Capítulo 3 #9
La respuesta me sorprendió.
—¿Tú dices eso?
—La quería muchísimo. Precisamente por eso puedo decirlo. Amalia podía enfrentarse a abogados, bancos, empresarios y a cualquiera que intentara engañarla. Pero contigo y con tu madre era una cobarde.
Mi madre acarició la fotografía.
—Tenía miedo.
—Muchísimo.
—¿De mí?
—De que la rechazaras. De que le preguntaras por qué había esperado tanto. De que quisieras conocerla y entonces tuviera que reconocer todo lo que había hecho mal. Y también tenía miedo de hacerme daño a mí.
Mi madre cogió la mano de mi abuela.
—No te habría cambiado por ella.
—Ahora lo sabes. Ella no.
Pasé varias páginas. De pronto el álbum había cambiado. Ya no veía fotografías.
Veía escondites.
Una esquina desde la que Amalia había observado. Una acera. Un coche aparcado. Una terraza. La puerta de un colegio. Una graduación.
—Espera.
Llegué a las fotografías de la graduación de mi hermana pequeña, dos años atrás.
—¿Estas también las hizo ella?
Mi hermana se acercó.
—Había muchísima gente.
Mi abuela observó las imágenes.
—Probablemente.
—¿Amalia estuvo en mi graduación?
Nadie respondió inmediatamente. Mi hermana cogió una de las fotografías y la acercó.
—Pues estaba bastante cerca.
Tenía razón.
No era una imagen tomada desde cien metros. Se nos veía perfectamente.
—Yo me acuerdo de ese día —dijo mi madre—. Estábamos todos.
—Todos no —murmuré.
Mi madre me miró. Señalé la fotografía.
—Faltaba una.
Mi madre cerró los ojos. La mujer que aparecía en todas aquellas historias como alguien ausente había estado mucho más cerca de lo que ninguno de nosotros había imaginado.
Cerca de Franciscanos. Cerca de nuestra casa.
Cerca de mí cuando llegué a Marbella. Cerca de la graduación de mi hermana.
Siempre fuera de la fotografía. Siempre detrás de la cámara.
Lola, que había permanecido prudentemente al margen de la conversación familiar, cerró suavemente el álbum.
—Ahora entiendo por qué lo guardó.
Mi madre puso la mano encima de la cubierta.
—Era su familia.
Mi abuela negó.
—No, Marisa.
Esperamos.
Ella miró a mi madre.
—Éramos su familia. Aunque ella nunca se atreviera a ponerse en la foto.
Aquello me dolió más que la carta. Y pensé en Amalia en Santaclara, con su pelo blanco, su ropa oscura y aquella forma de hablar como si todavía pudiera mandar sobre todos nosotros.
La muy puñetera. Había pasado media vida escondiéndose para mirarnos.
Y había necesitado morirse para ponerse, por fin, en medio de la familia.
Cuando llegamos a Santaclara no abrí yo.
Saqué la llave y se la tendí a mi madre.
—Abre tú.
La miró unos segundos antes de cogerla. No preguntó por qué.
Subió los escalones de entrada con el álbum todavía en el coche y la llave entre los dedos.
Todos nos quedamos detrás, incluso mis hermanas, que por una vez parecían haber entendido que aquel momento no necesitaba comentarios.
Mi madre introdujo la llave en la cerradura.
Giró.
Empujó la puerta.
Y entró.
Yo fui detrás. Nunca olvidaré la forma en que lo hizo.
No entró con prudencia. No se quedó parada en el recibidor mirando los techos, las molduras o la escalera como hacía prácticamente todo el mundo la primera vez que pisaba Santaclara.
Tampoco preguntó dónde podía ir ni esperó a que yo la guiara. Entró como entra la dueña de una casa.
Altiva.
Elegante.
Segura.
Con la espalda recta y la cabeza ligeramente levantada.
Mi madre siempre había tenido presencia, pero allí ocurrió algo extraño.
