Capítulo 3 #7
Hasta aquella semana, mi trabajo consistía en investigar las propiedades de los demás.
Ahora parecía que tenía que hacer una due diligence de la mía.
El domingo salimos temprano. Muy temprano para ser domingo, según mis hermanas, que protestaron desde el momento en que se subieron al coche.
Habíamos decidido ir en dos vehículos porque meter a ocho personas, equipaje y provisiones en uno solo habría requerido uno de los canguros de Leonor.
Mis padres y dos de mis hermanas fueron en el coche de mi padre.
Mi otra hermana vino conmigo y recogimos a mis abuelos en su piso.
Cuando paré frente a Franciscanos y los vi salir del portal, volví a mirar el edificio.
Mi abuelo llevaba una bolsa pequeña. Mi abuela, una maleta que parecía preparada para tres semanas.
—Vamos una noche —le dije cuando abrió el maletero.
—¿Y?
—Nada.
Metí la maleta. Después levanté la vista hacia su piso.
—¿Qué miras? —preguntó mi abuelo.
—Vuestra casa.
—¿Qué le pasa?
—Nada.
—Pues vámonos.
Subieron al Volvo.
Yo arranqué.
Pero mientras salíamos de Cartagena añadí mentalmente una pregunta más a la lista. ¿Quién había pagado aquel piso? Mi abuela, desde el asiento trasero, debió de verme la cara por el espejo.
—Lourdes.
—¿Qué?
—Deja de pensar.
—No estoy pensando.
—Te conozco desde que naciste.
—Precisamente ese tipo de frases ya no me tranquilizan tanto como antes.
Mi abuelo se rio. Mi abuela no.
—¿Qué quieres saber ahora?
La miré por el retrovisor.
—Nada.
—Lourdes.
Suspiré.
—El piso de Cartagena.
Mi abuelo giró la cabeza hacia mi abuela. Yo lo vi.
—¡Ah, no! —dije—. Esa mirada no. Ya conozco esa mirada. ¿Quién pagó el piso?
Mi hermana se incorporó en el asiento.
—¿Hay otra casa secreta?
—Tú cállate.
Mi abuela suspiró.
—El piso lo compramos nosotros.
Esperé.
—¿Vosotros vosotros?
—Nosotros nosotros.
—¿Con vuestro dinero?
—Sí, Lourdes.
—¿Sin sociedades suizas, amigas millonarias, intermediarios ni herencias misteriosas?
Mi abuelo soltó una carcajada.
—Con nuestro dinero. Transferencia bancaria. Si quieres, cuando volvamos te enseño la escritura.
Asentí satisfecha.
—Gracias.
—¿Ya estás tranquila?
—Muchísimo.
Por fin una propiedad normal. Mi hermana me miró.
—Te estás volviendo paranoica.
—Esta semana he descubierto una habitación secreta detrás de una biblioteca. Tengo derecho.
Seguimos hacia Marbella. Mis abuelos iban detrás hablando entre ellos, mi hermana se quedó dormida antes de salir de la Región de Murcia y yo conduje pensando en lo que nos esperaba. Primero el almacén de Lola. Aquello que había encontrado y no había querido explicarme por teléfono.
Después Santaclara.
Mi madre iba a entrar por primera vez en la casa de la mujer que la había dado a luz.
Y mis abuelos iban a volver a una casa que conocían mucho mejor de lo que yo había imaginado.
Miré la carretera. El domingo acababa de empezar.
Y por experiencia reciente, eso no significaba absolutamente nada bueno para mis planes. Llegamos a Marbella a media mañana.
Lo primero fue ir al chalet de mis abuelos para dejar las maletas.
La cuadrilla de Leonor había hecho exactamente lo que le había pedido.
En cuanto abrimos la puerta olía a limpio y a casa ventilada, no a vivienda cerrada durante meses.
