Capítulo 1 #3
—Entrar en la casa. Inventariarla completamente, vaciarla según las instrucciones testamentarias y prepararla para su posterior venta.
—Eso podemos hacerlo.
—Hay una condición más.
Lola resopló.
—Claro que la hay.
Robles sacó una llave de la carpeta. Era grande, de metal oscuro y demasiado antigua para cualquiera de las cerraduras que yo esperaba encontrar en una propiedad de quince millones. La dejó junto al sobre.
—Durante el inventario no pueden entrar los herederos.
—Mejor.
—Ni tasadores que no autoricéis vosotras.
—Perfecto.
—Ni personal del despacho.
—Me estás enamorando, Ernesto.
—Y cualquier documento, fotografía, carta u objeto que encontréis con el nombre de Lourdes debe separarse inmediatamente y no podrá entregarse a los herederos.
Se me acabaron las ganas de bromear. Lola fue la primera en reaccionar.
—Perdona. ¿Puedes repetir eso?
Robles no necesitó hacerlo. Yo lo había entendido perfectamente. Miré otra vez mi nombre escrito en el sobre.
—Has dicho que esa mujer tenía ochenta y seis años.
—Sí.
—Y que yo no he trabajado nunca para ella.
—Que yo sepa, no.
—¿Cómo consiguió mi nombre?
—No lo sé.
—¿Cómo sabía a qué me dedico?
—No lo sé.
—¿Por qué pensaba que iba a encontrar cosas con mi nombre dentro de su casa?
Robles tardó unos segundos en responder.
—Eso tampoco lo sé.
Lola se inclinó hacia mí.
—No me gusta.
—A mí sí —dije.
Me miró como si acabara de perder el juicio.
—Precisamente por eso he venido.
Robles abrió un cajón y sacó un contrato. Lola puso inmediatamente una mano encima del papel.
—Ni se te ocurra.
Me eché a reír.
—¿Ves? Al final tenías razón en venir.
—Siempre tengo razón. Lo que pasa es que tardas mucho en darte cuenta.
Cogió el contrato antes que yo y empezó a leerlo.
Mientras lo hacía, volví a mirar el sobre.
No sabía quién era Amalia Santaclara Valdés.
No sabía por qué conocía mi nombre ni qué esperaba que encontrara dentro de su casa.
Pero sí sabía una cosa: llevaba años entrando en viviendas ajenas y había aprendido que una casa nunca contiene solamente muebles.
Contiene la versión de una vida que su dueño decidió enseñar y, escondida entre cajones, armarios y puertas que casi nunca se abren, la que decidió guardar.
Aquella mujer llevaba diecinueve días muerta y, por algún motivo que todavía no entendía, me había invitado a entrar en las dos. Lola levantó la vista del contrato.
—Ciento ochenta mil euros.
Miré a Robles.
—¿Cómo?
—Los honorarios que Amalia dejó establecidos para L&L por el inventario y vaciado de la propiedad. Los gastos de personal, transporte y servicios externos van aparte.
Ahora fui yo quien miró a Lola.
—¿Qué decías de que no te gustaba?
—He dicho que no me gustaba. No que fuéramos idiotas.
Robles casi sonrió por primera vez aquella mañana. Lola volvió al contrato.
—Sigo leyendo.
Me levanté, cogí el sobre y lo sostuve entre los dedos. Pesaba más de lo que esperaba.
—¿Puedo abrirlo?
Robles negó con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Qué falta?
—Aceptar formalmente el encargo.
Miré a Lola. Ella continuó leyendo durante casi un minuto hasta que llegó a la última página. Después volvió atrás, comprobó dos cláusulas y finalmente dejó el contrato sobre la mesa.
—No veo nada raro. Pero antes de firmar quiero una copia digital para que la revise nuestro asesor.
—Ya la tienes en el correo.
Lola sacó el móvil, comprobó la bandeja de entrada y asintió.
—Pues por una vez un abogado sirve para algo.
—Gracias, Lola.
—De nada.
Me senté de nuevo y apoyé el sobre sobre mis rodillas.
—¿Dónde está la casa?
Robles cerró la carpeta.
—A cuarenta minutos de aquí.
—¿Podemos verla antes de aceptar?
—No.
—¿Por qué?
—Porque la primera vez que atravieses la puerta ya se considerará iniciado el inventario.
Aquello me pareció una condición absurda.
—¿Y quién controla eso?
Robles señaló la llave.
—Nadie tiene que controlarlo. La casa está cerrada desde que Amalia ingresó en el hospital.
Lola se levantó.
—Entonces vamos a hacer una cosa. Revisamos el contrato, desayunamos como personas normales y, si todo está correcto, volvemos.
Robles negó con la cabeza.
—Hay otro problema.
Nos quedamos mirándolo.
—¿Cuál?
Esta vez abrió una carpeta más pequeña que hasta entonces había permanecido debajo de la primera.
Sacó una fotografía y la dejó sobre la mesa.
Era la fachada de la casa. Grande, antigua y preciosa.
Pero no fue eso lo que me llamó la atención.
En una de las ventanas del piso superior había una mujer.
La fotografía estaba tomada desde bastante lejos, pero la silueta era inequívoca. Miré a Robles.
—Has dicho que la casa está cerrada.
—Lo está.
—Pues hay alguien dentro.
—Eso parece.
—¿Algún empleado?
—No.
—¿Familiar?
—No.
Lola cogió la fotografía.
—¿Cuándo se hizo?
Robles me miró.
—Ayer.
Sentí por primera vez aquella mañana algo que no tenía nada que ver con el dinero.
—¿Y quién es?
Robles cerró la carpeta.
—Eso, Lourdes, es precisamente lo que quiero que averigües antes de que entren los herederos.