Capítulo 3 #8
Mi madre pasó las últimas hojas vacías hasta llegar a la contraportada. El sobre estaba encajado en una especie de bolsillo interior del álbum. Era de color crema, parecido al que Amalia había dejado para mí en el despacho de Robles. En el frontal solo había un nombre.
MARISA.
Mi madre pasó un dedo por las letras.
—Es su letra —dijo mi abuela.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Mi madre sacó el sobre. Esta vez no dudó tanto como con el de la sociedad y las propiedades. Lo abrió con cuidado y sacó varias hojas dobladas y una fotografía. La fotografía cayó sobre la mesa boca abajo.
—Primero la carta —dijo mi madre.
Nadie discutió.
Empezó a leer en silencio. Yo la observaba. Al principio tenía el ceño fruncido. Después apretó los labios. A mitad de la primera página se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Léela en voz alta —dijo mi abuela.
Mi madre levantó la mirada.
—¿Quieres?
—Sí.
Respiró profundamente y empezó.
—«Marisa. Si estás leyendo esto, significa que Lourdes ha encontrado el álbum y que, por fin, conoces la verdad.»
Mi hermana me miró.
—Hasta muerta sabía que lo encontrarías tú.
—Calla.
Mi madre continuó.
—«No sé qué sentirás hacia mí cuando veas estas fotografías. Tal vez pienses que no tenía derecho a conservarlas. Tal vez tengas razón. Pero fueron mi manera de verte crecer.»
Mi madre tuvo que detenerse. Mi abuela bajó la cabeza.
—Sigue —le dijo mi padre suavemente.
—«Algunas fotografías me las proporcionó la mujer que para ti siempre ha sido y siempre será tu madre.
Otras llegaron a mí a través de personas que conocían nuestra historia.
Algunas las conseguí durante mis viajes a Cartagena y otras me fueron enviadas cuando ya eras adulta.
Nunca quise que nadie te siguiera ni invadir tu intimidad.
Solo pedía, de vez en cuando, una fotografía.
Saber que estabas bien. Verte crecer. Después ver crecer a tus hijas. »
Mi madre miró a mi abuela.
—¿Tú le mandabas fotos?
Mi abuela asintió.
—Sí.
—¿Cuántas?
—Muchas.
—¿Durante todos estos años?
—Sí.
Mi madre volvió a mirar el álbum.
—Por eso tenía las nuestras.
—Muchas de ellas, sí.
—¿Y las demás?
Mi abuela negó lentamente.
—No todas se las di yo.
Aquello me hizo levantar una ceja. Pero mi madre continuó leyendo.
—«Cuando nació Lourdes vi en ella algo de Erik. Quizá fuera solo el cabello, quizá fueran mis ganas de encontrarlo en algún sitio. Después llegaron tus otras tres hijas y comprendí que tu vida había seguido adelante sin mí, como debía ser.»
Mi hermana pequeña me dio un pequeño golpe con el hombro.
—La pelirroja.
—Cállate.
—«He visto cumpleaños, colegios, graduaciones, bodas, viajes y veranos. He sabido cuándo eras feliz y también algunas veces en las que no lo eras. Hubiera querido acercarme muchas veces. No lo hice porque había dado mi palabra y porque con los años comprendí algo que al principio me costó aceptar.»
Mi madre dejó de leer. Las lágrimas le caían ya sin disimulo.
—¿Qué? —preguntó una de mis hermanas.
Mi madre continuó.
—«Yo te di la vida, pero ella fue tu madre.»
Mi abuela se tapó la boca. Mi abuelo le cogió la mano.
—«Ella estuvo cuando tuviste fiebre. Te llevó al colegio.
Te consoló. Te regañó. Te vio enamorarte.
Estuvo en los días normales, que son los que verdaderamente forman una vida.
Por eso nunca quise ocupar su lugar. Tu madre es la mujer que te crió.
