Capítulo 2 #2
Sobre la madera se distinguía una pequeña hendidura. La había tomado por un golpe, uno de tantos que acumula un mueble antiguo después de décadas de uso, pero tenía una forma demasiado precisa. Cogí el caballo de las manos de Lola y acerqué una de las patas a la hendidura.
Encajaba.
—No me jodas —murmuró ella.
—Eso mismo estoy pensando.
Coloqué la figura sobre la madera. Tres de las patas descansaron sobre la superficie. La cuarta entró en aquella pequeña abertura como si el caballo hubiera estado esperando toda su vida exactamente ese momento. No ocurrió nada.
—Pues vaya mierda de secreto —dijo Lola.
—Espera.
Probé a mover la figura. Hacia delante no cedía. Hacia atrás tampoco. La giré ligeramente hacia la derecha y escuchamos un sonido seco dentro del mueble.
Clac.
Lola y yo nos quedamos quietas.
—Eso sí ha sonado —dijo.
—Gracias, Lola.
—Por si empiezas a oír cosas que yo no oigo.
La miré.
—Muy graciosa.
Retiré el caballo. Aparentemente nada había cambiado, pero al pasar la mano por el fondo de la estantería noté que una de las molduras se había separado unos milímetros. Tiré de ella y una sección completa del mueble se desplazó hacia mí. Lola abrió la boca.
—Hija de puta.
—¿Yo?
—La vieja.
Detrás del mueble apareció una puerta. No era una puerta improvisada ni una tabla colocada para esconder un hueco.
Era una puerta de verdad, estrecha y perfectamente integrada en la pared, sin pomo y sin cerradura visible.
Si no hubiéramos accionado el mecanismo jamás habríamos sabido que estaba allí.
Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada.
—Llama a Robles —dijo Lola.
—Todavía no.
—Lourdes, tenemos una habitación secreta en la casa de una muerta que habla contigo.
—Precisamente por eso quiero verla antes de que lleguen veinte personas.
—Eso es exactamente lo que dice la imbécil de una película cinco minutos antes de morir.
—No estamos en una película.
—Tú estás oyendo a una muerta.
No pude discutirle esa parte. Empujé la puerta.
La luz del salón penetró apenas un metro en la oscuridad.
Busqué un interruptor junto al marco y lo encontré.
Al pulsarlo se encendieron varias lámparas pequeñas en el techo.
Entonces comprendí por qué doña Amalia no quería a sus sobrinos dentro de la casa.
La habitación no era muy grande, quizá treinta metros cuadrados, pero estaba climatizada.
Lo noté nada más cruzar el umbral. No había ventanas y las paredes estaban revestidas parcialmente de madera.
A un lado había varios muebles cubiertos con telas de algodón; al otro, una sucesión de cuadros colocados sobre raíles y separados entre sí para que ninguno tocara al siguiente.
Lola entró detrás de mí y cerró la boca. Eso me preocupó.
Cuando Lola veía algo valioso hablaba. Preguntaba, calculaba, buscaba firmas, sacaba fotografías.
Si se quedaba callada era porque todavía estaba intentando decidir cuánto dinero tenía delante.
Me acerqué al primer cuadro. Era pequeño.
Una mujer sentada, una luz suave, una pincelada que incluso yo reconocí como importante.
En la esquina inferior había una firma. Lola se puso a mi lado.
—¿Eso es lo que creo?
—No sé qué crees.
—Sorolla.
La miré.
—¿De verdad?
—No lo toques.
—No lo estoy tocando.
—Ni respires encima.
—Tampoco exageres.
—No estoy exagerando.
Seguimos avanzando.
Había otro lienzo de mayor tamaño que Lola identificó como posible Zuloaga.
Más allá encontramos una pequeña tabla religiosa muchísimo más antigua, dos dibujos protegidos bajo cristal y varias obras que ninguna de las dos se atrevió siquiera a atribuir.
En el fondo, separado del resto y cubierto por una tela, había un cuadro considerablemente mayor.
Lola levantó una esquina de la protección con dos dedos. Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
No respondió.
—Lola.
—Cállate.
—¿Por qué?
—Porque estoy intentando pensar.
Esperé.
Retiró un poco más la tela. Vi un rostro, parte de un vestido oscuro y unas manos extraordinariamente pintadas.
—Esto puede ser un Goya.
Ahora fui yo quien se quedó callada.
—¿Puede ser o es?
—He dicho puede. No soy especialista en Goya y no pienso hacer el gilipollas diciendo que algo es auténtico porque se parezca a una fotografía que he visto en un libro. Necesitamos un experto.
Eso era precisamente lo que me gustaba de Lola. Podía venderte seis pomos franceses desde un teléfono, pero cuando no sabía algo, no fingía saberlo.
Continuamos.
En el centro de la habitación había una mesa con varias cajas de madera. Abrí la primera y encontré terciopelo oscuro. Encima descansaban collares, pendientes, broches y pulseras colocados individualmente. Había diamantes, esmeraldas y varias piezas antiguas que parecían llevar allí décadas.
—Cierra —dijo Lola.
—Solo estoy mirando.
—Pues ya has mirado. Cierra.
Obedecí.
La segunda caja contenía relojes. La tercera, monedas y pequeñas piezas de oro.