Santaclara era enorme, una de esas casas capaces de empequeñecer a cualquiera durante los primeros minutos.
Sin embargo, con ella sucedió lo contrario.
La casa se le quedó pequeña. No sé explicarlo mejor.
Era como si, a medida que avanzaba, mi madre creciera dentro de aquellas habitaciones.
Como si las proporciones se invirtieran y Santaclara dejara de ser una mansión intimidante para convertirse simplemente en el lugar al que Marisa acababa de regresar después de haberse ausentado demasiado tiempo.
Me quedé unos pasos por detrás observándola.
Mi madre atravesó el recibidor y giró hacia uno de los pasillos.
Sin preguntarme.
Aquello me llamó la atención. Continuó hasta un salón, entró, miró alrededor y pasó al siguiente espacio. Después volvió sobre sus pasos y tomó otra dirección.
—Mamá.
No respondió.
Llegó a la cocina. Se quedó en la puerta.
—Qué pequeña la recordaba.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué has dicho?
Mi madre giró la cabeza.
—¿Qué?
—Has dicho que la recordabas pequeña.
Frunció el ceño.
—¿He dicho eso?
—Sí.
Miró otra vez la cocina.
—Pues no sé por qué.
Mi abuela acababa de entrar detrás de nosotros.
La miré.
Ella evitó mis ojos.
Ah, no.
Esa semana ya conocía demasiado bien aquel gesto.
—Abuela.
—¿Qué?
—Mi madre ya ha estado aquí.
No fue una pregunta. Mi madre se volvió. Mi abuela suspiró.
—Sí.
—¿Cómo que sí? —preguntó mi madre.
—Muchas veces.
Nos quedamos todos quietos.
—¿Muchas? —pregunté.
—Cuando era pequeña.
Mi madre miró alrededor.
—¿Yo venía aquí?
—Sí.
—¿Con quién?
—Con nosotros.
Mi abuelo asintió.
—Pasábamos el día aquí algunas veces.
Mi madre apoyó una mano en el marco de la puerta.
—No me acuerdo.
—Eras muy pequeña —dijo mi abuela—. Después dejamos de venir.
—¿Cuántos años tenía?
—Depende. Viniste desde muy pequeña y durante algunos años.
Miré a mi abuela.
—Entonces Amalia conoció a mamá de niña.
—Claro.
—Pero nos habéis dicho que se mantenía alejada.
—Más adelante.
Aquello cambiaba bastante las cosas.
—Explícate.
Mi abuela se acercó a mi madre.
—Cuando eras pequeña, para ti Amalia era simplemente una amiga nuestra. Nada más. Veníamos a verla alguna vez. Pasábamos aquí el día, comíamos, estábamos en el jardín... Tú corrías por toda la casa.
Mi madre volvió a mirar hacia el pasillo.
—Por eso sé dónde está la cocina.
—Probablemente.
—¿Y ella cómo se comportaba conmigo?
Mi abuela sonrió.
—Como una loca.
Mi madre soltó una pequeña risa.
—¿Qué significa eso?
—Que te consentía todo.
Mi abuelo intervino.
—Todo.
—Te compraba cosas —continuó mi abuela—. Juguetes, vestidos, muñecas... Si señalabas algo, aparecía.
—Y vosotros lo permitíais.
—Al principio intentábamos que no.
—¿Y después?
Mi abuelo se encogió de hombros.
—Nos rendimos.
Mi abuela sonrió al recordarlo.
—Amalia disfrutaba muchísimo cuando venías. Para ti eras la hija de sus amigos y ella era una amiga de tus padres. Podía abrazarte, jugar contigo, comprarte regalos, darte de comer... podía tenerte cerca sin tener que explicarte quién era.
Mi madre dejó de sonreír.
—Podía hacer de madre durante unas horas.
Mi abuela tardó en responder.
—Sí.
Aquello se quedó flotando en la cocina. Mi madre salió otra vez al pasillo.
