L&L Capítulo 3 #6
20%

Capítulo 3 #6

—Mamá, esta semana he hablado con una muerta, he abierto una habitación secreta con un caballo de bronce y he encontrado un posible Goya. Mi concepto de normalidad está bastante deteriorado.

Mi abuelo soltó una carcajada. Mi madre también. Pero entonces volvió a mirar la fotografía de Erik. Y toda la fortuna desapareció de su cara. Cogió la foto otra vez.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que de todo lo que has puesto encima de esta mesa, esto es lo único que me importa ahora mismo.

Miré la fotografía.

Su padre.

Por primera vez. Doce millones ochocientos mil euros, tres propiedades extraordinarias y una sociedad patrimonial podían esperar.

Erik llevaba esperando toda una vida. Mi madre dejó los documentos a un lado y volvió a meter la mano en la caja.

Sacó otra fotografía y se quedó mirándola.

Esta vez estaban los dos. Amalia y Erik. Jóvenes, juntos y riéndose.

No posaban como en aquellas fotografías antiguas en las que todo el mundo parecía acudir a su propio entierro.

Erik tenía un brazo alrededor de la cintura de Amalia y ella estaba ligeramente inclinada hacia él, con la cabeza apoyada en su hombro.

Los dos miraban a la cámara, pero daba la impresión de que alguien acababa de decir algo que les había hecho gracia justo antes de disparar.

Mi madre pasó los dedos por la fotografía.

—Mis padres.

Nadie dijo nada. Era la primera vez que la oía llamarlos así. Mi abuela se inclinó para verla mejor y, en cuanto reconoció la imagen, sonrió.

—Me acuerdo de esa foto.

Mi madre levantó la mirada.

—¿Sí?

—Sí. Ahí Amalia ya estaba embarazada de ti.

Mi madre volvió a mirar la fotografía.

—¿Ya estaba yo?

—Sí.

—¿De cuánto?

Mi abuela pensó unos segundos.

—Muy poco. Todavía no se le notaba nada.

Mi madre sonrió y empezó a llorar al mismo tiempo.

No lloraba como antes. Ya no era el llanto del golpe, ni el de descubrir que toda una parte de su vida había sido distinta de lo que creía.

Era otra cosa. Tenía entre las manos una fotografía de sus padres biológicos riéndose juntos mientras ella ya estaba allí.

Invisible.

Pero allí.

Mi abuela se acercó y le acarició el hombro.

—Te querían, Marisa.

Mi madre asintió sin levantar la cabeza.

—Ya lo sé.

Y creo que aquello era lo que necesitaba escuchar. Mis hermanas, que tenían aproximadamente la misma capacidad que yo para soportar demasiados minutos seguidos de emoción, empezaron a aliviar el ambiente.

—Bueno —dijo una—, tenemos que hablar de algo importante.

La miré.

—Miedo me das.

—La casa de los Alpes.

Otra se incorporó inmediatamente.

—Eso. ¿Cuándo vamos?

Mi madre levantó la cabeza.

—¿Perdón?

—A esquiar.

—Yo no sé esquiar.

—Aprendes.

—Tengo sesenta y tantos años.

—Pues aprendes con más experiencia.

—¿Y quién ha dicho que vayáis vosotras?

Nos quedamos las cuatro mirándola.

—Mamá —dije—, tienes cuatro hijas. No sé qué parte de «casa en los Alpes» pensabas disfrutar en soledad.

Mi padre levantó la mano.

—Yo tampoco esquío.

—Tú te quedas en el bar —dijo una de mis hermanas.

—Eso sí sé hacerlo.

—Y Mónaco —añadió otra—. Tenemos que ir a Mónaco.

—¿A qué? —preguntó mi madre.

—Al casino.

—No pienso llevaros a un casino.

—Mamá, técnicamente no tienes que llevarnos. Somos adultas.

—Pues pagáis vosotras.

—Acabas de heredar casi trece millones.

—Precisamente por eso. Quiero conservarlos.

Mi abuelo empezó a reírse.

—Esa es mi hija.

Aquello hizo que mi madre lo mirara. Se quedaron unos segundos en silencio.

Después sonrió.

—Sí. Tu hija.

Mi abuela se llevó una mano a la boca. Y otra vez estábamos todas a punto de llorar.

—¡Mónaco! —gritó una de mis hermanas.

