Capítulo 2 #3
Erik había regresado a Noruega. Durante años Amalia conservó la esperanza de volver a verlo, hasta que recibió la noticia de que había muerto en un accidente en el mar del Norte.
Nunca se casó. Tampoco recuperó a su hija.
Había hecho una promesa. La niña crecería creyendo que era hija de aquel matrimonio y Amalia no aparecería un día para reclamar una maternidad que otra mujer había ejercido desde el primer biberón. Pero nunca se alejó del todo.
Ayudó económicamente cuando hizo falta. Pagó cosas que en mi familia siempre se atribuyeron a la generosidad de mi abuela, a algún ahorro inesperado o simplemente a esa frase tan cómoda que utilizamos cuando somos niños: «Ya se arreglarán los mayores». Doña Amalia estaba detrás.
Siempre.
Con una condición. Mi madre jamás debía conocer la verdad mientras Amalia estuviera viva.
Y yo tampoco. Después llegué al párrafo que hablaba de mí.
«Cuando nació Lourdes y vi aquellos reflejos cobrizos en su cabello pensé inmediatamente en Erik.
Habían pasado demasiados años para creer en casualidades.
La sangre, querida Lourdes, puede guardar silencio durante mucho tiempo, pero algunas veces decide hablar.
» Me llevé una mano al pelo. Miré mi reflejo oscuro en el cristal de uno de los cuadros ya embalados.
Llevaba años tiñéndome de pelirrojo simplemente porque me gustaba. O eso había pensado siempre.
—No me jodas —murmuré.
Entonces la escuché.
—Te queda muy bien.
Levanté la cabeza. Doña Amalia estaba sentada frente a mí. Doña Amalia estaba sentada frente a mí. No sé cuánto tiempo me quedé mirándola. Un minuto antes aquella mujer era una clienta muerta que me había dejado ciento ochenta mil euros por vaciar su casa. Ahora resultaba que era mi abuela.
Mi abuela.
Tenía millones de preguntas.
—¿Mi madre lo sabe?
Fue la primera que salió. Amalia negó con la cabeza.
—No.
—¿Nunca se lo dijiste?
—Nunca.
—¿Y pensabas decírselo algún día?
—No mientras yo estuviera viva.
Aquello me enfadó. Hasta entonces había aceptado sus secretos porque eran suyos. Podía esconder cuadros, joyas, caballos de bronce, habitaciones enteras y hasta un Goya si le daba la gana. Pero mi madre no era un cuadro escondido detrás de una pared.
—Se llama Marisa —dije—. Tiene una vida. Tiene derecho a saber quién es su madre.
—Lo sé.
—Pues no parece que lo supieras.
Amalia bajó la mirada durante unos segundos.
—Prometí no decírselo.
—¿A mi abuela?
Me detuve.
Aquello acababa de complicarse hasta para hablar.
—A la mujer que yo siempre he llamado mi abuela.
—A ella y a su marido.
—Pero tú eras su madre.
—Y ella fue quien la crió.
No supe qué contestar. Me levanté y empecé a caminar por la habitación vacía. Necesitaba moverme.
—Mi madre vivió toda su juventud en Málaga.
—Lo sé.
Me volví.
—Claro que lo sabes.
—La vi crecer.
—¿Desde lejos?
—Casi siempre.
Aquello me dolió de una manera que no esperaba.
Marisa, mi madre, había tenido una vida bastante corriente.
Nunca fuimos ricos. Tampoco pobres. En casa se miraba el precio de las cosas, se esperaba a las rebajas para algunas compras y las vacaciones no eran precisamente en yate, pero nunca nos faltó nada.
—¿El dinero? —pregunté.
Amalia entendió inmediatamente.
—Cuando hacía falta.
—Mi madre siempre decía que mi abuela tenía una habilidad increíble para estirar el dinero.
Amalia sonrió.
—Tu abuela tenía muchas habilidades. Estirar el dinero no era una de ellas.
Solté una risa a pesar de todo.
—Entonces eras tú.
—A veces.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
—Eso no es una cantidad.
—Nunca quise que vivieran como ricas, Lourdes. Quise que vivieran tranquilas.
Y de repente muchas pequeñas cosas de mi infancia adquirieron otro significado.
Nunca había sobrado nada en casa, pero tampoco había faltado.
Si aparecía un gasto inesperado, de alguna manera se solucionaba.
Si mi madre necesitaba algo importante, mi abuela encontraba la forma.
Nadie hablaba de dinero porque sencillamente el dinero aparecía cuando era imprescindible.
—Marisa se fue a Cartagena muy joven —dijo Amalia.
—En el ochenta y ocho.
—Lo recuerdo.
—¿También sabes cómo conoció a mi padre?
—Claro.
Me crucé de brazos.
—A ver.
Por primera vez pareció divertida.
—Era cartagenero. Estaba haciendo el servicio militar en Málaga.
—La mili.
—La mili.
—¿Y?
—Y tu madre se enamoró.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no sé para qué preguntas.
La miré fijamente.
—No sé si eres consciente de que acabo de descubrir que eres mi abuela. Déjame hacer preguntas estúpidas.
—Tienes razón.
Marisa conoció a mi padre en aquellos terribles ochenta y ocho, cuando él estaba haciendo la mili en Málaga.
Siempre contaba aquella historia riéndose.
Decía que había salido una tarde sin intención de conocer a nadie y había vuelto a casa sabiendo que se marcharía con aquel hombre.
Y lo hizo. Se fue a Cartagena con un militar cartagenero y allí construyó su vida. Allí nací yo.
—¿Viniste a verme?
Amalia tardó demasiado en contestar.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando naciste.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi madre lo sabía?
—No.
