L&L Capítulo 3 #5
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Capítulo 3 #5

—Callaos —dijo mi madre.

Obedecieron.

—Hay más —dije.

Mi madre cerró los ojos.

—Claro que hay más.

—Amalia te dejó algo.

—¿Qué?

Abrí la carpeta. Busqué los documentos que había separado y los puse delante de ella.

—Una cuenta bancaria en Suiza.

Mi padre dejó la taza en la mesa.

—¿Perdón?

—Está a nombre de mamá.

Mi madre no tocó los papeles.

—Yo no tengo ninguna cuenta en Suiza.

—Ahora sí.

—¿Cuánto dinero hay?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Se lo pregunté a Amalia.

—¿Y qué te dijo?

No pude evitar sonreír.

—Que no era asunto mío.

Mi abuelo se rio.

—Esa sí que era ella.

—Le pregunté cuánto había y me contestó que suficiente.

—¿Suficiente para qué? —preguntó mi padre.

—No lo sé. Y no he mirado. Es de mamá.

Mi madre seguía contemplando los documentos sin tocarlos.

—¿Por qué me dejó dinero?

—Porque decía que te lo debía.

Mi madre levantó la vista.

—No me debe nada.

—Eso tendrás que discutirlo con ella y llegas un poco tarde.

Mi abuela sonrió.

—Lourdes.

—Es lo que hay.

Volví a mirar a mi madre.

—Amalia dijo que ese dinero era tuyo porque tú fuiste quien pagó el precio de las decisiones que tomaron los demás. Ella conservó su apellido, su familia, su posición y su dinero. Tú creciste sin saber quién era tu madre biológica ni quién había sido tu padre. Por eso quería que primero fuera tuyo.

Mis hermanas estaban completamente calladas.

—Y después hizo una petición —continué.

—¿Qué petición?

—No una obligación. Me lo dejó muy claro. Una petición. Quiere que, cuando sepas cuánto hay y hayas decidido qué quieres hacer con tu vida, consideres repartir una parte entre tus cuatro hijas.

Mis tres hermanas me miraron simultáneamente.

—No empecéis —dije.

—No hemos dicho nada.

—Os conozco.

Mi madre seguía mirando los papeles.

—¿Y a ti qué te dejó?

La pregunta me pilló desprevenida.

—A mí, nada.

Mi abuela me observó.

—Eso no es verdad.

—Dinero, no.

—¿Y la casa?

—La casa se vende.

—¿Y todo lo que había dentro?

Ahí tuve que sonreír.

—Eso es más complicado.

Mi padre levantó una ceja.

—¿Cuánto de complicado?

—Habitación secreta.

Una de mis hermanas abrió la boca.

—¡No!

—Sí.

—¿De verdad?

—Treinta metros cuadrados aproximadamente.

—¿Y qué había?

—Cuadros, joyas, oro, monedas, relojes, muebles, documentos...

—¿Cuadros de quién?

—Todavía están autentificándolos. Puede haber cosas muy serias.

—¿Cuánto vale todo eso? —preguntó mi padre.

—No lo sabemos.

—¿Y de quién es?

—Una vez entregado a los sobrinos lo que Amalia les asignó expresamente, el resto quedó para L&L.

Silencio.

Mi madre me miró.

—¿Para ti y Lola?

—Para la empresa. Sí.

Mi padre se dejó caer hacia atrás.

—Y yo pensando que los ocho millones de ayer eran la noticia.

—Yo también.

Cerré la carpeta.

—Eso es lo principal. Hay más detalles, cartas y documentos, pero esa es la versión de Amalia. Os vigiló desde lejos. Ayudó económicamente cuando pudo hacerlo sin aparecer. Pagó esta casa. Siguió preguntando por mamá. Supo de nosotras. Y decidió que solo después de morir podíamos conocer la verdad.

Miré a mis abuelos.

—Y al final me eligió a mí para abrir la puerta.

Mi madre estaba llorando en silencio.

—¿Por qué tú?

Me toqué el pelo.

—Supongo que esto tuvo algo que ver al principio.

