Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

―¿Cuál va a ser? Espabila. El guaperas que está soltero.

―Karen me da un codazo y me lanza un guiño travieso―.

El que corre todas las mañanas, medio desnudo, por la calle.

Y que sepas que vestido sigue estando como un tren.

Claro que yo lo prefiero desnudo y sudoroso, arrinconándome contra la valla.

Ah. Ese.

Se mudó a la casa de al lado hará unos ocho meses, y desde entonces mis queridas amigas vienen a diario ―de lunes a viernes, los sábados y los domingos están los maridos en casa― a tomar café a mi porche, más o menos a la misma hora a la que sale él a correr sin camiseta por tooodo el barrio.

Pura casualidad, aseguran las tres con absoluta inocencia.

Pero yo las oigo suspirar y ronronear deleitadas cada vez que el espécimen masculino, pura fibra empapada en sudor, pasa por delante de nosotras sin prestarnos la menor atención.

Lógico, por otro lado, porque él es un dios del Olimpo y nosotras somos unas mamás de barrio residencial, con polos de color pastel, jerséis anudados al cuello y vaqueros sin forma.

Unas señoras.

Aunque eso no impide que a veces Karen le grite obscenidades, lo cual es angustioso porque ella es muy estirada.

―Lamento corregiros, pero mi vecino no está soltero. Cada domingo le veo subir a alguna rubia veinteañera a un taxi.

―Quizá sean sus hijas ―conjetura Karen, la optimista del grupo, que aún cree que un día de estos el tipo más sexy que hemos visto en la última década fuera de los anuncios de Time Square vaya a arrinconarla contra la valla para gruñirle: oh, Karen, te deseo desesperadamente.

Abandona a Charlie y a los niños y fúgate conmigo a las Bahamas.

―Dudo de que nadie pueda tener tantas hijas ―rebato, riéndome―. A no ser que sea Rabocop...

―¡Lo parece! ―exclama Karen.

Estallamos en risas histéricas.

―¡Ahí está! ―Maddie, emocionada, da palmaditas. Somos patéticas, lo sé. Unas groupies.

Sigo la dirección de su mirada y hago una mueca al sorprender a mi vecino en lo que parece ser su hábitat natural: sostiene una copa con una mano y la cintura de una rubia escultural con la otra.

Entiendo que las mujeres lo encuentren atractivo.

A ver, es guapo, con su cabello castaño con reflejos dorados perfectamente peinado hacia atrás, la mandíbula fuerte y unos ojos claros que parecen atravesarte.

Tiene la piel bronceada de tanto correr desnudo por la calle, y la forma decidida de sus labios le da un aire casi arrogante.

Pero a mí me van los hombres con potencial para convertirse en padre de familia, ya sabéis, los que hacen barbacoas, tienen perro, saben montar una tienda de campaña, llevan camisas de franela y vaqueros prácticos, se llevan a los chicos de pesca…

Ese tío viste traje y corbata fuera del horario laboral, irradia poder, control y ese tipo de elegancia nata que resulta intimidante para la gente desquiciada como yo y, además, se tira a todo lo que se mueve.

Y esto no lo digo solo porque le haya contado doce amiguitas como esa rubia mona hasta la fecha.

―Guardo un registro porque quiero felicitar a la clienta número un millón.

Deberíamos organizarle una fiesta en el vecindario.

Haré una tarta―. Es que todo él rezuma sexo.

Debe de hacer match a todas horas en Tinder.

Si va caminando por la calle, todas las mujeres se vuelven para echarle una segunda mirada. Altera más hormonas que la menopausia.

Es uno de esos tíos que navegan descamisados por el Mediterráneo, barba incipiente súper sexy, el pelo al viento y la camisa blanca de lino abierta para lucir el perfecto conjunto de abdominales que todas sabemos que tiene.

Un playboy que domina a la perfección las reglas del juego.

Yo soy una ciudadana respetable de este municipio. Formo parte de la junta escolar. Tengo las hortensias más envidiadas del barrio. Jamás me liaría con él.

Aunque nadie ha insinuado que deba liarme...

¿Por qué se me habrá pasado por la mente siquiera?

Ah, ya lo sé. Estoy resentida, ¿y qué mejor forma de poner celoso a un ex marido que manteniendo una sesión de sexo sucio con tu vecino Rabocop?

¿Y qué me hace pensar que sería sucio? Puede que él sea tierno y respetuoso en la cama…

¡Ya basta! No vas a seguir con esta conversación, Katie.

No eres tú, son los margaritas. Has dicho demasiadas veces el nombre de tu ex y las brujas de tus amigas te han obligado a beber hasta reventar.

Recuerda que no te emborrachas como Dios manda desde 2003.

Es evidente que ya no eres capaz de metabolizar el alcohol.

―Debería advertir a esa pobre criatura de que no la dejará ni desayunar mañana. En cuanto abra un ojo, la subirá a un taxi y, si te he visto, no me acuerdo. Nada de yogur con avena y pasas.

―Eehh, ¿adónde vas? ―Karen, muerta de risa, me obliga a sentarme de nuevo.

―¿Qué? Podría ser mi hija. También podría ser la suya, ahora que lo pienso. ¿Os dais cuenta de lo que eso implica? Para encontrar novio, tendré que buscarlo en un asilo. Los tíos de mi edad salen con chicas de veinte. Mirad a Paul. Jodido Paul…

―¡Paul es un cretino! ―se indigna Madeleine, que enseguida me da unos golpecitos de consuelo en la mano para que me quede quietecita en la mesa y no le arruine la noche a Rabocop―.

Hay tíos mejores por ahí. Te lo prometo, cielo.

Tú vas a encontrar el amor. Estoy convencida. Y Karen también lo está. Díselo, Karen.

―Sí. Paul ha sido el entrante. Ahora es cuando llega el plato principal. Ya sabes, el gran amor. Tu propia versión de El diario de Noah.

Las dos asienten con absoluto convencimiento, pero yo sé que muy dentro de sus cerebros de mujeres de cuarenta años que viven en una sociedad obsesionada con el edadismo, se está forjando la misma duda: ¿mi marido fantaseará con cambiarme por una de veinte, como le pasó a la pobre Katie?

Dios, espero que no. No aguantaría más rupturas a mi alrededor.

Toda esta ola de divorcios empezó con Brangelina. Después de su ruptura, el mundo no volvió a ser el mismo. Los maridos se dieron cuenta de que tenían opciones.

Y de lo fácil que era librarse de los críos.

―¡Por la libertad!

Ay.