L&L
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Capítulo 1
Me llamo Lourdes Marín, tengo treinta y cuatro años, mido uno sesenta y peso setenta kilos.
Ahora a las mujeres como yo nos llaman curvy.
Supongo que queda más fino que decir que tengo culo, pecho y unas caderas que jamás conseguirán entrar en unos pantalones de la talla treinta y seis.
A mí me da exactamente igual. Estoy bien proporcionada, me gusto y, sobre todo, tengo mucha honra.
Que eso no sé cuánto pesa, pero debe de ser bastante porque llevo treinta y cuatro años cargando con ella.
Mi pelo tampoco es natural. Soy pelirroja porque me da la gana. Debajo hay un castaño bastante corriente que mi madre continúa empeñada en recordar cada vez que me ve recién teñida.
—Con lo bonito que tenías tu pelo.
Lo llevo largo, por debajo de los hombros, y ligeramente ondulado.
Suelto cuando vendo casas. Amarrado cuando les saco las tripas.
A las casas, quiero decir. Las tripas de los ricos.
Así llamamos Lola y yo a una parte bastante lucrativa de nuestro negocio.
Nuestra empresa se llama L&L. Lourdes y Lola.
Tampoco nos rompimos la cabeza buscando el nombre.
Legalmente es una mercantil con un objeto social lo suficientemente amplio como para que podamos hacer casi cualquier cosa relacionada con una propiedad. Administramos, conservamos, preparamos, vaciamos y vendemos casas. Pero no cualquier casa. Yo no vendo pisos.
Ni apartamentos.
Ni chalet de ochocientos mil euros. No porque tenga nada contra ellos, sino porque hay miles de inmobiliarias que pueden hacerlo mucho mejor que yo.
Mi mercado empieza en cinco millones. A partir de ahí podemos hablar.
L&L se mueve en esas cifras y, cuando trabajas con propiedades de cinco, ocho, quince o veinte millones de euros, descubres muy pronto que no vendes únicamente ladrillos.
Vendes discreción.
Hay clientes que quieren que nadie sepa que venden.
Otros quieren comprar sin que nadie se entere.
Algunos viven a diez mil kilómetros y necesitan que alguien compruebe que su casa continúa en pie, que la piscina no se ha convertido en un pantano y que los paneles solares siguen produciendo electricidad.
Y después están los muertos. Los muertos nos dan muchísimo trabajo.
Una casa de diez millones puede pertenecer a un hombre durante cuarenta años y dejar de significar absolutamente nada para sus hijos en cuanto lo entierran.
—Lourdes, no queremos nada.
Esa frase la he oído muchas veces.
Nada.
Ni los muebles que eligieron sus padres. Ni los libros. Ni las vajillas. Ni los cuadros. Ni las sábanas bordadas que probablemente costaron más que mi primer coche.
Nada.
Quieren el dinero. Y ahí aparece Lola. Lola es mi mejor amiga, mi socia y un lince para cualquier cosa que pueda comprarse por un euro y venderse por dos.
Yo entro en un dormitorio y veo una cómoda vieja.
Lola ve nogal, mediados del siglo pasado, tiradores originales y seiscientos cincuenta euros después de limpiarla.
Tiene un bajo enorme donde llevamos todo aquello que los propietarios o los herederos nos autorizan a retirar.
Allí clasifica, limpia, fotografía y vende por internet. Todo. Absolutamente todo.
Una vez vendió seis pomos de puerta.
—Bronce francés —me dijo.
—Son pomos, Lola.
—Para ti. Para un señor de Lyon son doscientos cuarenta euros.
El señor de Lyon pagó doscientos cuarenta euros más los gastos de envío.
Desde entonces no discuto con Lola sobre pomos.
La tercera pata de nuestra mesa se llama Leonor, no es socia.
Eso conviene aclararlo porque Leonor dice que bastante tiene con aguantarnos como para encima compartir nuestras deudas.
Tiene su propia empresa y sus propios trabajadores, aunque en L&L prácticamente los consideramos parte de la familia.
Leonor empezó limpiando piscinas y cuidando jardines.
Después llegaron los paneles solares, las cubiertas, las instalaciones imposibles y las casas cuyos propietarios parecían competir por ver quién construía la cosa más complicada de mantener.
Con el tiempo necesitó especialistas. Nosotras les pusimos nombre.
Los peces se ocupan de las piscinas, y sí, algunas veces entran con escafandra.
—Hay piscinas a las que hay que bajar como si fueras a buscar un galeón —dice Leonor.
Los gatos son los que subenTejados, cubiertas, cristaleras, fachadas y todos esos sitios a los que yo no subiría ni aunque me dejaran la casa en herencia.
Y las ardillas se encargan de jardines, árboles, palmeras y de cualquier cosa verde que pueda crecer, secarse, enfermar o caérsele encima a alguien.
Luego están los equipos de limpieza, los normales y los otros.
Los otros entran después de un suicidio, una muerte violenta, una persona fallecida que ha tardado demasiado tiempo en ser encontrada o uno de esos casos en los que alguien lleva años acumulando mierda hasta convertir su casa en algo difícil de explicar.
También limpiamos después de fiestas, a veces prefiero las casas de los muertos.
Hay nuevos ricos capaces de hacer cosas que un cadáver jamás haría.