Mi abuela sonrió.

—Te pareces a él.

—¿A Erik?

Asintió.

—Más de lo que imaginas.

Mi madre me miró durante unos segundos. Después señaló hacia arriba.

—Quiero ver a mi padre.

No hizo falta preguntarle a cuál se refería.

Me levanté.

—Voy a por la caja.

Antes de salir de la cocina me detuve.

—Pero os aviso de una cosa.

Todos me miraron.

—Como aparezca otro millonario secreto en esta familia, yo dimito.

Mi padre soltó una carcajada. Y, por primera vez desde que había abierto la carpeta, mi madre también se rio.

Subí a mi habitación y bajé con la caja de madera entre las manos.

Esta vez nadie hizo bromas. La puse encima de la mesa, apartando las tazas y los platos de los dulces, y mi madre se acercó un poco más.

Abrí la tapa. Lo primero que apareció fueron las fotografías. Cogí una de Erik y se la entregué.

—Este es tu padre.

Mi madre la sostuvo con las dos manos. Era una de mis favoritas.

Erik estaba apoyado en un barco, sonriendo a la cámara, con el pelo rojo encendido incluso en una fotografía antigua.

Era un hombre grande, de hombros anchos y una expresión alegre que hacía difícil imaginarlo quieto mucho tiempo. Mi madre se quedó mirándolo.

—Dios mío.

Mi abuela se inclinó hacia ella.

—Esa foto la hizo Amalia.

—¿Lo conociste?

—Sí.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

Mi madre acarició la fotografía con un dedo.

—Me parezco a él.

—Muchísimo —dijo mi abuela.

Una de mis hermanas se inclinó por encima de su hombro.

—Y Lourdes también.

—La nariz no —dije.

—El pelo.

—El mío es de bote.

—Ahora. De pequeña no.

Seguimos sacando fotografías. Erik con Amalia.

Erik en una playa. Erik junto a un coche.

Amalia jovencísima mirándolo de una manera que explicaba mejor que cualquier carta por qué nunca había querido casarse con otro hombre.

Después aparecieron los sobres atados con una cinta, las cartas en español y noruego, recortes de periódico, direcciones, documentos y aquel pequeño cuaderno donde Amalia había ido guardando nombres y datos durante años.

Mi madre tocaba las cosas despacio. Como si tuviera miedo de estropear una vida que acababa de descubrir.

Entonces miró la carpeta.

—Quiero abrirlo.

Sabía a qué se refería. Saqué el sobre que Amalia había dejado para ella y se lo entregué.

—Es tuyo.

Mi madre lo sostuvo durante unos segundos.

—¿Tú no lo has abierto?

—No.

—¿Ni sabes lo que hay?

—Sé que hay dinero y sé que hay documentación de patrimonio. Nada más. Amalia no quiso decirme cuánto.

Mi madre miró a mis abuelos. Después a mi padre. Finalmente abrió el sobre. Sacó varias hojas. La primera debía de ser una carta, porque la apartó para leerla después. La segunda tenía membretes, referencias bancarias y una relación de activos. Mi madre empezó a leer. Y dejó de respirar.

—¿Qué pasa? —preguntó mi padre.

No contestó.

—Mamá.

Seguía mirando el papel.

—Marisa —dijo mi abuela.

Mi madre levantó los ojos.

—Esto no puede estar bien.

Le quité el documento con cuidado.

Lo leí.

Y casi me da un síncope.

—Hostia.

—¿Qué? —preguntaron mis tres hermanas prácticamente al mismo tiempo.

Volví a leerlo. Doce millones ochocientos mil euros. En activos líquidos y depósitos vinculados a una sociedad patrimonial cuya titularidad correspondía a mi madre.

—Mamá...

—Dilo —ordenó una de mis hermanas.

—Doce millones ochocientos mil.

Silencio.

Mi padre parpadeó.

—¿Qué?

—Doce millones ochocientos mil euros.

Una de mis hermanas se sentó de golpe. La otra empezó a reírse. No porque tuviera gracia. Era una de esas risas que salen cuando el cerebro decide que ya no puede procesar más información.

