Capítulo 2 #6
Sol para aburrirse, para quemarse, para comprarse siete sombreros y acabar utilizando siempre el mismo.
Sol para desayunar fuera, comer fuera y descubrir en agosto que hay horas del día en las que ningún ser humano sensato debería sentarse voluntariamente debajo de él.
Mi clienta quería sol. Yo tenía ocho millones de euros de sol con una casa alrededor.
Si todo salía bien, por la tarde cogería el coche y me iría a Cartagena.
Esos eran mis planes. A ver si conseguía cumplirlos.
Con mi trabajo había aprendido que hacer planes era una actividad optimista.
Una visita que debía durar cuarenta minutos podía convertirse en tres horas.
Un cliente podía enamorarse de una casa en diez minutos y después tardar seis meses en decidir si quería comprarla.
Otro podía hacerte recorrer una propiedad durante una mañana entera para terminar confesando que todavía no había vendido la suya y que, en realidad, no tenía el dinero.
Me levanté, me duché y dejé el pelo suelto. Hoy vendía una casa. Ese era mi código.
Pelo suelto, Lourdes inmobiliaria. Pelo recogido, tripas de ricos.
Elegí ropa cómoda pero suficientemente buena para una propiedad de ocho millones.
Con el tiempo había aprendido otra cosa: no hacía falta disfrazarse de rica para vender casas a los ricos.
Había que conocer el producto, responder a las preguntas y, sobre todo, no comportarse como si el cliente estuviera haciéndote un favor por tener dinero.
Antes de salir comprobé el móvil. Un mensaje de Lola.
«¿Hoy Ranas?»
Contesté:
«Hoy Ranas. Esta tarde Cartagena.» Su respuesta llegó inmediatamente.
«Migas.»
Sonreí.
«Mañana. Han anunciado lluvia.»
Tres puntos.
«Entonces vas a contarle lo de Amalia con migas.»
«Después.»
«Cobarde.»
«Prudente.»
«Cobarde.»
Guardé el teléfono. A las ocho y media ya estaba en la propiedad.
La Mansión de las Ranas era una de esas casas que mejoraban cuando dejabas de intentar describirlas.
Cerca de la playa, rodeada de vegetación y con suficiente intimidad para que sus propietarios pudieran olvidarse de que existía el resto del mundo, tenía grandes terrazas, piscina, zonas de sombra y un estanque que había terminado bautizando la finca para mí. Me acerqué a él.
Silencio.
—No me falléis hoy.
Nada.
—Ocho millones, chicas. Poned de vuestra parte.
Una rana respondió desde algún lugar.
Croac.
—Gracias.
Hice el recorrido que haría después con la clienta. Comprobé luces, persianas, temperatura, terrazas y habitaciones. Abrí lo necesario para que entrara luz y cerré lo que podía convertir el interior en un horno antes de mediodía. El propietario había dejado la casa impecable.
Normal.
Quería vender.
Diez hijos habían conseguido que una mansión de ocho millones se le quedara pequeña y ahora buscaba una propiedad donde pasar los dos meses de verano sin tener que organizar turnos para encontrar intimidad. Y yo tenía la solución.
Santaclara.
Veinte habitaciones.
Veinte baños.
Dependencias de servicio.
Espacio exterior.
Privacidad.
Carácter.
Y, después del trabajo de Leonor, estaría lista para salir al mercado. Si vendía Ranas y conseguía colocar Santaclara al propietario, podía encadenar dos operaciones extraordinarias. Pero primero necesitaba vender una. A las diez y cuarto recibí el mensaje.
«Estamos llegando.»
La señora venía acompañada por su marido y por un asesor que hablaba español.
Ella también se defendía bastante bien, según me había dicho por teléfono, aunque prefería hablar en inglés cuando se trataba de cuestiones importantes.
Me situé frente a la entrada. Unos minutos después apareció el coche.
Respiré.
Ocho millones.
Sol.
Playa.
Privacidad.
Y ranas.
Podía trabajar con eso. El vehículo se detuvo y bajó primero el asesor. Después salió el marido y, finalmente, ella. Alta, rubia, delgada, probablemente alrededor de los cincuenta. Antes de saludarme levantó la cara hacia el cielo y cerró los ojos durante un instante. El sol le daba directamente.
Sonrió.
Muy buena señal.
—Lourdes Marín.
Nos estrechamos la mano.
—Anke van Dijk.
Volvió a mirar el cielo.
—Esto es exactamente lo que quiero.
Todavía no había visto la casa. Me gustaba aquella mujer.
—Entonces ha venido al lugar correcto.
Su marido se rio.
—En Países Bajos llevamos tres semanas viendo llover.
—Aquí llegará un momento en que echarán de menos una nube.
Anke negó con la cabeza.
—Imposible.
—Hablamos en agosto.
Entramos.
No empecé con metros cuadrados, materiales ni una lista de características.
Todo eso lo tenía en la documentación y podía consultarlo cuando quisiera.
Primero dejé que la casa hiciera su trabajo.
La llevé al salón, abrí completamente la salida a la terraza y permití que viera el jardín, la piscina y, al fondo, aquella luminosidad que había venido buscando desde Países Bajos.
Anke salió directamente al exterior. Su marido la siguió. Yo me quedé unos pasos detrás.
Nunca había entendido a los agentes que perseguían al comprador por una casa explicándole cada interruptor. Cuando alguien contempla una propiedad de ocho millones, hay momentos en los que conviene cerrar la boca.
