Capítulo 2 #7
Abrí la calculadora aunque no hacía falta ser economista. Ocho millones por cuatro por ciento. Trescientos veinte mil euros.
Sonreí.
—Hola, coche.
Naturalmente, aquellos trescientos veinte mil euros no eran míos para meterlos en el bolso y salir corriendo a un concesionario.
Eran facturación de L&L. Había impuestos, gastos y una socia llamada Lola que tenía la desagradable costumbre de recordarme que las empresas necesitaban dinero dentro para seguir siendo empresas.
Pero trescientos veinte mil euros eran trescientos veinte mil euros.
Y yo llevaba varias semanas mirando un coche.
No necesitaba un coche. Ese era el problema.
Mi Volvo SUV tenía dos años, era el último modelo cuando lo compré, estaba impecable y tenía absolutamente todo lo que una persona razonable podía necesitar para desplazarse. Yo no quería ser razonable. Quería aquel otro.
Era llamativo.
Demasiado llamativo.
De esos coches que no sirven para llegar a un sitio discretamente. Llegas y todo el mundo sabe que has llegado. Mi madre, por supuesto, ya me había dado su opinión cuando le enseñé una fotografía. «Pareces hija de billonarios.»
Otra vez.
Me eché hacia atrás en la silla.
—Pues espérate a mañana, mamá.
El teléfono volvió a sonar.
Lola.
—Dime.
—¿Qué ha dicho?
—Ocho.
—¿Ocho qué?
—Millones, Lola. No kilos de patatas.
—¿Ha aceptado?
—Ha aceptado.
Escuché un grito al otro lado. Tuve que apartarme el teléfono de la oreja.
—¡Trescientos veinte mil!
—Ya lo he calculado.
—Ni se te ocurra.
—¿El qué?
—Comprar el coche.
Me quedé callada.
—¿Cómo coño sabes que estaba pensando en el coche?
—Porque te conozco.
—El Volvo tiene dos años.
—Exactamente.
—Podría venderlo.
—Lourdes.
—Solo estoy planteando posibilidades.
—Tienes un coche prácticamente nuevo.
—Pero el otro es precioso.
—No.
—No eres mi madre.
—Soy peor. Soy tu socia.
—Con mi parte hago lo que quiero.
—Después de impuestos.
—Sí.
—Después de gastos.
—Sí.
—Después de reservas.
—Lola.
—Y después de cobrar la operación. Porque de momento lo único que tenemos es una oferta aceptada.
Eso me dolió porque tenía razón.
—Qué desagradable eres cuando utilizas la lógica.
—Por eso me necesitas.
Miré la hora.
—Me voy a Cartagena.
Lola guardó silencio un instante.
—¿Llevas la carpeta?
—Sí.
—¿Y lo de Erik?
—También.
—¿Estás preparada?
Miré hacia el maletín donde había guardado la documentación de Marisa y la caja con las fotografías y cartas de mi abuelo.
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Si hubieras dicho que sí, me preocuparía.
Sonreí.
—El lunes hablamos del coche.
—El lunes te digo que no otra vez.
—Ya veremos.
Colgué, cerré el ordenador y recogí mis cosas.
Había vendido la Mansión de las Ranas por ocho millones de euros.
L&L acababa de generar una comisión de trescientos veinte mil.
Tenía medio encaminado al vendedor hacia una villa de veinte habitaciones que todavía no sabía que había pertenecido a mi abuela biológica.
Y, si todo salía como esperaba, en unas horas estaría en Cartagena.
Viernes.
Por una vez, mis planes parecían estar funcionando. Cogí las llaves del Volvo. Lo miré cuando llegué al aparcamiento.
Dos años.
Impecable.
Cómodo.
Seguro.
Precioso.
—No es culpa tuya —le dije mientras abría la puerta.
Pero aquel otro coche era muchísimo más bonito.
Salí de Marbella bastante más tarde de lo que había previsto, pero salí.
Eso ya era un triunfo. Metí la carpeta de mi madre y la caja de Erik en el maletero, acomodadas de manera que no fueran dando tumbos durante cuatrocientos y pico kilómetros, y puse rumbo a Cartagena. En cuanto entré en la A-7 respiré.
Tenía por delante varias horas de carretera y, por primera vez en toda la semana, nadie podía pedirme que mirara un cuadro, comprobara una referencia, llamara a un abogado o decidiera si una cómoda del siglo XVIII podía viajar envuelta de una manera u otra.
Solo conducir.
Y pensar.
La Mansión de las Ranas estaba vendida. Ocho millones de euros, pelaos y mondaos.
No necesitaba darle más vueltas. En ese mundo la gente sabía lo que quería y, sobre todo, sabía lo que costaba.
Quien iba a comprar una propiedad de ocho millones no necesitaba que yo le explicara durante tres horas por qué una casa valía ocho millones.
La veía, conocía el mercado, hacía sus números y decidía.
Anke quería sol, privacidad y una casa cerca de la playa. Había encontrado las tres cosas.
Y además le gustaban las ranas.
Perfecto.
L&L se llevaba un cuatro por ciento. Trescientos veinte mil euros. Nada mal para un viernes. Pero mi cabeza ya estaba en Santaclara.
Dieciocho millones.
Como mínimo.
Hice la cuenta mentalmente. Cuatro por ciento. Setecientos veinte mil. Sonreí al volante.
—Hola otra vez, coche.
Porque Santaclara no terminaba en la venta.
Si el padre de los diez hijos se quedaba la casa, estaba casi segura de que querría que se la preparáramos.
Una villa de veinte habitaciones y veinte baños, más las zonas de servicio y todo lo demás, no se amueblaba comprando cuatro sofás y una mesa de comedor. Eso era otro trabajo.
Otro presupuesto.
Y otra comisión. Después vendría el mantenimiento.
Jardines.
Piscina.
Limpieza.
Revisiones.
Preparación antes de que llegara la familia en verano y cierre cuando se marcharan.
Leonor entraría ahí de cabeza. Ardillas, peces, gatos, limpieza y todo lo que hiciera falta.
Y nosotras gestionaríamos el conjunto. Así funcionaban de verdad las buenas operaciones.
La venta era estupenda, pero un buen cliente podía seguir siendo cliente muchos años después de firmar ante notario.
Ocho millones de Ranas. Dieciocho, por lo menos, de Santaclara.
Un millón cuarenta mil euros en comisiones de venta entre las dos operaciones.
Antes de impuestos, antes de gastos y antes de que Lola apareciera con una calculadora para destruirme la felicidad. Pero más de un millón seguía siendo más de un millón. Y yo quería aquel Lamborghini.
Amarillo.