Habían abierto persianas, repasado baños, cocina y dormitorios, cambiado la ropa de cama y dejado la nevera con suficiente comida como para que mi abuela no pudiera afirmar que íbamos a morir de hambre antes del lunes.
Naturalmente, lo primero que hizo fue abrirla.
—Han comprado demasiado.
—Buenos días a ti también.
—¿Quién ha comprado todo esto?
—Leonor.
—Pues dile que no hacía falta.
—Se lo dices tú. Yo no pienso llamarla para devolver yogures.
Mi abuelo ya había dejado su bolsa en el dormitorio y estaba recorriendo el salón como quien vuelve a un sitio que conoce de memoria y, sin embargo, necesita comprobar que sigue exactamente donde lo dejó.
Mis padres se quedarían allí con ellos. Mis hermanas, en cambio, decidieron que querían dormir en mi casa.
Las tres.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque sí.
—Magnífico argumento.
—Además, queremos ver tu casa.
—Ya la habéis visto.
—Hace tiempo.
—Las casas no cambian solas.
Una de ellas me miró.
—La tuya seguro que sí.
No pregunté qué significaba aquello. Dejamos sus cosas en mi casa y, cuando conseguimos volver a reunir a todo el mundo, nos dirigimos al almacén de L&L.
Lola ya estaba allí. Nos esperaba junto a la entrada con unos vaqueros, una camiseta y sus gafas redondas.
Por supuesto, parecía que alguien la había vestido para una campaña de publicidad mientras yo llevaba toda la mañana haciendo de chófer de una excursión familiar.
—Buenos días —dijo.
—Como esto no merezca haber movilizado a ocho personas un domingo, te mato.
—Buenos días a ti también.
Mi madre se acercó.
—Tú eres Lola.
—Y tú tienes que ser Marisa.
Se dieron dos besos.
—Lourdes habla mucho de ti.
—Espero que bien.
—Depende del día —dijimos Lola y yo a la vez.
Mi madre sonrió. Lola saludó al resto y después abrió la puerta.
—Venid.
Entramos.
Mis hermanas se quedaron impresionadas nada más ver el bajo.
Habían oído hablar de él muchas veces, pero una cosa era escuchar que Lola podía vender cualquier cosa que sacáramos de una casa y otra ver estanterías, muebles, cajas numeradas, objetos pendientes de fotografiar y piezas ya preparadas para salir.
—¿Todo esto lo vendéis? —preguntó una.
—Casi todo —respondió Lola.
—¿Y alguien compra estas cosas?
Lola se detuvo.
—No vuelvas a hacerme esa pregunta.
Me eché a reír.
—Vendió seis pomos viejos por doscientos cuarenta euros.
—Bronce francés —me corrigió.
—Eran pomos.
—Bronce francés.
—Pomos.
—Inculta.
Mi familia se rio, pero Lola ya estaba caminando hacia el fondo.
—No os he hecho venir por los pomos.
Llegamos a una zona donde había dejado una mesa despejada. Encima había algo envuelto cuidadosamente. Mi madre se quedó detrás de mí. Lola me miró. Ya no estaba bromeando.
—Lo encontramos ayer.
—¿Dónde?
—Entre unas cajas que llegaron de Santaclara. Estaba guardado dentro de un arcón. Había ropa, papeles sin importancia y esto debajo de todo.
Retiró la protección. Era un álbum.
Grande.
Antiguo, aunque muy bien conservado. La cubierta era oscura, sin título ni ninguna inscripción exterior. Miré a Lola.
—¿Lo has abierto?
—Lo suficiente para saber que tenías que verlo.
Mi madre se acercó.
—¿Qué es?
Lola empujó el álbum suavemente hacia ella.
—Creo que es tuyo.
Mi madre puso una mano sobre la cubierta.
La abrió.
La primera fotografía era de un bebé. Debajo había una fecha escrita a mano. Mi madre se quedó inmóvil. Mi abuela se acercó por detrás.
