Capítulo 3 #10
—Dejó de verte así —corrigió mi abuela—. De tenerte aquí. De pasar días contigo. Después siguió sabiendo de ti.
Las fotografías.
Claro.
Primero había tenido a su hija corriendo por Santaclara.
Después solo pudo tener imágenes. Mi madre bajó lentamente por la escalera.
Cuando llegó al recibidor se detuvo en el centro y miró a su alrededor.
Ya entendía por qué había entrado de aquella manera.
No era la primera vez. Santaclara no era la casa de una desconocida.
Había corrido por aquellos pasillos. Había dormido arriba.
Había comido en aquella cocina. Había jugado en el jardín.
Y durante unos pocos años de su infancia, sin saberlo, había tenido dos madres.
Una que se la llevaba a casa al terminar el día. Y otra que se quedaba en la puerta viéndola marcharse. Mi madre siguió mirando hacia el jardín.
—Entonces, ¿por qué dejamos de venir?
Mi abuela tardó un poco en responder.
—Porque Amalia se fue a Suiza.
Todos la miramos.
—¿A Suiza? —pregunté.
—Sí. Se marchó una larga temporada.
Mi madre giró hacia ella.
—¿Cuánto tiempo?
—Bastante. No recuerdo exactamente cuánto seguido porque después iba y venía, pero fue suficiente para que todo cambiara. Tú eras pequeña y, al principio, preguntabas por ella. Luego cada vez menos. Los niños son así. Siguen con su vida.
Mi madre bajó la mirada.
—¿Se fue por mí?
—En parte.
—¿Por qué?
Mi abuela se acercó a ella.
—Porque entendió que aquello no podía continuar, Marisa.
Cada vez le costaba más tenerte aquí y fingir que eras simplemente la hija de sus amigos.
Al principio eras un bebé. Después una niña pequeña.
Pero empezaste a crecer, a hablar, a preguntar, a recordar.
Y ella cada vez estaba peor después de que nos fuéramos.
Mi abuelo asintió.
—Los días que veníamos eran estupendos. El problema empezaba cuando tocaba marcharnos.
Mi madre miró hacia la entrada. Quizá imaginó a una niña saliendo por aquella misma puerta de la mano de quienes creía sus padres mientras Amalia se quedaba dentro.
—Así que se marchó.
—Sí —dijo mi abuela—. Suiza le vino bien para poner distancia. Y a nosotros también, aunque suene horrible decirlo.
—No suena horrible.
—Cuando volvió, ya no retomamos aquello como antes. No hubo una conversación en la que dijéramos «Marisa no vuelve a Santaclara». Simplemente dejamos de venir. Poco a poco.
Mi madre asintió.
—Por eso apenas lo recuerdo.
—Seguramente.
—Pero Amalia seguía viéndome.
—Alguna vez iba a casa.
Mi madre abrió mucho los ojos.
—¿A nuestra casa?
—Sí.
—¿Y yo estaba?
—A veces.
—¿Y qué me decíais?
—Que era Amalia. Una amiga.
Mi madre soltó el aire lentamente.
—Una amiga.
—No había otra forma.
—¿Y ella qué hacía?
Mi abuela sonrió con tristeza.
—Mirarte.
Aquella única palabra bastó.
—Te preguntaba por el colegio, por tus amigas, por lo que estabas haciendo. Te llevaba algún regalo. Procuraba no pasarse porque yo se lo decía.
—¿Y yo no sospechaba nada?
—¿Qué ibas a sospechar? Para ti era una señora amiga de tus padres que aparecía de vez en cuando.
Mi abuelo intervino.
—Y conforme fuiste creciendo, vino menos.
—Porque era más difícil —dije.
Mi abuela me miró.
—Mucho más. Una cosa es ocultarle algo a una niña de cinco años y otra mirar a una adolescente a los ojos sabiendo que eres su madre.
Mi madre se quedó pensativa.
—¿Nunca estuvo a punto de decírmelo?
Mi abuela sonrió sin alegría.
—Muchas veces.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Sus padres.
—¿Mis abuelos?
—Tus abuelos biológicos —aclaró—. Los padres de Amalia.
Mi madre asintió.
—¿Qué tenían que ver ellos después de tantos años?
—Todo, para ella. Amalia podía ser muy fuerte para algunas cosas y seguir siendo aquella muchacha para otras. Sus padres habían impuesto desde el principio que aquello no se supiera. Para ellos tú habías desaparecido de la historia.
—Pero yo existía.
