L&L Capítulo 2 #8
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Capítulo 2 #8

Por supuesto amarillo. Si iba a cometer una estupidez, no pensaba cometerla en gris. Mi Volvo SUV tenía dos años. Dos. Era cómodo, seguro, prácticamente nuevo y no me había dado un solo problema. No tenía ninguna razón para cambiarlo.

Ninguna.

El Lamborghini, en cambio, tenía un argumento incontestable.

Me encantaba.

Eso era todo. Me imaginé llegando a casa de mis padres con él y escuché la voz de mi madre sin necesidad de tenerla delante. «Lourdes, pareces hija de billonarios.» Me eché a reír sola.

—Mañana te vas a enterar, mamá.

Porque aquella frase iba a adquirir un significado completamente distinto después de la comida.

Miré la carretera. Todavía me quedaban horas para llegar a Cartagena y mi cabeza iba de los ocho millones de Ranas a los dieciocho de Santaclara, de las comisiones al Lamborghini, del Lamborghini a mi madre y de mi madre a la carpeta que llevaba en el maletero.

Después pensé en mis abuelos. En los míos.

En mi abuelo esperándonos a la salida de Franciscanos y comprándonos chuches en el quiosco de Los Juncos. En mi abuela preparando migas cuando llovía y friendo las patatas en rodajas porque así nos gustaban a las cuatro. Y después pensé en los otros.

En Amalia.

Y en Erik. Dos abuelos nuevos a los treinta y cuatro años. Una muerta que había hablado conmigo. Y un noruego pelirrojo al que acababa de conocer en una fotografía. Miré por el retrovisor como si pudiera ver la caja guardada en el maletero.

—Menuda semanita, Erik.

Seguí conduciendo.

El cielo empezaba a cubrirse poco a poco conforme avanzaba hacia Cartagena.

Sonreí.

Como mañana lloviera de verdad, habría migas. Y después de las migas tendría que desmontar más de sesenta años de historia familiar. El Lamborghini podía esperar al lunes. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué tenía que vender el Volvo?

Podía quedármelo.

El Volvo para trabajar, viajar, cargar cosas y comportarme como una persona adulta y responsable. El Lamborghini para pasear.

Solucionado.

En mi garaje cabían por lo menos cinco coches.

No tenía cinco, evidentemente, pero sitio había.

Y si algún día conseguía llenarlo, esperaba tener el suficiente sentido común para no comprarme cinco Lamborghinis amarillos.

Aunque dos tampoco me parecía ninguna barbaridad.

Lo que no quería era uno eléctrico. Ya sabía que eran el futuro, que contaminaban menos, que cada vez tenían más autonomía y todo lo que quisieran explicarme.

Me parecía estupendo para quien los quisiera.

Yo no.

A mí me gustaban los coches de gasolina.

Me gustaba arrancarlos y escucharlos. Me gustaba conducirlos.

Y aunque la gasolina estuviera cara, después de pasarme la mañana calculando comisiones sobre operaciones de ocho y dieciocho millones, no iba a ponerme dramática por llenar un depósito. Volvo y Lamborghini.

Los dos.

Cuanto más lo pensaba, más razonable me parecía.

Eso era lo peligroso de conducir sola durante tantas horas: podía convencerme de cualquier cosa.

Seguí por la autovía con aquella comida de coco durante kilómetros.

Ranas, Santaclara, el cuatro por ciento, los setecientos veinte mil de una posible segunda operación, el amueblamiento, el mantenimiento, el coche amarillo, Amalia, Erik, mi madre, la cuenta suiza...

Mi cabeza parecía una reunión de empresa a la que se había colado un vikingo.

Por suerte, también llevaba cosas mucho más normales en el maletero.

Regalos.

Había comprado algo para mis tres hermanas, para mi madre y para mis abuelos.

Detalles, nada extraordinario. No necesitaba esperar a Navidad ni a un cumpleaños.

En mi familia siempre había sido así: el que venía de fuera traía algo.

Yo vivía lejos y no bajaba a Cartagena tanto como me habría gustado, de modo que cada vez que iba terminaba apareciendo con bolsas.

Mi madre siempre protestaba. «No tenías que traer nada.

» Y acto seguido abría la suya. Mis hermanas eran bastante más sinceras. Ellas preguntaban directamente:

«¿Qué me has traído?»

Mucho mejor.

Pensé en mi padre.

—Mierda.

No le había comprado nada. Bueno, sí. Técnicamente llevaba algo que le gustaba y que había comprado pensando en casa, pero no era un regalo como los demás.

—Como se entere, la tenemos.

Me prometí parar antes de llegar y solucionarlo. No podía presentarme con regalos para todas las mujeres de la familia y dejar a mi padre mirando las bolsas como un invitado.

Seguí conduciendo.

A medida que me acercaba a Cartagena, los millones empezaron a perder importancia.

El Lamborghini también. No del todo. Pero un poco.

Empecé a pensar en la casa, en las voces de mis hermanas hablando todas a la vez, en mi madre preguntándome si había comido durante el viaje aunque supiera perfectamente que iba a llegar a la hora de cenar y en mis abuelos. Sobre todo en ellos.

Mi abuelo.

El de las chuches. El que había ido a recogernos tantas veces al colegio y después al instituto Y mi abuela, los totos que me hacia cuando era pequeña, me repeinaba y echaba agua para que ese pelo no se moviera, no podía quitar esa sonrisa boba de la cara.