—¿Mi abuela?
—Sí.
—¿Y te dejó verme?
—Cinco minutos.
Volví a sentarme.
—¿Me cogiste?
Amalia negó lentamente.
—No me atreví.
Aquello fue peor que cualquier historia de fantasmas.
—¿Por qué?
—Porque ya había renunciado una vez a una niña. No estaba segura de poder sostener a otra y marcharme después.
La miré.
Por primera vez desde que había empezado todo aquello no vi a doña Amalia Santaclara Valdés, propietaria de una casa de millones de euros, coleccionista de arte y señora capaz de organizar su propia herencia desde la tumba. Vi a una mujer que había pasado la vida mirando a su familia desde fuera.
—¿Y después?
—Volví más veces.
—¿A Cartagena?
—Sí.
—¿Me viste?
—Muchas veces.
—Yo no te recuerdo.
—Ese era el propósito.
Me pasé las manos por la cara.
—Esto es una locura.
—Bastante.
Entonces pensé en Marbella. Y algo encajó.
—Cuando terminé la carrera me fui a Marbella.
—Lo sé.
—Claro que lo sabes.
Había terminado mis estudios sin tener demasiado claro qué quería hacer después. Cartagena era mi casa, pero yo quería moverme, probar algo diferente, ganar dinero y, sobre todo, demostrarme que podía valerme por mí misma. Marbella me pareció el lugar perfecto. Allí descubrí el mundo inmobiliario.
Primero pisos que ahora ni siquiera aceptaría en cartera.
Después villas. Luego clientes extranjeros, inversores, propietarios que no preguntaban cuánto costaba una reforma sino cuánto tardaría.
Aprendí a entrar en una casa y saber qué podía vender de ella antes de que el propietario terminara de enseñarme el salón.
Después llegaron las propiedades grandes.
Y después las obscenamente grandes. Hasta que apareció L&L. Miré a Amalia.
—¿Tuviste algo que ver?
No contestó.
—Doña Amalia.
Nada.
—Abuela.
Levantó la cabeza. La palabra nos dejó calladas a las dos.
—¿Tuviste algo que ver con que yo empezara a trabajar en inmobiliarias en Marbella?
—No.
La respuesta llegó demasiado deprisa. Entrecerré los ojos.
—Mientes fatal para llevar toda una vida ocultando una hija.
—No conseguí tu primer empleo.
—Eso no es lo que he preguntado.
Sonrió.
—Conocía al dueño de la inmobiliaria.
—¡Lo sabía!
—Solo le pedí que te entrevistara.
—¡Joder!
—El trabajo te lo ganaste tú.
—¿Y después?
—Después no necesité hacer nada.
Me levanté otra vez.
—¿Has estado vigilándome toda mi vida?
—Vigilándote no.
—¿Observándome?
—Sí.
—¿Ayudándome?
—Alguna vez.
—¿Sin que yo lo supiera?
—Cuando fue necesario.
—¿L&L?
—Eso fue vuestro.
—¿Mis clientes?
—Tuyos.
—¿Las casas?
—Tuyas.
—¿Los contactos?
—Lourdes.
—Estoy haciendo inventario.
Se rio.
—No. Tu carrera te pertenece. Si quieres culparme de algo, cúlpame de haberte abierto una puerta. Fuiste tú quien decidió atravesarla.
Aquello podía aceptarlo. Más o menos. Me quedaba la pregunta que llevaba evitando desde que había leído la carta.
—Háblame de Erik.
Amalia dejó de sonreír.
—¿Qué quieres saber?
—Todo.
—Eso llevaría mucho tiempo.
Miré alrededor.
—Tengo ciento ochenta mil euros, una casa vacía y mi abuela lleva muerta diecinueve días. Creo que puedo dedicarte una hora.
Volvió a sonreír.
—Te pareces a él.
Me miré el pelo.
—¿Por esto?
—No. El pelo era mucho más bonito que el tuyo.
—Gracias.
—Y no necesitaba tinte.
—Gracias otra vez.
—Te pareces a él porque cuando queréis saber algo sois insoportables.
Me acomodé en la silla.
—Perfecto. Pues empieza por el principio.
Doña Amalia cruzó las manos sobre el regazo. Y empezó a contarme la historia del noruego pelirrojo que había llegado a Málaga muchos años antes de que yo naciera y que, sin saberlo, había dejado allí una hija, una nieta y una historia que tardaría más de medio siglo en salir de aquella casa.
——Espera —dije antes de que empezara a hablarme de Erik—. Hay algo que quiero saber primero.
Amalia esperó.
—¿Qué le has dejado a mi madre?
—Lo que era suyo.
—Eso no es una respuesta.
—Hay una cuenta a su nombre.
—¿Dónde?
Me dijo el nombre de un banco suizo. La miré durante unos segundos.
—Por supuesto.
—¿Qué significa eso?
—Que tienes una habitación secreta, cuadros escondidos, joyas, un caballo que abre una puerta y ahora una cuenta en un banco suizo. Era lo único que faltaba.
—La documentación está en el cajón.
Miré el compartimento oculto del escritorio.
—¿También?
—Ahí está todo lo que necesita Marisa. Los datos de la cuenta, la documentación del banco y una carta para ella.
Me acerqué otra vez al escritorio y encontré una carpeta que había quedado pegada al fondo. En la cubierta aparecía el nombre completo de mi madre.
La saqué.
—¿Cuánto dinero hay?
—El suficiente.
—No me hagas eso.
—¿El qué?
—Lo de «el suficiente». Eres rica. Para ti suficiente puede significar que mi madre se compre un coche o que se compre Portugal.
—Portugal no está en venta.
—Contigo nunca se sabe.
Sonrió.