Capítulo 3 #3
La comida se alargó como se alargaban siempre las comidas en casa de mis padres.
Las migas habían desaparecido casi por completo, también las patatas, las uvas y buena parte del melón, y todavía quedaban platos con tomate en mitad de la mesa porque en mi familia nadie recogía del todo mientras existiera la posibilidad de seguir picando.
Mi padre apareció con los dulces que había comprado aquella mañana y los dejó en el centro.
—Ahora nadie quiere, pero como los guarde os los coméis esta noche.
Naturalmente, todos queríamos. Mi madre puso café.
Mi abuela dijo que ella solo quería medio y terminó con una taza entera.
Mis hermanas empezaron a repartirse los dulces como si hubiera que dejar establecida una frontera internacional y mi abuelo protestó porque alguien había cogido el que él estaba mirando.
Yo apenas participaba. Llevaba toda la comida esperando aquel momento.
Había disfrutado. Había comido, me había reído y había escuchado las mismas historias que llevaba escuchando media vida.
Incluso durante un rato conseguí olvidarme de la carpeta.
Pero la carpeta seguía arriba. Y yo sabía que, en cuanto la bajara, aquella comida dejaría de ser una comida cualquiera. Cuando terminaron los cafés, una de mis hermanas apartó la silla.
—Bueno, nosotros nos vamos.
Otra empezó a recoger su bolso. Mi abuelo también hizo ademán de levantarse.
—Esperad.
Nadie me hizo demasiado caso.
—Que esperéis un momento.
Mi madre me miró.
—¿Qué pasa?
Me levanté.
—No se va nadie todavía.
Eso sí funcionó. Mi padre dejó la taza sobre el plato.
—¿Por qué?
—Porque tengo que contaros una cosa.
Mi hermana volvió a sentarse despacio.
—¿Qué cosa?
—Una cosa importante.
Hubo un silencio breve y después, como era de esperar, empezaron todos a la vez.
—¿Te has echado novio? —preguntó una.
—¿Qué novio? —dijo otra—. Si tuviera novio ya nos habríamos enterado.
—A lo mejor está embarazada —soltó la tercera.
Casi me atraganté.
—¿Pero qué dices?
Mi madre abrió los ojos.
—¿Estás embarazada?
—¡No!
—Pues dilo antes, hija.
—¿Te vienes a Cartagena? —preguntó mi padre.
—Eso sí sería una noticia —añadió mi abuelo.
—¿Has comprado otra casa? —preguntó una de mis hermanas.
—¿Te casas?
—¡Que no tengo novio!
—Para casarte tampoco hace falta llevar diez años con uno —dijo mi padre.
—¿Podéis callaros treinta segundos?
Se callaron.
Milagro.
Respiré profundamente.
—Esperad aquí.
Subí a mi habitación. Abrí el armario donde había guardado la documentación la noche anterior y saqué la carpeta. La caja de Erik se quedó allí.
Todavía no.
Primero una cosa. Bajé de nuevo. Seguían todos sentados alrededor de la mesa, aunque ahora ya nadie estaba comiendo dulces. Mi abuela fue la primera en mirar la carpeta. Y lo supe. No hizo falta que dijera nada. Su cara cambió.
Muy poco.
Pero cambió.
Mi abuelo la miró a ella antes de mirarme a mí. Aquello me confirmó otra cosa. Él también sabía.
Me senté.
Dejé la carpeta encima de la mesa sin abrirla. Mi madre miró primero la carpeta y después a mí.
—Lourdes, me estás asustando.
—No quiero asustarte.
—Pues lo estás haciendo bastante bien.
Le cogí la mano.
—Mamá, antes de empezar quiero que sepas una cosa. No ha pasado nada malo. Nadie está enfermo. Nadie ha tenido un accidente. Mis hermanas están bien, yo estoy bien y esto no tiene que ver con ningún problema de ahora.
Noté cómo se relajaban varias personas alrededor de la mesa.
—Entonces habla —dijo mi padre.
Miré a mi abuela. Ella seguía mirando la carpeta.
—Antes necesito hacerte una pregunta.
Mi madre siguió mi mirada.
—¿A la abuela?
—Sí.
Mi abuela levantó finalmente los ojos.
—Pregunta.
—¿Conociste a una mujer llamada Amalia Santaclara Valdés?
El silencio fue inmediato. No hubo un «¿quién?». No hubo sorpresa. Mi abuela cerró los ojos. Mi madre retiró lentamente la mano de la mía.
—¿Quién es Amalia?
Mi abuelo se reclinó en la silla y soltó el aire muy despacio. Mi padre miraba de uno a otro sin entender nada. Mis hermanas habían dejado incluso de cuchichear. Yo no aparté los ojos de mi abuela.
—La conociste —dije.
No era una pregunta. Mi abuela abrió los ojos.
—Sí.
Mi madre la miró.
—¿Quién es?
Mi abuela no respondió. Abrí la carpeta.
—Murió hace unas semanas. Tenía ochenta y seis años.
Mi madre frunció el ceño.
—Lo siento, pero sigo sin saber quién es.
Saqué el primer documento. No se lo entregué todavía.
—Yo tampoco sabía quién era hasta hace unos días. Una mañana me llamó un abogado de Marbella. Amalia había dejado instrucciones antes de morir para que L&L se encargara de inventariar y vaciar su casa.
Mi padre negó con la cabeza.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
—Eso pensé yo.
Miré a mi madre.
—Hasta que entré en aquella casa.
Nadie dijo nada.
—Amalia sabía quién era yo. Sabía mi nombre, sabía dónde trabajaba, sabía que tenía L&L con Lola. Incluso preguntó al abogado si yo seguía llevando el pelo rojo.
