L&L Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

—Hubo que organizarlo todo para que pareciera que tu madre estaba embarazada —continuó—.

Nos alejamos una temporada de determinadas personas, contamos fechas, inventamos cosas.

Entonces no había redes sociales ni fotografías de cada día.

Era posible desaparecer unos meses sin tener que dar explicaciones a medio mundo.

—Yo fingí el embarazo —dijo mi abuela—. Y cuando naciste, volvimos contigo.

Mi madre tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Y nunca pensasteis decírmelo?

Mi abuela empezó a llorar otra vez.

—Miles de veces.

—Pues no lo hicisteis.

—No.

Mi madre se levantó. Mi padre hizo ademán de ir detrás de ella, pero ella levantó una mano.

—Déjame.

Fue hasta la ventana y se quedó de espaldas a nosotros. Nadie habló durante unos segundos. Yo tenía una pregunta atravesada desde el día anterior y ya no quería seguir guardándomela.

—Abuela.

Me miró.

—¿Por qué no tuvisteis más hijos?

Mi abuelo bajó la mirada. Mi abuela no respondió inmediatamente.

—Eso también me lo he preguntado desde que supe todo esto —continué—. Criasteis a mamá y después no hubo más niños. ¿No pudisteis? ¿No quisisteis? ¿Formaba parte del trato con Amalia?

—No hubo ningún trato sobre eso —respondió mi abuelo inmediatamente.

Mi abuela negó con la cabeza.

—Jamás.

Esperé.

Ella volvió a secarse los ojos.

—Al principio decidimos esperar. Acabábamos de recibirte a ti —dijo mirando a mi madre— y teníamos miedo. Miedo de que un embarazo mío llamara la atención, de que alguien hiciera cuentas, de que empezaran preguntas. Queríamos que todo estuviera asentado.

—¿Y después? —pregunté.

Mi abuela miró a mi abuelo.

—Después quisimos.

Aquellas dos palabras cambiaron el tono de la conversación.

—Pero no llegaron —dijo mi abuelo.

Mi abuela sonrió con tristeza.

—Lo intentamos durante años. No hubo manera.

Mi madre se volvió desde la ventana.

—¿Y nunca pensasteis que os habíais quedado conmigo y por eso...?

—No —la cortó mi abuela—. Nunca.

Se levantó y fue hacia ella.

—Escúchame bien, Marisa. Tú no fuiste la hija que tuvimos porque no pudimos tener otra. Tú ya eras nuestra hija antes de saber que no vendrían más.

Mi madre empezó a llorar. Mi abuela la abrazó.

—No me arrepentí ni un solo día de haberte criado. Ni uno.

Mi abuelo se levantó también.

—Y yo tampoco.

Mis hermanas estaban llorando. Mi padre se limpiaba los ojos intentando disimular y yo tenía un nudo en la garganta que empezaba a doler. Pero todavía faltaba algo.

—Hay otra cosa que necesito preguntaros.

Mi abuelo me miró.

—Pregunta.

Miré alrededor.

La casa.

El salón al otro lado, el jardín, el garaje donde estaba mi Volvo. El chalet en el que habíamos crecido las cuatro.

—Esta casa.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Qué pasa con la casa?

—Toda la vida hemos dicho que se la regalaron a papá sus padres.

Mi padre asintió.

—Eso me dijeron a mí.

Aquello me llamó inmediatamente la atención.

—¿Te dijeron?

—Sí. Cuando nos casamos nos dijeron que querían ayudarnos. La casa llegó después.

Miré a mis abuelos.

—¿Amalia tuvo algo que ver?

Mi abuela no respondió. Mi abuelo tampoco.

—Joder —murmuré.

Mi madre se separó de mi abuela.

—¿También la casa?

Mi abuela volvió a sentarse.

—Amalia ayudó.

—¿Cuánto es ayudó? —pregunté.

Mi abuelo soltó aire.

—La pagó.

Silencio otra vez.

Miré alrededor.

Más de un millón de euros a valor actual. Y nosotros habíamos vivido allí toda la vida pensando otra cosa.

—¿Mis abuelos paternos lo sabían? —pregunté.