Yo fui la mujer que te dio la vida y después te quiso desde demasiado lejos. »
Mi madre dejó caer la carta sobre la mesa.
—No puedo.
Mi abuela se acercó inmediatamente.
—Marisa...
Mi madre la abrazó.
—Tú eres mi madre.
—Ya lo sé.
—No. Quiero que lo sepas. Tú eres mi madre.
Mi abuela empezó a llorar.
—Y tú eres mi hija.
Nos quedamos en silencio. Incluso mis hermanas.
Incluso yo.
Mi madre tardó un rato en volver a sentarse. Cogió la carta y siguió leyendo, ya abrazada a mi abuela.
—«No pretendo que me perdones por haberme mantenido lejos.
Tampoco quiero que conviertas mi ausencia en una historia romántica.
Tuve miedo. Cedí. Permití que otros decidieran por mí cuando era demasiado joven para enfrentarme a ellos.
Después, cuando tuve edad y medios para hacerlo, ya habían pasado demasiados años y tuve miedo de destruir lo que tú tenías. »
Eso me gustó. Amalia no se estaba absolviendo.
—«El dinero que te dejo no compra nada de esto. No compra una infancia, ni una madre, ni los años que perdimos. Es tuyo porque debió ayudarte a ti mientras yo vivía y porque durante demasiado tiempo permití que otros administraran incluso la forma en que podía cuidarte.»
Mi madre miró de reojo la carpeta que contenía la documentación de la sociedad. Doce millones ochocientos mil euros.
Suiza.
Los Alpes.
Mónaco.
De repente todo aquello parecía muchísimo menos importante.
Siguió leyendo.
—«Si decides compartirlo con tus hijas, hazlo porque quieres, no porque yo lo haya pedido. Y si decides gastártelo entero, también me parecerá bien.»
Mi padre levantó una ceja.
—Me cae mejor ahora.
Mi madre se rio llorando.
—Cállate.
—Continúa.
Quedaban pocas líneas.
—«Hay algo que sí quisiera pedirte. No pienses que no te quise. Puedo aceptar que me juzgues por todo lo demás, pero no por eso. Te quise desde antes de que nacieras y no dejé de hacerlo ningún día de mi vida.»
Mi madre respiró profundamente. La última parte apenas pudo leerla.
—«Perdóname si puedes. Si no puedes, también lo entenderé.»
Se detuvo.
Miró la última palabra. Y se rompió.
—«Mamá.»
Mi abuela la abrazó otra vez. Mi padre se acercó por el otro lado.
Mis hermanas terminaron uniéndose y yo me quedé mirándolos desde enfrente.
No porque no quisiera acercarme. Sino porque alguien tenía que conservar un mínimo de dignidad en aquella familia.
Duré unos diez segundos. Después fui también.
Cuando conseguimos separarnos, mi madre se secó la cara.
—Había una foto.
Todos miramos la mesa. La fotografía que había caído del sobre seguía boca abajo. Mi madre la cogió y le dio la vuelta.
Amalia.
Ya anciana.
Estaba delante de Santaclara. Sostenía entre las manos una fotografía.
Me acerqué.
Era una foto de mi madre con nosotras cuatro. Las cinco juntas. Mi madre le dio la vuelta. En el reverso había unas palabras escritas a mano. Las leyó en voz alta.
—«Mi hija y mis cuatro nietas. Todo lo que no tuve, pero tuve la suerte de ver crecer.»
Nadie dijo nada. Mi madre volvió a mirar la imagen.
—Qué sola tuvo que estar.
Mi abuela negó suavemente.
—No siempre estuvo sola. Tuvo una vida, Marisa. Amigos, viajes, gente que la quiso. No conviertas tampoco su vida en una tragedia. Amalia sabía vivir.
Aquello me pareció importante. Porque los muertos tenían una curiosa tendencia a convertirse en santos en cuanto dejaban de respirar.
Y Amalia, por lo poco que la había conocido, no tenía pinta de haber sido ninguna santa.