En un cajón lateral encontramos documentación, certificados antiguos, facturas de galerías, fotografías de obras y sobres cerrados.
Los muebles tampoco eran relleno. Había una cómoda con marquetería que hizo que Lola se arrodillara para mirar los herrajes, un escritorio que situó aproximadamente en el siglo XVIII y dos pequeñas mesas que se negó a valorar hasta que pudiera examinarlas con tranquilidad.
—¿Cuánto hay aquí? —pregunté.
Lola se levantó lentamente.
—No lo sé.
—Aproximadamente.
—No.
—Lola.
Se quitó las gafas, las limpió con la camiseta y volvió a ponérselas.
—Si algunos de esos cuadros son lo que parecen, las joyas son auténticas y los muebles tienen la procedencia que sospecho, la casa puede acabar siendo lo menos valioso de la casa.
Miré alrededor.
Ahora entendía los ciento ochenta mil euros. Entendía la prohibición de dejar entrar a los sobrinos. Y empezaba a entender a Esteban. Entonces escuché la voz. Esta vez no me sobresalté.
—El escritorio.
Miré hacia el fondo de la habitación.
—¿Qué pasa? —preguntó Lola.
—Ha vuelto.
—¿Qué dice?
—El escritorio.
Lola miró el mueble.
—Pregúntale qué escritorio, porque aquí veo dos.
La miré sorprendida.
—Hace diez minutos no querías que hablara con muertos.
—Hace diez minutos no sabía que la muerta tenía un posible Goya escondido detrás de una estantería. Las circunstancias cambian.
No pude evitar reírme.
—¿Cuál? —pregunté en voz alta.
Nada.
Esperamos.
—Amalia —dije—, si quieres que haga algo tendrás que ayudar un poco.
Lola se acercó a mí.
—Llámala doña Amalia. Ten un poco de respeto.
—Está muerta.
—Precisamente.
Volví a intentarlo.
—Doña Amalia, ¿qué escritorio?
Esta vez la respuesta llegó inmediatamente.
—El mío.
Lola me miró.
—Estupendo. Pregúntale cuál era el suyo.
—Te estás aficionando demasiado rápido a esto.
—Ciento ochenta mil euros, Lourdes. Me adapto.
Me acerqué al escritorio más antiguo. Sobre él había un pequeño marco de plata con una fotografía de doña Amalia cuando debía de tener unos treinta años.
—Este.
Abrí el primer cajón.
Vacío.
El segundo contenía papel de carta. En el tercero encontré un sobre. No llevaba mi nombre.
Llevaba seis.
Los seis sobrinos. Debajo, escrito con la misma letra que reconocí inmediatamente, había una sola frase: «Ahora ya podéis saber la verdad.» Noté a Lola detrás de mí.
—Creo que deberíamos llamar a Robles.
Esta vez asentí.
—Sí.
Cerré el cajón y contemplé aquella habitación llena de cuadros, joyas, muebles y secretos que una anciana había mantenido fuera de la vista de toda su familia.
—Y a Leonor.
Lola frunció el ceño.
—¿Para qué quieres a Leonor?
Miré el polvo acumulado sobre la parte superior del escritorio.
—Porque como todo esto sea auténtico, no pienso dejar entrar aquí al primer equipo de limpieza que encontremos.
Lola sonrió.
—¿Gatos?
—Todavía no.
—¿Ardillas?
—Ni de coña.
—¿Peces?
—Lola, estamos dentro de una casa.
Se encogió de hombros.
—Nunca se sabe.
Y entonces, por primera vez desde que habíamos entrado, escuché una risa.
Muy suave.
De mujer.
Lola dejó de sonreír.
—Eso sí lo he oído.
Me volví hacia ella.
—¿El qué?
Tardó unos segundos en contestarme.
—A doña Amalia.
La carta era larga. Doña Amalia no había sido una amiga de mi abuela que, por alguna razón que yo todavía no entendía, se había pasado media vida pendiente de nuestra familia.
Era mi abuela. Mi abuela de verdad. La mujer a la que yo había llamado abuela durante toda mi vida había sido su mejor amiga.
Tuve que volver al principio y leerlo otra vez.
Amalia contaba que siendo muy joven se había enamorado de un noruego llamado Erik.
Lo describía como un hombre enorme, alegre y tan pelirrojo que, según ella, debía de tener hasta el alma color cobre.
Había llegado a España por trabajo y durante un tiempo ambos vivieron aquella clase de historia que a los veinte años parece que va a durar para siempre.
No duró.
Amalia quedó embarazada.
Soltera.
Y en aquellos años eso todavía podía convertir la vida de una mujer en un infierno.
Su mejor amiga acababa de casarse. Entre las dos, con la complicidad del marido, hicieron algo que me costaba imaginar incluso mientras lo estaba leyendo.
Fingieron un embarazo. Durante meses mi abuela se vistió para esconder un vientre que no existía mientras Amalia escondía el suyo, que crecía de verdad.
Cuando nació la niña, salió de aquella casa convertida oficialmente en hija del matrimonio.
Aquella niña fue mi madre. Dejé de leer.
Miré la fotografía otra vez.
Mi abuela.
Doña Amalia.
Mi madre.
Yo.
Cuatro mujeres y una mentira que había durado toda una vida.
Seguí leyendo.