Capítulo 2 #4
Abrí la carpeta sin sacar los documentos. Había correspondencia bancaria, certificados y un sobre cerrado con el nombre de mi madre escrito a mano.
—¿Quieres que se lo entregue yo?
—Sí.
—¿Y qué le digo?
—La verdad.
—Muy fácil para ti. Estás muerta.
—También es verdad.
La miré.
—¿Sabes que mi madre me puede matar?
—Entonces podréis continuar la conversación conmigo.
No pude evitar reírme.
—Tienes muy mala leche.
—Siempre la tuve.
Volví a mirar la carpeta.
—¿Y el dinero? ¿Qué quieres que haga mamá con él?
—Lo que quiera. Es suyo.
—Pero has dejado algo escrito.
—Sí.
—Ya decía yo.
Amalia señaló el sobre.
—Le pido una cosa. No se la impongo. Le pido que piense en sus cuatro hijas.
La miré.
—¿En nosotras?
—En vosotras.
Marisa había tenido cuatro hijas. Yo era la primera.
Después llegaron mis tres hermanas, una detrás de otra, y con ellas desapareció para siempre cualquier posibilidad de silencio en casa.
Cuatro niñas, cuatro caracteres diferentes y una madre que consiguió criarnos sin que nos faltara nunca lo importante, aunque tampoco nos sobrara demasiado.
—¿Quieres que reparta el dinero entre las cuatro?
—Quiero que ella decida. El dinero es de Marisa. Pero sí, me gustaría que llegara a vosotras.
—Podrías habérnoslo dejado directamente.
—Podría.
—Entonces ¿por qué no lo hiciste?
—Porque es a mi hija a quien le debo una vida entera.
Aquello me cerró la boca.
Amalia continuó:
—Yo no pude criarla. No pude verla crecer como una madre.
No pude estar cuando se enamoró, cuando se marchó a Cartagena, cuando tuvo a su primera hija ni cuando llegaron las otras tres.
Ese dinero no compensa nada de eso, Lourdes.
Pero es suyo. Y después será ella quien decida qué quiere hacer por sus hijas.
Bajé la vista hacia la carpeta.
—Yo fui la primera.
—Lo sé.
—Claro que lo sabes.
—Y la más escandalosa.
—Eso es mentira.
—Desde que naciste.
—Mis hermanas son peores.
—Eso dicen siempre las hermanas mayores.
Sonreí.
—¿Las conocías también?
—A las cuatro.
Levanté la cabeza.
—¿Nos vigilabas?
—Os observaba de vez en cuando.
—Eso sigue sonando a vigilancia.
—Pues entonces os vigilaba.
—Mucho mejor.
Se rio.
Pensé en mis hermanas. En las cuatro juntas en las fotografías familiares. En mi madre intentando colocarnos para una foto mientras alguna protestaba, otra cerraba los ojos y otra se movía justo en el momento del disparo. Y entonces comprendí otra cosa.
—Yo era la única pelirroja.
Amalia dejó de sonreír.
—Sí.
—De las cuatro.
—Sí.
Me llevé una mano al pelo. Ahora lo llevaba teñido, pero de niña había sido diferente. Más cobrizo, más rojizo. Con los años se había oscurecido hasta volverse castaño y después había decidido recuperar el rojo por mi cuenta.
—¿Por eso te fijaste tanto en mí?
—No.
—Amalia.
—Me habría fijado en ti aunque hubieras nacido con el pelo verde.
—Pero te recordó a él.
Esta vez sonrió.
—Muchísimo.
—¿A Erik?
—Cuando naciste y vi aquel pelo pensé que el muy condenado había conseguido volver después de todo.
No respondí.
—De tus cuatro hermanas fuiste la única —continuó—. Tu madre había heredado exactamente su color. Y después apareciste tú con aquellos reflejos cobrizos. Cuando empezaste a teñírtelo de rojo muchos años más tarde, casi me dio la risa.
—¿Por qué?
—Porque llevabas toda la vida intentando parecerte a un hombre que ni siquiera sabías que había existido.
Aquello me dejó completamente quieta. Miré uno de mis mechones.
—Pues ahora vas a tener que contarme cómo era.
—¿Quién?
—Mi abuelo.
—Ah.
—No me digas «ah». Llevo treinta y cuatro años sin saber que tenía un abuelo noruego.
Quiero saberlo todo. Cómo se llamaba, cómo os conocisteis, qué hacía aquí, por qué se marchó, si sabía que estabas embarazada, si tengo familia en Noruega, si tengo primos, tíos o vikingos repartidos por algún fiordo... Todo.
Amalia se echó a reír.
—No tienes tiempo para todo.
Me senté frente a ella.
—La casa está vacía, Lola está en el almacén, los canguros se han ido y tú ya estás muerta. Yo diría que ninguna de las dos tiene demasiada prisa.
Amalia me observó unos segundos. Después acomodó las manos sobre el regazo.
—De acuerdo.
—Desde el principio.
—Desde el principio.
—Y no te saltes nada.
—Eres igual de mandona que Marisa.
—Pues imagínate cuatro.
Sonrió.
—Las he visto juntas. No hace falta que me lo imagine.
Y entonces empezó a hablarme de Erik. Pensé en todas las veces que mi madre se había reído de mí por mis gustos.
—Hay una cosa que te habría encantado oír.
—¿Cuál?
—Mi madre lleva toda la vida diciéndome que parezco hija de billonarios.
Amalia arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Desde pequeña. Por mis gustos, por mi manera de hablar, por las cosas que quería hacer...
Luego empecé a trabajar en inmobiliarias y fue peor.