Entonces volví al álbum. Pasé varias páginas hacia atrás.
Me detuve en una fotografía de las cuatro hermanas saliendo de Franciscanos.
—Esta.
Mi abuela se acercó.
—¿Qué pasa?
—¿Se la mandaste tú?
La miró.
—No.
Pasé otra.
Una fotografía de mi madre entrando en una cafetería de Cartagena.
—¿Esta?
—Tampoco.
Otra.
Yo llegando a Marbella años atrás, bastante más joven, con una maleta y aquel pelo cobrizo que todavía no había empezado a teñirme de rojo descarado.
—¿Y esta?
Mi abuela negó otra vez. Miré a Lola. Lola me miró. Mi madre dejó de llorar.
—Entonces, ¿quién hizo esas fotos?
Contemplé de nuevo el álbum. Por primera vez desde que habíamos llegado, sentí que la sorpresa de Lola quizá todavía no había terminado.
—Eso —dije— es exactamente lo que quiero saber.
—Eso —dije— es exactamente lo que quiero saber.
Mi abuelo, que hasta entonces había permanecido detrás de nosotros, alargó la mano.
—Déjame verla.
Le entregué la fotografía de nosotras saliendo de Franciscanos. La observó durante unos segundos. Después pidió la de mi madre entrando en la cafetería.
—Esta también.
—¿También qué?
Mi abuelo levantó la mirada.
—Las hizo Amalia.
Mi madre se quedó inmóvil.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la vi hacerlo alguna vez.
Mi abuela giró la cabeza hacia él.
—¿Tú la viste?
—Una vez seguro. Quizá dos.
—¿Y nunca me lo dijiste?
Mi abuelo se encogió de hombros.
—Pensé que lo sabías.
—Pues no.
—Llevabais cincuenta años contándoos secretos a medias —dije—. Me parece hasta coherente.
Mi madre cogió la fotografía.
—¿Venía a Cartagena para hacerme fotos?
—No exactamente —dijo mi abuelo—. Venía a verte. Las fotos eran la excusa.
Aquello nos calló a todos.
—¿Cómo que venía a verme?
Mi abuelo señaló el álbum.
—Amalia tenía una cámara pequeña. Buena para aquella época. Cuando venía, procuraba no acercarse demasiado. A veces tu madre —señaló a mi abuela— le daba fotografías. Otras veces Amalia quería verte con sus propios ojos.
Mi madre se quedó mirando la imagen de la cafetería.
—¿Y yo nunca la vi?
—Seguramente sí —respondió mi abuelo—. Lo que pasa es que no sabías a quién estabas viendo.
Eso fue peor. Mi madre se sentó.
—¿Pude cruzarme con ella por la calle?
—Claro.
—¿Y ella sabía quién era yo?
—Siempre.
Mi madre se llevó una mano a la frente.
—Dios mío.
Yo cogí la fotografía en la que aparecía llegando a Marbella con mi maleta.
—Vale. ¿Y esta?
Mi abuelo la miró.
—Esa ya no lo sé.
—Yo sí —dijo mi abuela.
Todos nos volvimos hacia ella.
—Amalia.
—¿También?
—Sí.
La miré fijamente.
—¿Estaba allí cuando llegué a Marbella?
—Sí.
Aquello me dejó clavada.
—¿Dónde?
—No lo sé exactamente. Me llamó aquella noche.
—¿Aquella noche?
—Quería saber si habías llegado bien.
Me quedé mirando mi propia fotografía. Yo tendría poco más de veinte años.
Una maleta enorme, vaqueros, camiseta y el pelo cobrizo recogido de cualquier manera.
Acababa de llegar a una ciudad en la que pensaba empezar mi vida.
Y en algún lugar, suficientemente cerca como para fotografiarme, estaba mi abuela biológica.
—¿Por qué coño no se acercó?
Mi abuela suspiró.
—Porque era una cobarde para algunas cosas.