La seguimos.
Ya no caminaba al azar. Se detuvo frente a la escalera. Miró hacia arriba.
—Había una habitación...
Todos esperamos.
—No sé.
Subió.
Yo fui detrás. Mi madre llegó al piso superior y giró a la izquierda. No a la derecha. A la izquierda. Recorrió el pasillo y se detuvo frente a una puerta.
La abrió.
Era una habitación que ya habíamos vaciado casi por completo. Mi madre se quedó en el umbral.
—Aquí había una cama grande.
Mi abuela apareció detrás.
—Sí.
—Y una ventana con unas cortinas claras.
—Sí.
Mi madre entró.
—Yo dormí aquí.
Mi abuela empezó a llorar.
—La siesta.
Mi madre se volvió.
—¿Qué?
—Cuando veníamos y te quedabas dormida después de comer, Amalia te subía aquí.
Mi madre miró la habitación vacía.
—No me acuerdo.
—Tu cabeza no —dije—. Pero parece que el resto de ti sí.
Me miró.
Después volvió a recorrer la estancia.
—Es rarísimo.
—¿Qué sientes?
Tardó un poco en contestar.
—Que conozco esta casa.
Salió.
Continuó por el pasillo. Tocaba algunas puertas antes de abrirlas. Se asomaba a habitaciones y en unas no reaccionaba; en otras se detenía. Al llegar a una ventana que daba al jardín se quedó mirando hacia fuera.
—Había algo ahí.
Mi abuela se acercó.
—¿Dónde?
—Al fondo.
—Había un columpio.
Mi madre cerró los ojos.
—Sí.
—Te lo puso Amalia.
Aquello me hizo mirar a mi abuela.
—¿Le puso un columpio aquí?
—Solo para ella —dijo mi abuelo.
Mi madre abrió los ojos.
—¿Qué pasó con él?
—Se quitó cuando creciste.
Miró el jardín durante unos segundos. Yo observaba a mi madre y empezaba a comprender la sensación que había tenido al verla entrar.
No era que Santaclara la reconociera. No necesitábamos otro fantasma para explicarlo.
Era su memoria. Una memoria enterrada bajo sesenta años de vida.
El tamaño de una cocina. Un pasillo que giraba a la izquierda.
Una habitación donde había dormido la siesta.
Una ventana.
Un columpio.
Pequeñas cosas que habían permanecido guardadas en algún sitio mientras ella creía no haber pisado jamás aquella casa. Mi madre volvió hacia nosotros.
—¿Por qué dejasteis de traerme?
Mi abuela y mi abuelo se miraron.
—Porque empezaste a hacer preguntas —dijo ella.
—¿Qué preguntas?
—Querías saber por qué Amalia no tenía hijos.
Mi madre se quedó inmóvil.
—Joder.
—Y un día dijiste que querías vivir aquí con ella.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—¿Yo dije eso?
Mi abuela sonrió entre lágrimas.
—Dijiste que su casa era más grande y que te compraba mejores muñecas.
Mi padre soltó una carcajada.
—Ahí está mi mujer.
—Cállate.
—El amor estaba bien, pero la niña ya valoraba el patrimonio inmobiliario.
—Papá —dije—, por favor. Esa es mi especialidad.
Nos reímos.
Hasta mi madre. Pero mi abuela todavía no había terminado.
—A Amalia no le hizo ninguna gracia.
—¿Que quisiera vivir con ella?
—Todo lo contrario. Le hizo demasiada ilusión.
La sonrisa de mi madre desapareció.
—Y entonces tuvo miedo —dije.
Mi abuela asintió.
—Mucho. Dijo que aquello no podía continuar. Que cuanto mayor fueras, más difícil sería mantener la mentira. Y que algún día podías recordar demasiado, hacer la pregunta adecuada o escuchar algo que no debías.
Mi madre miró la casa.
—Así que dejó de verme.