Cuando le contaba que había vendido una casa de varios millones o que tenía una reunión con un cliente que llegaba en su avión privado, me decía: «Lourdes, hija, no sé de dónde has salido tú. Pareces hija de billonarios».
Amalia sonrió.
—Marisa siempre fue muy observadora.
—Pues se equivocaba. Hija de billonarios no.
Me quedé mirándola.
—Nieta de una millonaria.
—Eso parece.
—Tiene cojones.
Amalia soltó una carcajada.
—El dinero no se hereda de esa manera, Lourdes.
—Ya lo sé. Pero reconoce que tiene gracia. De cuatro hermanas, me toca a mí ser la que tiene gustos caros, la que termina vendiendo casas de cinco, diez o quince millones y la que se pasa el día hablando con gente que considera normal tener tres residencias.
—Quizá simplemente encontraste el lugar donde te sentías cómoda.
Aquello me hizo pensar. Nunca me había intimidado el dinero ajeno.
Desde mis primeros años en Marbella había visto a compañeros cambiar completamente de actitud cuando entraba un cliente importante.
Se volvían serviciales, nerviosos, casi pequeños.
A mí no me ocurría. Una casa de veinte millones seguía siendo una casa.
Un señor con doscientos millones en el banco seguía siendo un señor que quería comprarla.
Y si pretendía hacerme perder tres tardes para después ofrecer la mitad, podía tener doscientos millones o doscientos mil: me tocaba las narices exactamente igual.
—¿Sabes una cosa? —dije—. Nunca he entendido por qué no me impresionaban.
—¿Los ricos?
—El dinero.
Amalia se encogió de hombros.
—Porque nunca confundiste tener dinero con ser importante.
—Eso me gusta.
—Pues es gratis. Puedes quedártelo.
Sonreí.
—Mi madre se va a caer de culo cuando se lo cuente.
—Probablemente.
—Toda la vida diciéndome que parezco hija de billonarios y resulta que su madre tenía un Goya escondido detrás de un mueble.
—Todavía no sabemos si es un Goya.
La miré sorprendida.
—¿También estabas escuchando cuando hablábamos con los expertos?
—Lourdes, estaba muerta, no sorda.
Me eché a reír. Cada minuto que pasaba con ella aparecía una pregunta nueva. Sobre mi madre, sobre mi infancia, sobre Marbella, sobre aquella casa y, sobre todo, sobre el hombre del que hasta hacía unas horas no sabía absolutamente nada.
—Bueno —dije, acomodándome frente a ella—. Ahora sí. Erik.
Amalia bajó ligeramente la mirada.
—Erik.
—Quiero saberlo todo.
—Eso puede llevarnos un rato.
—Mejor. Empieza por una cosa sencilla. ¿Cómo acabó un noruego pelirrojo hasta en lo más profundo de su ser enamorándose de ti?
Amalia sonrió de una manera diferente. Y por primera vez dejó de parecer una anciana de ochenta y seis años.
—En realidad —dijo— fui yo la que se enamoró primero.
Me crucé de brazos.
—Perfecto. Ahora sí empieza a ponerse interesante.
—Perfecto —dije—. Ahora sí empieza a ponerse interesante. Quiero saberlo todo.
Amalia sonrió, pero esta vez no contestó enseguida.
Había algo diferente en su expresión. Hasta aquel momento había hablado conmigo como si dispusiéramos de toda la tarde.
De repente parecía cansada. No físicamente; no sé si los muertos pueden estar cansados.
Era otra cosa. Una especie de nostalgia que le había borrado de la cara la ironía con la que había respondido a casi todas mis preguntas.
—No te lo voy a contar yo.
—¿Cómo que no?
—Tienes todo lo que necesitas.
—¿Dónde?
Señaló el escritorio.
—El último cajón de la derecha tiene un doble fondo. Presiona la esquina superior y tira hacia ti.
Miré el escritorio y después a ella.
—¿Otro escondite?
—Ese es el último.
—Eso dijiste antes.
—No he dicho eso nunca.
—Bueno, pues debería ser el último. Como aparezca otra habitación detrás de una pared voy a cobrarte un suplemento.
Sonrió.
Me acerqué al escritorio y abrí el cajón que me había indicado. Estaba vacío. Presioné la esquina superior y escuché un clic. El fondo se levantó apenas unos milímetros.
—No me puedo creer que Lola no haya encontrado esto.
—Lola buscaba objetos valiosos.
—Para ella cualquier cosa que pueda venderse es valiosa.
—Esto no se vende.
Levanté la madera. Debajo había una caja plana de madera oscura, bastante más grande de lo que esperaba. La saqué y la coloqué sobre el escritorio.
—¿Puedo?
—Es tuya.
Abrí la tapa. Lo primero que vi fue una fotografía.
Un hombre joven miraba a la cámara apoyado contra la barandilla de un barco.
Era alto, ancho de hombros y tenía una sonrisa enorme.
La fotografía era en blanco y negro, pero no necesitaba colores para saber cómo había sido su pelo.
Muy claro, abundante, peinado hacia atrás.
Erik.
Lo supe antes de preguntarlo.
—¿Es él?
—Sí.
Cogí la fotografía.
Había más.
Erik solo. Erik con Amalia. Los dos en una playa. Amalia jovencísima riéndose mientras él la sujetaba por la cintura. Otra delante de un coche. Otra en la que él aparecía sentado y ella de pie detrás, con las manos sobre sus hombros. Nunca había visto a doña Amalia así.
—Eras guapísima.
—Era joven.
—Una cosa no quita la otra.