—¿Cuánto hay hasta la playa? —preguntó ella.
Se lo expliqué.
Asintió.
—¿Privacidad en verano?
—Esa es una de las mejores características de la propiedad.
Miró hacia los límites de la parcela.
—No quiero vecinos mirando.
—No los tendrá.
Seguimos.
Cocina, dormitorios, baños, terrazas, zonas exteriores. Preguntaron por mantenimiento, seguridad, climatización y posibilidades de actualización. Buenas preguntas. Preguntas de comprador. No de turista inmobiliario. Llegamos al jardín. Y entonces ocurrió.
Croac.
Anke se detuvo. Su marido también.
Croac.
Otro respondió desde el estanque.
Croac.
Anke me miró.
—¿Frogs?
—Sí.
Se acercó al estanque encantada.
—I love frogs.
Tuve que contenerme. De todas las personas que podían comprar la Mansión de las Ranas había aparecido una holandesa que amaba las ranas. A veces el universo también trabajaba en inmobiliaria.
—Tengo que confesarle una cosa —dije.
—¿Qué?
—Yo llamo a esta propiedad la Mansión de las Ranas.
Anke soltó una carcajada.
—Then it is my house.
No dije nada.
Todavía.
Pero por dentro acababa de escuchar el sonido más bonito del mundo inmobiliario. No era croac.
Era comisión.
La visita continuó durante casi dos horas. Cuando regresamos a la entrada, Anke se volvió una última vez hacia la casa.
—Quiero que mi abogado revise la documentación.
Asentí.
—Se la envío hoy mismo.
—Y quiero saber cuánto margen tiene el propietario.
Ahí estaba.
—Puedo trasladarle una oferta.
Anke miró a su marido. Él asintió. Me dio una cifra. No eran ocho millones. Pero tampoco era una de esas ofertas que daban ganas de acompañar personalmente al comprador hasta la puerta.
La anoté.
—Hablaré con el propietario.
Nos despedimos.
Esperé hasta que el coche desapareció antes de sacar el teléfono.
Llamé al dueño. Si conseguía acercar aquellas dos cifras, la Mansión de las Ranas podía estar vendida antes de lo que esperaba.
Y entonces tendría que decirle algo más.
Que quizá ya había encontrado la casa que necesitaba para sus diez hijos.
Pero eso sería después. Miré la hora. Todavía tenía que negociar una operación de ocho millones, enviar documentación, pasar por la oficina, hablar con Lola y conseguir salir hacia Cartagena a una hora decente.
Mi madre me esperaba. Mi padre me esperaba.
Mis tres hermanas me esperaban. Mis abuelos me esperaban.
Y en el maletero del coche tenía que llevar una carpeta que podía cambiar la historia de toda mi familia.
Mis planes eran sencillos. Terminar de vender una mansión.
Coger la autovía. Llegar a Cartagena. Comer migas al día siguiente.
Y contarle a mi madre que la mujer que creyó su madre durante toda su vida no la había parido. Miré el teléfono.
Viernes.
Ni siquiera era mediodía.
—Me va a dar tiempo —me dije.
El móvil empezó a sonar. Cerré los ojos.
—Claro que sí.
Mandé toda la documentación al abogado de Anke y, en cuanto tuve confirmación de que la había recibido, llamé al propietario. No me apetecía pasarme el resto del día negociando cien mil arriba, cien mil abajo. Quería cerrar Ranas, coger el coche y largarme a Cartagena.
—Tengo una oferta.
—¿Cuánto?
—Ocho millones.
Hubo un silencio.
—Pide ocho.
—Ya lo sé.
—Entonces no es una oferta.
—Es una oferta de ocho millones por una casa que quieres vender porque se te ha quedado pequeña. Sin marearte, sin visitas durante los próximos tres meses y con una compradora que ya ha puesto a trabajar a su abogado.
No contestó.
Necesitaba un poco de miel.
—Además, creo que tengo tu próxima casa.
Eso funcionó.
—¿La de veinte habitaciones?
—Esa.
—Me dijiste que todavía no estaba disponible.
—Y no lo está. Todavía.
—Entonces no la tienes.
—Sé que va a salir al mercado y sé que necesitas algo exactamente así. Veinte habitaciones, veinte baños, zona de servicio, parcela, privacidad y espacio suficiente para que tus diez hijos puedan estar dos meses de vacaciones sin que tú acabes durmiendo en el garaje.
Se rio.
—¿Precio?
—Todavía no.
—Lourdes.
—No voy a inventarme una cifra para contentarte. Estamos terminando de preparar la propiedad y cerrando valoración. En cuanto pueda enseñártela, serás de los primeros en saberlo.
—¿Dónde está?
—Eso también te lo diré cuando pueda.
—Me estás vendiendo una casa que no puedo ver, de la que no sé el precio y que no sé dónde está.
—No. Te estoy dando un motivo para aceptar ocho millones pelaos y mondaos por la que quieres quitarte de encima.
Se echó a reír.
—Eres tremenda.
—¿Aceptas?
Otro silencio.
—Acepto.
Me apoyé en la silla.
—Perfecto.
—Pero quiero ser el primero en ver la otra.
—De los primeros.
—El primero.
—No abuses de la miel.
Volvió a reírse.
—De acuerdo. Ocho millones.
Colgué.
Me quedé mirando el teléfono.
Ocho millones.