—Sí —respondió mi abuelo—. Ellos hicieron de intermediarios para que pareciera que venía de su parte.

Mi padre abrió la boca.

—¿Mis padres sabían todo esto?

—No todo —dijo mi abuela—. Sabían que había una persona que quería ayudar a Marisa sin que ella conociera su identidad. Y aceptaron colaborar.

Mi padre se dejó caer contra el respaldo.

—Me voy a tener que tomar otro café.

Una de mis hermanas levantó la mano como si estuviera en clase.

—Yo también.

Otra la miró.

—Yo necesito algo más fuerte.

A pesar de todo, nos reímos.

Poco.

Pero nos reímos. Miré la carpeta cerrada.

Ahora conocíamos su versión. La de dos recién casados que habían aceptado criar a la hija de una amiga.

La de un matrimonio que después quiso tener más hijos y no pudo.

La de unos abuelos paternos que habían ayudado a esconder el origen de una casa.

La de una mujer rica que había permanecido detrás de nuestra familia sin dejarse ver. Puse la mano encima de la carpeta.

—Vale.

Todos me miraron.

—Ahora os voy a contar lo que me contó Amalia.

Mi madre volvió a sentarse. Y esta vez fue ella quien me cogió la mano.

—Cuéntamelo todo.

Mi madre apretó mi mano.

—Cuéntame qué te dijo Amalia. Todo, hija. Quiero saber su versión.

Miré a mi abuela. Después a mi abuelo.

—Hay cosas que coinciden con lo que acabáis de contar y otras que yo no sabía hasta hace unos días. Pero antes tengo que deciros algo que va a sonar... complicado.

Mi padre soltó una risa sin humor.

—¿Más complicado que descubrir que mi suegra no es mi suegra y que la casa la pagó una señora muerta?

—Sí.

—Estupendo.

—Amalia me lo contó ella.

Mi madre frunció el ceño.

—¿Cómo que te lo contó ella?

—Ella.

—Pero has dicho que había muerto.

—Sí.

Mi hermana dejó lentamente la taza sobre el plato.

—Lourdes, no me jodas.

—No os estoy jodiendo.

—¿Estás diciendo que hablaste con una muerta?

—Varias veces.

Mi padre se pasó una mano por la cara.

—Voy a por ese café.

—Siéntate, papá.

—Necesito cafeína para esto.

Mi abuela, en cambio, no se rio.

—¿La viste?

La miré.

—Sí.

—¿Cómo estaba?

Aquella pregunta me sorprendió más que todas las demás.

—Mayor. El pelo blanco. Vestida de oscuro. Y con bastante mala leche.

Mi abuelo soltó una carcajada. Mi abuela también sonrió entre lágrimas.

—Entonces era Amalia.

Aquello relajó la mesa durante unos segundos.

—La primera vez no sabía quién era —continué—. Pensé que había alguien dentro de la casa. Después pensé que me estaba volviendo loca. Y luego Lola también la oyó.

—Menos mal —dijo una de mis hermanas—. Porque iba a proponerte un médico.

—Gracias por el apoyo.

Mi madre no tenía ninguna gana de bromas.

—¿Qué te dijo de mí?

Ahí estaba lo importante.

Respiré.

—Que nunca dejó de quererte.

Mi madre bajó los ojos.

—Dijo que entregarte fue la decisión más difícil de su vida. Que no lo hizo porque no te quisiera, sino porque estaba convencida de que contigo, con ellos —miré a mis abuelos—, tendrías una vida que ella en aquel momento no podía darte sin enfrentarse a todo su mundo.

Mi abuela asintió muy despacio.

—Eso es verdad.

—También dijo que hubo una condición.

Mi madre levantó la mirada.

—¿Cuál?

—Que tú no supieras quién era ella mientras estuviera viva.

Mi madre se quedó callada.

—¿Por qué?

—Porque pensaba que aparecer después de tantos años solo serviría para hacerte daño. Y porque tenía miedo de quitarles algo a ellos.

Señalé a mis abuelos.

