Capítulo 3 #2
¿Lo habían comprado realmente mis abuelos paternos?
¿O había sido Amalia? La idea apareció y ya no pude quitármela de encima.
Quizá mis abuelos paternos sí tenían dinero suficiente.
Quizá hubo una herencia, una inversión, una oportunidad que yo desconocía.
Perfectamente posible. Pero después de aquella semana, «perfectamente posible» ya no me bastaba.
Quería saberlo.
Quería saber cuándo se había comprado aquella casa. Quién figuraba en la primera escritura. Quién había pagado. Y por qué. Entré finalmente y cerré la puerta. Mi madre estaba sacando cosas de una de las bolsas.
—Lourdes, esto es demasiado.
La miré.
Marisa.
Había una cuenta en Suiza a su nombre que ella no sabía que existía.
Había tenido una madre a la que no conocía.
Un padre noruego del que probablemente tampoco sabía nada.
Y ahora yo empezaba a preguntarme si incluso la casa donde había criado a sus cuatro hijas llevaba la mano de Amalia detrás. Mi madre levantó la vista.
—¿Qué me miras?
—Nada.
—Llevas toda la tarde diciendo nada y poniendo una cara muy rara.
—Estoy cansada.
—Pues siéntate.
Eso hice.
Porque acababa de comprender que al día siguiente no llevaba una pregunta para mi abuela. Llevaba unas cuantas. ¿Por qué ella y mi abuelo no habían tenido más hijos después de Marisa?
¿No pudieron?
¿No quisieron?
¿Formaba parte del acuerdo con Amalia? ¿Cuánto dinero había entregado Amalia durante todos aquellos años? ¿Mi madre había recibido ayuda sin saber de dónde procedía? ¿Y el chalet?
Miré alrededor.
El salón de mis padres. Los muebles de siempre. Las fotografías. Las cosas que uno deja de ver porque llevan toda la vida en el mismo sitio. De pronto todo tenía historia. Y quizá también secretos.
Me levanté.
—Mamá.
—¿Qué?
Estuve a punto de preguntárselo. ¿Quién pagó esta casa? Pero me contuve. Ella podía no saberlo. Y si sabía algo, mañana iba a necesitar todas sus respuestas para cosas bastante más importantes.
—Nada. ¿Dónde están las demás?
—Una viene ahora y las otras dos están de camino.
Asentí.
—¿Y los abuelos?
—Mañana vienen temprano. Tu abuela ya ha dicho que, como siga lloviendo, hace migas.
Sonreí.
—Perfecto.
Perfecto no era la palabra. Mañana iba a sentarme a comer con mi familia y, cuando llegara el momento, tendría que abrir una puerta que llevaba más de sesenta años cerrada. Y empezaba a sospechar que detrás no estaba solamente Amalia.
Había dinero.
Casas.
Decisiones.
Favores.
Silencios.
Miré hacia el garaje. Y un chalet de más de un millón de euros que, por primera vez en mi vida, quería saber quién coño había pagado.
Abrí los ojos con un aroma a café como no recordaba.
Café recién hecho, tostadas y algo más que, todavía medio dormida, no conseguía identificar.
Me quedé unos segundos debajo de las sábanas intentando situarme.
Miré el techo, las cortinas y la cómoda de mi antiguo dormitorio, esa que mi madre se negaba a cambiar porque, según ella, «estaba nueva», aunque probablemente sobreviviría a todos nosotros.
Estaba en Cartagena, en casa de mis padres.
Entonces recordé de golpe todo lo ocurrido durante los últimos días: Amalia, Erik, la carpeta, la caja, la cuenta de mi madre y las preguntas que había ido acumulando durante el viaje. Busqué el móvil a tientas en la mesilla y, cuando vi la hora, me incorporé.
—¡Las once!
Había dormido de un tirón. Ni una llamada, ni un mensaje, ni una casa que vender, ni una socia recordándome los impuestos, ni una muerta apareciendo para contarme secretos familiares. Nada. No recordaba la última vez que había dormido tantas horas seguidas.
Me levanté, me recogí el pelo de cualquier manera y salí descalza al pasillo.
Allí el olor era todavía más intenso: café, pan tostado, aceite de oliva y aquel otro aroma que seguía sin identificar.
Bajé las escaleras siguiendo las voces que llegaban desde la cocina.
Mi madre, mi padre, mis hermanas hablando unas encima de otras y, entre todas ellas, una voz que reconocería en cualquier parte: la de mi abuelo.
Entré en la cocina todavía con cara de sueño.
—Buenos días.
—¡Hombre! —dijo mi padre—. La bella durmiente.
—¿Has descansado? —preguntó mi madre.
Miré otra vez el móvil, convencida de que quizá lo había visto mal.
—Son las once. ¿Nadie pensaba despertarme?
Mi madre me miró como si acabara de preguntarle por qué no me había tirado un cubo de agua encima.
—¿Para qué? Estabas durmiendo.
Aquella era una de las diferencias entre Marbella y la casa de mis padres.
En Marbella, si me despertaba a las once, probablemente había perdido tres llamadas, dos correos importantes y algún cliente impaciente.
Allí, si dormía hasta las once, mi madre daba por hecho que era porque lo necesitaba y punto.
Entonces la vi. Mi abuela estaba junto a la encimera, con un delantal puesto como si aquella cocina fuera suya. Me miró y abrió los brazos.
