L&L Capítulo 2 #5
9%

Capítulo 2 #5

Debajo de las fotografías había cartas. Muchas.

Algunas estaban escritas en español y otras en un idioma que supuse que sería noruego.

Había documentos, direcciones, recortes de prensa y varios sobres atados con una cinta que debía de haber sido azul alguna vez. También encontré un pequeño cuaderno.

—Ahí está todo —dijo Amalia—. Cómo nos conocimos, quién era, dónde vivía, quiénes eran sus padres. Guardé sus cartas. También conservé la documentación que pude conseguir después de su muerte.

Pasé la mano por encima de los sobres.

—¿Tengo familia allí?

—Eso tendrás que averiguarlo.

La miré.

—¿No lo sabes?

—Sé algunas cosas. Pero han pasado muchos años, Lourdes. No quiero darte por cierta una información que puede haber cambiado.

Aquello me gustó. Incluso muerta seguía siendo meticulosa.

—¿Y aquí está la dirección?

—La última que tuve. Y los nombres.

—¿Nombres de quién?

—De su familia.

Estuve a punto de seguir preguntando, pero entonces la vi. Amalia parecía más lejana. No transparente. No había empezado a desvanecerse como en las películas. Simplemente daba la impresión de no pertenecer ya a aquella habitación.

—Te vas.

No fue una pregunta.

—Sí.

Dejé la fotografía de Erik sobre la caja.

—Espera.

Amalia me miró. De pronto tenía tantas cosas que preguntarle que no conseguía elegir ninguna.

Quería saber si mi madre se parecía a ella.

Quería saber cuántas veces había venido a Cartagena.

Quería saber si había estado en alguna de mis graduaciones, si había conocido a mis hermanas, si alguna vez había hablado conmigo sin que yo supiera quién era.

Quería preguntarle por Erik, por Marbella, por mi abuela, por el dinero, por todos aquellos años durante los que había estado cerca sin estar.

—No puedes soltarme todo esto y largarte.

—Eso parece que he hecho.

—Amalia.

Sonrió.

—Lourdes.

—No tiene gracia.

—Un poco sí.

Noté que se me cerraba la garganta y aquello me enfadó todavía más.

—¿Voy a volver a verte?

Esta vez no hizo ninguna broma.

—No.

La respuesta fue tan sencilla que dolió.

—¿Nunca?

Negó con la cabeza.

—Ya he hecho lo que tenía que hacer.

Miré la caja.

—Podrías haberte quedado un poco más.

—He esperado ochenta y seis años. Creo que ya es suficiente.

No supe qué decir. Amalia contempló por última vez la habitación vacía. Allí habían estado sus cuadros, sus joyas, sus muebles y todos aquellos objetos que había acumulado durante una vida. Ya no quedaba nada. Después me miró a mí.

—Dale la carpeta a tu madre.

—Se la daré.

—Y deja que decida ella.

—Lo haré.

—No intentes organizarle la vida.

—Eso va a ser más difícil.

—Lo sé.

Sonreí.

—¿Algo más?

Miró mi pelo.

—No vuelvas al castaño.

Me eché a reír.

—¿Esa es tu última voluntad?

—Considérala un consejo.

—Pues podías haberme dejado también pagada la peluquería.

—Con ciento ochenta mil euros creo que podrás permitírtela.

—Tacaña hasta después de muerta.

Sonrió.

Y durante un instante volvió a aparecer aquella nostalgia. No miraba la habitación. Miraba la fotografía que yo tenía junto a la mano.

A Erik.

—¿Lo quisiste toda tu vida? —pregunté.

Amalia tardó unos segundos en responder.

—Algunas personas se van y el amor se queda sin saber adónde ir.

No dije nada.

Ella tampoco.

Después su expresión cambió. Pareció tranquila.

—Adiós, Lourdes.

—Adiós... abuela.

Sus ojos se humedecieron. O quizá me lo pareció. Y se esfumó.

Sin luces.

Sin golpes.

Sin puertas que se cerraran solas. Un instante estaba allí y al siguiente solo quedaba la silla vacía.

Esperé.

—¿Amalia?

Nada.

—¿Abuela?

Silencio.

Supe que no volvería. Me quedé un rato sentada frente a la caja de Erik, mirando aquellas fotografías de un hombre muerto muchos años antes de que yo naciera y que, sin embargo, acababa de convertirse en mi abuelo.

Después cerré la tapa. Tenía que llevarle una carpeta a mi madre.

Tenía tres hermanas a las que algún día habría que contarles una historia imposible.

Tenía un abuelo noruego del que no sabía absolutamente nada.

Y tenía una casa de más de doce millones de euros que seguía sin estar a la venta. Cogí el teléfono. Tenía siete llamadas perdidas de Lola.

La llamé.

—¿Dónde coño estás? —fue lo primero que dijo.

Miré la silla vacía.

—Terminando un asunto familiar.

—¿Amalia?

—Se ha ido.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Se ha ido de irse?

—Sí. Esta vez de verdad.

Lola no hizo ninguna broma.

—¿Estás bien?

Miré la caja, la fotografía de Erik y la carpeta de mi madre.

—No tengo ni puta idea.

—Perfecto. Entonces ven al bajo. Tenemos un problema.

Cerré los ojos.

—¿Qué problema?

—Uno de aproximadamente dos metros por uno cincuenta, con una firma en la esquina y demasiados ceros si resulta ser auténtico.

Miré al techo.

—Claro. ¿Por qué iba a terminar bien el día?

