L&L Capítulo 2
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Capítulo 2

Al final aceptamos. Bueno, aceptó Lola. Yo puse la firma.

Puede parecer una diferencia pequeña, pero en L&L era importante.

Lola leía hasta las instrucciones del champú si sospechaba que podían contener una cláusula abusiva.

Después de revisar el contrato dos veces, mandárselo a nuestro asesor y hacerle a Robles tantas preguntas que por un momento pensé que iba a cobrarnos él a nosotras, me colocó el bolígrafo delante.

—Firma.

—¿Estás segura?

—No. Por eso firmas tú.

Robles soltó una carcajada. Era la primera de la mañana.

Firmé.

—Ahora el sobre.

Robles me lo entregó y yo lo abrí allí mismo. Dentro había una sola hoja doblada por la mitad. Esperaba una explicación. Encontré cuatro líneas.

«Señora Marín:

Cuando entre en mi casa comprenderá por qué la he elegido. No permita que mis sobrinos retiren nada antes de terminar el inventario. Nada significa nada. Y desconfíe especialmente de Esteban.» Debajo estaba la firma. Amalia Santaclara Valdés. Lola leyó por encima de mi hombro.

—Me cae bien.

—Está muerta.

—Una cosa no quita la otra.

—¿Quién es Esteban? —pregunté.

Robles cerró los ojos durante un segundo.

Eso bastó.

—Ese gesto no me ha gustado.

—Esteban Santaclara es uno de los sobrinos.

—Ya lo había deducido.

—Ha tenido algunos problemas.

Lola se recolocó las gafas redondas. A veces me preguntaba cómo lo hacía.

Medía uno setenta y cinco, llevaba unos vaqueros, una camiseta negra y unas zapatillas blancas, pero sentada en aquel despacho parecía que acababa de salir de Versace.

La media melena oscura, recta y perfectamente cortada a la altura de la mandíbula, contribuía bastante.

Yo la llamaba Cleopatra cuando quería fastidiarla.

Ella decía que, si iba a compararla con una reina, podía hacerlo cuando quisiera.

—¿Qué clase de problemas? —preguntó.

—Económicos principalmente.

—Un chorizo —dije.

—Yo no he dicho eso.

—Porque eres abogado. Yo sí puedo.

—No consta ninguna condena por...

—Ernesto, por favor. ¿Es un chorizo o no?

Robles suspiró.

—Amalia estaba convencida de que le había robado.

—Gracias.

Lola levantó un dedo.

—Eso no significa que sea un chorizo. Significa que su tía pensaba que era un chorizo.

—Gracias a ti también.

Robles nos explicó que durante los últimos años habían desaparecido pequeñas cantidades de dinero, algunas joyas y dos relojes. Nunca hubo denuncia. Doña Amalia no quiso presentar ninguna. Simplemente dejó de permitir que Esteban entrara en determinadas zonas de la casa.

—¿Y aun así le deja herencia?

—Una cantidad considerable.

—Pues si mi tía piensa que soy un ladrón y encima me deja dinero, quiero una tía como Amalia.

—Tú ya tienes bastante —dijo Lola.

—Nunca es bastante.

Salimos del despacho casi una hora después con una llave, la documentación necesaria para entrar en la propiedad, una copia del testamento en lo que afectaba a nuestro trabajo y la fotografía de aquella ventana guardada en el bolso de Lola.

Cuando llegamos al portal, la naftalina volvió a golpearnos.

—Ahora entiendo el olor —dijo Lola.

—¿Qué tiene que ver la naftalina con todo esto?

—Nada.

La miré.

—¿Entonces?

—No sé. Me había olvidado de que olía.

Eso era Lola. Podía encontrar una errata en la página diecisiete de un contrato de cuarenta folios y cinco minutos después no recordar dónde había aparcado el coche. Tardamos siete minutos en encontrarlo.

La casa de doña Amalia era todavía mejor que en la fotografía.

Lola condujo detrás de mí y aparcamos frente a la entrada.

Durante unos segundos ninguna bajó del coche.

La propiedad tenía esa clase de elegancia que no se consigue encargándosela a un decorador.

No gritaba dinero. No lo necesitaba. Los árboles eran demasiado grandes, la piedra demasiado envejecida y el jardín demasiado asentado como para que aquello perteneciera a uno de nuestros nuevos ricos. Lola apareció junto a mi ventanilla.

—Quince.

Bajé el cristal.

—¿Qué?

—Millones.

—Sin entrar no puedo saberlo.

—Quince.

—Doce.

—Quince.

—¿Quieres apostar?

—Una comida.

—Hecho.

Bajé del coche. Me recogí el pelo. Lola sonrió al verme.

—Tripas.

—Tripas.

Abrimos.

Lo primero que me sorprendió fue el olor. No olía a cerrado. Una casa que llevaba semanas sin habitar debería haber tenido ese aire inmóvil de las viviendas vacías. Aquella no. Olía ligeramente a cera para muebles. Lola también lo notó.

—Aquí ha entrado alguien.

—O limpiaron antes de que muriera.

—Hace diecinueve días.

—La cera dura.

—Tú quieres una explicación para todo.

—Es una costumbre bastante saludable.

Encendí las luces del vestíbulo.

—Primero fotografías. Después inventario. No tocamos nada hasta tenerlo registrado.

—Sí, mamá.

Trabajamos durante más de dos horas sin encontrar absolutamente nada sobrenatural.

Gracias a Dios. Encontramos cosas caras, que era mucho más divertido.

Plata. Porcelana. Dos relojes de sobremesa.

Una colección de bastones. Muebles que hicieron que Lola sacara el teléfono varias veces para fotografiar marcas y detalles.