Leonor manda allí a su gente, Lola aprovecha todo lo que puede aprovecharse y yo consigo que, cuando llegue el siguiente propietario, aquella casa vuelva a parecer digna de los millones que cuesta.
Ese es nuestro negocio. Yo vendo las casas.
Lola vende sus tripas. Leonor consigue que nadie sepa lo que ocurrió dentro.
Y nos va bien. Muy bien. Por eso, cuando mi teléfono empezó a sonar a las siete y cincuenta y tres de aquella mañana, mi primera reacción fue enterrarlo debajo de la almohada.
Había llegado a casa pasada la una. El teléfono insistió.
Saqué una mano, lo encontré a tientas y miré la pantalla con un ojo abierto y el otro negociando todavía con el sueño.
Reconocí el nombre, y eso consiguió que abriera los dos.
Era un abogado con el que L&L había trabajado varias veces.
Descolgué. Como alguien haya muerto, espero que por lo menos haya tenido la consideración de hacerlo después de desayunar. No se rio, mala señal.
—Buenos días, Lourdes.
Me incorporé un poco, son las siete y cincuenta y tres. Todavía no son buenos.
—Necesito que vengas al despacho.
Miré el reloj otra vez, como si el teléfono pudiera estar equivocado. ¿Ahora?
—En cuanto puedas.
—¿Qué ha pasado?
Silencio.
No me gustan los silencios de los abogados. Los abogados cobran por hablar. Cuando uno se calla, normalmente es porque lo que viene después cuesta dinero.
—Prefiero explicártelo aquí.
Me senté en la cama.
—Dame por lo menos una pista. ¿Venta, administración o tripas?
Volvió a quedarse callado. Aquello empezaba a tocarme las narices.
—Ninguna de las tres.
—Entonces no sé para qué me llamas.
—Porque hay una casa.
Eso ya era otra cosa.
—¿De cuánto estamos hablando?
—No lo sé.
Fruncí el ceño. Un abogado que me conocía sabía perfectamente que L&L no se movía por debajo de determinadas cifras.
—Entonces averígualo y me llamas.
—Lourdes.
El tono hizo que no colgara.
—¿Qué?
—No quiero que vendas la casa.
—Pues vas mejorando por segundos. Me llamas antes de las ocho, no sabes cuánto vale y tampoco quieres venderla.
—Quiero que entres en ella.
Aparté las piernas de debajo del edredón y puse los pies en el suelo.
—¿Para qué?
—Eso es lo que tenemos que hablar.
—¿Quién es el propietario?
Otro silencio.
—Ven al despacho.
Esta vez fui yo quien guardó silencio. Conocía a aquel hombre desde hacía seis años.
Lo había visto negociar herencias que habrían destrozado a cualquier familia normal, divorcios con ocho cifras encima de la mesa y compraventas donde una sola firma movía más dinero del que yo ganaría en media vida. Nunca lo había oído así.
—Dame una hora.
—Media.
—Una hora.
—Cuarenta y cinco minutos.
Hecho. Colgué.
Me quedé unos segundos sentada en el borde de la cama. Después llamé a Lola. Contestó al sexto tono.
—Como sea una casa, véndela tú.
—No es una casa.
—Entonces cuelga.
—Es un abogado.
—Peor todavía.
Sonreí. Me quiere en su despacho en cuarenta y cinco minutos. Hubo un pequeño silencio.
—¿Para qué?
Miré la ropa que había dejado tirada sobre una silla la noche anterior.
—Quiere que entre en una casa.
—¿A estas horas?
—Eso mismo he pensado yo.
Lola bostezó. ¿Tripas?
—Dice que no.
—¿Venta?
—Tampoco.
Esta vez tardó un poco más en responder.
—Pues ya me contarás.
—Eso haré.
—Y Lourdes...
—¿Qué?
—No firmes nada.
Sonreí. Para eso eres mi socia.
Colgué.
Fui hacia la ducha y, al pasar frente al espejo, contemplé el desastre pelirrojo que llevaba encima de la cabeza.
Aquel día no iba a vender una casa. Tampoco iba a vaciarla.
Así que todavía no sabía si debía llevar el pelo suelto o amarrado.
Me lo dejé suelto. Luego comprendería que había elegido mal.
Llegué con tres minutos de retraso, que para mí era llegar puntual.
Aparqué, cogí el bolso del asiento del copiloto y estaba cerrando el coche cuando escuché un claxon a mi espalda.
Al volverme vi a Lola, que acababa de aparcar unos metros más atrás.
Bajó del coche con unas gafas de sol enormes, el bolso colgado del hombro y dos vasos de café en la mano.
—¿Qué haces aquí?
Levantó uno de los vasos como si aquella fuera explicación suficiente.
—Salvarte la vida.
—Te he dicho que después te llamaba.
—Ya.
Me entregó el café y empezó a caminar hacia el portal conmigo.
—Gracias. ¿Y ahora te vas?
—No.
—Lola, ¿qué haces aquí?
—No me fío de que firmes algo que no debas.
Me eché a reír. No tenía ningún sentido discutir con ella. Cuando Lola decidía algo, había dos posibilidades: aceptar que iba a hacerlo o perder veinte minutos intentando impedirlo para terminar aceptándolo de todas formas.
—¿Desde cuándo eres mi abogada?
—Desde que nuestra abogada eres tú.
—Yo no soy abogada.
—Exactamente. Por eso he venido.