—Ven aquí.
Fui hacia ella y me abrazó. Al hacerlo reconocí por fin el aroma que había percibido desde la habitación. Era ella. Su colonia, su crema, el olor de la cocina pegado a la ropa. El olor de mi abuela. Cerré los ojos mientras la abrazaba y, sin querer, pensé en Amalia.
Dos abuelas.
Una acababa de aparecer en mi vida cuando ya estaba muerta. La otra llevaba allí desde antes de que yo pudiera recordar. No necesitaba que nadie me explicara cuál de las dos había sido mi abuela de verdad durante treinta y cuatro años.
—Déjame que te mire —dijo, separándome un poco—. Estás más delgada.
—Eso es mentira.
—Pues más guapa.
—Eso sí te lo acepto.
Mi abuelo estaba sentado a la mesa con una taza de café delante y puso cara de ofendido.
—A mí ni me saluda.
Me acerqué y le di un beso.
—Porque tú no me has dicho que estoy más guapa.
—Estás igual.
—Pues por eso. Buenos días, abuelo.
—Buenos días, pelirroja.
Me quedé mirándolo.
Pelirroja.
Me lo había llamado cientos de veces. Miles, probablemente.
Nunca había tenido ninguna importancia. Mi pelo natural no era del rojo que llevaba ahora, porque ahora me lo teñía, pero de pequeña siempre había tenido aquellos tonos cobrizos que destacaban entre mis hermanas.
Ahora conocía a Erik. O, al menos, conocía su cara.
Un noruego enorme y pelirrojo hasta en las cejas que había resultado ser mi abuelo biológico.
Mi abuela se acercó y me tocó un mechón.
—Llevas el pelo hecho un desastre.
—Acabo de levantarme.
—Ya.
Ese «ya» contenía una crítica completa a mi concepto del arreglo personal.
Y entonces me acordé de los totos que me hacía cuando era pequeña.
Me sentaba delante de ella, me dividía el pelo, me lo recogía bien tirante y después se mojaba las manos para repeinarme hasta que no quedaba un pelo fuera de su sitio.
—No se te ocurra echarme agua.
Mi abuela soltó una carcajada.
—Bien que te hacía falta.
—Me dejabas el pelo pegado al cráneo.
—Porque no había manera de dominarte esos pelos.
Sonreí, pero la pregunta me salió casi sola.
—¿Siempre tuve este color?
—¿Qué color?
—El pelo. De pequeña.
Mi abuela tardó una fracción de segundo en contestar. Quizá nadie más lo habría notado.
Yo sí.
Me ganaba la vida observando a personas que intentaban ocultar cuánto les gustaba una casa, cuánto estaban dispuestas a pagar por ella o hasta dónde podían negociar. Un segundo de silencio podía valer cientos de miles de euros.
—Tenías reflejos cobrizos —dijo—. Siempre los has tenido. Ahora te lo tiñes mucho más rojo.
Asentí mientras la miraba. Mi madre puso una taza de café delante de mí.
—Tómate el café y deja de interrogar a tu abuela nada más levantarte.
Cogí la taza.
—Todavía no he empezado a interrogar a nadie.
Mi abuela me sostuvo la mirada. Aquello también lo vi. Ella sabía que pasaba algo. No podía saber cuánto sabía yo, pero me conocía demasiado bien para no darse cuenta de que aquellas preguntas no habían salido de la nada. Decidí cambiar de tema.
—¿Qué hay para desayunar?
—Tostadas —contestó mi madre.
Inspiré profundamente.
—No. Hay algo más. Lo estoy oliendo desde arriba.
Mi abuelo empezó a reírse.
—Te ha pillado.
Miré a mi abuela.
—¿Qué estás haciendo?
—Las migas.
Me volví hacia la ventana. Llovía. No demasiado, pero lo suficiente.
Sonreí.
—Lo sabía.
—Son para comer —dijo mi abuela—. He traído también las patatas.
—¿En rodajas?
Me miró como si acabara de hacerle la pregunta más absurda del mundo.
—¿Cómo las voy a hacer?
Ahí estaba todo lo que necesitaba aquella mañana. Café recién hecho, tostadas, lluvia en Cartagena y mi abuela preparando migas con patatas en rodajas porque así nos habían gustado siempre a sus cuatro nietas. Me senté a la mesa y bebí el primer sorbo de café. Tenía preguntas. Muchas.
Quería saber por qué, después de criar a Marisa, mis abuelos no habían tenido más hijos.
Si no habían podido, si no habían querido o si aquello había formado parte del acuerdo con Amalia.
Quería saber cuánto dinero había puesto Amalia en la vida de mi madre sin que ella lo supiera.
Quería saber si mis abuelos habían recibido dinero durante todos aquellos años y, desde la noche anterior, quería saber también quién había pagado realmente el chalet en el que estábamos sentados.
Y quería saber cuánto conocía mi abuelo.
Miré a los dos. Llevaban toda mi vida delante de mí y, por primera vez, tenía la sensación de que no conocía una parte enorme de la suya.
Pero no iba a empezar todavía. Primero café.
Después tostadas. Luego las migas, mis padres, mis hermanas y la comida de siempre.
Y cuando llegara el momento, sacaría la carpeta.
Después empezaría a preguntar. Y sospechaba que aquella vez mi abuela iba a tener que contarme muchas cosas.