—Eres tú.
Marisa levantó la cabeza.
—¿Yo?
Mi abuela asintió. Pasó la página.
Otra fotografía.
Mi madre con pocos meses.
Otra.
Un año.
Dos.
Tres.
Fotografías de cumpleaños, del colegio, de vacaciones. Algunas parecían tomadas desde cerca. Otras, desde una distancia prudente. Había fotografías que evidentemente procedían de copias familiares y otras que ninguno de nosotros recordaba haber visto. Mi madre pasó otra página.
—Esta es en Marbella.
Mi abuela asintió.
—Sí.
Otra página.
Mi madre adolescente.
Otra.
Mi madre joven. Y entonces apareció mi padre.
—Hostia —dijo él.
En una fotografía estaban los dos, jovencísimos.
—La mili —dije.
Mi madre tocó la imagen.
—Málaga.
Pasó otra página. Su llegada a Cartagena.
Su boda.
Después aparecí yo.
—Esa soy yo.
Una de mis hermanas se inclinó.
—Qué fea eras.
—Cállate.
—Tenías una cabeza enorme.
—Mamá, dile algo.
Pero mi madre no nos escuchaba. Había empezado a llorar. Pasó otra página. Yo con pocos meses.
Yo andando.
Yo con mis abuelos. Después llegó mi segunda hermana.
La tercera.
La cuarta.
Las cuatro juntas.
Franciscanos.
Cumpleaños.
Navidades.
Veranos.
Mis padres cada vez un poco mayores.
Nosotras creciendo.
Mi abuelo recogiendo a alguna de nosotras. Mi abuela con las cuatro. Había fotografías que reconocíamos y otras que no. Seguimos pasando páginas. Mi primera comunión. Las de mis hermanas.
Adolescencia.
Universidad.
Mi marcha a Marbella. Mis hermanas creciendo.
Viajes.
Celebraciones.
Graduaciones.
Mi madre ya no intentaba secarse las lágrimas. Y entonces llegamos casi al final. Una fotografía de mi hermana pequeña con la toga de graduación. Me quedé mirando la fecha.
Dos años.
Aquello había ocurrido hacía apenas dos años. Levanté los ojos hacia Lola.
—¿Hasta aquí?
—Mira la siguiente.
Mi madre pasó la página. Había varias fotografías de aquella graduación. Mi hermana con mis padres. Con nosotras. Con mis abuelos. Saliendo del acto. Y después, nada. El resto del álbum estaba vacío. Mi hermana pequeña tocó una de las fotografías.
—Esto fue hace dos años.
—Sí —dije.
Mi madre cerró los ojos. Ya no estábamos viendo un álbum familiar. Estábamos viendo más de sesenta años de la vida de una mujer recopilados por otra que había prometido mantenerse lejos. Mi madre volvió lentamente a la primera página.
El bebé.
Ella.
—Me vio crecer.
Mi abuela le puso una mano en la espalda.
—Sí.
—Toda mi vida.
—Sí.
Mi madre miró las páginas.
—Y a ellas también.
Las cuatro estábamos allí.
—A las cuatro —dijo mi abuela.
Mi madre empezó a pasar otra vez las fotografías, más despacio. Ya no buscaba fechas. Buscaba a Amalia.
—¿Dónde estaba? —preguntó—. ¿Quién hacía estas fotos?
Nadie respondió.
Porque esa era la parte que todavía no sabíamos. Me acerqué a Lola.
—¿Había algo más con el álbum?
—Sí.
La miré.
—¿Qué?
Lola señaló la contraportada.
—Hay un sobre.
Mi madre dejó de pasar páginas. Todos miramos hacia el final del álbum. Lola no lo había abierto. Y esta vez nadie hizo ninguna broma. Mi madre miró a Lola.
—¿Tú no lo has abierto?
—No.
—¿Ni Lourdes?
—Acabo de enterarme de que existe —dije.