Mi madre me miró desconcertada.
—¿Por qué iba a saber todo eso una señora que tú no conocías?
—Eso es lo que tuve que averiguar.
Volví a mirar a mi abuela.
—Y creo que tú puedes explicar una parte.
Mi madre giró la cabeza hacia ella.
—Mamá.
Mi abuela tenía las manos juntas encima de la mesa.
—¿Qué está diciendo Lourdes?
Mi abuela miró a mi abuelo. Él asintió muy despacio. Fue un gesto mínimo, pero todos lo vimos. Entonces mi abuela miró a mi madre. Y en su cara apareció algo que nunca le había visto.
Miedo.
No miedo por ella. Miedo a perderla.
—Marisa —dijo.
Mi madre se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Mi abuela alargó una mano hacia ella.
—Hay algo que tu padre y yo tendríamos que haberte contado hace muchos años.
Mi madre no cogió aquella mano.
—¿Qué teníais que contarme?
Miré la carpeta abierta delante de mí.
Ahí estaba.
Habíamos llegado.
Ya no había forma de volver atrás. Mi abuela respiró profundamente.
—Amalia Santaclara era mi mejor amiga.
Mi madre seguía sin comprender.
—¿Y?
Mi abuela tragó saliva.
—Y fue la mujer que te dio a luz.
Nadie se movió. Ni siquiera mis hermanas. Mi madre miró a mi abuela durante varios segundos, como si las palabras hubieran llegado hasta ella pero todavía no hubieran encontrado dónde colocarse.
—¿Qué has dicho?
Mi abuela empezó a llorar.
—Que yo no te parí, hija.
Mi madre palideció. Mi abuelo se levantó de su silla y se colocó detrás de ella, apoyándole una mano en el hombro.
—Pero eres nuestra hija —dijo—. Eso no cambia.
Mi madre lo miró. Después miró a mi abuela. Después me miró a mí.
—¿Tú lo sabías?
—Desde hace unos días.
—¿Y por eso has venido?
—He venido porque tenía que contártelo. Y porque Amalia dejó cosas para ti.
Mi madre bajó la mirada hacia la carpeta.
—¿Para mí?
Asentí.
—Para ti.
La mesa seguía llena de tazas de café, platos con restos de migas, servilletas arrugadas y dulces a medio comer.
La misma mesa de todas nuestras comidas familiares.
Solo que ya nada era exactamente igual que media hora antes.
Y todavía no había sacado ni la mitad de lo que llevaba en aquella carpeta.
Mi madre seguía mirando a mis abuelos como si acabaran de convertirse en dos desconocidos delante de ella. Cerré la carpeta.
—Abuela, abuelo, ¿podéis contarnos vuestra versión primero? Después os contaré yo la versión de Amalia.
Mi abuela se secó las lágrimas con la servilleta. Mi abuelo volvió a sentarse a su lado y le cogió la mano.
—Es una historia muy larga —dijo ella.
—Tenemos todo el día.
Mi padre se levantó, cerró la puerta de la cocina y regresó a la mesa. Nadie parecía tener ya ninguna prisa por marcharse. Mi abuela miró a mi madre.
—Yo conocí a Amalia cuando éramos muy jóvenes. Éramos amigas. Muy amigas. De esas amigas que entonces se llamaban hermanas aunque no tuvieran la misma sangre. Ella venía de una familia con dinero, con apellido y con demasiadas cosas que guardar. Yo tenía una vida mucho más normal.
—¿Y Erik? —pregunté.
Mi abuela me miró sorprendida.
—¿Sabes lo de Erik?
—Sé bastantes cosas. Pero quiero escucharos a vosotros primero.
Asintió.
—Erik era noruego. Amalia estaba enamorada de él de una manera que yo no he vuelto a ver nunca en nadie. Se conocieron siendo muy jóvenes. Él venía y se iba, porque su vida estaba allí y la de ella aquí, pero siempre volvían a encontrarse.
Mi madre seguía callada.
—Amalia se quedó embarazada —continuó mi abuela—. Y aquello, en aquellos años y en su familia, era un desastre. No porque hubiera hecho nada malo, aunque entonces consiguieran hacerte creer que sí. El problema era que estaba soltera. Su familia no iba a permitir un escándalo.
—¿Y Erik? —preguntó una de mis hermanas.
—Quería a Amalia. Y quería a la niña. Pero las cosas se complicaron. Había distancia, familias, decisiones que no dependían solo de ellos... y después ocurrió lo que ocurrió con él.
No pregunté todavía. La caja de Erik seguía arriba y aquella parte prefería contarla después, con lo que Amalia me había dejado. Mi abuela respiró profundamente.
—Yo acababa de casarme con vuestro abuelo.
Todos miramos hacia él. Mi abuelo asintió.
—Llevábamos muy poco tiempo casados.
—Cuando Amalia me dijo que estaba embarazada —continuó mi abuela—, estaba aterrada. No sabía qué hacer. Su familia quería esconderlo todo. Mandarla fuera una temporada, tener a la niña y después...
Se detuvo.
—¿Después qué? —preguntó mi madre.
—Que la niña desapareciera de su vida.
Mi madre bajó la mirada.
—Yo no podía soportarlo —dijo mi abuela—. Conocía a Amalia. Sabía que aquello la iba a destrozar.
—Entonces apareciste tú —dijo mi abuelo mirando a mi madre.
Mi abuela le apretó la mano.
—Lo hablamos. Muchísimo. Durante noches enteras. Y decidimos que, si podíamos hacerlo, te criaríamos nosotros.
Mi madre levantó la cabeza.
—¿Así de fácil?
—No —respondió mi abuelo—. De fácil no tuvo absolutamente nada.
Era la primera vez que intervenía de verdad.