—Claro que existías. Y Amalia jamás dejó de saberlo. Pero mientras ellos vivieran, decía que no podía enfrentarse a aquello.
Mi madre negó con la cabeza.
—Pues podía.
—Claro que podía —dijo mi abuela—. Igual que podría habértelo contado después. Pero una cosa es lo que una persona puede hacer desde fuera y otra lo que se atreve a hacer cuando lleva años viviendo dentro de un miedo.
Me gustó que mi abuela no la defendiera de todo. La quería, eso estaba claro. Pero no intentaba convertir cada decisión de Amalia en inevitable.
—Me dijo muchas veces que cuando murieran sus padres te lo contaría —continuó—. Esa era siempre la fecha. «Cuando falten ellos, hablaré con Marisa.»
—¿Y?
Mi abuela levantó las cejas.
—Que los viejos duraron muchísimo.
Mi padre soltó una carcajada inesperada. Mi abuela lo miró.
—Es verdad.
—Ya, ya.
—Cada año parecía que aquel iba a ser el último y allí seguían los dos.
Hasta mi madre sonrió.
—¿Y cuando murieron?
La sonrisa de mi abuela desapareció.
—Ya era tarde.
—¿Por qué?
—Porque tú ya tenías tu vida. Habías conocido a tu marido en Málaga, te habías venido a Cartagena, os habíais casado... Después llegó Lourdes.
Me señaló.
—Y después las demás —dijo una de mis hermanas.
—Y después las demás —repitió mi abuela—. Amalia había pasado tantos años diciendo «cuando mueran mis padres» que, cuando por fin ocurrió, se encontró con otro problema.
—Yo —dijo mi madre.
—Tu vida. Tu familia. Nosotros.
Mi abuelo le apretó el hombro.
—Y el miedo a que le preguntaras por qué no te lo había dicho antes.
Mi madre soltó una risa amarga.
—Cuanto más esperaba, más difícil era.
—Exactamente.
Eso sí lo entendía. Las mentiras grandes tenían ese problema. Al principio uno creía que estaba aplazando una explicación. Después pasaban diez años y ya no tenía que explicar una cosa, sino también por qué había tardado diez años en explicarla.
Luego veinte.
Luego treinta.
Y al final necesitabas morirte y contratar a tu nieta para vaciarte la casa.
—Así que siguió mirando desde lejos —dije.
Mi abuela asintió.
—Y ayudando cuando podía.
Mi madre miró alrededor.
—Y mientras tanto tenía todo esto.
—Sí.
—La casa, Suiza, el dinero...
—Y una hija en Cartagena —dijo mi abuelo.
Nadie añadió nada. Mi madre caminó hasta la puerta que daba al jardín y salió.
La seguimos.
Avanzó despacio por el sendero, mirando los árboles, la piedra envejecida y los rincones que quizá reconocía sin saber de dónde. Se detuvo donde mi abuela había dicho que había estado el columpio.
—¿Aquí?
—Un poco más a la derecha —respondió mi abuelo.
Mi madre dio dos pasos.
—¿Aquí?
—Ahí.
Se quedó quieta.
—No recuerdo el columpio.
—No importa —dijo mi abuela.
Mi madre se volvió.
—Sí importa.
—¿Por qué?
—Porque quiero acordarme.
Mi abuela se acercó.
—No necesitas acordarte de todo para saber que ocurrió.
Mi madre miró la casa.
—Ella se fue a Suiza para dejar de verme.
—No —dijo mi abuela—. Se fue a Suiza porque no sabía cómo seguir viéndote.
Mi madre cerró los ojos unos segundos. Después volvió a mirar Santaclara.
—Pues ahora quiero verlo todo.
Sonreí.
—Eso sí puedo solucionarlo.
—Todo, Lourdes.
—Son casi veinte dormitorios.
—Me da igual.
—Veinte baños.
—También.
—Dependencias de servicio, almacenes...
—He dicho todo.
Mi padre suspiró.
—Ya estamos.
Mi madre empezó a caminar hacia la casa.
Otra vez con aquella postura. Recta, elegante, segura.
Como si hubiera pasado toda la mañana intentando recordar Santaclara y de pronto hubiera decidido que no necesitaba recordar para pertenecer a ella.
La observé alejarse. Mi madre no sabía todavía qué iba a hacer con Suiza, con los Alpes, con Mónaco ni con doce millones ochocientos mil euros.
Pero Santaclara era diferente. Santaclara no acababa de conocerla. La estaba reconociendo.