Capítulo 1 #2
Entramos juntas en el portal y lo primero que me golpeó fue el olor a naftalina.
A viejuno. No sé explicarlo de otra manera.
El edificio podía tener mármol en el suelo, molduras en los techos y una lámpara enorme colgando sobre nuestras cabezas, pero olía como el armario de una abuela que lleva veinte años guardando el mismo abrigo. Lola arrugó la nariz.
—Joder, con lo que deben cobrar aquí podrían comprarse un ambientador.
—O abrir las ventanas.
Al fondo había un ascensor antiguo, de esos que parecen demasiado pequeños incluso antes de entrar.
—Cuarta planta —dije.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—He mirado la placa de la entrada.
—Yo no la he visto.
Lola bebió tranquilamente un sorbo de café.
—Por eso he venido.
La miré de reojo mientras entrábamos en el ascensor.
—Empiezo a arrepentirme de haberte dejado venir.
—Pues el café lo he pagado yo, así que por lo menos espera a terminártelo.
Las puertas se cerraron lentamente detrás de nosotras y el olor a naftalina entró también en el ascensor.
Mientras subíamos, miré nuestra imagen en el espejo y pensé que, si aquel abogado me había sacado de la cama antes de las ocho de la mañana para hacerme perder el tiempo, iba a cobrarle hasta el café de Lola.
El ascensor nos dejó en la cuarta planta con un pequeño tirón que hizo temblar el café dentro del vaso. Nada más abrirse las puertas encontramos una placa de latón con el nombre del bufete. Lola la leyó, me miró y levantó las cejas.
—Mucho apellido para una sola puerta.
—Y mucho dinero detrás de cada apellido.
La recepcionista ya sabía que íbamos a llegar. Me saludó por mi nombre, miró a Lola durante un segundo y estuvo a punto de preguntarme quién era, pero mi socia se adelantó.
—Lola. La otra ele.
La mujer tardó un instante en entenderlo.
—L&L —aclaré.
—Ah. Por supuesto. El señor Robles la espera, señora Marín.
—Nos espera —corregí.
No puso ningún inconveniente. Nos acompañó por un pasillo demasiado silencioso hasta el despacho del fondo y llamó dos veces antes de abrir.
Robles estaba junto a la ventana hablando por teléfono.
Nos hizo una seña para que entráramos y terminó la conversación mientras nosotras ocupábamos las dos sillas frente a su mesa.
Conocía a Ernesto Robles desde hacía seis años.
Tendría unos cincuenta y muchos, vestía siempre como si estuviera a punto de reunirse con el consejo de administración de un banco y poseía una de esas caras que no te permiten saber si acaba de ganar un pleito o de perderlo. Colgó el teléfono y miró a Lola.
—No esperaba compañía.
—Yo tampoco esperaba levantarme a estas horas —contestó ella—, pero aquí estamos todos haciendo sacrificios.
Robles me miró.
—Es mi socia.
—Lo sé.
—Entonces ya está presentada.
Lola sonrió satisfecha y cruzó las piernas. Sobre la mesa había una carpeta bastante gruesa. No tenía el membrete del despacho ni el nombre de ningún cliente. Solamente una dirección escrita a mano en la portada. Robles apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Necesito contratar a L&L.
—Eso suele alegrarme —contesté—. Esta mañana todavía no lo has conseguido.
—El trabajo está bien pagado.
—Ya me alegro un poco más.
Lola me dio un toque con el zapato.
—Primero escucha.
—Estoy escuchando.
Robles abrió la carpeta.
—Hace diecinueve días murió una mujer llamada Amalia Santaclara Valdés. Ochenta y seis años, viuda desde hace veintidós. Sin hijos.
—¿Muerte natural?
—Sí. En el hospital. No hay nada extraño en su fallecimiento.
Aquello eliminaba de momento a Leonor y sus equipos especiales.
—¿Y la casa?
—La señora Santaclara vivía en una propiedad bastante grande. La finca pertenece a la familia desde finales del siglo XIX, aunque ha sufrido varias reformas.
—¿Valor aproximado?
—No está tasada recientemente.
—Aproximado, Ernesto.
—Entre doce y quince millones, posiblemente más.
Lola dejó el café sobre la mesa.
Yo sonreí.
—Ahora sí son buenos días.
Robles no me devolvió la sonrisa.
—No está en venta.
—Entonces vuelven a ser regulares.
—Déjame terminar.
Me acomodé en la silla.
—Termina.
Robles sacó varios documentos de la carpeta y los colocó delante de él sin entregármelos.
—Amalia hizo testamento hace siete años. Lo modificó hace cuatro y volvió a modificarlo hace once meses. Yo redacté las tres versiones.
—¿Herederos?
—Sobrinos. Seis.
Lola soltó un pequeño silbido.
—Eso va a ser divertido.
—No tanto como imaginas. El dinero, las inversiones y varias propiedades menores se reparten entre ellos. Está todo perfectamente especificado. Ninguno tiene motivos para discutir.
—Entonces ¿qué hacemos nosotras aquí?
Robles pasó una página.
—La casa no se la ha dejado a ninguno.
—¿Fundación?
—No.
—¿Iglesia?
—Tampoco.
—¿Al Estado?
—Lourdes, deja de jugar a las adivinanzas.
—Son las nueve de la mañana, Ernesto. Dame alguna alegría.
Me sostuvo la mirada.
—La casa se venderá.
—Acabas de decir que no está en venta.
—He dicho que todavía no lo está.
Eso consiguió que me callara. Robles sacó una hoja y esta vez sí la deslizó hacia nosotras.
—El testamento establece una condición previa.
Antes de poner la propiedad en el mercado debe realizarse un inventario completo de todo cuanto contiene.
Muebles, obras de arte, documentación, objetos personales, ropa, libros, absolutamente todo.
Después, los herederos podrán retirar únicamente aquello que aparezca expresamente asignado a ellos en un documento que Amalia dejó depositado conmigo.
Lola se inclinó hacia delante.
—¿Y lo demás?
—Se vacía.
Nos miramos.
Aquello sí era L&L.
—Ahora empezamos a entendernos —dije.
—Todavía no.
Robles juntó las manos.
—Amalia dejó instrucciones específicas sobre quién debía hacer ese trabajo.
—¿Nos conocía?
—A Lola no lo sé. A ti sí.
Fruncí el ceño.
—Yo no conozco a ninguna Amalia Santaclara.
—Ella te conocía a ti.
Noté que Lola se volvía hacia mí.
—¿De qué?
—No tengo ni idea.
Robles abrió otra vez la carpeta y sacó un sobre color crema. Era grueso, antiguo, cerrado y tenía algo escrito en el centro. Lo dejó delante de mí.
Mi nombre.
LOURDES MARÍN.
No el de la empresa. No L&L. Mi nombre completo. La letra era firme, inclinada ligeramente hacia la derecha. Miré a Robles.
—¿Qué coño es esto?
—Lo dejó Amalia.
No toqué el sobre.
—¿Cuándo?
—Hace once meses, cuando modificó por última vez el testamento.
Lola había dejado de bromear.
—¿Qué pone dentro?
—No lo sé.
—Eres su abogado.
—Y ella me ordenó que no lo abriera.
Volví a mirar el sobre.
—¿Y cuándo tenías que dármelo?
—Cuando aceptaras el encargo.
—Pues todavía no lo he aceptado.
—Lo sé.
Empujó el sobre unos centímetros hacia mí, pero mantuve las manos sobre mi regazo.
—¿Qué encargo exactamente?
Robles respiró despacio antes de responder.