—Gracias —le dije.

—De nada.

—Yo quiero ir en el Lamborghini —añadió otra.

La miré.

—¿Quién te ha hablado del Lamborghini?

—Ayer.

—¿Yo?

—Sí.

—No debería hablar cuando estoy cansada.

—¿Qué Lamborghini? —preguntó mi padre.

—Ninguno —dije.

—Uno amarillo —aclaró mi hermana.

Mi madre me miró.

—Lourdes.

—No lo he comprado.

—Tienes un Volvo nuevo.

—Tiene dos años.

—Nuevo.

—No vamos a discutir ahora sobre esto.

—Pareces hija de billonarios.

La mesa entera se quedó en silencio.

Nos miramos.

Y empezamos a reírnos. Mi madre fue la primera.

—Pues mira —dijo—, al final va a resultar que la frase tenía fundamento.

Mi teléfono empezó a sonar en mitad de las carcajadas. Miré la pantalla.

Lola.

—Es sábado —dije.

—¿Y?

—Lola no me llama un sábado por la tarde para preguntarme cómo estoy.

Contesté.

—¿Qué has encontrado?

Ni siquiera dije hola.

—Buenas tardes a ti también.

—Lola.

—¿Estás con tu madre?

Miré a Marisa.

—Sí.

—¿Ya se lo has contado?

—Sí.

—¿Todo?

—Estamos en ello.

Hubo un pequeño silencio.

—Entonces creo que deberías traerla.

Me enderecé.

—¿Adónde?

—Al almacén.

—¿Por qué?

—Porque he encontrado una cosa entre lo de Santaclara.

Miré inmediatamente a mi madre.

—¿Qué cosa?

—Prefiero que la vea.

—No me hagas esto.

—No es nada malo.

—Eso es exactamente lo que dice la gente antes de enseñar algo malo.

—Lourdes, de verdad. Creo que a tu madre le gustaría verlo.

—Dime qué es.

—No.

—Lola.

—Mañana estoy aquí.

—Es domingo.

—Sé leer el calendario.

—Estamos en Cartagena.

—También sé dónde está Cartagena.

Suspiré.

—¿Es importante?

Lola tardó un segundo.

—Para ella, creo que sí.

Miré a mi madre. Ya me estaba observando.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Tapé el teléfono con la mano.

—Lola ha encontrado algo entre las cosas de Amalia.

Mi madre se quedó quieta.

—¿Qué?

—No quiere decírmelo.

—Quiero verlo.

Naturalmente.

Volví al teléfono.

—Mañana vamos.

—Perfecto.

—¿A qué hora?

—Cuando queráis. Yo estaré aquí.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi socia?

—Vete a la mierda.

—Ahora sí eres tú.

Colgué.

Mi padre me miró.

—¿Mañana vamos a Marbella?

—Parece que sí.

—¿Quiénes?

Miré alrededor de la mesa.

Mis padres.

Mis tres hermanas.

Mis abuelos.

Después de todo lo que acabábamos de descubrir, no tenía sentido dejar a nadie fuera.

—Todos.

Una de mis hermanas abrió los ojos.

—¿Todos a Marbella?

—Todos.

—¿Y dónde vamos a dormir?

—No vamos a emigrar. Vamos a ver una cosa y volvemos cuando nos dé la gana.

Mi padre negó con la cabeza.

—Yo conduzco mi coche.

—Perfecto.

—Nosotros vamos con vosotros —dijo mi abuelo.

Mi abuela asintió. Mi madre seguía mirando la fotografía de Amalia y Erik.

—Quiero ver su casa.

La miré.

—Podemos verla.

—¿Mañana?

—Sí.

Eso no estaba en los planes, pero los planes últimamente me duraban poco.

—Primero vamos al almacén de Lola —dije—. Después os llevo a Santaclara.

Mi madre apretó la fotografía contra el pecho.

—Quiero verla.

El domingo por la mañana salimos todos hacia Marbella.

Mis padres, mis tres hermanas, mis abuelos y yo.

Una pequeña expedición familiar rumbo al almacén de L que el chalet de mis padres lo había pagado Amalia; y que mis abuelos habían participado durante décadas en una operación familiar que habría necesitado organigrama.

El piso podía esperar hasta mañana. Aunque empezaba a preocuparme una cosa.

Ya no sabía quién coño había pagado nada en mi familia.