—No quería aparecer un día diciendo «soy tu madre» después de que otra mujer hubiera hecho todo el trabajo de serlo.

Mi abuela empezó a llorar otra vez.

—Eso me lo dijo —susurró—. Muchas veces.

Mi madre la miró.

—¿Seguíais hablando?

—Sí.

—¿Todos estos años?

—Sí.

Aquello le dolió. Se le notó.

—Todos sabíais cosas sobre mí menos yo.

—Mamá...

—Déjala —dijo mi abuela—. Tiene derecho.

Mi madre respiró profundamente.

—Sigue.

—Amalia sabía de ti. Sabía dónde vivías, cómo estabas, que habías formado una familia. Sabía que tuviste cuatro hijas.

Mis hermanas se miraron.

—¿Sabía de nosotras? —preguntó una.

—De todas.

—¿Nos conoció?

Miré a mi abuela antes de responder.

—A mí me vio cuando era un bebé. Y después me vio más veces, aunque yo no sabía quién era.

Mi madre abrió mucho los ojos.

—¿Cuándo?

—Eso todavía tengo que reconstruirlo. Pero estuvo cerca. Mucho más de lo que imaginábamos.

Mi abuelo asintió.

—Venía alguna vez.

Lo miré.

—¿A Cartagena?

—Sí.

—¿Y nunca entró en esta casa?

Mi abuelo negó con la cabeza.

—No mientras vosotros estuvierais.

Aquello me produjo escalofríos.

—Amalia también supo cuando terminé la universidad y me fui a Marbella. Sabía que había empezado a trabajar en inmobiliaria.

—¿Cómo? —preguntó mi padre.

—Porque preguntaba por nosotros.

Miré a mi abuela.

—Y supongo que alguien le contestaba.

Mi abuela no intentó negarlo.

—Yo.

—También conocía al dueño de la primera inmobiliaria donde trabajé —continué—. Le pidió una cosa: que me entrevistara.

Mi padre frunció el ceño.

—¿Te consiguió el trabajo?

—No. Y eso me lo dejó muy claro. Solo consiguió que mi currículum no acabara debajo de otros cien. Me entrevistaron y después me contrataron porque les dio la gana. Lo demás lo hice yo.

Eso me importaba.

Mucho.

—Dijo que quería ayudarte sin fabricarte la vida —dijo mi abuela.

La miré.

—Exactamente.

Mi madre seguía esperando.

—¿Y Erik?

Se hizo otro silencio.

—Amalia nunca se casó.

Mi abuela bajó la mirada.

—Eso también es verdad.

—Porque siguió enamorada de él.

Mi madre tragó saliva.

—¿Mi padre?

—Tu padre biológico. Erik. Noruego. Y, por cierto, ahora sé de dónde sale esto.

Me cogí un mechón rojo. Una de mis hermanas sonrió.

—¿Era pelirrojo?

—Pelirrojo no. Era el rey de los pelirrojos.

Mi madre soltó una pequeña carcajada entre lágrimas.

—Yo era pelirroja de pequeña.

—Exactamente igual que él —dijo mi abuela.

Me volví hacia ella.

—¿Tienes fotos?

—Alguna.

—Yo tengo muchas.

Mi madre me miró.

—¿Dónde?

—Arriba.

—¿Aquí?

—Sí. Amalia me dejó una caja. Hay fotografías de Erik, cartas, documentos, direcciones, recortes, un cuaderno... todo lo que conservó de él.

Mi madre empezó a levantarse.

—Quiero verla.

Le sujeté la mano.

—La veremos. Pero déjame terminar primero.

Volvió a sentarse.

—Erik murió hace muchos años. Amalia guardó todo lo relacionado con él. No quiso contarme toda su historia porque dijo que esa parte debía descubrirla yo leyendo lo que había dejado.

—¿Tengo familia en Noruega? —preguntó mi madre.

—Eso mismo le pregunté.

—¿Y?

—Me dijo que tendría que averiguarlo.

Mis hermanas se miraron.

—¿Tenemos familia noruega?

—Puede.

—Esto mejora por minutos —murmuró una.

—O empeora —dijo otra.

—Depende de cómo sean.