—¿Doce millones?

—Y ochocientos mil —dijo la tercera—. No le quites los ochocientos mil, que ahora somos pobres.

—No somos nada —dije—. Es de mamá.

Mi madre seguía blanca.

—Hay más.

La miré.

—¿Cómo que hay más?

Señaló la hoja.

Continué leyendo.

Había una propiedad en Suiza. Valor estimado: tres millones de euros.

Actualmente alquilada.

Renta mensual: algo más de seis mil euros. Levanté la cabeza.

—Tienes una casa en Suiza.

—Yo no tengo una casa en Suiza.

—Pues el papel dice que sí.

—¿Dónde?

Busqué.

—Aquí está la dirección.

Mi padre me quitó prácticamente la hoja.

—¿Tres millones?

—Aproximadamente.

—¿Y está alquilada por seis mil euros al mes?

—Seis mil y pico.

—Pues que no molesten al inquilino —dijo mi padre—. Ese hombre no tiene culpa de nada.

Nos echamos a reír. Era eso o llamar a una ambulancia. Mi madre pasó a la siguiente página.

—Hay otra.

—No.

—Sí.

—¿Dónde?

—En los Alpes.

Una de mis hermanas abrió los brazos.

—Claro. ¿Dónde iba a estar?

Cogí el documento. Una casa en una estación de esquí.

—Mamá, tienes una casa en los Alpes.

—Deja de decirme que tengo casas.

—Pero es que tienes casas.

—Hasta esta mañana tenía esta.

—Pues se te ha complicado el catastro.

Mi abuelo empezó a reírse. Mi madre pasó otra hoja. Se quedó quieta.

—No.

—¿Qué?

Me entregó el papel.

Lo leí.

—Villa en Mónaco.

Esta vez nadie dijo nada durante unos segundos. Después mi padre se levantó.

—Voy a por algo fuerte.

—Son las cuatro de la tarde —dijo mi madre.

—Acabo de descubrir que mi mujer tiene doce millones, una casa en Suiza, otra en los Alpes y una villa en Mónaco. Creo que puedo tomarme una copa.

—Doce millones ochocientos mil —corrigió una de mis hermanas.

—¡Que no le quitéis los ochocientos mil! —añadió otra.

Yo seguía leyendo. Y entonces entendí la estructura.

—Esperad.

Ordené los documentos encima de la mesa.

—No está todo directamente a nombre de mamá.

Mi madre me miró.

—¿Entonces?

—Hay una sociedad patrimonial.

Busqué la página correspondiente.

—Está a tu nombre. La sociedad es tuya y los activos están dentro de ella: las cuentas, las propiedades y las rentas.

Mi madre se dejó caer contra el respaldo.

—Yo tengo una sociedad.

—Sí.

—Que no sabía que existía.

—Sí.

—Con casi trece millones de euros.

—Sí.

—Una casa en Suiza.

—Sí.

—Una casa en los Alpes.

—Sí.

—Y una villa en Mónaco.

—También.

Me miró fijamente.

—¿Y qué coño hago yo ahora con todo eso?

Sonreí.

—Por fin una pregunta que sé contestar.

Todos me miraron.

—Nada.

Mi madre frunció el ceño.

—¿Nada?

—Nada hoy. Ni vendes, ni repartes, ni firmas, ni llamas a ningún banco, ni decides que vas a regalarle un millón a cada una de tus hijas porque estás en estado de shock.

Mis hermanas protestaron inmediatamente.

—¡Oye!

—He dicho que hoy no.

—A mí me parecía una idea estupenda —dijo una.

—Ya. Por eso no decides tú.

Cogí los documentos y volví a ordenarlos.

—El lunes esto lo revisan abogados y asesores fiscales. Quiero saber exactamente cómo está estructurada la sociedad, dónde tributa, qué obligaciones tiene, quién la administra ahora mismo y cómo ha previsto Amalia el cambio de control. Después decides.

Mi madre me miró.

—Hablas como si esto fuera normal.