Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Capítulo 3
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Capítulo 3

―¿Cómo lo llevas, cielo?

―Estoy fatal ―le respondo a Karen, sin tomarme la molestia de adornar la verdad.

El bar está petado de gente y yo solo quiero volver a casa y ponerme mi pijama de felpa calentito.

Llevo un vestido negro que no me ponía desde antes de tener a Matt y creo que mis neuronas se extinguen en masa al verse privadas de tanto oxigeno de golpe.

Las tetas se me salen por todas partes―.

Odio volver a la soltería. No es para mí.

Yo necesito una pareja para toda la vida, como los pingüinos.

―Lo de los pingüinos dura para siempre porque no tienen un algoritmo que les enseñe fotos de otros pingüinos, solteros, guapos y triunfadores, que viven en la cercanía ―esclarece Connie.

―¿Y por qué siempre navegan por el Mediterráneo con la camisa abierta y barba súper sexy?

―plantea Maddie, encantada con el cambio de tema―.

Los hombres, no los pingüinos. Mi hermana se divorció hace dos años y todos los tíos con los que queda cuelgan la misma clase de foto en su perfil.

Cielo, ¿te has planteado darte de alta en Tinder?

―¿Tinder? Dios… ¡No! En 2008 caminé hacia el altar con la certeza de que mi matrimonio iba a durar para siempre. Solo era una chica delante de un chico. ¿Y ahora tengo que darme de alta en Tinder? Es deprimente.

―Creo que necesitamos un brindis ―nos frena Karen, nada conforme con el rumbo que ha cogido la conversación―. Vamos a brindar ¡por la libertad!

Mis amigas juntan sus margaritas en el centro de la mesa.

No me queda otra que sumarme al ritual, aunque no me apetezca en absoluto brindar por mi matrimonio destrozado.

―Para que conste, yo no necesitaba libertad. Estaba muy bien casada. Es mi ex marido el que necesitaba ser libre, el grandísimo hijo de… Mira, no voy a abrir ese cajón.

―Cariño, pasa de él. Plantéatelo de esta forma: tu matrimonio era la guerra. Ahora que han acabado las bombas, empieza lo bueno.

La optimista de Karen. Que sigue felizmente casada.

Al igual que Maddie.

Al igual que Connie…

Al igual que todo el puñetero mundo en Connecticut, menos yo.

―Escuchad. No quiero que os sintáis desplazadas, chicas, pero creo que voy a necesitar amigas solteras con las que irme de fiesta los fines de semana en los que Paul se lleve a los chicos. Seré una versión cuarentona de mi madre. Qué deprimente.

Hundo la cabeza entre las manos, pero Karen me obliga a parar.

Por lo visto, no estamos aquí para lloriquear mis penas. Ya vale de relamerse las heridas.

Mis amigas dicen que la vida, la mejor parte de ella, al menos, comienza a los cuarenta.

Si la etapa a la que se refieren se inicia tras un divorcio que tú no querías, un hogar desestructurado y dos hijos con futuros problemas de abandono paterno, entonces la afirmación es cierta.

―No te vengas abajo, Kate. El divorcio era lo mejor que podía pasarte.

―¿En serio? ¿Y cómo es que yo no lo veo?

―Porque sufres shock postraumático. ―Maddie siempre tiene que respaldar a Karen en todas sus afirmaciones. Karen en el alfa de su relación―. Es como si hubieras estado en Afganistán.

Vuelvo la cabeza hacia ella con las cejas fruncidas.

―¿Afganistán? ¿No es un poco fuerte la comparación?

―¿A que no aguantarías la idea de tener una cita con un tío ahora mismo?

Me giro hacia Karen. Estoy sentada justo en medio de las dos y está claro que les resulta demasiado fácil comerme el coco con su hipótesis. Soy vulnerable. Podría caer en las garras de una secta en cualquier momento.

―Pues… no.

Mi amiga despliega las manos sobre la mesa, como si la teoría ya hubiera quedado demostrada.

―Un clarísimo cuadro de shock postraumático, señoras y…

Constance. ―Connie pone mala cara al no verse incluida en el término señoras, pero Karen pasa del tema―.

Los soldados oyen un petardo y se tiran al suelo.

Tú ves a un tío soltero lleno de testosterona y te pones en alerta máxima.

Madeleine tiene razón. Tu matrimonio era Afganistán. ¡Por la libertad!

No sé si pretenden consolarme o es que planean invadir Esparta.

―Entonces… ¿no necesito amigas solteras?

―Cariño, nosotras somos tus mejores amigas.

Siempre nos tendrás. Iremos a todos los bares que haga falta para acompañarte en tu búsqueda del amor.

Seremos tus cómplices. Te protegeremos de los peligros de las citas de Tinder y de las estafas amorosas de Facebook.

Opinaremos con sabiduría, no hablo en nombre de Karen, sobre todos tus ligues.

―Lanzadas la promesas con el entusiasmo de un político en campaña electoral, Connie, la no señora, comprueba su móvil y hace una mueca de exasperación―.

Joder. Tengo que irme. El inútil de John no puede con las niñas.

Dice que están poseídas. Seguro que el muy mamón las ha sobornado con helado de chocolate para que se coman los guisantes.

