edad difícil de calcular, en algún punto entre mi madre y mi abuela.
Quizá setenta y pocos. Era alta, delgada, muy bien vestida y llevaba el cabello completamente blanco cortado a la altura de la mandíbula.
No miraba a Lola ni a mí. Miraba a mi madre.
—Perdonen que interrumpa.
Mi madre levantó la cabeza. La mujer se quedó observándola unos segundos y sonrió de una forma extraña, como si acabara de confirmar algo que llevaba mucho tiempo preguntándose.
—Tú eres Marisa.
La mesa entera se quedó en silencio. Mi madre dejó los cubiertos.
—Sí.
Mi abuela palideció.
—¿Elena?
La mujer giró hacia ella.
—Hola.
Ahí supe que se nos había terminado la comida tranquila.
—¿Quién es? —preguntó mi madre.
Mi abuela miró a la mujer y después a ella.
—Elena es la hermana pequeña de Amalia.
Mi madre tardó unos segundos en entender lo que significaba. Yo fui más rápida.
—Entonces es tu tía.
Mis hermanas dejaron de comer al mismo tiempo.
Elena sonrió.
—Biológicamente, sí.
Mi madre se quedó mirándola.
—¿Amalia tenía una hermana?
—Bastante más pequeña. Cuando tú naciste yo era casi una niña.
Durante mucho tiempo no entendí lo que había ocurrido, solo sabía que en casa había algo de lo que no se hablaba y que mi hermana había pasado una temporada fuera después de tener una supuesta enfermedad que nadie explicaba demasiado bien.
Mi abuela seguía observándola con sorpresa.
—Pensaba que vivías fuera.
—Vivo fuera casi todo el año, pero sigo viniendo a Marbella. Y alguien me dijo que Santaclara se estaba vaciando.
Lola y yo nos miramos. En Marbella una mansión podía tener veinte dormitorios y tres hectáreas, pero los secretos seguían funcionando como en un pueblo. Mi madre señaló una silla libre.
—Siéntate, por favor.
Elena dudó.
—No quisiera molestar.
—Acabo de descubrir en dos días que tengo una madre biológica, un padre noruego, una tía, propiedades que no sabía que existían y una infancia parcial en una casa que no recordaba. A estas alturas ya no molesta nada.
Mi padre levantó la copa.
—Confirmo.
Elena se sentó. Mi madre no apartaba los ojos de ella.
—¿Tú sabías que yo existía?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que fui suficientemente mayor para entender lo que había pasado. En mi casa nunca se decía tu nombre delante de mis padres, pero yo escuché conversaciones, hice preguntas y Amalia terminó contándomelo.
—¿Y me conociste?
Elena sonrió.
—Sí. De pequeña.
Mi madre cerró los ojos un instante.
—Otra.
—Otra —confirmó Elena.
Mi abuela intervino.
—Elena estaba algunas veces en Santaclara cuando veníamos.
—Claro que estaba. —Elena miró a mi madre—. Tú corrías detrás de mí por el jardín y yo estaba hasta las narices de ti porque querías hacerlo todo conmigo.
Mi madre soltó una carcajada inesperada.
—Eso sí me lo creo.
—Y Amalia no permitía que nadie te riñera. Eras una criatura insoportable en esta casa.
—Eso también me lo creo —dijo mi padre.
Mi madre le dio un golpe en el brazo. Elena sonrió, pero enseguida se le humedecieron los ojos.
—Para mí eras Marisa, la hija de los amigos de mi hermana. Tardé años en comprender por qué Amalia te miraba como te miraba.
Mi madre bajó la voz.
—¿La querías?
—Era mi hermana. Muchísimo. Pero también me enfadé con ella muchas veces por ti.
—¿Por no decírmelo?
—Sí. Cuando murieron nuestros padres pensé que por fin lo haría. Se lo dije: «Ya no tienes ninguna excusa». Pero encontró otras.
Mi abuela asintió.
—Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Elena miró a mi madre.
—Tú ya estabas en Cartagena, casada, con tu primera hija. —Entonces me miró a mí—. Supongo que eres Lourdes.
—La misma.
Sonrió.
—Te reconocería aunque no tuvieras el pelo rojo.
—Últimamente todo el mundo me reconoce menos yo a mi propia familia.
Elena se rio.
—También tienes bastante de ella.
—Eso me preocupa más.
Mi madre extendió una mano sobre la mesa y Elena la cogió.
Fue un gesto pequeño, pero me impresionó más que muchas de las cosas que habíamos descubierto aquel fin de semana.
Mi madre había llegado a Marbella creyéndose hija única de la mujer que la había criado y, en menos de veinticuatro horas, había encontrado fotografías de sus padres biológicos, la casa de su infancia y ahora una tía que recordaba haber jugado con ella.
—¿Tienes hijos? —preguntó mi madre.
—Dos.
Mis hermanas levantaron la cabeza.
Yo también.
Elena sonrió al ver nuestras caras.
—Y antes de que preguntéis: sí. Eso significa que tenéis más familia.
Mi madre empezó a reír.
—No puedo más.
—Pues espera a conocerlos.
—No. Hoy no. Hoy cierro admisiones.
La mesa entera se rio y hasta Elena terminó haciéndolo. Yo cogí mi copa y miré a Lola.
—Mañana vuelvo a vender casas.
—Eso dices.
—Personas normales. Compradores, vendedores, comisiones. Nada de familiares secretos.
Lola bebió tranquilamente.
—Lourdes, yo no prometería nada.
Y viendo cómo iba aquel fin de semana, decidí que probablemente tenía razón.
Comíamos en una terraza del puerto y, por primera vez en todo el fin de semana, la conversación había conseguido alejarse de Amalia.
Mis hermanas discutían sobre cuál de las tres habitaciones de mi casa iban a ocupar, mi padre estudiaba la carta de vinos con una concentración que no había demostrado ante los documentos suizos y mi madre empezaba a recuperar su aspecto habitual después de una mañana emocionalmente agotadora.
Yo estaba terminando de contarle a Lola que Santaclara seguía pareciéndome perfecta para el dueño de la Mansión de las Ranas cuando vi que una mujer se había detenido junto a nuestra mesa.
Tendría una edad difícil de calcular, en algún punto entre mi madre y mi abuela.
Quizá setenta y pocos. Era alta, delgada, muy bien vestida y llevaba el cabello completamente blanco cortado a la altura de la mandíbula.
No miraba a Lola ni a mí. Miraba a mi madre.
—Perdonen que interrumpa.