Capítulo 3
La mujer que había aceptado criar como suya a la hija de su mejor amiga y había guardado el secreto durante toda una vida.
Tenía q preguntarle por qué ellos no habían tenido mas hijos.
No sabía cómo iba a mirarla al día siguiente sabiendo lo que sabía.
Tampoco sabía cuánto conocía mi abuelo de aquella historia.
Amalia había dicho que había participado en todo desde el principio, pero una cosa era leerlo en una carta y otra sentarme delante de él.
Habían fingido un embarazo. Habían criado a Marisa.
Y no habían tenido mas hijos, por qué, no podían, no querían, iba en el trato.
Habían guardado el secreto durante décadas.
Y después nos habían criado un poco a nosotras cuatro.
Eso no cabía en ninguna cuenta bancaria suiza.
Miré la hora. Ya faltaba menos. El cielo se había ido poniendo cada vez más gris y, en algunos tramos, empezaron a caer gotas contra el parabrisas.
Sonreí.
—Migas.
Aquello sí era una certeza. Podía no comprarme el Lamborghini.
Santaclara podía no venderse por dieciocho millones.
El padre de los diez hijos podía encontrar otra casa.
Hasta la compradora de Ranas podía complicarme la operación antes de firmar.
Pero si llovía en Cartagena y mi abuela estaba en casa, al día siguiente habría migas con patatas.
Con uva.
Con melón.
Con ensalada de tomate. Y estaríamos todos.
Mis padres.
Mis tres hermanas.
Mis abuelos.
Y yo.
Una comida familiar.
Solo nosotros.
Después vendría la carpeta.
Después Amalia.
Después Erik.
Después la cuenta suiza. Pero primero quería llegar, repartir los regalos, escuchar a mi madre decirme que gastaba demasiado, discutir con mis hermanas por cualquier tontería y abrazar a mis abuelos.
Apreté un poco más las manos sobre el volante.
El Lamborghini podía esperar. L Cuando por fin llegué a Cartagena ya estaba cansada de conducir, de hacer cuentas y, sobre todo, de pensar.
Doblé la última esquina y apareció el chalet de mis padres.
Casa.
Podía vivir en Marbella, vender mansiones de ocho millones, entrar en propiedades con habitaciones secretas y plantearme seriamente comprar un Lamborghini amarillo, pero aquella seguía siendo la casa a la que llegaba y pitaba para que me abrieran la puerta del garaje desde dentro.
Pité.
Una vez.
Esperé.
Nada.
Volví a pitar.
—Vamos, que soy yo.
Como si pudieran oírme desde el coche. La puerta empezó a abrirse.
—Hombre.
Entré despacio y esperé a que se cerrara detrás de mí.
Había sitio de sobra, pero mi padre tenía la costumbre de colocar cosas exactamente donde más molestaban.
Una bicicleta, unas cajas, herramientas, cualquier objeto que llevara seis meses sin utilizar y que, según él, necesitaba tener a mano.
Aparqué el Volvo. Apagué el motor y me quedé unos segundos sentada.
Había llegado.
Miré por el retrovisor. En el maletero llevaba regalos, bolsas, ropa para el fin de semana y dos cosas que nadie dentro de aquella casa sabía que existían. La documentación de la cuenta de mi madre. Y la caja de Erik. No las iba a sacar todavía.
Ni hablar.
Primero quería entrar en casa como siempre. Abrí la puerta del coche y en ese momento se abrió también la que comunicaba el garaje con el interior.
—¡Ya está aquí!
Una de mis hermanas.
—No grites, que no estoy sorda.
—¡Mamá, Lourdes ya ha llegado!
—¡Ya la he oído pitar!
La voz de mi madre llegó desde dentro.
Sonreí.
Exactamente igual que siempre. Mi hermana bajó los escalones y vino directa hacia mí. Me dio un abrazo. Después miró el coche. Después me miró a mí. Después volvió a mirar el coche.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Qué coño miras?
—El maletero.
—Ni hola ni cómo estás. El maletero.
—Ya te he abrazado.
—Qué detalle.
—¿Has traído algo?
—No.
—Mentira.
—Pues entonces no preguntes.
Ya estaba intentando mirar por las ventanillas.
—Aparta.
—Abre.
—Que te apartes.
—Lourdes.
—Pareces una niña de ocho años.
—Abre el maletero.
—Como sigas dando por culo, tu regalo vuelve conmigo a Marbella.
Se apartó inmediatamente.
—Te quiero muchísimo.
—Ahora sí.
Mi madre apareció por la puerta. Y entonces se acabaron las tonterías.
—Mi niña.
No importaba que tuviera treinta y cuatro años. Para mi madre seguía siendo su niña. Subió los escalones del garaje y me abrazó. La apreté fuerte.
Quizá demasiado.
—Bueno, bueno —dijo—. ¿Qué te pasa?
—Nada.
Me separé antes de que pudiera mirarme demasiado.
—Estoy cansada. Llevo toda la tarde conduciendo.
—¿Has comido?
Ahí estaba.
Sonreí.
—Sí, mamá.
—¿Qué has comido?
—Comida.
—Lourdes.
—He comido.
Me examinó la cara como si pudiera detectar una bajada de azúcar mirándome las pestañas. Y entonces apareció mi padre.
—¿Quién está pitando como una loca?
—Tu hija.
—Tengo cuatro.
—La cara.
Mi padre me vio y sonrió.
—Hombre, la millonaria.
—Todavía no.
—Tu madre dice que vendes casas que cuestan más que edificios enteros.
—Tu mujer exagera.
Mi madre me dio un golpe en el brazo.