Una biblioteca que consiguió que se quedara callada durante casi un minuto, lo que posiblemente fuera el fenómeno más inexplicable ocurrido hasta entonces en aquella casa.

Estábamos en el salón cuando la escuché.

—Ese no.

Levanté la cabeza. Lola estaba al otro extremo de la habitación.

—¿Qué?

—Yo no he dicho nada.

—Acabas de decir «ese no».

—No.

La miré.

—Lola.

—Lourdes, estaba fotografiando la mesa.

Se me erizó la piel de los brazos.

—Pues he oído a alguien.

Lola bajó lentamente el teléfono.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

Miré alrededor.

No había nadie. Sobre una consola había varias fotografías familiares, dos candelabros y una pequeña figura de porcelana. Me acerqué.

—Ese no.

Esta vez lo escuché perfectamente. Una voz de mujer. A mi espalda. Me giré tan deprisa que golpeé la consola con la cadera.

—¡Joder!

Lola corrió hacia mí.

—¿Qué pasa?

—¿No lo has oído?

—¿El qué?

Miré hacia la puerta del salón.

Vacía.

—Una mujer.

—Lourdes...

—Ha hablado.

—¿Qué ha dicho?

—«Ese no».

Lola miró la consola.

—¿Ese qué?

—Yo qué sé.

Nos quedamos observando los objetos. Entonces vi la fotografía.

Doña Amalia.

La misma mujer que Robles nos había enseñado aquella mañana. Estaba sentada en el jardín, unos años más joven, mirando a la cámara con aquella expresión seria que parecía decir que sonreír era una pérdida de tiempo.

—Amalia —murmuré.

—No.

—¿Qué?

—No vamos a hablar con los muertos.

—Yo no estoy hablando con nadie.

—Acabas de llamarla por su nombre.

—Porque está en la foto.

—Pues déjala en la foto.

Iba a contestarle cuando escuché otra vez la voz. Mucho más cerca.

—El caballo.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué caballo?

Lola me miró.

—¿Con quién estás hablando?

—Ha dicho «el caballo».

Las dos recorrimos el salón con la mirada. No había ningún caballo.

—Pues además de muerta está confundida —dijo Lola.

Entonces lo vi. En una estantería lateral había una pequeña escultura de bronce. Un caballo de no más de veinte centímetros.

Me acerqué.

—No lo toques —dijo Lola.

—Tengo guantes.

—Me da igual. No lo toques.

Naturalmente, lo toqué. Pesaba muchísimo para su tamaño. Lo levanté y examiné la base.

—Aquí hay algo.

Lola se acercó. La base tenía una pequeña placa de fieltro. La despegué con cuidado y apareció una cerradura diminuta.

Nos miramos.

—Eso no es una figura —dijo Lola.

—No.

—Es una caja.

—Parece.

—¿Tenemos llave?

—No.

La voz volvió a sonar. Esta vez no detrás de mí. Pareció hablarme directamente al oído.

—Esteban.

Solté el caballo. Lola consiguió atraparlo antes de que llegara al suelo.

—¡¿Pero estás gilipollas?! Esto puede valer una fortuna.

Me llevé una mano a la oreja.

—Ha dicho Esteban.

Lola dejó cuidadosamente el caballo sobre la mesa. Ya no parecía tan elegante.

Parecía asustada.

—Nos vamos.

—No.

—Lourdes.

—Doña Amalia nos ha traído hasta esto.

—Doña Amalia está muerta.

—Ya lo sé.

—Entonces escucha lo que acabas de decir.

Miré el pequeño caballo de bronce.

—Ha dicho que Esteban es un chorizo.

—Eso lo has dicho tú esta mañana.

—Pues ahora parece que ella está de acuerdo.

Lola se quedó mirándome durante unos segundos. Después señaló la figura.

—Eso no sale de esta casa.

—Ni de coña.

—Y llamamos a Robles.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Miré hacia la fotografía de doña Amalia.

—Porque quiero saber qué hay dentro.

La voz no volvió a hablar. Pero habría jurado que, en la fotografía, aquella vieja tan seria parecía estar un poco menos seria que antes.

Volví a coger el caballo y lo sostuve entre las manos.

Pesaba demasiado, pero ya no estaba convencida de que aquello se debiera únicamente al bronce.

Lo giré despacio, observando las patas, la base y aquella pequeña abertura que habíamos confundido con una cerradura.

—Esto no se abre —dije.

Lola se acercó y se ajustó las gafas.

—¿Cómo que no se abre?

—Mira. No hay bombín. No hay mecanismo dentro.

—Entonces ¿qué es?

Pasé el dedo por la abertura. Tenía una forma extraña, rectangular en un extremo y redondeada en el otro. Volví a mirar la figura. Las patas delanteras estaban ligeramente levantadas y una de las traseras sobresalía unos milímetros de la base.

—No es una caja.

Lola extendió la mano.

—Déjamelo.

Se lo entregué. Lo giró varias veces, lo miró desde abajo y después levantó los ojos hacia el lugar donde había estado colocado.

—Lourdes.

—¿Qué?

—Mira el mueble.

El caballo había estado sobre una estantería de nogal que ocupaba prácticamente toda la pared.

Era una pieza magnífica, probablemente hecha a medida para aquella habitación.

Tenía vitrinas en los extremos, cajones en la parte inferior y una sucesión de baldas llenas de libros y objetos decorativos.

En el centro quedaba el hueco donde había estado el caballo.

Lola retiró con cuidado los otros dos objetos que había a su lado.

—Aquí hay una marca.

Me acerqué.