Cogí la caja de Erik, la carpeta de mi madre y el caballo de bronce. Antes de salir me volví una última vez hacia la habitación.

—Adiós, Amalia.

Esta vez nadie respondió. Y supe que nadie volvería a hacerlo. Guardé la fotografía de Erik dentro de la caja y, justo antes de cerrar la tapa, pensé en mi abuelo. En mi abuelo de verdad. No el noruego pelirrojo de una fotografía en blanco y negro. El mío.

El que me había recogido del colegio cuando estábamos en Cartagena.

El que esperaba a la salida de Franciscanos y acababa llevándose no solo a mí, sino también a mis hermanas.

El que nos compraba chuches en el quiosco de Los Juncos aunque mi madre hubiera dicho expresamente que no nos comprara nada antes de comer. Ese era mi abuelo.

Y mi abuela era la mujer que había criado a Marisa como hija y después nos había criado un poco a todas.

La que, cuando llovía, hacía migas porque en mi familia parecía existir una ley no escrita según la cual dos gotas de agua cayendo del cielo obligaban inmediatamente a sacar la sartén.

A nosotras nos gustaban con patatas. Patatas cortadas en rodajas y fritas. Y mi abuela las hacía así.

Pensé en Amalia, en Erik, en la cuenta suiza, en las cartas y en aquella historia extraordinaria que acababa de caerme encima. Después pensé en mis abuelos y comprendí que una cosa no borraba la otra. Erik era mi abuelo biológico. Amalia era mi abuela biológica. Pero mis abuelos eran mis abuelos.

Punto.

Cogí el móvil. Tenía que organizarme para ir a Cartagena.

No quería presentarme en casa de mi madre, dejar una carpeta encima de la mesa y soltarle que la mujer que la había parido acababa de morir, que llevaba toda la vida observándola desde lejos y que, por cierto, tenía una cuenta a su nombre en Suiza. Aquello necesitaba tiempo.

Y familia.

Llamé a mi madre.

—Mamá.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué tiene que pasar algo?

—Porque llamas a esta hora y empiezas diciendo «mamá» con esa voz.

—¿Qué voz?

—Esa.

Las madres tenían un catálogo de voces que una desconocía poseer.

—Quiero ir este fin de semana.

—Pues ven.

—Quiero que estemos todos.

Hubo un silencio.

—¿Todos quiénes?

—Todos. Vosotros, mis hermanas, los abuelos y yo.

—Lourdes, ¿qué pasa?

—Nada malo.

Eso era cierto.

Extraño, sí.

Increíble, muchísimo.

Malo, no.

—Quiero que comamos juntos.

—Pues comemos juntos.

Así de fácil. Para mi madre organizar una reunión familiar podía requerir cuarenta llamadas, diecisiete mensajes y alguna amenaza, pero la decisión se tomaba en cuatro segundos.

—El del tiempo ha dicho que va a llover —añadió.

Sonreí.

—Entonces migas.

—Eso ha dicho tu abuela.

Claro que lo había dicho.

—Con patatas.

—Lourdes, llevamos toda la vida haciéndolas con patatas.

—Lo digo por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si os habéis vuelto modernas.

—No digas tonterías.

—Y uva.

—Habrá uva.

—Y melón.

—También.

—Y ensalada de tomate.

—¿Quieres que te mande la carta?

—No hace falta.

—Porque parece que estás haciendo un pedido.

Me reí.

—Mamá.

—Qué.

Estuve a punto de decírselo. Tu madre no es tu madre. Tu madre se llamaba Amalia Santaclara Valdés. Tu padre era un noruego pelirrojo. Tu madre te vio crecer desde lejos. Tu madre acaba de morir.

No pude.

No por teléfono.

—Nada. Que tengo ganas de veros.

Esta vez su voz cambió.

—Pues vente, hija.

Colgué y me quedé con el teléfono en la mano. El fin de semana siguiente estaría en Cartagena. Estaríamos los de siempre.

Mis padres.

Mis tres hermanas.

Mis abuelos.

Y yo.

Nadie más.

Nada de parejas, amigos, clientes ni gente entrando y saliendo.

Una comida familiar de las nuestras. Si el hombre del tiempo acertaba, mi abuela haría migas.

Pondría las patatas cortadas en rodajas y fritas porque así nos habían gustado desde pequeñas.

Habría uva, melón y una fuente de tomates aliñados en el centro de la mesa.

Mi abuelo seguramente contaría alguna historia que habíamos escuchado cincuenta veces y mis hermanas y yo discutiríamos por alguna estupidez antes del postre.

Y en algún momento tendría que mirar a aquella mujer que me había hecho migas toda la vida y preguntarle por Amalia.

Tendría que mirar a mi abuelo, al hombre que nos esperaba a la salida de Franciscanos y nos compraba chuches en el quiosco de Los Juncos, y preguntarle cuánto sabía.

Sobre todo tendría que sentarme delante de Marisa.

Mi madre.

La hija de Amalia. Y darle una carpeta que llevaba su nombre. No sabía cómo iba a hacerlo. Pero sabía una cosa. No empezaría antes de las migas. Había verdades que podían esperar al café. Me desperté muy temprano.

Era viernes.

Durante unos segundos me quedé mirando el techo intentando ordenar todo lo que tenía por delante.

A primera hora debía revisar que la Mansión de las Ranas estuviera perfecta.

A media mañana llegaba la posible compradora, una mujer de Países Bajos que buscaba exactamente lo que nosotros teníamos de sobra: sol. Y aquí había sol.

Mucho.