—Tu madre no exagera.
—Ocho millones esta mañana.
Mi padre dejó de sonreír durante un segundo.
—¿Ocho millones de euros?
—No, de pesetas. Claro que de euros.
—¿Y la has vendido?
—Sí.
Mi madre abrió los ojos.
—¿Ocho millones?
—Ocho.
—Jesús.
—Y ahora tiene que comprarse otra.
Mi padre me miró.
—¿La misma mujer?
—No. El dueño. Tiene diez hijos y la casa se le ha quedado pequeña.
Los tres se quedaron mirándome.
—¿Una casa de ocho millones se le ha quedado pequeña? —preguntó mi hermana.
—Tiene diez hijos.
—Que se compre preservativos —dijo mi padre.
Solté una carcajada.
—Papá.
—Sale más barato.
Mi madre negó con la cabeza.
—No tienes arreglo.
—Yo no tengo diez hijos.
—Gracias a Dios —dijo ella.
Ahí estaba mi familia.
Cinco minutos.
Solo había necesitado cinco minutos. Abrí el maletero.
—Bueno, venga. Ayudadme.
Mi hermana fue la primera en meter la cabeza.
—¡Lo sabía!
—Quita las manos.
—¿Cuál es el mío?
—Como vuelvas a preguntar, ninguno.
Empezamos a sacar bolsas. Mi madre protestó inmediatamente.
—Lourdes, te dije que no trajeras nada.
—Y yo llevo treinta y cuatro años sin hacerte caso.
—Te gastas el dinero tontamente.
—Esta mañana he ganado una comisión de trescientos veinte mil euros. Déjame comprarte un regalo.
Silencio.
Me giré.
Los tres me estaban mirando.
—¿Qué?
Mi padre fue el primero.
—¿Trescientos veinte mil euros?
—La empresa. No yo. Antes de que empecéis. L&L factura el cuatro por ciento.
Mi madre me miró de arriba abajo.
—Pareces hija de billonarios.
Me quedé inmóvil. Solo un segundo. Pero lo suficiente.
Aquella frase.
Otra vez.
Mi madre no podía saberlo. Nadie allí podía saberlo. Bajé la mirada hacia el maletero. Al fondo, debajo de mi bolsa de viaje, estaban la carpeta y la caja.
Amalia.
Erik.
Marisa.
La cuenta en Suiza.
Todo.
Cerré el maletero antes de que nadie pudiera acercarse más.
—Mañana hablamos de mis millonadas —dije—. Ahora quiero entrar en casa.
Mi madre cogió una de las bolsas.
—¿Y esta?
—Tuya.
—Lourdes, no tenías que traerme nada.
—Hace treinta segundos estabas protestando porque me gasto el dinero. Abre la bolsa y disfruta.
Mi hermana ya había cogido otra.
—¿Esta es la mía?
—¡Que dejes las bolsas!
Entramos discutiendo.
Mi padre cerraba la marcha cargado con mi maleta mientras protestaba porque yo viajaba para dos días como si fuera a quedarme un mes. Y yo iba detrás de mi madre.
Mirándola.
Mi madre.
Marisa.
La hija de Amalia. La hija de un noruego pelirrojo llamado Erik. Ella no sabía nada.
Todavía.
—¿Qué haces ahí parada? —me preguntó al darse cuenta de que no la seguía.
—Nada.
—Pues entra.
Entré.
Mañana.
Mañana se lo contaría. Esta noche quería seguir siendo simplemente la hija que acababa de llegar a casa.
Entré en casa detrás de todos, pero antes de cerrar la puerta del garaje me volví.
Miré el chalet. Y no sé por qué lo hice.
Había entrado y salido de aquella casa miles de veces.
Había vivido allí. Había celebrado cumpleaños, Navidades, discusiones, reconciliaciones y domingos interminables.
Para mí nunca había sido una propiedad. Era mi casa. La casa de mis padres.
Pero aquella tarde la miré como miraba las casas de los demás. Con ojos de vendedora. Y me quedé quieta.
—¿Qué haces? —preguntó mi padre desde dentro.
—Nada. Ahora voy.
Esperé a que desapareciera. Volví a mirar.
Buena zona de Cartagena. Cerca de El Corte Inglés.
Parcela. Chalet independiente. Garaje grande.
Metros de sobra. Una construcción que, bien actualizada y puesta en mercado como yo sabía hacerlo, tenía un valor considerable.
Saqué el móvil por puro reflejo. No necesitaba hacer una tasación allí mismo.
Conocía suficientemente bien el sector como para saber que aquello no era una casa cualquiera. Más de un millón.
Seguramente.
Fruncí el ceño. Mis padres no eran pobres.
Nunca lo habían sido. Habíamos vivido bien las cuatro hermanas, habíamos estudiado, viajado, tenido nuestras cosas.
Pero una cosa era vivir bien y otra muy distinta disponer del dinero necesario para comprar un chalet así.
Entonces recordé la explicación de toda la vida.
Se lo habían regalado mis abuelos paternos.
Siempre había sido eso. El chalet se lo regalaron los abuelos a papá y mamá.
Punto.
Nunca había preguntado más. ¿Por qué iba a hacerlo?
Cuando eres pequeña no preguntas cuánto vale la casa donde vives.
Tampoco pides escrituras ni investigas quién pagó la entrada.
Pero ya no tenía diez años. Tenía treinta y cuatro y me dedicaba profesionalmente a saber cuánto valían las casas.
Y acababa de descubrir que una mujer millonaria había vigilado la vida de mi madre desde lejos durante décadas. Volví a mirar el garaje.
—Joder.