―¿Lo ves? ―Extiendo las manos sobre la mesa con una sonrisita que lo dice todo―. Soy una mamá divorciada en un barrio de parejas felices. Afrontémoslo. Ya no encajo aquí. Tendré que mudarme. Probablemente, a Alaska.

Connie suspira.

―No desesperes. Esto no volverá a pasar.

Es un caso aislado. Contrataré a una niñera, una muy poco atractiva para que John no se marque un Ben Affleck delante de las niñas y me las deje traumatizadas de por vida.

La próxima fiesta la celebraremos en Las Vegas.

¡Y que venga el reparto completo de Magic Mike a despelotarse para nosotras!

Me echo a reír al verla tan animada. A veces la risa es como un escudo. Sirve para que la gente no pueda ver lo que de verdad sientes.

Connie me planta un beso descuidado en la mejilla y sale pitando.

―Tienes que dejar de meterte tanto con ella ―le pido a Karen en cuanto nos quedamos las tres solas.

Nunca se han llevado bien. Chocan en absolutamente todo.

Karen es republicana. Connie recogió votos para Hilary con un entusiasmo abrumador.

Karen se queda en casa ocupándose de los niños. Connie solo esperó dos meses después de tener a las gemelas para ponerse a recorrer el barrio en busca de mansiones que vender en su pequeña inmobiliaria.

Karen cree que el sexo es para la gente de veinte años. Connie disfruta de una vida sexual plena, con su marido y… con otros.

El cual sospecho que es el principal motivo de indignación de la conservadora ―y un poco estirada― Karen.

―¡Tiene un matrimonio abierto!

Si no lo suelta, revienta.

Hace tres meses que estamos al tanto del acuerdo de John y Connie y en todo este tiempo Karen no ha hecho más que rumiar al respecto. Por fin se pronuncia.

―No es nuestro problema. Si a ellos les funciona…

―¿Y si nosotras también lo tenemos ―intenta Maddie mediar el conflicto―, solo que nadie nos lo ha notificado?

Karen suelta un bufido.

―No seas absurda. Charlie jamás me pondría los cuernos.

Karen pertenece a la liga del rifle. Esperemos que a Charlie nunca se le ocurra bajarse los pantalones en presencia de otra mujer que no sea su esposa, pero… a saber.

―Charlie es un tío. Me vais a perdonar si ya no confío en los de su especie. ¿Os dije que Paul vive con una de veintipocos?

―Creo que necesitamos otra ronda de mar-ga-riiii-tas ―canturrea Karen, antes de agarrar a Maddie por el brazo y arrastrarla en dirección a la barra.

Cada vez que formulo el nombre de mi ex, me obligan a beber, un juego peligroso, dadas las ganas que tengo de poner a parir a ese energúmeno.

Ya sé lo que pretenden: que no mencione más a Paul. No dejan de repetirme que tengo que pasar página después de él. Mejor ni nombrarle. Como si fuera el Señor Tenebroso.

No sé si me gusta la represión. Estoy muy furiosa y, cuando estoy furiosa, quiero hablar del tema; quiero gritar, insultar a mi ex, desearle una inminente disfunción eréctil y una rápida calvicie…

¿Los psiquiatras no recomiendan exponer los traumas a la luz del día?

En casa no puedo volverme loca. Tengo a dos hijos adolescentes vigilándome a todas horas. Queda descartado lo de quemar las cosas de su padre en una hoguera catártica, borrar su cara de todos los álbumes familiares o rallarle el coche, así, en un descuido.

Ni siquiera puedo pincharle las ruedas con las tijeras con las que podo los rosales.

La gente espera que afronte el divorcio con sabiduría y madurez, pero yo no me siento sabia ni madura ahora mismo. Me siento hundida.

Y me estoy cansando de hacerme la valiente delante de todo el mundo.

Vale que tenga que mantener el tipo delante de los niños para no causarles más traumas infantiles, pero, joder, esperaba que al menos mis amigas me apoyaran en esto.

Solo necesito a alguien que me escuche. Que me deje sacar todo lo que llevo dentro porque así es como se vuelve la gente psicópata.

Te guardas cosas y más cosas, que se van acumulando, se enquistan, y un día cualquiera acabas tomando rehenes en la oficina de tu ex.

Vale, sí, estoy siendo dramática.

¡Es que no sé cómo pasar página!

Apuro lo que me queda en la copa y compruebo el móvil, las cero notificaciones que tengo. Paul no ha llamado ni me ha escrito. Al parecer, se las está arreglando muy bien con los chicos. Ninguna duda sobre sus alergias ni sobre sus preferencias culinarias.

Me pregunto si me echarán de menos, aunque solo sea un poquito. ¿O se lo están pasando tan bien con su padre y su joven madrastra que ni siquiera recuerdan mi existencia?

La idea me hunde en la miseria.

Me siento desplazada, como si todo cuanto me rodeara fuera el decorado de una comedia barata. La vida de verdad está en otra parte, en un sitio al que no se me permite acceder.

―No te vas a creer a quién acabamos de ver en la barra ―cuchichea Karen al volver con las copas.

―¿A quién habéis visto? ―hago el esfuerzo de preguntar, a pesar de lo poco que me interesa el asunto.

―A tu vecino ―me informa Maddie con felino deleite.

―¿Qué vecino?